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lunes, diciembre 21, 2020

Cuando se piensa que el pobre es el culpable

 Armando Moreno Sandoval 

Generaciones enteras crecieron, y siguen creciendo, alrededor de Cantinflas, El Chavo y Chespirito. Lo bueno de estas producciones es que muestran un lado amable de la pobreza. El mensaje que daban era recordarle a la sociedad que había pobres.


No todas las culturas con sus idiomas tienen palabras para referirse a los pobres. Algunas ni siquiera tienen un equivalente. Pobre que viene del latín pauperis significa el “que produce poco”. Un significado que a través del tiempo fue cambiando hasta llegar a la connotación que le damos hoy día: un ser despreciable, desagradable, asquiento, al que toca hacerle el quite, etc., etc.

El Chavo
En el idioma español una palabra para explicar el asco, el rechazo, el fastidio al que no tiene nada no existe. Encontrar la palabra le valió años de dedicación a la filósofa Adela Cortina, especialista en Ética y Filosofía política, y profesora en la Universidad de Valencia (España). La palabra le llegó por el lado del griego aporos que significa el rechazo al pobre, el que no tiene nada. Y que mejor que aporofobia para designar ese rechazo al que está jodido.

La filósofa Adela Cortina, quien inventó aporofobia, cree que la verdadera fobia o rechazo proviene cuando esos otros son pobres en la acepción más amplia de la palabra (sean exdrogos, drogadictos, ladronzuelos de carteras, desempleados, destechados, harapientos, hambrientos, etc, etc). Es decir, a los que eufemísticamente en Colombia llaman “vaciados”.

No obstante, el contraste está, y es lo que sucede en Europa o en Estados Unidos, cuando el extranjero llega con bultos de dinero o es rico, pues lo que se ve es que se le tiende la alfombra roja. Al fin y al cabo, lo que importan son los dólares. Entonces lo que se rechaza no es al extranjero, sino su condición: el de ser pobre, miserable, y es lo que sucede con el inmigrante, el refugiado que sale de su país a jugársela en busca de un empleo que, por lo general, son miserables.

La aporofobia más desdichada es cuando se rechaza a la gente pobre en su propia casa, en su propio barrio. Si en algo tenemos que agradecerle al Covid-19 fue el de haber desnudado ese comportamiento social aporofóbico que muchos no quieren reconocer pero que lo llevan escondido. Y fue lo sucedió en días pasados en el municipio de Honda (Tolima) con Brandon Andredi Rojas alias Dinosaurio.

La música, sobre todo la llamada salsa urbana, nos ha reseñado hasta la saciedad personajes delincuenciales que salen y entran de la cárcel como si fuese un hotel. Fue lo que pasó con Dinosaurio.

Cuando a Dinosaurio se le cambió la prisión domiciliaria por la prisión intramural la reacción de la gente fue de alegría, de plácemes. La típica aporofobia hipócrita y de doble moral. Dinosaurio había encarnado tanto el miedo y el odio que “la gente de bien”, “de dedo parado”, o, de los que se creen “de mejor familia”, terminaron por anhelarle la llamada “limpieza social”.

Cantinflas, El Chavo o Chespirito encarnan la compasión y la empatía hacia el pobre. El Estado de Bienestar que se construyó después de la II Guerra Mundial en el siglo XX para reducir la pobreza fue aniquilado por el modelo neoliberal de Ronald Reagan y Margareth Teacher. Hoy día el neoliberalismo está desbocado. Los ricos son más ricos y los pobres más pobres. La pobreza ahora genera miedo, tan así que la empatía y la compasión se perdió.

Escuchar a los “de dedo parado” da risa. Son tan miserables que la caridad ya no cabe en ellos. No se toman la molestia de pensar el porqué de la pobreza. Prefieren odiarla. Convencidos que los pobres son los culpables de su pobreza no entienden que esta es el resultado de unas condiciones estructurales que dejan a muchos en el asfalto, en el suelo, en la miseria. Más bien creen que ser pobre es fruto de un error individual o de una culpa personal; y es cuando la gente al anular la empatía comienza a percibirlos como una amenaza. Por esta vía terminan justificando que se les persiga o se les mate.

El rechazo al pobre se ha vuelto tan cotidiano que ver regueros de muertos a causa de esta parece normal. Era tan fuerte el rechazo que sentía Dinosaurio de la sociedad que, ya en la cárcel, abandonado y solo, ocho días después, se ató una sábana al pescuezo suplicando el suicidio.

Entre tanto las redes sociales o los medios escritos y televisivos aplauden decisiones como la Dinosaurio.

Uno menos, piensan algunos.

miércoles, diciembre 02, 2020

El embrujo de Villa de Leyva

 Armando Moreno Sandoval

Villa de Leyva 

Toparse con casas de tejas de barro que invitan a dialogar con el recién llegado, caminar con sigilo por sus calles, me llevaron a pensar cuáles serían las ideas que le asaltaron a Venero de Leyva en 1571 para fundar un pueblo en un valle rodeado de montañas escarpadas y frías.

Aunque a primera vista da la sensación de que las ideas que vuelan por sus calles son las mismas de antaño, solo basta observar a sus gentes para empezar a pensar que en Colombia no hay otro pueblo como Villa de Leyva.

En la escuela nos enseñaron que las ideas que cambiaban al mundo primero habían llegado por las costas. Ahí están el Mediterráneo con sus culturas que van desde Grecia hasta Italia; el Japón Imperial y la China milenaria. Estas culturas nos corroboran la tesis que así fue.

No obstante, la realidad nos enseña que toda regla tiene su excepción. Desde que se posa el pie sobre las calles empedradas la sensación que da es que, Villa de Leyva no requeriría de un museo porque ella misma es un museo. No es un museo cualquiera. Ya que, en vez de estar atrapada en la añoranza del pasado, sus calles y su gente, a pesar de los avatares del tiempo, son un torbellino de ideas que marchan al ritmo del siglo XXI.

Café Don Velásquez

Escuchar acentos, maneras de pensar, nos permite descubrir emprendimientos que solo pueden darse en un pueblo donde la procedencia de sus gentes también cuenta. Son los ejemplos de la Librería Cervantes y el Café Velásquez.

En un siglo XXI donde lo digital devora el papel, lo de la Librería Cervantes parecería un contrasentido cultural. Y fue lo que vivió Felipe Rojas con el exalcalde Víctor Hugo Forero la vez que le llevó la inquietud de abrir un local con estanterías llenas de libros. Ante la propuesta el exalcalde prefirió echarle candado a las nuevas ideas prefiriendo ver como seres brutos, ignorantes e incultos a quienes lo eligieron.

—Aquí no se lee— fue lo que le dio a entender el exalcalde Forero al librero

Si por los políticos fuera, el mundo sería un permanente fracaso. Este siglo XXI ha enseñado que la democracia liberal tal como hasta ahora se ha conocido hay que reinventarla. Que los políticos con sus ideologías de cualquier cuño son una engañifa. La prosperidad de la gente y la gobernabilidad de los pueblos no se le puede dejar a inútiles con poder. Fue lo que vivió el librero Rojas en su primer intento por instalar una librería en Villa de Leyva.

Librería Cervantes

Se ha dicho que quien persiste, tarde o temprano, tendrá su premio. Solo bastó la pandemia desatada por el covid-19 para que el librero Rojas tuviese una segunda oportunidad. Sin pensarlo dos veces, y cuando se creía que toda iniciativa estaría condenada al fracaso, ni corto ni perezoso tomó su carro y cogió rumbo a Villa Leyva.

Preguntando allí y allá, esa misma cultura cosmopolita que caracteriza al habitante de Villa de Leyva, le abrió sus puertas. El dueño del local al escucharlo hablar de libros no tuvo otra que sonreír y decirle:

—El local es tuyo.

Aunque en proporciones menos quijotescas otra propuesta de emprendimiento, y gracias al covid-19, es el Café Velásquez de Alejo Velásquez, su propietario, que, con su charla, su sonrisa y su bigote ralo hace más grata la estadía.

Tan así que pasar una tarde noche en medio de diferentes ritmos musicales saboreando tortas, pasteles, viendo el tablero de un ajedrez, una partida de dominó o quedar lelo viendo libar una cerveza artesanal es una delicia que solo estaba reservada a los dioses. Pero no. En Villa Leyva los dioses no existen. Han sido reemplazado por hombres y mujeres de carne y hueso que, en su peregrinaje, atravesando la Plaza Mayor, no tienen otra que inclinarse ante la majestuosidad de este pueblo que invita a volver una y otra vez.

Con la Librería Cervantes y el Café Velásquez, dos sitios que emergieron en medio de la pandemia del covid-19, es una forma de decirnos que como Villa de Leyva no hay otra.

 

 

sábado, septiembre 05, 2020

Obituario: José Celestino Bruno Mutis y Bosio

212 años del fallecimiento del sabio: 11/09/1808-11/09/2020

José Orlando Velásquez

Hay que destacar que el mayor regalo que Reino alguno le haya hecho a posesión alguna de ultramar fue el estudio de las Ciencias Naturales en América donde se dejan sentadas las bases del conocimiento científico, las cátedras de matemáticas, filosofía, astronomía, mineralogía y el estudio de la flora de cada Nuevo Reino descubiero para el beneficio de la farmacopea europea.

Sin albergar resentimiento alguno contra los españoles que fueron los que nos conquistaron y colonizaron y, por ende, fueron los primeros en explotar nuestros recursos naturales como el oro y la mano de obra de los indígenas, hay que reconocer que quien haya sido el conquistador o colonizador que fuera vendrían a lo mismo, llámese como se llame!

Para honrar el legado que el sabio Mutis le dejó a las generaciones venideras, que mejor que las siguientes lecturas para honrar su memoria.

Estas son:




sábado, agosto 15, 2020

Por qué el covid-19 mata a los ricos

 Armando Moreno Sandoval

Hasta no encontrar una vacuna efectiva, por ahora, el que nos está protegiendo del virus es el mismo sistema inmunológico del cuerpo humano. Si no la hubiera, con el tiempo derrotaría al virus y le pondría punto final a la pandemia. El sistema inmunológico es tan maravilloso que tiene la capacidad de enfrentar cualquier patógeno que llegue por muy extraño o nuevo que sea como es el virus Sars-Cov-2.

Mientras tanto para bajarle la velocidad de propagación al virus es necesario el lavado de manos, el tapabocas, la distancia social, evitar montoneras y dejar de estornudar en las calles porque si la persona que lo hace, y si es asintomática, esas gotitas que quedan flotando en el aire pueden contagiar a otros.

El consenso que existe en los portales científicos es que nunca en la historia de la ciencia se había producido una avalancha de artículos en torno a una enfermedad.

Curioso que, pese a los miles de artículos, poco se sepa del virus. Tan así que los científicos no tienen idea cómo es la guerra entre el sistema inmunológico y el virus. Se sabe que es como un ejército con diferentes frentes de batalla donde células disímiles están interconectadas entre sí. Que algunas atacan directamente la infección, mientras que otras como directores de orquesta guían a otras células encargadas de liberar sustancias para interferir en la infección.

Para entender lo dicho es necesario saber que el sistema inmunológico tiene dos frentes de defensa. El primero es el que se conoce como respuesta inmunitaria innata y que responde a infecciones de forma genérica. Este frente tiene la particularidad de que no genera inmunidad a largo plazo o protección.  Es tan efectivo que aniquila al patógeno en su primer encuentro.

Cuando los científicos dicen que virus del covid-19 no es tan letal, como si sucede con otros coronavirus, es porque para aniquilarlo al sistema inmunológico solo le basta con activar la respuesta inmunitaria innata. Es lo que explica que el 80% de las personas que se contagian no sientan síntomas, o que sean muy leves.

El otro frente de defensa se conoce como respuesta adaptativa. Es el frente encargado de activar de manera rápida la respuesta inmunitaria innata. Es una línea de defensa especializada y en ella hace parte lo que se conoce como los anticuerpos.

No obstante, el lío que han encontrado los científicos con los anticuerpos producidos en respuesta al virus (Sars-Cov-2) es que tienden a disminuir en pocos meses. Aunque parezca un mal chiste esto podría decir que el cuerpo quedaría desprotegido, sin defensas. La científica Margarita del Val ante esta duda, dice: “No hay que asustarse, todo el resto de la inmunidad está activada”. Pues aparte de los anticuerpos, dice ella, hay otras células que han aprendido a reconocer el virus para contenerlo.

Dos investigaciones independientes, la primera de la revista Nature , que vio la luz el pasado 29 de julio, y la segunda publicada en Science el 4 de agosto parecen estar encontrando las respuestas al por qué solo un puñado mueren y otros siguen tan campantes por las calles esparciendo el virus sin sentir ninguna molestia, dolor o malestar.

Habitante en Ibagué. Carrera 3
Ibagué, calle 3
Pero la pregunta del millón es esta: por qué el sistema inmunológico no protege a todos por igual. Es la pregunta por resolver y que tiene desconcertados a los científicos.

Así los anticuerpos bajen de nivel, los estudios efectuados apuntan que los linfocitos, que hacen parte del sistema inmunológico, al parecer son los que nos están protegiendo. Aunque existen dos tipos de linfocitos, las células B y las células T, son las células T las que juegan un papel determinante en la protección por ser células de memoria larga.  Es decir, que estas células por tener memoria al llegar el patógeno que ya ha había invadido con anterioridad al cuerpo, lo que hace es reconocerlo, bloquearlo y destruirlo, generando así inmunidad.

¿Pero por qué sucede esto? Para empezar, es necesario comprender que la fiebre, la influenza, el malestar, la gripa, los gargajos y los mocos de la nariz son producidos por cuatro tipos de coronavirus que causan estos catarros y que han convivido con el ser humano hace muchísimo tiempo.

Han dicho los científicos del Instituto Inmunológico de La Jolla, en California (EE. UU) que el parecido entre estos cuatro coronavirus y el coronavirus causante del covid-19 puede ser ventajoso. Según el estudio que realizaron las células T encargadas de reconocer los coronavirus del catarro también reconocen el virus que causa el covid-19.

Aunque hace falta más investigación todo parece sugerir que los coronavirus de la gripa, los gargajos, el sonarse la nariz para sacar los mocos, tuviera un cierto papel protector contra el covid-19. Y como lo dice Daniela Weiskopf, codirectora de la investigación, es lo que “podría explicar por qué algunas personas al contagiarse de covid-19 muestran síntomas más moderados, mientras que otros se ponen severamente enfermos”.

Así como están las cosas, la conclusión a que se puede llegar es que el virus es selectivo. Pero esa

Ibagué, calle 15 con carrera 5
Ibagué, calle 15 con carrera 5
selectividad la gente de dedo parado y que todo lo coge con la punta de los dedos, a veces, pregunta con sorna qué pasa con la gente de la calle que no se muere.

Las investigaciones alrededor de las células T sugieren que los pordioseros, los que hurgan las canecas en busca de comida, los que duermen en la calle en medio de excrementos, gatos y perros tendrían menos riesgo de que el covid-19 los mate. Es gente que por sus condiciones de vida son los que más han convivido con los cuatro coronavirus del catarro. Por tanto, están inmunizados. Cosa contraria sucedería con los estratos de cuatro para arriba que por tener una vida en completa asepsia estarían más propensos a que el virus los contagie y los mate.

Es lo que vemos también en países ricos como Chile, EE. UU, Alemania, Inglaterra o Francia donde el virus ha hecho de las suyas. La cantidad de gente vieja que se ha muerto en esos países tiene una explicación científica y es que cuando se llega a una edad avanzada las células T comienzan a menguar dejando al cuerpo desprotegido. Y si tiene alguna comorbilidad (cáncer, diabetes, etc.) peor.

Cosa contraria sucedería con la gente joven y adulta. Pues uno se podría preguntar qué pasa en esas sociedades que, si tienen un nivel de vida tan elevado, qué es lo que ha causado que siga muriendo tanta gente. La respuesta estaría en que son sociedades que por ser ricas y vivir en completa asepsia han dejado al cuerpo sin muchas defensas para enfrentar virus nuevos.

La montonera de muertos en Latinoamérica tendría otra explicación. Los estudios científicos (sobre todo la biología molecular y la antropología física) han demostrado que el genocidio de la población aborigen a partir de la emigración europea hace más de 500 años no fue tanto por la hoguera, el puñal, la espada o el arcabuz. Los responsables fueron los virus y bacterias (fiebre, gripa, gonorrea, sífilis, entre otras).  

Es exactamente lo que está sucediendo en este siglo XXI con el covid-19. La mayor mortandad está en los países con un alto porcentaje de ADN amerindio y una población aborigen que aún vive en un ambiente prístino. Lo vemos en México, Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil y en los países centroamericanos

Ibagué, carrera 5 con calle 14
No es la pobreza la que está matando la población autóctona y aborigen como sugieren los países imperialistas europeos, sino su sistema inmunológico que al carecer de anticuerpos para reconocer virus nuevos no saben cómo defenderse.

La ironía es que esta vez no fueron los europeos con sus virus y bacterias que menguaron a la población aborigen desde que llegaron hace más de 500 años. En este siglo XXI fueron los chinos que con su irresponsabilidad fueron incapaces de alertar al mundo de pensamiento liberal y democrático que un virus nuevo se les había salido de las manos.

A este régimen dictatorial y autárquico es que la izquierda antidemocrática y reaccionaria latinoamericana le hace loa. Si hay que buscar un culpable es al gobierno chino. Y no como piensa el despistado de Evo Morales (expresidente de Bolivia), que el virus es una conspiración del imperialismo estadounidense para acabar con la gente pobre.

domingo, agosto 02, 2020

Charles W. Bergquist, historiador estadounidense. Colombianólogo (1942-2020). Obituario

Su partida deja un sabor amargo

Armando Moreno Sandoval

En este siglo XXI donde la post verdad, más las intolerancias de cualquier cuño, que están tomando las riendas de este mundo, la partida del historiador colombianista Charles Bergquist deja un sabor amargo.

Cuando mi amigo, el historiador hondano Tiberio Murcia me informó que Charles Bergquist había muerto me remonté a mis años de estudio en la Universidad de Valle cuando cursaba la Maestría en Historia Andina. Uno de mis profesores era, este otro gran historiador ya olvidado, Germán Colmenares. Gracias a él, que nos puso a leer Café y conflicto en Colombia 1886-1910. La Guerra de los Mil Días sus antecedentes y consecuencias, pude apreciar además de la rigurosidad de su método para escribir historia, que la historia bien investigada y escrita daba luces para entender cómo es que se ha tejido esta sociedad colombiana.

En noviembre de 1992, como ponente en el VII Congreso de Historia que realizó la Universidad Industrial en Santander, pude enterarme de que Charles Bergquist había estado en Ibagué, en noviembre de 1987 en el VI Congreso de Historia celebrado en la Universidad del Tolima. Congreso que, en ese entonces, reunió a un selecto grupo de historiadores que por boca de Germán Colmenares los llamaba colombianólogos. Ellos fueron Catherine Le Grand, Charles Bergquist, Frank Safford y Cristopher Abel.

1987. VI Congreso de Historia. Universidad del Tolima. Ibagué.

El profesor César Fonseca quien en esa época era estudiante, y que estuvo metido de cabeza en la organización del Congreso, el recuerdo que tiene de Bergquist era el de un ser humano humilde, buena gente y despreocupado. Tan así que sintiéndose abrumado de tanta generosidad y atenciones, prefirió optar por una estancia sencilla y sin tantas atenciones.

Sí me desconcertó que, en las memorias del Congreso realizado en la Universidad del Tolima, y que habiendo sido invitado como conferencista central su ponencia no la hubiesen tenido en cuenta en la publicación. Haberla omitido me lleva a pensar que el editor era un profundo desconocedor de los aportes historiográficos de Charles Bergquist.

Si menciono este hecho escabroso obedece porque dos años después del congreso en Ibagué, es decir, en 1989, la revista de Estudios Sociales de la FAES sorprendería con un ensayo corto de Bergquist titulado La historia laboral latinoamericana desde una perspectiva comparada. Observaciones acerca del carácter insidioso del imperialismo cultural. Este texto que en este 2020 cumple 33 años parece haber sido olvidado en los cursos de los programas de Historia.

Personalmente el ensayo me llama la atención porque para esa época, por lo que concierne a Europa, la Historia estaba presa de nuevas formas narrativas. El renacer de la narrativa de Lawrence Stone que decía que había que reinventar la escritura de la historia parecería ser cosa del pasado.  

Recuerdo que en la venta de libros del viejo Berna a la entrada del edificio de Sociología de la Universidad Nacional los beltseller era El Queso y los gusanos de Carlos Ginzburg, El año mil de Georges Duby, Montaillou de Emmanuel Le Roy Ladurie, entre otros. Ni hablar de El regreso de Martín Guerre de Natalie Z. Davis. La historia narrada de Natalie Z. Davis que fue llevada a la pantalla grande, al ser presentada en las salas de cine de Bogotá, los mismos profesores que me daban clase solían decir, sin una palabra más o una palabra menos, que así era que se debía de contar la Historia. ¡Eso si era Historia! ¡Lo otro era enredijos!

Mientras todo esto pasaba, Charles Bergquist seguía produciendo historia de los obreros, pero, sobre todo, seguía fiel a su método de trabajo. En el ensayo mencionado criticaba que los historiadores al hacer historia cayeran presos de teorías eurocéntricas pues habían sido creadas para otro devenir histórico. Sin embargo, cuando estuvo en boga la “nueva” historia social y cultural que daba cuenta de los estudios laborales de los países europeos, no tuvo reparo en criticar que en nada había servido que los historiadores se hubieran alejado un poco de los paradigmas eurocéntricos ortodoxos si habían caído atrapados en un nuevo embrujo teórico. Se refería, nada más, ni nada menos, que a Edward Thompson y a su monumental obra La clase obrera en Inglaterra.

Aunque Bergquist reconoció el aporte de Thompson para estudiar los obreros, en cuanto se refiere a la cultura, en sí lo que decía era que esta forma de hacer historia debía también estar sometida a la crítica. La razón, que la historia de los obreros de los países subdesarrollados no se podía hacer recurriendo a las mismas herramientas teóricas que los historiadores europeos o norteamericanos utilizaban para leer la clase obrera de sus respectivos países.

Ojalá que en las universidades colombianas y sus programas de Historia les dé por crear la cátedra Charles W. Bergquist. El conjunto de su obra da luces para entender qué nos pasó. Es posible que su historia académica, la que obedece al rigor del método y de sus fuentes, no guste a muchos sectores radicalizados de la política. En estos momentos que Colombia necesita nuevos aires para construir un país diferente que bueno retomar sus ideas.

Si hay algo que tenía Bergquist era su capacidad de síntesis para hablar de lo que ha sido Colombia. Nadie como él, es lo que yo creo. Y que mejor que la entrevista que dio para El Espectador en junio de 2014. Él nos dice que el gran fracaso de no haber construido una republica en el siglo XIX obedeció a que el liberalismo no pudo imponer su visión liberal. De ahí las guerras civiles que azotaron el siglo XIX. Y que solo la visión liberal se aceptó a partir de 1910.

Ojalá la izquierda leyera a los académicos y que dejaran de pensar que la felicidad se puede bajar de los cielos a punta de balas y berrinches.  Su lectura sobre la izquierda es esclarecedora. Hermoso cuando afirma que si ésta no ha prosperado es porque siempre ha estado un poco equivocada en cuanto a la manera de comprender a los obreros. La razón: la izquierda cree en la existencia de una clase obrera parecida a los países del Atlántico norte. Cree en el obrero de Carlos Marx. Si hubiese entendido que el obrero era otro, seguramente hubiese optado por una izquierda democrática y se hubiera evitado el error de haber creído en la lucha armada.

El otro gran error de la izquierda fue creer en la Violencia como una revolución abortada, cuando la realidad era otra. No entendieron que la contienda era entre godos y liberales.

En fin, así se haya ido para siempre, tenemos Charles W. Bergquist para rato. Nos quedan sus libros, sus ensayos, entrevistas, artículos. Y que mejor que leerlos en estos tiempos tan obscuros.


domingo, julio 12, 2020

Luis Arturo Castaño Ocampo: La vida de un médico en 60 historias

Armando Moreno Sandoval

Publicado en El Puente, marzo de 2015, p. 6

Un hijo de Casabianca, municipio al norte el Tolima, hace muchos años se radica en Mariquita para ejercer con vocación su profesión de médico. Recientemente hizo  el lanzamiento de su libro  “La vida de un médico en 60 historias” 

No recuerdo cómo surgió la amistad con el médico Luis Arturo Castaño Ocampo. De eso ya bastantes años. Lo que si recuerdo fue una amistad de esas que surgen alrededor del intercambio de libros, del comentario del libro, del dialogo, pero, sobre todo, de expresar ideas diferentes, así se esté en desacuerdo.

Más allá de los libros, en una sociedad como la nuestra donde el pan de cada día es la intolerancia, es difícil encontrar a alguien con valores y, lo más difícil, que haya cultivado la moral y la ética. Estos dos rasgos tan difíciles hoy en día, y sin temor a equivocarme, están en este hombre maravilloso y humano.

No basta que yo exprese estas ideas. La inmensa solidaridad que ha expresado el pueblo de Mariquita por estos días hacia el médico Castaño es una demostración fehaciente que a él se le quiere por lo que en sí representa como persona. Los adjetivos cargados de cariño para con él han sido  infinitos y, ni hablar del dolor y la tristeza, que han sentido las mismísimas personas.

Aunque su faceta más conocida es la del médico, pues la ha ejercido en su vida diaria como un apostolado, el lado humano que él ha cultivado en esa profesión se puede apreciar también en su reciente libro: “La vida de un médico en 60 historias”.  Seguramente lo que más entusiasma a la gente es el de haberle ido descubriendo poco a poco otras facetas que, para algunos, seguramente habían pasado desapercibidas. Y lo que la gente ha descubierto es a un ser polifacético que, con el mismo esmero que cultivó su profesión, también lo tuvo para con la música, la poesía, la prosa y, por qué no, como él mismo lo reconoce, su gusto por el aguardiente cuando podía saborearlo.

De su prosa están sus textos que, a manera de relatos, dan cuenta de  lo que es  la mentalidad rural o urbana de una sociedad. Son textos con una gran factura antropológica. Aunque inéditos, he tenido la oportunidad de leerlos y, ojalá, en una mañana no tan lejano, otros ojos tenga la oportunidad de reflexionarlos, ya que en ellos está más que reflejado lo complejo que son los entresijos de la condición humana.

Tampoco podríamos pasar por alto, como él mismo lo reitera, su pasión por la música y el labrar de los versos con la paciencia del escultor. Sin olvidar, por supuesto, el oficio de hortelano, que no es más que un regreso a las raíces de su niñez y juventud.

Alguna vez hablando del tiempo antropológico en los seres humanos, le comentaba que cuando se es niño las distancias generacionales son abismales. Para un niño de 10 años alguien de 15 o 20 años es demasiada distancia. Pero con el correr de los tiempos, a medida que ese niño va envejeciendo, esa distancia generacional se van acortando. E inclusive llega un momento es que las fronteras generacionales prácticamente desaparecen.

Sin embargo, ello tiene una paradoja. Por mucho que las distancias se acorten o desaparezcan, el choque generacional ha de persistir. No basta el peso de los años para posesionarse frente al otro. El choque de edades solo se puede superar si las generaciones anteriores logran trasmitir experiencia, sabiduría, y si enseñan la tolerancia a las ideas,  la diferencia y el respeto al otro.

Todas estas cualidades que son propias de la modernidad  y de un pensamiento libre de ataduras y de imposiciones las he encontrado en el médico Castaño. Cuando habló con él dejó a un lado  mí experiencia y  formación académica y me convierto en su discípulo. Hace rato que vi en él no a la persona a quien le puedo “robar” una idea, si no que he encontrado en él a un maestro.

Con él me siento a gusto por lo que trasmite. Una catarata de conocimiento, de aprendizaje y de experiencia que sale a flote no solo cuando habla sino que están también en sus textos escritos publicados e inéditos.

Comparto con él la idea de que el paso por este mundo es efímero y partimos de el, el día menos pensado. “Esa es la realidad”, me lo ha dicho varias veces. Estoy seguro que, además de sus amigos, de su familia, de los muchísimos conocidos que tiene, o, para aquel que sabe quién es pero que aún no ha tenido la oportunidad de compartir un saludo, anhelan con mucho cariño tenerlo, como ayer, recorriendo de nuevo las calles, sonriendo, visitando a sus enfermos y amigos, pero, sobre todo, compartiendo un nuevo día con todos aquellos que lo quieren  y lo aman.

Fuerza… maestro! Aun no  es hora de partir..!


sábado, julio 04, 2020

Aporofobia, la otra pandemia que azota a la humanidad

 Armando Moreno Sandoval

Muchas generaciones crecieron, y siguen creciendo, alrededor de Cantinflas, El Chavo y Chespirito. Lo bueno de estas producciones por capítulos es que muestran un lado amable de la pobreza. Curioso que, tanto Mario Moreno Cantinflas como Roberto Gómez Bolaños El Chavo, hayan sido quienes escribieron los guiones. El mensaje que daban era recordarle a la sociedad que había pobres.

El lío está en que no todas las culturas con sus idiomas tienen palabras para referirse a los pobres. Hay culturas que ni siquiera tienen un equivalente. Si bien es cierto que pobre viene del latín pauperis que significaba el “que produce poco”, su significado fue cambiando a través del tiempo hasta llegar a la connotación que le damos hoy día: un ser despreciable, desagradable, asquiento, al que toca hacerle el quite, etc., etc.

Por fortuna los lingüistas y los filósofos del lenguaje, en la segunda mitad del siglo XX, llegaron a la sabia conclusión que no era la realidad la que construía el lenguaje, sino que era al revés: era el lenguaje el que construía la realidad.

Con este aporte de los filósofos del lenguaje, la filósofa española Adela Cortina durante más de 20 años se dio a la tarea de explicarse el por qué el rechazo hacia los pobres. El otro lío era que no había una palabra en español para explicar ese asco, ese rechazo, ese fastidio que genera la pobreza, que, hoy en día, sienten algunos que se creen “de dedo parado”, “gente de bien”. Encontrar la palabra le valió años de dedicación, hasta que le llegó por el lado del griego aporos que significa el rechazo al pobre, el que no tiene nada. Y que mejor que aporofobia para designar ese rechazo al que está jodido.

Aunque crear la palabra era fundamental para dar cuenta del comportamiento de la sociedad frente al pobre, la cuestión era entender el por qué. Lo que ha demostrado la filósofa Cortina, especialista en Ética y Filosofía política, y profesora en la Universidad de Valencia (España) es que la verdadera fobia o rechazo proviene cuando esos otros son pobres en la acepción más amplia de la palabra (sean drogos, ladronzuelos de carteras, desempleados, destechados, harapientos, hambrientos, etc, etc). Es decir, a los que eufemísticamente, algunos, haciéndole coro a las políticas del Estado neoliberal llaman “habitantes de la calle”. Porque si hay algo cierto es que el Estado neoliberal al ser incapaz de reducir la pobreza quiere acabarla cambiándole de nombre. ¡Vaya ironía!

No obstante, el contraste está, y es lo que sucede en Europa o en Estados Unidos, cuando el extranjero llega con bultos de dinero o es rico, pues lo que se ve es que se le tiende la alfombra roja. Al fin y al cabo, lo que importan son los dólares. Ni siquiera importa su procedencia. Por la biblia sabemos que por el dinero baila el perro, sino que le pregunten a Judas que vendió a Jesucristo por unas cuantas monedas. El dinero, ya lo sabemos, es el vector que altera la escala social. Entonces lo que se rechaza no es al extranjero, sino su condición: el de ser pobre, miserable, y es lo que sucede con el inmigrante, el refugiado.

El ejemplo más grotesco es cuando los europeos le hacen la venía a los jeques árabes musulmanes forrados de dólares. Se pueden instalar con sus yates frente a las costas del mediterráneo y no pasa nada. Pero cuando son los africanos árabes musulmanes lo que intentan en sus pateras tocar las playas del mediterráneo, esos mismos que le hacen la venía a los jeques les importa un rábano dejarlos ahogar en medio del mar.

Otro ejemplo aberrante es del presidente estadounidense Donald Trump. El muro es para los mejicanos que son pobres, no para los canadienses que son ricos.

La aporofobia más desdichada es cuando se rechaza a la gente pobre en su propia casa, en su propio país. Si en algo tenemos que agradecerle al covid-19 fue el de haber desnudado ese comportamiento social aporofóbico que muchos no quieren reconocer pero que lo llevan escondido.

Sin embargo, existe una aporofobia que es hipócrita, de doble moral. Es la reacción de “la gente de bien”, “de dedo parado”, o, de los que se creen “de mejor familia”, cuando la aporofobia se manifiesta en las entrañas de sus propios pueblos.  La odian tanto que terminan queriendo linchar al que la denuncia.

En todo caso las escenas que salen por las redes sociales o la tele señalando comportamientos aporofóbicos son espeluznantes. La llamada “limpieza social”, la más horrible de todas, es una de ellas. O a quienes llaman “desechables”, para referirse a los que deambulan por las calles buscando sobras de comida en los basureros para calmar por un rato el hambre.

Cantinflas, El Chavo o Chespirito encarnan la compasión y la empatía hacia el pobre. El Estado de Bienestar que se construyó después de la II Guerra Mundial en el siglo XX y que tenía como meta reducir la pobreza fue aniquilado por el modelo neoliberal de Ronald Reagan y Margareth Teacher. Hoy día el neoliberalismo está desbocado. Los ricos son más ricos y los pobres más pobres. La pobreza ahora genera miedo, tan así que la empatía y la compasión se perdió.

Escuchar a los que se creen “de dedo parado” da risa. Su cerebro se volvió tan miserable que la caridad ya no cabe en ellos, sin embargo, hipócritamente dicen creer en el Dios cristiano. Les pudo más la ideología del neoliberalismo que explicarse el porqué de la pobreza. Prefieren odiarla. Convencidos que los pobres son los culpables de su pobreza no entienden que esta es el resultado de unas condiciones estructurales que dejan a muchos en el asfalto, en el suelo, en la miseria. Más bien creen que ser pobre es fruto de un error individual o de una culpa personal; y es cuando la gente al anular la empatía comienza a percibirlos como una amenaza. Amén de ignorarlos y por qué no justificar que se les persiga o se les mate.

Solo basta ojear las redes sociales, los medios escritos y televisivos para cerciorarnos que la aparofobia junto con el racismo es más común de lo que la gente cree. Tan así que se tiende a creer que siempre ha sido así.