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domingo, junio 14, 2026

El balotaje: Del juego de bolitas en el Renacimiento a las urnas en Colombia

Armando Moreno Sandoval 

Nuevamente, Colombia regresa a las urnas en una segunda vuelta presidencial, este 21 de junio. Aunque hoy nos resulta un mecanismo familiar y natural de nuestra democracia, el origen del famoso ballottage combina una curiosa evolución lingüística con una estrategia de ingeniería política diseñada para blindar gobiernos de cualquier ideología.

Aunque asociamos de inmediato el balotage con la política moderna, para entender la raíz de la palabra tenemos que devolvernos siglos atrás, específicamente a las vibrantes y conflictivas ciudades-estado del Renacimiento italiano, como Venecia y Florencia.

En diversas películas o series solemos ver, sin darle mayor importancia, que en los consejos medievales y deliberaciones de la Curia, los magistrados votaban de forma secreta introduciendo pequeñas esferas, bolas o canicas en un recipiente especial. Bola pequeña que en italiano se denominaba ballotta. El mecanismo era sencillo: si un miembro estaba a favor del candidato o de la propuesta, introducía una bolita blanca; si estaba en contra, negra.

En el siglo XVI, Francia adoptó el término bajo el vocablo ballotte. Con el tiempo, el verbo ballotter pasó a significar “votar utilizando bolitas”. Cuando una primera ronda de votación no arrojaba un ganador indiscutible y se requería un desempate para elegir al funcionario definitivo, los franceses comenzaron a llamar a ese segundo proceso un ballottage.

Del término italiano ballotta no solo nació el balotaje francés, sino también la palabra inglesa ballot (tarjeta de votación o papeleta), usada ampliamente hoy en todo el mundo.

De las bolitas al sistema político e institucional moderno ocurrió en Francia durante el siglo XIX. Aunque ya se registraba en decretos menores, su consolidación definitiva llegó en 1852, bajo el Segundo Imperio de Napoleón III, convirtiéndose más tarde en la piedra angular de la Tercera y la Quinta República Francesa.

Sin embargo, serían los políticos europeos quienes implementaron este ingenioso mecanismo con dos propósitos fundamentales:

El primero, darle legitimidad absoluta al ganador. Se buscaba evitar que un candidato llegara al poder habiendo obtenido apenas una pichurria de los votos en un panorama con múltiples candidatos, lo cual debilitaría su autoridad. Forzar una segunda vuelta entre los dos finalistas garantizaba que el ganador contara obligatoriamente con el respaldo de la mayoría absoluta (más del 50%) de los electores en el último conteo.

Lo segundo tiene que ver con la gobernabilidad: es obligar a las facciones políticas más pequeñas a negociar, madurar acuerdos y unirse en grandes coaliciones antes del asalto final. O que sectores con profundas diferencias unieran fuerzas en favor de un rival común.

En América Latina, el balotage llegó a finales del siglo XX con el cuento de dar solidez a los presidentes frente a congresos altamente fragmentados. No obstante, la región lo adaptó creando diferentes reglas de juego:

Colombia, junto a naciones como Brasil, Chile, Ecuador y Perú, aplica el Modelo de Mayoría Absoluta. En nuestro país, la Constitución Política de 1991 estipuló en su artículo 190 que el presidente será elegido por la mitad más uno de los votos de los ciudadanos. Si ningún candidato alcanza este umbral en la primera vuelta, se celebrará una nueva votación tres semanas después, restringida únicamente a los dos candidatos que hubiesen obtenido las más altas votaciones.

Otros países como Argentina, Bolivia y Costa Rica tienen otros porcentajes con el fin de ahorrar los costos políticos y económicos de una segunda jornada.

Un problemón con el balotaje está en que cambia radicalmente la psicología del elector y la estrategia de las campañas. Deja de ser una elección basada en propuestas para el beneficio del Estado y de la sociedad y se convierte en una votación guiada por el entusiasmo, el engaño, la mentira, el odio, la chabacanería en las ideas. Es sino echarle una mirada a las redes sociales, donde las bodegas de uno y otro bando lo único que buscan es incendiar el país que, con el puñal entre las manos, el mal y el peligro es de los otros.

Otra debilidad del balotaje a lo latinoamericano es que ni siquiera los electores que votaron por los candidatos que quedaron eliminados en primera vuelta tienden a reagruparse en un proyecto político alterno. El elector se anula. El individuo que razona desaparece. La consigna es votar en contra de.

Aunque la intención del balotaje es concederle al elector el poder de deliberar y decidir en dos tiempos, en la práctica esto no sucede.

Un ejemplo de lo desvirtuado que está el balotaje lo podemos apreciar en Colombia en estas elecciones. Al no existir partidos y movimientos, sino caricaturas de ellos, el elector queda en el aire y a merced de las redes sociales. Esto, por un lado. Pero, por otro lado, el Congreso que se eligió antes, sus elegidos se cruzan de brazos. Pues de antemano saben que ellos, el poder legislativo, son el verdadero poder. Así, de este modo, el ejecutivo, al no tener mayorías, se convierte en muñeco de burlas, obligándose a negociar con el legislativo.

Con el aterrizaje de los populismos de derecha e izquierda y con la ausencia de partidos y movimientos, se ha creado la tormenta perfecta para la corrupción. Y para que el gobernante de turno invoque y haga todo a nombre del pueblo, hasta llegar al delirio de ser él mismo el pueblo. Una posible salida a este desmadre para que el modelo presidencialista no desemboque en una dictadura civil, sería el modelo parlamentario que, aunque no es la solución, sí obligaría a que los partidos y movimientos políticos se medio organicen y que, como decía Álvaro Gómez Hurtado, se pongan “de acuerdo en lo fundamental” para gobernar.

Lo otro es que obligaría a los partidos y movimientos representados en el Congreso a organizarse para escoger Primer ministro o Canciller, o como se llame. Así se evitaría que al presidente de turno le asalte la idea de volverse autócrata, tal como lo intentó Álvaro Uribe cambiando el artículo de la Constitución que prohibía la reelección para aspirar a un tercer mandato. 

O lo que han tenido en mente el presidente Gustavo Petro y el candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda, de convocar una constituyente para cambiar la Constitución. Y aquí está el entuerto. 

En Latinoamerica existen dos izquierdas: una moderada que no toca la Constitución y respeta el Estado de Derecho, y otra que quiere quedarse eternamente en el poder, tal como lo hizo Hugo Chávez en Venezuela o Daniel Ortega en Nicaragua.

Lo maluco es que con los populismos la verdadera esencia del balotaje queda eclipsada. El elector, al no entender que lo han puesto a escoger entre la autocracia (que por lo general le estorba la separación de poderes, la empresa privada, la libertad, el individuo) y la democracia liberal con todos sus defectos que representa el Estado de Derecho, termina pegándose un tiro en el pie.

Con un balotaje que lo queda de el es un burlesco, estas dos miradas (autocracia vs democracia liberal) son las que están en juego este 21 de junio. 

Escoja!