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miércoles, noviembre 19, 2025

Fernando de Szyszlo: 100 años (1925-2017)

 Armando Moreno Sandoval 

La vida se desbarranca en cualquier momento, así uno haya estado al tanto de los achaques de salud que asoman con el paso del tiempo.

Este fin de año de 2025 cumplo tres años de mi vida sin que el cuerpo dé señales de querer renacer entre las cenizas. Es cierto que, con el paso de los años, y al empezar el último tramo de la vida que se llama vejez, el sistema inmunológico se debilita, dando paso a las enfermedades que han de acompañarnos hasta la muerte. A mí me tocó el cáncer. A otros seguramente les asaltarán otros males que, honestamente hablando, ninguno es peor o mejor que otro.

La tal resiliencia, la palabrita de moda, no es fácil. Si algo he aprendido es que las enfermedades tienen miradas particulares y la que tiene más valor es la valoración que puede hacer el propio enfermo. La pregunta trascendental: ¿qué hacer con una vida que está siendo atravesada a cuchillo por la misma enfermedad?

En lo que a mí respecta, lo mejor fue haber vuelto a repasar lecturas que la mente había olvidado, mas no borrado.

Hace unos pocos días, leyendo el artículo de la visita que a Lima había hecho el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez en el diario español El País para recordar los lugares que Mario Vargas Llosa había retratado en su novela Conversación en La Catedral, llegó a mi memoria el nombre del pintor peruano Fernando de Szyszlo.

Mi admiración por Szyszlo viene desde hace unos 35 años, eso creo, pues en Bogotá, con ocasión de una exposición de arte latinoamericano, al lado de pintores de la talla de Lam, Matta, Guayasamín, Tamayo, estaba el de Szyszlo.

De Szyszlo me impresionaron los colores de su obra. Más allá de las vanguardias de aquella época, que ya estaban agotadas, su pintura daba paso a nuevos lenguajes estéticos.

El solo hecho de recordar a Szyszlo me llevó a su libro de memorias publicado a finales del 2016: La vida sin dueño. Tenía en ese entonces 91 años, y la vez que lo terminé de leer de un solo tirón pensé cómo era que a esa edad tuviera una memoria tan lúcida. Cómo era que estuviera dando cuenta de una época que yo entendía por pedazos y que para la primera mitad del siglo XX representaba la vanguardia: cubismo, impresionismo, arte abstracto, surrealismo, etc.

Lo que me importa de su libro fue que entendí el siglo XX que creía haber comprendido. Y lo hice a través del arte, de la pluma de Szyszlo. Szyszlo me despojó de la ignorancia y de los totalitarismos ideológicos como el nazismo, el fascismo, el comunismo.

Las memorias de Szyszlo tienen momentos desgarradores como el suicidio de su amigo José María Arguedas, la muerte trágica de su hijo Lorenzo en un accidente de aviación, la persecución que sufrió por orden de las dictaduras militares de su país, Perú. El ninguneo del que fue víctima por no estar matriculado en un bando ideológico y el desprecio mezquino que sintió por sus propios amigos del arte que se opusieron a que un museo llevara su nombre. Pero lo que más le asustaba era la naturaleza humana, esa cosa perversa que esconde el ser humano y que sale de lo más recóndito del alma para dar paso a las peores atrocidades.

Su vida la vivió al ritmo de la velocidad de un torbellino desenfrenado. Pensaba que el tiempo no le alcanzaría para darle forma a sus sueños. Es lo que explica su arrepentimiento: no por lo que hizo, sino por las cosas que dejó de hacer, reflejando así una vida de búsqueda insaciable y una “pasión inalcanzable” por la existencia y las relaciones humanas.

Siempre que leo, tengo la maña, primero que todo, de encontrar el estilo de narrar. Y a medida que avanzo, encontrar la forma y el contenido.

Lo bello de las memorias de Szyszlo es su lenguaje directo, sin eufemismos. En lugar de una cronología simple, deja que la memoria fluya libremente, yendo y viniendo por lo que significó su vida: recuerdos, anécdotas, reflexiones.

Su narrativa fluye con la naturalidad de una conversación, casi como si uno estuviera escuchando sus historias con su voz.

Como maestro del lenguaje (tanto visual como escrito), Szyszlo utiliza una prosa evocadora para pintar escenas y personajes con la misma maestría que sus lienzos. 

El valioso aporte de Szyszlo al arte latinoamericano es el de haber encontrado un alfabeto visual propio donde el mundo andino se funde con la modernidad. Solo basta acercarse a sus lienzos para encontrar ese sello propio e inigualable que caracteriza su obra artística.

Al año siguiente de haber sido publicadas sus memorias, el mundo recibía, a comienzos de octubre de 2017, la noticia de que Szyszlo había muerto junto a su esposa. Ambos habían rodado por las escaleras tomados de la mano.

Su muerte me impactó. Guardaba la esperanza de ver antes de morirme una exposición suya. Creía que mis sueños se esfumaban. No obstante, hace unos meses leía en el diario peruano El Comercio que en el MAC (Museo de Arte Contemporáneo) habría una exposición “Szyszlo: 100 años” para conmemorar los 100 años de su nacimiento (1925-2017).

Allá estaré, me dije.

Me fue imposible viajar. El cáncer acecha sin cesar.


domingo, septiembre 28, 2025

El último sapiens

 Armando Moreno Sandoval 

En este siglo XXI los libros ya no llegan en avión, ni en barco. Internet y las web alojan en plataformas digitales lo que en el nuevo lenguaje se llama el libro digital (el ebook).


Mientras la discusión continúa entre los amigos del papel y el bando prodigital, cierto es que las editoriales no siempre están interesadas en que toda la producción literaria, científica y tecnológica sea editada en papel.

Mientras esta sea la realidad, las ferias de libros en Latinoamérica serán un buen pasatiempo. La razón sencilla de entender: muchos y excelentes temas por estas tierras nunca verán el papel.

Tras pocos años de haberme pensionado como profesor de la Universidad del Tolima, me he convencido de que para saber dónde está la frontera del conocimiento no basta buscarlo en las ediciones de papel, sino que este está en las bases de datos digitales.

Con mucha nostalgia estoy abandonando el papel por lo digital. El lío está en que, si uno está ávido de conocimiento de frontera, el único remedio es lo digital.

Lo que me pasó en días recientes fue de maravillas. Y sucedió con El último sapiens, el libro escrito por el periodista José Antonio Ruiz con prólogo del profesor Pedro Guillén. El tema tratado es un ensayo de divulgación científica que explora el futuro de la especie humana.

El libro se enfoca en cómo los avances tecnológicos y científicos, especialmente en la manipulación genética, están llevando al Homo sapiens a un punto de inflexión evolutiva.

En el apartado “La era de la manipulación genética y el futuro humano”, los autores subrayan que, por primera vez desde que se desarrolló el método científico, la humanidad tiene la capacidad de alterar su propia evolución de manera intencionada. Esto se debe a la secuenciación del genoma humano y a las nuevas técnicas de manipulación genética.

Los autores argumentan que estas tecnologías no solo permiten curar enfermedades genéticas, sino que también abren la puerta a un futuro donde podríamos mejorar nuestras capacidades físicas y cognitivas, creando un nuevo tipo de ser humano que, valga la paradoja, ya no será Homo sapiens, sino otra cosa.

En el ítem que aborda la evolución natural y la dirigida, los autores sostienen que, aunque tradicionalmente la evolución ha sido un proceso ciego, impulsado por la selección natural, ahora está entrando en una nueva fase, la dirigida. En este escenario, la especie humana podría decidir deliberadamente qué características genéticas potenciar y cuáles eliminar. Este poder sin precedentes plantea profundas preguntas éticas sobre el tipo de sociedad que queremos construir y si deberíamos interferir con el curso natural de la vida.

De ahí que los autores se pregunten: ¿Qué pasará con la desigualdad si solo una parte de la población tiene acceso a las mejoras genéticas? ¿Cómo definiremos lo que significa ser “humano” cuando la línea entre lo natural y lo artificial se vuelva borrosa? ¿Podríamos llegar a un punto en que los humanos modificados consideren a los no modificados como una especie inferior, tal como el Homo sapiens dominó a otras especies de homínidos?

Así como están las cosas con los avances científicos y tecnológicos, El último sapiens es un llamado de atención sobre el poder que la humanidad ha adquirido y la necesidad de una reflexión profunda sobre el futuro que estamos creando. Advierte que las decisiones que tomemos hoy, en relación con la tecnología y la ética, determinarán si nos convertimos en los artífices de una nueva era o si, por el contrario, nos convertimos en la última versión de nuestra propia especie.

Sin embargo, hay quienes creen que los posthumanos ya están deambulando por las calles sin que nos demos cuenta. Algunos chistosos creen que en el mundo existen ya laboratorios clandestinos donde algunos científicos se están divirtiendo a expensas de los genes.

La razón es muy simple de explicar. Los que quieren que se les deje en paz y con manos libres se quejan de que la ética y la moral se interponen cuando se trata de hacer nuevos experimentos. Entonces, para evitar tanto grito en el cielo, prefieren el silencio y el anonimato que el premio Nobel.

En todo caso, así suene a ciencia ficción, el Homo sapiens está empezando a crear las herramientas científicas que lo llevarán en un futuro a ser una especie en extinción… por decisión propia.

Como afirma José Antonio Ruiz: “Si empezamos a crear una estirpe diferente al Homo sapiens, el Homo sapiens comenzará inevitablemente a ser una especie en proceso progresivo y paulatino de extinción”.

Esta afirmación no es una metáfora ni una hipótesis futurista: es una advertencia basada en hechos científicos actuales. El último sapiens no será víctima de una catástrofe natural, sino de su propia ambición biotecnológica.

Entretanto, la autonomía humana está en peligro de convertirse en una ilusión. La neurotecnología y la inteligencia artificial están comenzando a intervenir en los procesos mentales más íntimos: emociones, decisiones, percepciones. Si estas tecnologías se integran sin límites éticos claros, la voluntad individual podría quedar subordinada a algoritmos, implantes o sistemas de control cognitivo.

La pregunta que deja el libro es brutal: ¿Puede seguir siendo libre una mente intervenida?

Pues la autonomía, piedra angular de la dignidad humana, corre el riesgo de diluirse en un futuro donde las decisiones ya no sean enteramente nuestras, sino el resultado de una programación externa.

Como diría Cantinflas: "¿Quién dijo miedo?".

 

 

 

domingo, agosto 24, 2025

Tiberio Murcia: memoria viva de Honda y testigo del tiempo

Armando Moreno Sandoval

La génesis de mi amistad con el viejo Tibe se pierde en la bruma del tiempo. No podría precisar el momento exacto en que nuestras vidas se cruzaron, pero su presencia ha sido constante, profunda y significativa. La noticia de su ingreso a la Unidad de Cuidados Intensivos, acompañada por el llamado a una cadena de oración —como él solía referirse al Todopoderoso— me estremeció. Las lágrimas, incontenibles, rodaron por mis mejillas como un recordatorio de que el tiempo es efímero y que la vida puede despedirse sin previo aviso. 

La conmoción se intensificó cuando mi memoria evocó una entrevista con Marguerite Yourcenar. Al ser interrogada sobre el significado de la soledad, respondió con lucidez: “La soledad es cuando los amigos se van de este mundo para siempre.” Con el paso de los años, y especialmente al transitar la última etapa de la vida, uno comienza a notar que no fue el primero en partir, sino que otros ya lo han hecho. Es entonces cuando la soledad se instala con furia en el alma. 

Desde que algunos de mis amigos se marcharon sin despedida —William Olaya, Fernando Montoya, Dagoberto Ospitia— esa soledad ha sido una compañera persistente. Con ellos, el vínculo no fue la coincidencia ideológica, sino el desencuentro intelectual. Nuestra amistad se forjó en la diferencia, en el respeto por el pensamiento ajeno, lejos de toda imposición. 

Con el viejo Tibe ocurrió algo similar. Su relación con la Historia, disciplina que abrazó con fervor, se enmarcaba en una concepción decimonónica centrada en la búsqueda de la verdad objetiva. Para él, entender el pasado requería acudir a las fuentes, sin espacio para la interpretación. Esta visión lo llevó a investigar con pasión el devenir histórico de su adorada Honda, como lo evidencian sus publicaciones. Su archivo, tanto físico como mental, es de una riqueza inconmensurable. 

Quizás este testimonio no diga mucho a quienes no ejercen el oficio de historiar. Pero para quienes lo practican, el viejo Tibe fue una fuente inagotable. Historiadores colombianos y extranjeros acudieron a él en busca de datos y perspectivas. Siempre generoso, compartía información con una disposición que lo hacía inolvidable. 

Fue ese amor por la Historia lo que me llevó, años antes de mi jubilación en la Universidad del Tolima, a entregarle un archivo sobre Mariquita, compuesto por textos inéditos que me había legado otro apasionado de la Historia: el hondano Hugo Viana, que en paz descanse. Recuerdo haberle dicho una mañana: “Este archivo único debe reposar en tus manos.” Y así fue. 

La tristeza que hoy me embarga se intensifica al recordar que nuestra última conversación no giró en torno al pasado, sino al presente. No hace más de dos meses, noté en su voz una ausencia de entusiasmo que me alertó. Su salud estaba siendo minada por el “innombrable”, eufemismo que utilizó para referirse al cáncer. Aunque sabía que las células malignas se habían diseminado, mantenía la esperanza de continuar el tratamiento y enfrentar la enfermedad con entereza. 

Quienes hemos transitado el camino oncológico sabemos que, cuando las células cancerígenas toman ventaja, se requiere experiencia y precisión por parte del equipo médico oncológico. Estas células, a diferencia de las normales, adquieren el don de la inmortalidad. No es tarea sencilla lidiar con un ser vivo que se ha vuelto inmortal. Quien desee comprender mejor esta paradoja puede acudir a la obra monumental El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer del oncólogo Siddhartha Mukherjee. 

El  viejo Tibe no fue simplemente un hombre que amó la Historia, sino alguien que la vivió, la custodió y la compartió con generosidad. Su archivo no es solo un conjunto de documentos, sino una extensión de su memoria, de su pasión por Honda, de su convicción de que el pasado merece ser conocido tal como fue. 

Este testimonio no busca idealizarlo, sino recordarlo con la dignidad que merece quien dedicó su vida a preservar la verdad, aún en tiempos donde la interpretación y la posverdad parecen dominar el relato. Tibe fue un hombre de fuentes, de hechos, de rigor. Pero también fue un amigo, un interlocutor, un ser humano que está enfrentando la enfermedad con entereza y que dejó huellas en quienes tuvimos el privilegio de conocerlo. 

Ojalá este texto sirva como puente entre generaciones, como invitación a mirar el pasado con respeto y a valorar a quienes, como él, hicieron de la Historia un acto de amor por su tierra. Y que, al cerrar estas líneas, el lector sienta que ha conocido no solo al historiador, sino al hombre que supo vivir con coherencia, entrega y profunda humanidad. 

martes, mayo 06, 2025

Montes de María: la masacre

 Armando Moreno Sandoval

La sociedad colombiana es de memoria corta. A mediados del año 2000 ocurrió una de las tantas masacres horrendas que ha sacudido el país.

Ocurrió entre el 16 y el 21 de febrero: 450 paramilitares torturaron y asesinaron a 60 personas en estado de indefensión. Los demás habitantes del pueblo lo abandonaron, hasta el día de hoy solo han regresado 730 de las 7000 personas que vivían allí. 

La novela Montes de María del escritor bogotano Daniel Ángel narra la masacre de El Salado. Como tantas otras que han ocurrido, estas siempre son “cantadas” como suele decir la cultura popular cuando “algo” va a ocurrir.

La tensión espiritual cuando se lee la novela, no es para menos. Pues desde que se empieza a pasar las primeras páginas, las voces de las víctimas y de los victimarios le martillan a uno en la mente que la masacre está por llegar.

Esta masacre, que ha sido narrada magistralmente por la pluma de Ángel, sucedió en un contexto político que ha marcado a Colombia. Andrés Pastrana era el presidente que, tras una foto con Marulanda Pérez, alias Tirofijo, el máximo jefe de las Farc en ese entonces, sería elegido. Los colombianos habían votado por él con la esperanza de que podría traer la paz.

Pero con el transcurrir de los meses, y tras una fallida reunión con las Farc , echarían por tierra una posible  Colombia futura libre de violencia. De esa reunión quedó una silla vacía que pocos colombianos aún recuerdan. ¡Cómo no! La silla donde debería haberse sentado Tirofijo.

Basta mirar los registros de los medios para cerciorarnos de que la Violencia de los grupos armados (paramilitares y guerrilla) no daba tregua. Las tomas armadas a los pueblos y caseríos eran el pan de cada día.

Pero la masacre de El Salado fue la gota que colmó la copa. Una sociedad consternada se preguntaba cómo era posible que un buen número de sus habitantes hubiera sido masacrado por sospechosos de ser guerrilleros.

Más allá de que sus habitantes fuesen sospechosos, lo que produce terronera y rabia fue que ese exterminio hubiese sido perpetrado con la benevolencia y ayuda del ejército. Sí, quién lo creyera, el mismísimo ejército que por Constitución está para proteger a la sociedad de quienes están al margen de la ley.

La manera como Ángel narra ese episodio donde el helicóptero del ejército colabora en la masacre es de una descripción gráfica inigualable. No se necesitan montañas de páginas farragosas, como suelen hacerlos los académicos de las universidades e investigadores profesionales para dar cuenta de un hecho, sino que, en unos pocos párrafos, describe cómo es que el Estado, en vez de evitar la masacre, da el visto bueno para que la ejecute.

El tema de la Violencia, como lo dice el mismo Ángel en una entrevista, ha sido suficientemente investigado. El lío es que están al alcance para que los lean unos pocos eruditos e intelectuales. El lenguaje encriptado hace imposible que esas investigaciones las lean con agrado y pasión el común de la gente que ha aprendido a leer.

Frente a ese lenguaje farragoso, es que urge la necesidad de la narración que, con las herramientas que ofrece la literatura, los hechos del pasado sean menos tediosos de comprender.  Y es lo que hace Ángel, vuelvo y repito, con la masacre de El Salado.

Gracias al recurso de la narrativa, es lo que explica que el miedo de las víctimas sea trasladado al lector. Los diálogos y las actuaciones de los perpetradores de la masacre arrancan lágrimas de impotencia al pensar que las instituciones del Estado son de papel. Que el Estado solo es una entelequia y que solo existe para quienes se lucran de él.

Lo más desgarrador de la lectura de Montes de María son sus últimas páginas. Las almas en pena arrastrando palabras de impotencia se escuchan por doquier. Voces que claman justicia. Porque en esta Colombia mal hecha y pegada con babas, las voces de las víctimas siguen aún estando apagadas.

Al pasar la última página, a mi mente llegó la masacre de Tacueyó ejecutada por un frente disidente del entonces M-19 en 1985. Algunos dicen que fueron 125 y otros que fueron 164 las víctimas.

La mayoría eran jóvenes campesinos que habían ingresado recientemente a las filas de la columna Ricardo Franco. Otros eran universitarios que fueron llamados con el único propósito de ser asesinados. Recuerdo esa mañana, siendo aún estudiante en la Universidad Nacional, las voces en medio del susurro empezaban a dar cuenta de la masacre. Lo más triste era el recuerdo de los rostros de quienes nunca más volveríamos a ver.

Otro recuerdo es La Masacre de Bojayá, el nombre con que se conoce el ataque perpetrado por las FARC a la iglesia de Bojayá, Chocó, en el 2002. Este genocidio dejó 119 civiles muertos​ y 53 heridos.

La Violencia paramilitar y guerrillera, con sus disidencias, continúa.

Lo que genera miedo es que ciertos sectores sociales siguen alineados en bandos y aplaudiendo las masacres. Gente que tiene en mente que los muertos son buenos si comulgan con el mismo sermón ideológico. Los enemigos son los otros.

 

jueves, febrero 20, 2025

75 años de un recuerdo: Di Stéfano en Honda

 Un partido de fútbol inolvidable.

Armando Moreno Sandoval


Tenemos la idea de que con la detonación de las dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki el mundo entraría por la senda de la paz. ¡Qué mentira! Derrotado el nazismo, lo que sucedió luego fue la repartición del mundo por quienes ganaron la guerra: Churchill, Roosevelt y Stalin. Un nuevo orden se impondría con el ruidoso nombre de la Guerra Fría.

Di Stéfano en pantaloneta blanca.

Con la Guerra Fría, dos ideologías entrarían a dominar la escena mundial. De un lado, EE.UU. exportando la democracia que, como cosa curiosa, para imponerla o defenderla tuvo que recurrir a dictaduras militares y, por otra parte, las ideologías comunistas que, queriendo vender el paraíso a punta de bala y sangre, terminaban pareciéndose a lo que querían combatir: a las dictaduras militares de sus enemigos.

Un ejemplo de ese mundo polarizado fue lo que sucedió el 1 de enero de 1950. En ese entonces existía Indochina y una guerra de guerrillas comandada por el comunista Ho Chi Minh contra las tropas francesas tuvo como resultado una Indochina borrada del mapamundi y un territorio dividido en dos: el Vietnam capitalista del norte y el socialista del sur. Años más tarde, con el comunismo instalado en el Vietnam del sur, el mundo conocería una de las guerras más horrorosas y horrendas jamás conocidas y que el adalid de la democracia, EE.UU. saldría derrotado.

La generación de menos de 50 años no tiene idea qué fue eso. De esa guerra solo pueden dar fe los hippies octogenarios, si aún quedan vivos. La guerra y la derrota estadounidense en Vietnam han sido recreadas por Hollywood. A las generaciones del último cuarto del siglo XX y a los jóvenes del siglo XXI solo les queda el dejo de disfrutar la derrota gringa comiendo palomitas de maíz.

Mientras el ejército francés y la guerrilla roja de Ho Chi Minh se trenzaban a bala, por esos mismos días el Reino Unido, entretanto, reconocía oficialmente al gobierno comunista de China, liderado por Mao Zedong.

Si en esos lados del mundo el imperialismo y los jefes guerrilleros con sus ideas comunistas hacían ya años causaban horror y terror, en el Tolima, un departamento en el centro de Colombia, la montonera analfabeta con machetes en mano, azuzados por los jefes de los dos partidos políticos (liberal y conservador), se decapitaban a diestra y siniestra.

Mientras la gentecita amolaba los machetes lamiéndose los labios, en un pueblo llamado Honda, al norte del Tolima, un hecho deportivo acallaba quizás por un día las noticias de masacres, venganzas y odios.

Sí, ¡cómo no! era la década de 1950, y el fútbol colombiano vivía una época  conocida como “El Dorado”. Durante este período, muchos jugadores de renombre internacional llegaron a Colombia. Uno de ellos fue Alfredo Di Stéfano, una leyenda del fútbol argentino que dejó una huella imborrable en el país.

Di Stéfano llegó a Colombia en 1949 para unirse al club de Millonarios de Bogotá. Mientras estuvo en el país, no solo elevó el nivel del fútbol colombiano, sino que también atrajo la atención de aficionados y medios de comunicación de todo el mundo.

Durante su tiempo en Millonarios, Di Stéfano llevó al equipo a ganar varios títulos y se convirtió en un ídolo para los seguidores del club, pero, sobre todo, muy aclamado cuando hacían salidas por diferentes municipios de Colombia.

Su legado aún perdura no solo en los trofeos y títulos que ganó, sino también en los corazones de aquellos que lo conocieron y saben de su grandeza futbolística.

A quienes nos gusta el fútbol, crecimos y empezamos a envejecer con el recuerdo de la tradición oral de que el gran Di Stéfano había jugado en el municipio de Honda.

Una foto del rey Pelé con Di Stefano, tomada el 17 de junio de 1959 en el estadio madrileño Santiago Bernabéu con ocasión del único partido de fútbol en que se enfrentaron estos dos gigantes del fútbol, me asaltó de nuevo lo que la oralidad recordaba: la visita de Di Stéfano en Honda.

Le pregunté a la Inteligencia Artificial si tenía noticias de ese partido de fútbol memorable, y las respuestas fueron dubitativas. Pensé que la Inteligencia Artificial está aún muy biche para darnos cuentas de registros locales de antaño.

Siendo joven a muchos hondanos les dije si había una evidencia de que el futbolista Alfredo Di Stefano había jugado en Honda. No lo negaban, pero tampoco hablaban de la evidencia. El relato que más se les escuchaba era el de alguien que, habiéndolo visto jugar siendo joven, en ese partido memorable le había ofrecido agua y que, muchos años después, en el Santiago Bernabéu, el mismo joven con unos años de más, le recordaría que él era quien en aquel entonces le había alargado agua para que calmara la sed.

Pues bien, la evidencia por la que indagaba décadas atrás la aclararía el hondanísimo Tiberio Murcia. Una fotografía del álbum de la familia Garrido  muestra a un Di Stéfano en pantaloneta blanca  rodeado del equipo local. La Saeta Rubia, como le decían, había sido invitado por Marino Garrido Plaza, gerente del Banco de la República. El propósito era jugar un “picado” de fútbol con los empleados del Banco.

Honda, conocida por su rica historia y su belleza natural, recibió al famoso futbolista con los brazos abiertos. Durante su estancia, Di Stéfano se maravilló con la arquitectura colonial del municipio, sus calles empedradas y el rugir del majestuoso río Magdalena.

Los habitantes de Honda no podían creer que una estrella de la talla de Di Stéfano estuviera en su pequeño municipio. Organizaron eventos en su honor, donde el futbolista compartió anécdotas de su carrera y firmó autógrafos para los emocionados fanáticos. La idea era inspirar a los jóvenes a seguir sus sueños en el fútbol.

Los dos párrafos anteriores se los escuché, en la década de los ochenta del siglo XX, al olvidado Alfonso E. Parias Burgos, más conocido como el “Pollo” Parias, en su casa a las orillas del Magdalena, en medio de yucales y platanares, en la vereda Perico, al nororiente de Honda.

Fue así como la visita de Alfredo Di Stéfano a Honda se convirtió en una leyenda local, recordada y transmitida por las generaciones que lo vieron driblar con el balón.

Fue un enero de 1950, y el mundo seguía dándose bala.

Efemérides que en este 2025 cumplió 75 años.

 

miércoles, diciembre 25, 2024

Cómo caminar erguidos nos hizo humanos

 Armando Moreno Sandoval

Desde que internet hizo del universo, ahora sí, como dice el dicho, un pañuelo, quienes buscamos nuevas ideas y nuevos adelantos científicos y tecnológicos, cada día que pasa le damos la bendición.

Sin embargo, es común escuchar que todo está al alcance de un clic. No obstante, la realidad es otra. El libro de papel no siempre llega a tiempo o nunca llega que es lo más probable. A falta de ello, se tiene que recurrir a la librería virtual, pero existe el inconveniente de que no todos tienen el ánimo para engancharse a una tableta o quedarse no sé cuánto tiempo al frente del computador para desafiar la lectura de un buen libro.

Los buenos libros, al igual que las revistas científicas, están en inglés. Idioma que, por la insularidad monolingüística de Latinoamérica, nos impide acercarnos a ese idioma para estar al tanto de los avances científicos y tecnológicos, volviéndose un problemón, ya que no siempre están a la mano. A ello hay que agregarle que todo lo que se publica en inglés no siempre se traduce.

Tengo la maña de que cuando me tropiezo con alguien que está corriendo la frontera del conocimiento, lo primero que hago es acudir a las bases de datos de las librerías por si las moscas encuentro el título del libro. Aunque siempre cruzo los dedos, debo decirlo, no siempre la suerte está de mi lado.

Fue lo que me sucedió con la entrevista que le hicieron en el diario español El País al paleoantropólogo estadounidense Jeremy DeSilva, sobre su libro Paso a Paso. Cómo caminar erguidos nos hizo humanos, que, al no encontrarlo en papel, tuve que recurrir a las librerías en línea.

Siendo joven, al tomar el curso de Antropología física que se impartía en el programa de Antropología en la Universidad Nacional, la pregunta que siempre me asaltó el cerebro es por qué caminamos en dos patas. No fue sino terminar la entrevista a DeSilva para que la curiosidad volara por mi mente para adquirir el libro virtual. Otra vez, los aplausos para internet y darle gracias al siglo XXI que, para todo aquel que está ávido de conocimiento, ahí sí, como dice el dicho, todo está a la mano.

Paso a Paso de Jeremy DeSilva es un fascinante relato evolutivo que explora cómo la capacidad de caminar erguidos ha sido fundamental para la evolución humana. El paleoantropólogo, nos lleva en un viaje de siete millones de años a los orígenes del linaje humano, es decir, del Homo sapiens actual, mostrando cómo la bipedación no solo nos permitió movernos de manera eficiente, sino que también abrió la puerta a muchos de los atributos que nos hacen humanos.

Aunque, como dice DeSilva, la paleoantropología para correr la frontera del conocimiento solo puede apoyarse en fragmentos óseos fosilizados, aún no se ha hallado el fósil que dé cuenta de un antepasado común. Pues los homininos, quien lo creyera, fueron diversas especies que convivieron millones de años juntos.  Sin embargo, con los fósiles existentes, solo se puede decir con certeza, pues está la comprobación científica, que hubo un antepasado homínido que caminaba erguido por las ramas, y que en un proceso evolutivo de millones de años descendió de los árboles para enfrentarse a un mundo desconocido, expuesto más a que lo devoraran que a defenderse. Ya que el caminar erguidos nos hizo indefensos, lentos, torpes, pues, como dice DeSilva, si nos atrevemos a compararnos con otros animales. el chance de que sobrevivamos en un enfrentamiento es nulo.

Aunque no tiene sentido entrar a criticar si Charles Darwin se equivocó o no (el que predijo que evolucionábamos por selección natural), el descubrimiento de los fósiles y el estudio de estos ha llevado al consenso, por parte de los paleoantropólogos, de que el caminar en dos patas fue muchos millones de años antes que la fabricación de lascas, el uso de las manos ya sea para proveerse de alimentos, para protegerse, encender el fuego.  Es más, que el caminar erguido fue millones de años antes de que tuviéramos el cerebro grande.

En todo caso, si el caminar en dos patas influyó en la sed de exploración y nuestro uso del lenguaje, valga decir que ese privilegio único fue a un costo demasiado alto. Pues el bipedismo nos trajo desventajas, como las dificultades en el parto y las dolencias físicas que enfrentamos debido a nuestra postura erguida. Ya que algunas enfermedades más comunes que padece el Homo sapiens al empezar la vejez, como los dolores de espalda a causa del desgaste de las vértebras de la columna vertebral, de las rodillas y el dolor de los pies, es el precio que tenemos que pagar por andar erguidos. Vaya ironía, pues el hecho de que seamos el único mamífero sobre el planeta Tierra que anda en dos patas no por ello la evolución tenía que habernos premiados sin tantas enfermedades.

No obstante, DeSilva argumenta que esta forma de locomoción pudo haber sentado las bases para rasgos como la compasión, la empatía y el altruismo. La evidencia científica señala que el Australopithecus afarensis que vivió hace cerca de 3.6 millones de años, sus congéneres ya ayudaban a parir a las hembras, a curar las heridas o ayudarse unos a otros, como fue la defensa al grupo en caso de un ataque depredador tal como lo hacen hoy en día nuestros parientes los chimpancés.

En resumen, Paso a Paso es una obra que ofrece una nueva perspectiva sobre cómo algo tan cotidiano como caminar ha moldeado nuestra especie de manera profunda y significativa.

Para mí, para este 2024 que está a un pelo de expirar, ha sido el libro del año.

Solo falta, estimado lector, leerlo.

 

sábado, noviembre 23, 2024

Mariquita y su provincia, nueva publicación

 Armando Moreno Sandoval

Los graduados de los programas de Historia que se imparte en las Universidades los forman en teorías, métodos y fuentes. Sin embargo, no siempre quienes escriben Historia recurren a ese rigor. Es más, es muy común escuchar que a cualquier texto que se refiera al pasado se le encasille como Historia.

¿Debemos condenar dichos esfuerzos por carecer de rigor académico? Personalmente pienso que no. Al contrario, publicaciones como esas son una buena oportunidad para adentrarnos a la crítica de la Historia, ya que nos dice que el interés por dar cuenta del pasado es mucho mayor que lo que creen las autoridades académicas en los programas de Historia de las Universidades.

Mientras las Universidades no traten de llegar a quienes les gusta y quieren escribir Historia, los esfuerzos historiográficos seguirán dándose por montones.

Últimamente en el norte del Tolima han salido un buen número de publicaciones sobre Armero, Honda y Mariquita, escritas, quien lo creyera, por aficionados que quieren dar cuenta del pasado.

La escritura del pasado desde la segunda mitad del siglo XX, y de lo que va del siglo XXI, ha cambiado demasiado. El diálogo con la filosofía y la antropología ha llevado a la Historia por narrativas impensables. Tan así, que sus fuentes ya no se circunscriben a los papeles escritos que nos legaron las generaciones pasadas. Hoy en día es factible no solo hacer Historia del futuro, sino hacerla con fuentes falsas. Incluso hay corrientes historiográficas donde el historiador puede darse el lujo de cambiar el curso de los hechos, es decir, de lo que pudo haber sido pero que no sucedió porque los hechos fueron otros (la llamada Historia fractal).

Este tipo de Historia a muchos se les arruga la frente, incluso escupen en el suelo como señal de desaprobación. Pero el lío no son las rabietas. El lío está en que la Historia académica que se cultiva y se escribe sigue siendo aburridísima y acartonada, donde el lector en vez de quedar atrapado por la narrativa, el libro termina resbalando
de las manos.

El otro lío que se tiene es que el oficio de la Historia por lo general se confunde con la leyenda, el mito, el folclor, la fábula y, de ahí, a que los hechos sean confundidos queda, como dice el dicho, a la vuelta de la esquina.

Esta confusión solo es detectable para los eruditos atrapados en teorías y métodos, pero para el común de la gente la frontera entre los hechos históricos y la ficción (la leyenda o el mito) poco importa.

El nuevo libro que se presentó en días pasados en Mariquita y que tiene por título Mariquita y su provincia del miembro de la Academia de Historia del Tolima, el mariquiteño Arnoldo Vázquez es un buen motivo para reflexionar acerca de la escritura del pasado

Si bien a la mesa fue invitado el presidente de la mencionada academia, el historiador Hernán Clavijo, este en vez de presentar la obra se fue por las ramas dándole a entender al auditorio que él era conocedor de la abundante historiografía mariquiteña, que, a decir verdad, es poco conocida, leída y consultada.

Hecha la aclaración valga señalar que el libro de Vázquez es enorme. De un gran esfuerzo. Que como él mismo dijo su papel fue el del compilador. Confirmación que uno encuentra al auscultar el texto ya que al interior de sus páginas se encuentran diversidad de temas como la edición integra de la Constitución de Mariquita de principios del siglo XIX.

Aunque la mayoría de los temas ya han sido resaltados en otras publicaciones como las del ya olvidado Aníbal Henao, o, en otras más recientes como las de Esther Julia Cárdenas, Carlos “Tita” Hernández, Hernando Ávila o Guillermo Giraldo, lo llamativo del libro de Vásquez  es que existe una nueva lectura sobre Mariquita donde los hechos del pasado mutan  a falta de fuentes documentales que den fe de lo que se escribe.

A mí me parece que esa es la virtud del libro de Vásquez. Que al carecer de fuentes documentales que sustente lo que escribe, él en su libertad crea nuevas interpretaciones del pasado como el relato de la muerte de la princesa Luchima.

El relato de Vázquez me remonta a mi adolescencia en el curso de Prehistoria que impartía el entonces profesor Aníbal Henao a los estudiantes de primero bachillerato. Recuerdo como ayer cuando, al decirnos que la princesa Luchima había pasado corriendo por la calle del colegio Núñez Pedroso hacia el cerro de Santa Catalina de huida de los conquistadores españoles, todos salíamos en tropel hacia las ventanas que daban a la calle preguntando por dónde… por dónde… que no la veo don Aníbal…

Por Dios! Qué manera de ambientar la Historia.

¡Qué grande don Aníbal! ¡Qué grande su imaginación!

La Historia hasta el siglo XIX hacía parte de la literatura. Pero el encanto de narrar el pasado con metáforas se pierde cuando al señor Alfred Rankel le dio por darle estatus científico a la Historia. Y Ahí fue Troya. Narrar el pasado se volvió aburridísimo.

Por fortuna desde la segunda mitad del siglo XX y lo que va del siglo XXI, con la llegada de nuevas corrientes filosóficas alimentadas por la filosofía de Friedrich Nietzsche, el oficio del Historiador se ha reinventado. Filósofos como Hayden White que nos dice que la Historia es un género más de la literatura y que por ello debemos regresar a las metáforas, o, como el filósofo postmoderno Gianni Vattimo que nos dice que el pasado se escribe desde el presente y que, en vez de dar cuenta de una única verdad  a partir de un hecho, lo mejor es interpretar el hecho para dar cuenta de muchas verdades.

Alguna mente perspicaz podría decir que los relatos acerca de la princesa Luchima están por fuera de la verdad. Pienso que ese no es el debate. La cuestión está que con los hechos del pasado se puede recurrir a la imaginación para ambientar ese pasado con otras narrativas como la leyenda, las aventuras, el mito. La cuestión, como dice el historiador italiano Carlo Ginzburg, está en separar la Historia de la ficción.

Me pregunto, ¿acaso es malo recrear el pasado con la ficción?. La respuesta es no. ¿acaso los escritores al hacer literatura histórica no tienen esas licencias?

En fin, el esfuerzo de Arnoldo Vázquez es gigante. Solo vale premiarlo con su lectura.