TRANSLATE

Mostrando las entradas con la etiqueta OtrasVoces. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta OtrasVoces. Mostrar todas las entradas

viernes, octubre 21, 2016

Honda: La Subienda del Magdalena.



La Subienda del Magdalena (1972) 16 mm. Directores: Alvaro Cepeda Samudio (escritor) y Luis Ernesto Arocha (fotografo).

Un recorrido por el río Magdalena, desde su desembocadura hasta cuando su caudal se vuelve angosto.

En medio de congolos y atarrayas, recrea con nostalgia lo que fue la llegada de la Subienda al Salto de Honda, un pasado que las generaciones actual aun recuerdan y que seguramente las generaciones venideras no entenderán el significado de Subienda.

sábado, junio 21, 2014

“La vida es como un río que da tumbos en la noche"

LIBARDO VARGAS CELEMIN

Profesor Titular
Universidad del Tolima
email: lcelemin@ut.edu.co

Escribió William Ospina en su última novela “La serpiente sin ojos”, y tal parece que la suya comenzó a golpearse contra las paredes de la incomprensión, el señalamiento y la crítica mordaz, luego de una vertiginosa carrera de reconocimientos, premios y homenajes por su trabajo ensayístico y ficcional. 

Gracias a su escritura poética se abrió paso en el medio intelectual y se convirtió en uno de los columnistas más leídos del país. Sus trabajos pasaron a ser material de reflexión en la cátedra universitaria, pero también en las aulas de la educación media. Eran una especie de amalgama poético - filosóficas que tocaban temas vivenciales del país. En ellas fustigó a las élites capitalinas por su desden contra el pueblo con metáforas contundentes; reconoció las potencialidades de la hibridez y el mestizaje étnico nuestro; clamó por oportunidades para los excluidos y fue generando una corriente que miraba en forma distinta el entorno y descubría las riquezas del paisaje para exaltar la lucha en favor de los recursos naturales.

Reconozco que Ospina, al igual que el narrador de “Ursúa” me sedujo “como un hechicero y tiempo después comprendí que su voz era el soplo de la serpiente que me llamaba a su lomo”, el hechizo ha funcionado y he tenido la oportunidad de dialogar con William, participar en algunas tertulias; asistir a sus conferencias; escribir sobre su obra y hasta componer la letra de una cantata en su honor.

Por eso fue una gran sorpresa el encontrarme el pasado primero de junio con su lamentable columna, en la cual toma partido por el candidato del uribismo. No se trata de una actitud dogmática, pues más que la discrepancia ideológica y política, hay un elemento que me sabe a traición, a incoherencia, a argumento falaz para sustentar una adhesión personal, que respeto, pero que resulta frágil y acomodada.

Veamos un solo ejemplo: dice Ospina en su columna que Zuluaga “es el menor de los males. ¿Por qué? Yo lo resumiría diciendo que el uribismo es responsable de muchas cosas malas que le han pasado a Colombia en los últimos 20 años, pero el santismo es responsable de todas las cosas malas que le han pasado a Colombia en los últimos cien años”. Se le olvida a Ospina lo que dijo hace poco en su libro “Pa que se acabe la vaina” , refiriéndose al mismo tema: “Colombia ya no está bajo el control de la vieja élite”.

Finalmente seguiré leyendo la poesía y la ficción de William con el mismo entusiasmo como leo a Borges, a pesar del elogio a Pinochet, pero sus opiniones políticas las recibiré a beneficio de inventario.

sábado, octubre 05, 2013

Álvaro Mutis (1923-2013): Honoris Causa, Universidad del Tolima, 1995

En septiembre de 1995, la Universidad del Tolima, le concedió a Álvaro Mutis, el Honoris Causa en Literatura.

Las palabras que dijo la noche del Honoris Causa, tienen para mí un tono nostálgico. Y es comprensible porque se remonta a su niñez.  He leído casi todo lo de Mutis y lo que se ha escrito sobre Mutis. De esas lecturas he llegado a la conclusión, y diría que casi en todos, que cuando hablan de Mutis, lo hacen a manera de circunloquios: ya que lo que dicen no es porque lo hayan leído, sino porque la han oído. 

Y respecto a los críticos tienen un tufillo que personalmente no me gusta: tienen algo que les hace falta cuando hablan de su obra: no conocen a Coello, como tampoco la tierra caliente del Tolima. Si la conocieran estoy seguro que entenderían mejor su obra. En esas críticas veo disquisiciones mentales y superfluas.

Meses después de haberse ganado el Premio Reina Sofía tuve la oportunidad de charlar con él, tras dar una conferencia en la Universidad de Barcelona, la sede que queda en  la Plaza de la Universitat en la Gran Vía.

Esa noche de otoño, acompañada por una ligera llovizna, al intercambiar palabras con los asistentes, me le acerque y  le dije: maestro su obra tiene un sabor a clima caliente. Como lo sabes, me dijo, soy tolimense de tierra caliente.

Esa noche le hable del escritor tolimense ya olvidado por quienes leen literatura:  Nicanor Velásquez Ortíz y su obra Río y Pampa. Le dije que esta obra, también, a su manera literaria, tenía un sabor a tierra caliente.

Transcribo las palabras que diera Mutis esa noche de septiembre de 1995:

 Amorosa y cordial ironía

Estoy profundamente emocionado. Se me confunden las nostalgias, las  certezas, el cariño, la falta que me hace esa tierra tolimense y me cuesta mucho trabajo decir lo que en este momento estoy sintiendo.

Quería, sí, anotarles algo: Hay una amorosa, una cordial ironía en todos estos homenajes que se me hacen y sobre todo en este doctorado Honoris Causa. Les voy a contar por qué.

La hacienda de tierra caliente
de los abuelo de Mutis
Es al paisaje del Tolima, al ámbito tolimense, a mis largas sesiones de lectura en la terraza donde se secaba el café en la finca de Coello, a esa fiebre por entrar en el  mundo de la poesía, de la historia, que no pude terminar mi bachillerato... Y que entonces ahora, precisamente el Tolima sea el que me de un doctorado Honoris Causa, cierra un anillo más de esos anillos que yo siempre he imaginado que son la vida del hombre y que a veces los dioses permitan  que los más preciados y los más importantes se cierren para formar parte de nuestro ser.

Yo hubiera esperado, desde luego, de muchas universidades muestras de afecto, no doctorados Honoris Causa, pero sí de solidaridad  con mi obra. Pero que precisamente la Universidad del Tolima me haga doctor en Literatura es algo que me emociona y al mismo tiempo, por fin, después de tantos años, justifica todas esas horas de lectura que mencioné y sobre todo una trampa  que le hacía al Instituto Politécnico y después al Colegio del Rosario, quedándome a veces hasta un mes en la hacienda contándole historias a mi madre, que no las creía, desde luego y que me permitían seguir leyendo la historia de Francia, la biografía de Felipe II, la obra de Balzac, la obra de Gerardo de Nerval, de Carlos Baudelaire y en ese transcurso y en esas horas robadas al colegio acabé, junto con el billar, con mi cartón de bachiller.
Álvaro Mutis

Pero la vida da otros premios también maravillosos. Tengo dos testigos de cuál es la maravilla de ese paisaje del Tolima y ellos me han acompañado amorosamente hasta hoy. El primero, mi hermano Leopoldo, ya ausente, cuyas cenizas deposité en el río Coello. El otro, mi entrañable amigo Álvaro Castaño Castillo, con quien hemos recorrido los caminos secretos de la finca, con esa intuición amorosa de quienes todavía podemos recordar el árbol de guamo doblado sobre el charco donde jugábamos de niño y donde nadábamos ya en plena adolescencia. Ellos han sabido mantener a mi lado intacto ese milagro prodigioso ese paraíso que es para mi Coello y el Tolima.

Muchas gracias, señor gobernador, muchas gracias señor Rector, muchas gracias señor alcalde de Ibagué y mil gracias, Álvaro, por acompañarme.


martes, abril 06, 2010

Heberto Padilla: Para escribir en el álbum de un tirano


Heberto Padilla (Puerta del Golpe, Pinar del Río, 20 de enero de 1932 - Alabama, Estados Unidos, 24 de septiembre de 2000) fue un poeta y activista cubano, perseguido por el gobierno de la República de Cuba.



Protégete de los vacilantes,
porque un día sabrán lo que no quieren.
Protégete de los balbucientes,
de Juan—el—gago, Pedro—el—mudo,
porque descubrirán un día su voz fuerte.
Protégete de los tímidos y los apabullados,
porque un día dejarán de ponerse de pie cuando entres.

Poesía de Heberto Padilla

miércoles, septiembre 17, 2008

James Carter en la Universidad de la Habana


(Discurso del Ex presidente de los Estados Unidos de América, James Carter. Universidad de la Habana. La Habana, Cuba. Mayo 14 de 2001)

Señor
Presidente Castro;
Ministros del Gobierno;
Otros distinguidos invitados;
Señor Rector;
Profesores y estudiantes:

Aprecio debidamente la invitación extendida por el señor Presidente Castro para que yo visite Cuba, y estoy encantado con la hospitalidad que hemos recibido desde nuestra llegada.

Es un gran honor tener la oportunidad de dirigirme al pueblo cubano.

Hace un siglo, y después de una larga y agonizante gesta, Cuba alcanzó su independencia, y comenzó a desarrollarse una compleja relación entre nuestros dos países. Las grandes potencias de Europa y Asia consideraban al "imperialismo" como un orden natural de la época y esperaban que los Estados Unidos colonizara a Cuba, en la forma en que los europeos lo habían hecho en el África. Sin embargo, Estados Unidos prefirió apoyar para que Cuba fuera independiente, pero no totalmente. La Enmienda Platt le dio a mi país el derecho de intervenir en los asuntos internos de Cuba, hasta que, en mayo de 1934, el presidente Franklin Roosevelt tuvo la sabiduría de revocar esta enmienda.

Hace más de 43 años se derrocó al dictador Fulgencio Batista, y unos pocos años después, durante la guerra fría, la Revolución cubana se alineó con la Unión Soviética. Desde entonces, nuestros dos pueblos vecinos han seguido rutas filosóficas y políticas distintas.

La dura realidad es que ni los Estados Unidos ni Cuba han logrado definir una relación que sea positiva y beneficiosa. ¿Será posible que este nuevo siglo pueda encontrar a dos pueblos vecinos que vivan en paz y armonía? He venido aquí en busca de una respuesta a esta pregunta.

Hay algunos en Cuba que piensan que la respuesta sencilla es que los Estados Unidos termine el embargo, y hay otros en mi país que creen que la respuesta es que el Presidente de Cuba deje el poder y permita elecciones libres. No hay duda que este asunto merece una evaluación más profunda.

He vuelto a revisar la compleja historia (preparándome para mis conversaciones con el Presidente Castro) y he comprendido que no hay respuestas sencillas. No he venido acá a interferir en los asuntos internos de Cuba, sino a extender una mano de amistad hacia el pueblo cubano y ofrecer una visión del futuro para nuestros dos países y para las Américas.
Esta es una visión que incluye a una Cuba totalmente integrada en un hemisferio democrático, que participa en el Área de Libre Comercio de las Américas y, con ciudadanos que viajan sin restricciones, para visitarse entre sí. Quiero ver un programa masivo de intercambio estudiantil entre nuestras universidades. Quiero que los pueblos de los Estados Unidos y Cuba compartan mucho más que su afición por el juego de pelota (béisbol) —esta noche, más tarde, vamos a un juego de pelota (Risas), y espero que pueda lanzar en el béisbol primero— y la maravillosa música. Quiero que lleguemos a ser amigos y nos respetemos unos a otros.

Durante 42 años, nuestras dos naciones se han encontrado atrapadas en un dañino estado de beligerancia. Ha llegado la hora en la que debemos cambiar nuestras relaciones y la forma en la que pensamos y hablamos uno del otro. Debido a que los Estados Unidos es la nación más poderosa, somos nosotros quienes debemos dar el primer paso.

En primer lugar, tengo la esperanza de que el Congreso de los Estados Unidos pronto actuará para permitir viajar sin restricción entre los Estados Unidos y Cuba, establecer relaciones de comercio abiertas y revocar el embargo. Debo también añadir, que este tipo de restricciones no son la causa de los problemas económicos de Cuba. Cuba tiene intercambio comercial con más de 100 naciones, y, por ejemplo, puede comprar medicinas a mejor precio en México que en los Estados Unidos. Pero el embargo congela el presente impasse, induce a la ira y al resentimiento, restringe la libertad de los ciudadanos de los Estados Unidos y dificulta el que podamos intercambiar ideas y mostrar respeto.

En segundo lugar, tengo la esperanza de que Cuba y los Estados Unidos puedan resolver, con alguna creatividad, las disputas relativas a derechos de propiedades antiguas, que han durado cuarenta años. En muchos casos estamos debatiendo reclamos sobre ingenios azucareros decrépitos, una empresa de teléfonos que es una antigüedad y muchas otras pertenencias obsoletas. La mayor parte de las compañías norteamericanas, ya han absorbido sus pérdidas, pero hay otras compañías que todavía quieren ser compensadas, y muchos cubanos que huyeron de la Revolución mantienen un apego sentimental por sus casas.

En 1979, cuando, como presidente, normalicé las relaciones con China, resolvimos un problema similar. Yo propongo que nuestros dos países establezcan una comisión de ciudadanos notables para examinar, en una forma positiva y constructiva, las preocupaciones legítimas de todas las partes involucradas.

Tercero, algunos de aquellos que abandonaron esta hermosa isla han demostrado claramente que la clave para alcanzar una economía boyante es el uso de las capacidades empresariales individuales. Pero hay unos cubanos en el sur de la Florida, que siguen molestos en relación a su salida y a sus familias divididas. Tenemos que definir un futuro que pueda servir como un puente de reconciliación entre Cuba y los Estados Unidos.

¿Es posible establecer este tipo de relaciones normales? Yo creo que sí. Con la excepción de la estancada relación entre Cuba y Estados Unidos, el mundo ha cambiado mucho, especialmente en América Latina y el Caribe. Hace relativamente poco tiempo, en el año 1977, cuando yo asumí la presidencia, en América del Sur había solamente dos democracias y en América Central apenas una. En la actualidad, casi todos los países en las Américas son democracias.

No uso la definición de "democracia" de los Estados Unidos. El término se halla consagrado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que Cuba firmó en 1948 y este ha sido definido muy precisamente por los demás países de las Américas en la Carta Democrática Inter-Americana en el pasado mes de septiembre. Se basa sobre premisas muy sencillas: todos los ciudadanos nacen con el derecho de escoger sus propios líderes, de definir su propio destino, de hablar libremente, de organizar partidos, sindicatos y grupos no gubernamentales, y de tener procesos legales abiertos y justos.

Solamente esos gobiernos pueden ser miembros de la OEA, pueden ingresar en el Área de Libre Comercio de las Américas o participar en las cumbres de las Américas. En la actualidad, cualquier régimen que tome el poder en forma inconstitucional estará sujeto al ostracismo. Esto fue demostrado con el rechazo al golpe de estado suscitado en Venezuela el mes pasado.

La democracia es un marco que permite a las personas acomodarse a los tiempos cambiantes y corregir los errores del pasado. Desde nuestra independencia, Estados Unidos se ha librado de la esclavitud, ha otorgado el derecho de voto a la mujer, ha concluido con casi un siglo de discriminación racial legal, y justamente en este año ha reformado sus leyes electorales, para corregir los problemas que enfrentamos en la Florida hace dieciocho meses.

Cuba ha adoptado un gobierno socialista donde no se permite que su pueblo organice ningún tipo de movimientos de oposición. Su constitución reconoce la libertad de expresión y de asociación, pero otras leyes niegan estas libertades a aquellos que no están de acuerdo con el gobierno.

En cuanto a los derechos humanos, tampoco podemos decir que mi nación es perfecta. Un número de nuestros ciudadanos se halla encarcelado en prisiones, y hay poca duda que la pena de muerte se impone más duramente sobre aquellos que son pobres, negros o se encuentran mentalmente enfermos. Durante más de un cuarto de siglo, no hemos logrado garantizar para nuestro pueblo el derecho básico al cuidado universal de la salud. Sin embargo, las garantías de las libertades civiles ofrecen a todo ciudadano la oportunidad de cambiar estas leyes.

Este derecho fundamental también ha sido garantizado para los cubanos. Es grato ver que los artículos 63 y 88 de su Constitución, facultan a los ciudadanos para presentar una petición ante la Asamblea Nacional para autorizar un referéndum que cambie las leyes si 10 000 o más ciudadanos la firman. He sido informado que tal esfuerzo, conocido bajo el nombre del Proyecto Varela, ha logrado suficientes firmas y ha presentado una petición de esta naturaleza ante la Asamblea Nacional. Cuando los cubanos ejerzan este derecho para pacíficamente cambiar sus leyes mediante un voto directo, el mundo verá cómo son los cubanos y no los extranjeros, quienes decidirán el futuro de este país.

Cuba tiene un extraordinario sistema de cuidado de la salud y de educación universal, pero el mes pasado, la mayor parte de los gobiernos de América Latina se unieron a la mayoría de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas para solicitar a Cuba que cumpla con las normas universalmente aceptadas, referentes a las libertades civiles. Quisiera pedir que ustedes permitan al Comité Internacional de la Cruz Roja que visite las prisiones y que reciban al Comisionado de Derechos Humanos de las Naciones Unidas para que examine temas como el de los prisioneros de conciencia y el trato a los reclusos. Estas visitas podrían ayudar a refutar una serie de críticas injustificadas.

Las encuestas de opinión pública indican que la mayoría de las personas en los Estados Unidos quisiera ver que el embargo económico termine, que los viajes entre nuestros dos países sean normales, que exista amistad entre nuestros pueblos, y que Cuba sea bienvenida dentro de la comunidad de democracias en las Américas. Al mismo tiempo, la mayor parte de mis conciudadanos considera que los asuntos relativos a la libertad económica y política tienen que ser definidos por el pueblo de Cuba.

Después de 43 años de sentimientos llenos de animosidad, esperamos que en el futuro cercano, ustedes puedan extender su mano sobre esta gran división que separa a nuestros dos países y digan: "estamos listos para unirnos a la comunidad de democracias", y espero que pronto, el pueblo de los Estados Unidos, también pueda abrir sus brazos y decir: "les damos la bienvenida como nuestros amigos".

Muchas gracias (Aplausos).

jueves, diciembre 14, 2006

Los desafios del Polo Democrático


Palabras del poeta William Ospina al Congreso de Unidad.


Lunes 4 de diciembre de 2006


Dicen que nuestro padre Bolívar, que tenía derecho a criticarnos, dijo alguna vez que cada colombiano era un país enemigo. La verdad es que Colombia fue por mucho tiempo, a pesar de la abnegación y la generosidad de innumerables luchadores populares, y como consecuencia de una política estudiada y exitosa de las élites, un país fragmentado e insolidario. Y en el orden social la insolidaridad es el peor enemigo. La dirigencia que maneja al país desde la aurora de la república supo siempre que su éxito dependería de mantener a un pueblo tan diverso por su composición y por sus costumbres, dividido para siempre. Dividido, escindido, estratificado. Aquí en nada ponen más cuidado que en enseñarnos a todos a saber a qué estrato pertenecemos. Incluso la educación, que se nos predica como la solución a todos los problemas, es ante todo una escuela de estratificación. Hasta en una concentración del Polo Democrático vi un día algo que me desanimó. Había una sección llamada VIP, sigla nefasta que significa "very important people", gente muy importante. Y me dije con cierto sabor de frustración que si Polo permitía que se abrieran camino esos melindres clasistas, no saldríamos nunca de la Colombia del Jockey Club. Eso lo digo como una amistosa observación.

Yo creo que a ningún pueblo se le han predicado tantas diferencias. El hecho de que Colombia sea un país de extraordinaria diversidad ha favorecido esas divisiones intencionadas que nos inmovilizan y nos dejan inermes en manos de la barbarie, y los partidos políticos tradicionales fueron por mucho tiempo cátedras de odio entre los colombianos. Por eso entiendo la frecuencia con que se oye en este Congreso la consigna de Unidad, repetida muchas veces. Todos sabemos que el secreto del triunfo de un proyecto generoso y democrático en Colombia está en la conquista de la unidad. Pero ¿cuál es el secreto de una verdadera unidad? La mera voluntad no basta, se requiere un método. Esa unidad anhelada exige sinceridad y franqueza, porque no se hace unión callando lo que pensamos sino expresándolo con confianza y con lealtad. Afirmarnos en nuestras convicciones y nuestros principios sin que eso se interprete como hostilidad, sin tener que fingir que hay que estar de acuerdo en todo para poder cumplir juntos algunas tareas indispensables.

Para tener de verdad confianza en los otros se requiere conocimiento, pensamiento, y ante todo confianza en sí mismo. Estoy seguro de que aquí se está encontrando, casi por primera vez, una Colombia que no se conocía. Una Colombia invisibilizada, acallada y excluida. Es una extraordinaria oportunidad de conocer a Colombia asistir a este Congreso, y sería una lástima que no la aprovecháramos. Nada como ese diálogo, como ese intercambio de memorias y sueños, nos permitirá avanzar en la formulación de un proyecto de país que no sólo sea posible sino acertado. Para confiar en nosotros mismos necesitamos conocer lo que nos rodea: necesitamos una mezcla profunda de memoria y orgullo, sólo eso nos puede ayudar a estar seguros de lo que somos y de lo que merecemos. Cierta vez le oí decir a Santiago García: "Los países del Occidente como la India y la China, y los países del Oriente como España y Francia". Me pareció que había un error y le dije: "Querrás decir los países orientales como la China y la India y los occidentales como España y Francia. Entonces muy amablemente me contestó: "Es que confundimos la cultura con la geografía. Como uno está mentalmente en Europa piensa que la China y la India están en el Oriente, pero para nosotros están al Occidente. Y basta mirar el mapa para ver que España y Francia están al Oriente de Colombia". Ese pequeño ejemplo bastó para demostrarme que vivimos en un mundo de convenciones.

Muy a menudo, sin darnos cuenta miramos con los ojos de las metrópolis que nos conquistaron, y en la lucha por conquistar ese orgullo y esa seguridad mental sin los cuales no somos buenos interlocutores de nadie, hace falta arraigar en nuestro mundo, conocerlo en detalle y apropiarnos de su memoria. Muchos colombianos todavía tenemos que dejar de vivir en ese país que, como una anómala figura de la geometría, tuvo siempre el centro afuera: en la corona española, en el vaticano, en la revolución francesa, en el mercantilismo inglés, en los centros comerciales de Miami. Dejar de percibir el mundo desde la óptica de las culturas dominantes. Hace treinta años los analistas de la realidad colombiana, ávidos por hacer coincidir nuestra historia con los esquemas de Hegel, buscaban en ella la secuencia invariable del esclavismo, el feudalismo y el capitalismo. Ni se les ocurría que nuestra realidad no cabe en los esquemas de Hegel. Que aquí llegó hace cinco siglos la sociedad mercantil, el capitalismo incipiente, inaugurado por la edad de los descubrimientos; que la conquista de América propició lo que llamaba Marx la acumulación originaria del Capital, y que después de llegado el capitalismo llegó, asombrosamente, el esclavismo. Que aquí llegó primero, en los galeones de los españoles, la Contrarreforma, y sólo ahora está llegando la Reforma. Interpretar nuestra realidad exige mirarla con ojos nuevos; exige ser, a la hora del análisis, tan originales como ella.

La noticia, asombrosa para algunos, de que esto no es Europa, es fundamental para que podamos dialogar con el mundo desde nuestra realidad. La China sabe que no es Europa, los árabes saben que no son Europa, los hindúes saben que son otra cosa. Pero yo he oído importantes intelectuales que niegan que los indígenas y los descendientes de África jueguen un papel importante en nuestra cultura, gentes que creen todavía que somos españoles, que aquí no hay mestizaje. Y eso no lo decían solamente Silvio Villegas y los señores de la vieja Academia de Historia, sino gente joven e hoy. Aquí se abrió camino la ilusión de que éramos europeos, acaso por ser, como decía Rubén Darío, la América, "que aún reza a Jesucristo y aún habla en español". Se abrió camino esa tradición de negar nuestro pasado y nuestro presente indígena, nuestro mundo afroamericano, las selvas, los ríos de barro, los caimanes, los jaguares, las dantas, los chigüiros, la mayor variedad de aves del mundo, la mayor variedad imaginable de climas. Nos dedicamos a cantarle a los ruiseñores, los únicos pájaros que no existen en esta geografía, y a decirles a las amadas en las canciones "que esperen las flores de nuestro amor en primavera, que en el verano nuestra pasión será cada vez más ardiente, que en el otoño nuestras ilusiones caerán como las hojas, que nuestro corazón será una brasa bajo las nieves del invierno". Pero nos tocó inventar la nieve navideña con bolitas de icopor porque el mundo en que creemos vivir se parece muy poco al mundo en que vivimos.

Los europeos en cambio se abstienen rotundamente de decorar sus avenidas
con carros tirados por jaguares, no hacen carnavales del hombre caimán, y
para sus diseños prefieren inspirarse en las plantas de Europa. Viven donde viven. Esa mala costumbre nuestra de creer que nacimos en el lado oscuro del jardín y que por eso tenemos que fingir ser de otra parte, puede simbolizarse en la figura casi caricatural de Miguel Antonio Caro, que sólo hablaba en latín bajo los alcaparros del altiplano, que jamás salió de la Sabana de Bogotá, que gobernaba a Colombia como si fuera la Roma de Propercio o de Cicerón, y que nos dejó durante cien años de soledad una Constitución para la que no había ni indios ni negros ni selvas ni tierra caliente ni lluvias del Chocó ni malocas amazónicas ni el bastón susurrante del chamán ni el arrastrar de cadenas invisibles de la cumbia ni la frenética electricidad de los danzantes del mapalé. Yo escribí una vez sobre la necesidad de encontrar esa franja amarilla de la sociedad, en la metáfora de la franja de la bandera nacional que puede representar a las mayorías excluidas y postergadas por nuestra historia. Pero pienso también en otro sentido de esa franja amarilla: es nuestra presencia en la región equinoccial de América, en la franja solar donde se produce la mayor diversidad de la vegetación y de la fauna, en el paralelo cuatro que
produce buena parte del oxígeno planetario, la franja del oro sagrado de los pueblos precolombinos, la tierra de los hombres del maíz, la tierra fecunda de todos los mestizajes, la franja con mayor actividad eléctrica del planeta, con la regeneradora capacidad de producir ozono que tiene nuestra atmósfera.

Mencionaba ayer Antonio Navarro a los grandes pioneros de este despertar ciudadano. Sí. Tenemos que ser dignos de la sangre de Gaitán y de Pardo Leal, de Bernardo Jaramillo y de Carlos Pizarro, y de tanta sangre inocente que impregna este suelo. Y también tenemos que ser dignos del ideario de Bolívar, de la sabiduría de Humboldt, del pensamiento de Caldas, de las hazañas científicas y estéticas de la Expedición Botánica, del legado de esa otra aventura inconclusa de reconocimiento del territorio, la Comisión Corográfica.

Ya que la dirigencia colombiana ha traicionado buena parte de sus propias conquistas civilizadas, tenemos que asumir nosotros el ideario de la civilización. Hacer nuestros los grandes tesoros de la lengua, enriquecidos por el diálogo con muchas otras lenguas nuestras, indígenas, africanas, gitanas. El tesoro de nuestras artes. Ese patrimonio riquísimo que un día no sólo tendremos que administrar sino en ocasiones por primera vez descifrar, revelar y compartir con el mundo. Hubo en nuestro país proyectos que presentían lo que podía llegar a ser Colombia: pienso en las Láminas de la Expedición Botánica y en el refinamiento del tesoro Quimbaya, bienes fundamentales de nuestra cultura injustamente retenidos por el gobierno español, pienso en los tesoros no divulgados de nuestra gran literatura, pienso en la saga de los ferrocarriles, en la saga de la navegación por el Magdalena. Hubo una época en que hasta los hoteles se hacían pensando de verdad en el país que tenemos. Hubo y hay una arquitectura digna de nuestra tierra. Los ingleses que vinieron a buscar oro, a construir ferrocarriles, a construir el cable aéreo más largo del mundo, inspiraron a partir de su experiencia en el Caribe y en Indochina la arquitectura en madera de las fincas de la zona cafetera que es una de las cosas más bellas y originales de nuestra tierra.

Yo creo que un movimiento popular y moderno como el Polo tiene que convertirse en el orgulloso defensor de los esfuerzos creadores realizados por millones de colombianos a lo largo del tiempo, en diálogo de talentos con el mundo. Yo creo en la necesidad de un retorno a los campos, que no será posible sin la paz. No podremos devolvernos hacia una improbable arcadia indígena: pero creo profundamente en un diálogo respetuoso con los saberes de las comunidades indígenas, en un esfuerzo consciente y continuado por conservar el legado de sus lenguas, por descifrar el tesoro de sus mitos, creo en la necesidad de un respeto profundo por su conocimiento de mundo natural. Yo sé que la farmacia del futuro para todo el planeta está en nuestras selvas. Sin darle la espalda al gran saber científico de la modernidad, hay que enriquecerlo y contrastarlo con el conocimiento de muchas culturas nativas, con el saber de nuestra propia tradición. Este tiene que ser también el partido de la maloca universal, de la piel constelada de la gran Anaconda, de la escritura del Dios en la piel del jaguar.

Cuando uno vuela sobre ciertas regiones de Colombia, ante todo sobre las orillas de las ciudades uno siente el asombro de ver dos realidades opuestas: "Cuanta tierra sin gente aquí, cuánta gente sin tierra allí". Es indudable que los colombianos debemos tomar posesión de Colombia en términos físicos, que una reforma agraria sensata, productiva, histórica, es necesaria; que la redistribución del ingreso es necesaria; pero también hay que tomar posesión espiritual e intelectual de Colombia, conocer su geología y su topografía, su geografía y su biología, reformar la educación con audacia y con originalidad, decirle adiós a ese mundo de imposturas académicas que no valora los conocimientos reales y originales sino la sujeción a unos esquemas y la eterna subordinación a unos modelos.

Aquí tenemos el desafío del rigor y también el desafío de la originalidad. Tenemos que hacernos dignos de lo mejor de la obra de nuestros grandes pensadores independientes. Todo lector sensato encontrará en las obras de Fernando González, de Estanislao Zuleta, de tantos otros, no sólo mucho material polémico, sino el pensamiento más rebelde y más original que pueda pensarse. Hay que hacerse dignos del pensamiento rico, amplio, lleno de fecundas aproximaciones entre disciplinas y de ricas síntesis, de muchos de nuestros pensadores.

Colombia tiene grandes tareas culturales que cumplir para conquistar su cohesión como nación. No digo yo su identidad, porque sin duda no somos idénticos unos a otros, pero sí esa memoria que nos devuelva la concienciade ser hijos de una misma historia, ese conocimiento de nuestro mundo que nos permita hablar con propiedad sabiendo desde dónde hablamos y quiénes somos, y ese orgullo de unos saberes y unos lenguajes originales que nos darán un rostro y una voz precisa en el diálogo planetario. Y nada es tan ilustrativo como el modo en que nuestro mestizaje en el arte y en la música ha sabido recibir y fusionar el legado de las grandes tradiciones americana, africana y europea. Alguien dijo que un colombiano es alguien que piensa como europeo, siente como indio y baila como africano. También de la música se puede aprender a hacer política. Concertar y armonizar instrumentos distintos, voces diferentes, ritmos y melodías diversos. Y nuestra música sí que es una síntesis prodigiosa de todos esos componentes.

El horror de la tradición política colombiana consiste en que los políticos y los gobernantes de los partidos tradicionales nunca entendieron el papel de la cultura en la vida de los pueblos. En eso sí no aprendieron jamás de España, ni de Francia, ni de Italia, ni de México. Confundían la cultura con lo ornamental, con lo bonito, con lo decorativo, con lo innecesario. También a esa ignorancia y a esa frivolidad le debemos el escenario de pasiones primarias, la violencia, la falta de debate, la falta de sutileza de nuestra vida pública. La gran cultura colombiana siempre ha sido popular y siempre ha sido menospreciada por las élites, y el Polo Democrático tiene que saber hacer de nuestra riqueza cultural su manera y su discurso. Carlos Gaviria lo sabe por fortuna más que nadie. Quiero decir que para que el Polo pueda cumplir sus altas tareas políticas, debe ser también, y sobre todo, un movimiento cultural, debe recoger la creatividad extraordinaria de este pueblo, cuya verdadera exclusión no consiste tanto en que no se le haya dado todo lo que merece, sino en que no se ha sabido recibir de él todo lo que tiene para dar y para enseñar. Es sobre todo la exclusión, por razones clasistas y racistas, de una gran riqueza cultural.

Y el Polo debe asumir la certeza de que la política del futuro tendrá sobre todo una expresión cultural, que las banderas del futuro son el amarillo del sol y el verde de la selva, que son blancas de oxígeno y azules de agua. Porque la gran epopeya del futuro inmediato es salvar a este planeta de las maquinaciones de la codicia, de las depredaciones del gran capital, de las pestes de la guerra, de las contaminaciones de la industria, del hastío de la sociedad de consumo, y del desprecio por lo humano de un mundo sórdido y violento.

Colombia está en la primera fila de esas tareas, es una de las trincheras de la biodiversidad, de la defensa del agua y del oxígeno, de la defensa de la diversidad humana y cultural. Nosotros estamos cerca de los manantiales.

Aquí está el porvenir.

William Ospina

miércoles, julio 05, 2006

Luis Arturo Castaño Ocampo: hacedor de palabras

Armando Moreno Sandoval 
Hace un buen rato que Arturo Castaño, me abrió las puertas de su corazón. Alrededor de no sé cuántas largas charlas mañaneras y matinales, bebiendo café, fui descubriendo ese espíritu humano que hoy en día muchos han dejado de cultivar. No obstante, este espíritu humano tiene su explicación: Varias veces me han preguntado: ¿cómo es la manera de pensar del médico Castaño?, respondo: tiene un pensamiento moderno. 

Y si esta noche, me hiciera la misma pregunta no dudaría en dar la misma respuesta: es un hombre moderno. La pregunta no la respondo por capricho. Frank Safford el historiador norteamericano en su libro El Ideal de lo Práctico. El desafío de formar una élite técnica y empresarial en Colombia, describe en ese libro el arquetipo del hombre moderno. 

En el libro citado se describe cómo en una sociedad predominantemente premoderna y preindustrial, como lo fue la sociedad colombiana durante el siglo XIX y parte del siglo XX (aunque algunos sectores lo siguen siendo), hubo una élite económica, social y política que abogó por los cambios sociales y económicos. Esto es, una élite que abrió escuelas, modernizó la infraestructura del Estado, difundió los cambios y que orientó la educación hacia áreas técnicas y prácticas con el fin de abrirle espacio al desarrollo económico y estimular de este modo un espíritu empresarial. El fin era que la élite social y económica abandonara formas sociales hidalgas heredadas de la época colonial española. En sí lo que se perseguía era formar hacia el futuro una clase empresarial y dirigente digna de ser moderna tanto social como ideológicamente. 

Si hay alguien en Mariquita que encarna ese arquetipo de hombre moderno que nos habla Frank Safford es el médico Arturo Castaño. Les explicaré por qué: Sé de antemano que algunos presentes mejor que yo, saben y conocen, su vocación social y humana. De las largas charlas que he tenido con el médico Castaño, y como antropólogo que soy, de él puedo decir que encarna, como dije, una visión modernizadora de la vida social y económica. 

Combinando su profesión de médico con el de activista social al frente del movimiento caficultor que cuestionaba al Comité de Cafeteros del Norte del Tolima, indujo a llevar a cabo muchas tareas que hoy día están presentes y que aún siguen vigentes. Solo citaré dos: la primera, el de haber sido a finales de la década del 70 siglo XX el gestor e impulsor de las vías de comunicación en las veredas de los municipios cafeteros del norte del Tolima y, segunda, el de haber impulsado los programas de planificación familiar y que hoy en día casi el mundo entero tienen a Colombia como modelo. 

Existe un consenso que sin éstas dos estrategias, Colombia, pese a la Violencia que la agobia desde finales de la década de los 40 del siglo XX hasta nuestros días, difícilmente podría haber alcanzado –con todos los problemas que existen hoy día- los niveles de desarrollo que hoy tenemos. Estrategias que han sido y siguen siendo claves para el desarrollo económico y social: vías de comunicación y control de natalidad. 

Si el norte del Tolima, y en particular los mariquiteños, nos podemos jactar, para usar un verbo un poco vanidoso, de éste hombre que tanto aporte le ha hecho, y le sigue haciendo a su tierra, hay en él una faceta que recrea ese espíritu social y humano: la del hacedor de poemas y testimonios. 

Si como dije antes, como médico y como gestor social, su mirada ha sido modernizadora, su poesía y sus testimonios que he leído tampoco han escapado a las tendencias actuales que reclama la escritura. Todos ustedes saben que el mundo que empezó a pensarse a finales de las dos últimas décadas del siglo XX y que se está construyendo en este siglo XXI, así ustedes no lo perciban, es un mundo alejado de teorías ideologizantes y totalizadoras. 

Ese mundo a que estoy aludiendo está siendo expresando de múltiples formas: lo vemos en el arte (con las instalaciones, el performance); lo vemos en la moda con las tendencias que reclaman expresiones locales, bien sea en el vestir, en el hablar, en el peinado; en la religión y sus múltiples iglesias desafiando cualquier patrón de autoridad pero reconociendo a su Dios; lo vemos en la literatura con la poesía que se inicia con Pablo Neruda que al romper con las cadenas de la métrica dejan un verso suelto, libre de cualquier atadura. 

Sí el llamado de los filósofos postmodernos es el de construir un mundo más tolerante y abierto a las diferentes formas de pensar, este llamado, sin lugar a dudas, donde mejor se expresa es en la literatura. Esta mirada es la que uno encuentra en la obra poética y en la escritura testimonial de Arturo Castaño. La manera como recrea arquetipos universales a partir de vivencias personales es lo que hace que su literatura esté inscrita en los tiempos actuales. Quien lea el relato testimonial El Alcalde o El Puente puede apreciar en ellos un arquetipo que, si bien está presente en todas las culturas, en nuestra sociedad colombiana ha sido endémica: me refiero a la Violencia. En el relato El Alcalde lo que está allí expresado es el poder de Dios a través del sacerdote y el poder del Estado a través del alcalde para negar justicia. En el relato El Puente lo que se perciben son metáforas que entremezclándose a la manera de un collage emite múltiple voces clamando justicia. Lo que hace interesante la literatura de Arturo Castaño es precisamente ese universalismo de lo local a través de un arquetipo. En los dos ejemplos anteriores, en El Alcalde y en El Puente, como lo dije, el arquetipo es la Violencia. Ni que decir del relato La Barbera

En mi vida de asiduo lector de literatura colombiana solo he leído dos escritos que tienen como personaje central la navaja de afeitar, conocida como la barbera. Uno es el cuento de Edgar Téllez titulado Solo Espuma, donde el escenario es una barbería en la época de la violencia donde el barbero por diferencias políticas, afeitando a su contrincante político, tiene la oportunidad de saldar cuentas degollándolo. En el relato de La Barbera no es la mano ajena quien quita la vida, sino es el hombre dueño de su propio destino que, con su propia mano, decide quitarse la vida degollándose. 

Aunque en ambos escritos el protagonista es la barbera, lo que importa en el escrito de Castaño es el arquetipo del suicidio, presente también en todas las culturas. Pero si alguien quiere alejarse de los arquetipos basta con leer El Puma o Ensillemos. En El Puma a manera de un fresco onírico trastoca la realidad para hacérnosla metafóricamente creíble al introducir el brazo por la boca del puma para cogerlo por la cola; y en Ensillemos a la manera de los mejores relatos costumbristas que escribió José Manuel Marroquín, recrea y describe con el sustantivo y el adjetivo preciso ese mundo barroco que encierra el arriero con la bestia. 

Sin lugar a dudas es la fuerza, la precisión del adjetivo, del verbo, del sustantivo, y la manera como moldea la escritura lo que hace que la literatura de Arturo Castaño tenga un sello personal. Para corroborar lo dicho basta con leer Tormentas. Aunque aquí en este poema el arquetipo es la muerte, así la vida sea una metáfora es un llamado a vivirla. Veamos: 

Tormentas 

No se puede arrancar a la muerte ni siquiera una mueca de esperanza? O pasarle a la vida sórdida una cuenta de desilusión? Somos pues tan vanos que no resiste un desamor el corazón? navegamos insomnes sin abrigo sin brújulas, sin rumbos, Sin horizontes fijos somos barco que se hunde a pesar del timonel forjado al unísono en la esperanza del ayer. Ha sido acaso la marea tan bravía que hasta el azar nos ha negado el derecho a guiar la barcarola nuestra así sea hasta el fondo del desconocido mar? Pero no: somos brisa, viento y mar timonel herido, barcarola hundida azar maldito donde todo se nos puede arrebatar menos la ilusión de ser y el propósito de amar. 

Finalmente, lo que hace que alguien sea reconocido como escritor, o poeta, no es la vocación sino la practica del oficio. Una afirmación de su oficio son los 771 poemas que actualmente ha escrito. Estaremos a la espera, ojalá más temprano que tarde, de que salgan a luz pública para que sean leídos por las generaciones presentes y venideras. 

Muchas gracias, 

Mariquita, domingo, 2 de julio de 2006.

miércoles, mayo 03, 2006

Julia (1901) de Juan Esteban Caicedo: una novela que no asume riesgos

Leonardo Monroy Zuluaga (Integrante del Grupo de Investigación en Narrativa del Tolima) 

Si es verdad que, como lo afirma Libardo Vargas, Julia de Juan Esteban Caicedo es la primera novela del siglo XX en el Tolima, entonces el género nació en el departamento sin la pretensión de tomar verdaderos riegos estéticos y axiológicos que renovaran las prácticas culturales de la región. Haciendo una relectura de esta obra escrita hacia finales del siglo XIX, es fácilmente perceptible esta hipótesis. Podemos abordar la novela pensando en los niveles literarios y sociales con los que entra en diálogo. En el primero de los casos, Julia recurre a los modelos del romanticismo y los cuadros de costumbres muy en boga en la literatura colombiana de la época. Inicialmente se puede decir que la novela de Juan Esteban Caicedo repite algunos de los motivos recurrentes en el romanticismo alemán y francés. Por un lado existe una constante idealización de la mujer, en tanto su imagen es ligada a la virgen María: las descripciones que Néstor (protagonista de la novela) hace de Julia, profundizan en la construcción de una mujer pura, casta, entregada a sus oficios religiosos tanto como a una formación elemental, así como respetuosa de las normas morales tradicionales. Para no desentonar con esta imagen mariana de la mujer, el narrador de Julia completa el cuadro haciendo énfasis en la inocencia infantil encarnada en la niña Luz - hermana de Julia - y a la vez asociando esa candidez al carácter de Néstor. De esta forma, los personajes comienzan a moverse en una esfera idílica, en la que priman los buenos sentimientos y las mejores intenciones. La familia en esta atmósfera está totalmente unida alrededor de los principios morales provenientes del ideario de la iglesia católica y se vive un ambiente de amores mutuos incondicionales. Como en el romanticismo europeo -adoptado ya por Isaacs en María- la nostalgia del paraíso perdido permanece vigente y se materializa en la exposición de los elementos anteriormente anotados. Por eso no es gratuita la afirmación que Néstor, en un estilo formal le dice a su amada: "un millón de gracias señorita Julia [...] la bondad de usted es mucha: un edén sólo es digno ser habitado por usted y su hermanita, con sus padres". A estos trazos de algunas de las temáticas del romanticismo, se le suma en capítulos interiores de la obra, la adopción de la escritura propia de los cuadros de costumbres. El pintoresquismo se construye a partir de la narración de una corrida de toros y la celebración de las fiestas populares en torno a la época de navidad. Allí se confunden los músicos del pueblo con los compradores de reses que toman las mulas y "le abren la jeta para mirarle las muelas y calcular por el estado de ellas la edad que puede tener cada animal", las rifas, los juegos pirotécnicos, e incluso la impertinencia de un "yankee" (cap. XXVIII) que quiere participar del ambiente carnavalesco de la región. Siguiendo la línea de este tipo de escritura, la novela construye sus diálogos de tal manera que se revelan a través del parlamento de algunos de los personajes, algunas de sus particularidades lingüísticas. Los paisas que van de paso hacia Manizales - y que se detienen en Mariquita, sitio donde se desarrollan los acontecimientos - dicen de Julia: "!hijuel diablo! Es que no hay otra, ...¡por María Santísima!...¡hombre!"; la empleada de servicio, de raigambre campesina, afirma del chocolate: "No, señor. Cuatro maticas que tienen por ahí algunos como mi compadre Alejo y el maestro Ruperto y misia Teresa y puay otros"; y hasta el gringo expresa: "no, sengrite, este no es conmiga, mi es ciudadane inglish, no mariquiteñi, iuste no meterse conmiga, bicos mi quejarse su gobierna". El intento de diferenciación de las capas sociales -que en Julia se hace evidente - a través de los rasgos lingüísticos particulares era, para los cuadros de costumbres, la evidencia de la necesidad de entender, burdamente, dirán muchos, los cruces culturales que existían en la nación. Carlos José Reyes ha dicho que la "mezcla de estilos se da mucho entre los autores del siglo pasado (XIX), que buscan su propia identidad en una pugna constante entre su propia inspiración y el medio que los rodea, y las influencias de la literatura extranjera, especialmente la francesa y la española". Al recurrir a las fuentes románticas y de los cuadros de costumbres, Caicedo adopta esta lógica de imitaciones constantes, en la que no se toma ningún tipo de riesgos estilísticos y sistemáticamente se reiteran las mismas fórmulas de escritura que la preceden. En este sentido, en Julia se repiten motivos y formas ya utilizadas hasta la saciedad en la literatura de nuestro país hacia el siglo XIX. Tampoco se toman riesgos en el desarrollo y desenlace de las acciones: en una clara imitación de María, Néstor, el personaje principal de la novela de Juan Esteban Caicedo, debe partir a la guerra luego de recibir las bendiciones de sus suegros y la promesa de matrimonio de Julia; después de una temporada de combates en la Guerra de los Mil Días, Néstor regresa a donde su amada a la que finalmente encuentra muerta. Las vicisitudes de Efraín y María se reproducen casi fielmente en Néstor y Julia. Es evidente que el autor de Julia aprovechaba la popularidad de su antecesor más significativo - Jorge Isaacs - para asegurarse una reacción favorable del público. Pero en esta imitación extrema se cercena una de las grandes posibilidades de la literatura, que ya escritores como Jorge Luis Borges o Moreno Durán han sobredimensionado: la de aventurarse por los caminos de la imaginación y la invención. Enceguecido por la posibilidad de un triunfo inmediato, Caicedo copia casi fielmente la trama general de María y sin temor al señalamiento de la crítica -o incluso a una acusación de plagio- la adopta como suya propia. No se arriesga aquí Caicedo a imaginarse un programa narrativo para Néstor y Julia, diferente al de Efraín y María. Se podría argumentar que las razones por las que el personaje de la novela de Isaacs deja a su amada, son diferentes a las que expone Néstor. En el primero de los casos, Efraín realiza su viaje a Europa para formarse en la ciencia del viejo continente; en el segundo, Néstor debe decir adiós a su amor puro y definitivo, para combatir en la Guerra de los Mil Días. Pero inclusive en esta última razón de retirada se percibe que Juan Esteban Caicedo se está blindando ante el régimen de turno. En una sola página (153), el autor de Julia hace una verdadera apología a las ideas de la Regeneración. Por un lado el narrador afirma que "los hombres de ideas conservadoras se alzaron contra el gobierno para derrocar el orden o el desorden existente" (el subrayado es nuestro), y el personaje principal dice que "hay que servir a la buena causa, debe uno formar en las filas cuya bandera es Dios, Patria, Libertad y Orden". Las dos expresiones tan solo buscan reconciliar al autor y su obra con el régimen conservador que dominó desde entonces y por varias décadas en las visiones de mundo del país. Adhiriéndose a las voces que otorgaban las credenciales sociales, Caicedo no toma el riesgo de ser expulsado de los círculos literarios e intelectuales, e inclusive de ser perseguido políticamente. De esta forma Julia no plantea retos a las tradiciones literarias establecidas hacia la época, invoca un programa narrativo exitoso y lo copia casi al pie de la letra, y se adscribe incondicionalmente al modelo conservador imperante desde antes de la Guerra de los Mil Días. Para referirse a uno de los espíritus de la modernidad, Octavio Paz ha hablado de la "tradición de la ruptura"; Milán Kundera suma a esta categoría la posibilidad de que la novela sea un discurso en el que no se defienda una verdad - ni conservadora ni liberal - y se crea profundamente en la ambigüedad. A costa de no correr grandes riesgos, Julia de Juan Esteban Caicedo, la primera novela del siglo XX en el Tolima, no se inscribe en la tradición moderna y por lo tanto no pretende renovar los imaginarios propios de su sociedad: mientras en Europa ya despuntaban las vanguardias poéticas, y en Latinoamérica Rubén Darío y Silva le daban un nuevo aire a la poesía, Caicedo se aferraba aún a cánones tradicionales, en los que se revela más los temores que la posibilidad de la aventura estética. El siglo XX de la narrativa del Tolima nació en medio de la premodernidad.

jueves, febrero 16, 2006

"Se trata de una provocación consciente y planificada de un periódico danés de derechas": Günter Grass

Günter Grass (Gdansk, 1927), que ganó el premio Nobel de Literatura en 1999, conoció muy pronto el poder de la intolerancia, cuando apareció El tambor de hojalata, que pronto cumplirá el medio siglo. Entre sus últimos libros, Un largo cuento y Mi siglo

Juan Cruz El Pais ¿Le sorprendió que la aparición de los dibujos desatara esta polémica? 
Sí y no. Todos sabemos que hay una ley, escrita y no escrita, en virtud de la cual no se puede representar en el mundo islámico ni a Alá ni a su profeta Mahoma. Se trata de una provocación consciente y planificada de un periódico danés de derechas. Convocaron un concurso de caricaturistas; algunos se negaron a participar alegando que la representación gráfica de Mahoma es tabú. Consultaron a un especialista danés en islamismo y éste les puso en guardia. Siguieron porque son radicales de la derecha y xenófobos. 

¿Y le sorprendieron las reacciones violentas? 
Vivimos en una época en la que una reacción violenta sigue a la otra. La primera ha sido una acción de Occidente, que ha invadido Irak. Hoy sabemos que esa invasión violó el derecho internacional; la guerra se alimentó con argumentos fundamentalistas por parte de Bush, que ha dicho que en esta contienda luchaban el Mal y el Bien. De lo que se trata es de una respuesta fundamentalista a una acción fundamentalista. Y no se trata aquí de una controversia entre dos culturas, sino de una controversia entre una no cultura contra una no cultura.

¿Qué hacer? ¿Autocensurarse? 
Occidente lleva esta discusión con autocomplacencia sobre la base de que gozamos de libertad de prensa. Pero él que no se engaña sabe que los periódicos viven de los anuncios, y que para hacerlos se toman en consideración lo que mandan ciertos poderes económicos. La prensa forma parte de enormes grupos que monopolizan la opinión pública. Hemos perdido el derecho de escudarnos en el derecho de libertad de opinión: no ha pasado mucho tiempo desde que hubo el delito de lesa majestad, y no debemos olvidar que hay sitios donde aún no hay separación entre Iglesia y Estado. ¿De dónde saca Occidente esa arrogancia para imponer lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer? Recomiendo a todo el mundo que eche un vistazo a los dibujos: recuerdan los de un famoso periódico alemán de los tiempos nazis, Der Strümer. Publicó caricaturas antisemitas del mismo estilo... No se puede invocar la libertad de expresión sin analizar cómo está ésta en Occidente. 

¿Es esta una expresión del choque de civilizaciones? 
Eso es lo que quieren los fundamentalistas de ambos lados. Deberíamos empezar a matizar. Hemos tenido la suerte de pasar el Renacimiento, el Siglo de las Luces, atravesando un proceso doloroso que nos ha dado una serie de libertades, que siguen estando amenazadas. El mundo islámico no ha pasado ese proceso, se encuentra en una etapa diferente de desarrollo. Y hay que respetarlo. 

¿El futuro será igual de explosivo? 
Me temo que sí. Las heridas son muy profundas ya, y no me refiero sólo a los países árabes, sino a los países pobres en general. Occidente no parece capaz de encontrar un camino para aceptar como socios en igualdad a esos países. Ha sido imposible crear para ellos las mismas condiciones que nos arrogamos para nosotros. En los setenta, Willy Brandt redactó, por encargo de la ONU, un informe sobre los problemas Norte/Sur y pronosticó los problemas que tenemos hoy. Este informe sigue teniendo validez.  
¿Ha vivido alguna experiencia de intolerancia? 
Yo he vivido cierta intolerancia como autor. Cuando publiqué El tambor de hojalata se iniciaron procesos contra el libro, acusado de blasfemia y pornografía, tanto en los países comunistas como en España y Portugal, donde estuvo prohibido. En Yemen, hace dos años, nos juntamos escritores occidentales y árabes para hablar de temas literarios, el erotismo entre ellos. Para los árabes era inusual, pero al fin se consiguió que debatiéramos. Se puede hablar de todo, incluso de temas muy conflictivos, siempre que uno aporte la tolerancia que espera el otro, a pesar de que el otro tenga una noción de la cultura dictada por sus propios tabúes.

jueves, febrero 09, 2006

"Lo que pasó con Salman Rushdie fue una señal", José Saramago


El premio Nobel portugués José Saramago, expresa su opinión acerca del debate generado tras la publicación en Dinamarca de las caricaturas de Mahoma que han desatado una ola de violencia y otras reacciones en el mundo islámico. Saramago fue atacado en su país y en otros países católicos cuando publicó, en 1991, El Evangelio según Jesucristo, (aun no lo ha leído, bueno leerlo) acusado de ser blasfemo con los dogmas católicos.

José Saramago (Azinhaga, 1922) ganó el premio Nobel de Literatura en 1998; reside en Lanzarote, desde donde viaja por todo el mundo. Su novela El Evangelio según Jesucristo causó una enorme polémica en su país y en otros países católicos, e indirectamente causó entonces su marcha de Portugal. Su última novela es Las intermitencias de la muerte.

Juan Cruz
El Pais

1. ¿Le sorprendió que la aparición de los dibujos desatara esta polémica?
Los dibujos se publicaron en septiembre, y estamos en febrero. Ahora surgen de súbito, como si hubieran aparecido ayer. El conflicto lleva mucho tiempo calentándose. Lo que me sorprendió es que algo tan viejo estallara como una bomba ahora por algo que apareció en septiembre. Por otra parte, la reacción tampoco es novedosa. Lo hemos vivido en los siglos XV o XVI, fuimos igual de intolerantes, quemamos a los que pensaban distinto, no hemos sido tan diferentes.

2.¿Y le sorprendieron las reacciones violentas?
En algunos momentos he temido lo peor. Vivimos en Estados laicos, en los que el margen de libertad es amplísimo, y a veces pensamos que todo el mundo se alimenta de lo mismo, y no es así. Pero conociendo lo que es el islam, y sobre todo la situación internacional, las reacciones no me han sorprendido. Que algunas manifestaciones hayan sido organizadas no tiene por qué maravillarnos, porque ya se sabe lo fácil que es. Y tampoco me ha sorprendido la violencia con que se han producido. Lo que sí me pilló desprevenido es la irresponsabilidad del autor o de los autores de esos dibujos. Algunos opinan que la libertad de expresión es un derecho absoluto, el único derecho absoluto que existe, mientras que todos los demás son relativos. La cruda realidad impone límites. Imaginemos que el dibujante danés, en lugar de hacer una viñeta ridiculizando a Mahoma, dibuja una diciendo que el director del periódico es un imbécil. Sería muy valiente, pero al día siguiente probablemente estaría en la calle.


3. ¿Qué hacer? ¿Autocensurarse?
No se trataría de autocensurarse, sino de usar el sentido común. En una situación como la que vivimos, y conociendo la susceptibilidad que hay en torno a estos temas, el sentido común nos dictaría qué hacer. Alguien verdaderamente responsable que tuviera constancia de que una viñeta puede ser como echar gasolina al fuego la guardaría para mejor ocasión.

4. ¿Es esta una expresión del choque de civilizaciones?
El choque está ahí, y siempre ocurre cuando la Verdad se encuentra condensada en un libro. Ocurrió con la Biblia, que ha sido usada como un arma, pasó no hace mucho con el Libro Rojo de Mao, pasó con Mein Kampf de Hitler, pasa con el Corán..., y los uso como ejemplo de lo que ocurre cuando se limitan las verdades plurales, cuando se expresa que hay un Dios y que todo lo contrario niega la existencia de ese Dios... Matar en nombre de Dios es hacer de Dios un asesino... ¿Habrá conciliación? Presupone una enseñanza que eduque en el respeto de las creencias del otro; y aunque esto se hiciera sería obra de una generación, y no tenemos mucho tiempo. Si no se inventa un modo de llegar a un pacto de no agresión entre las religiones, tampoco se podrá llegar a esa alianza de civilizaciones de la que se habla. ¿Quién firmará el pacto? No veo al Papa y a otros representantes de otras confesiones cristianas teniendo delante de la mesa a representantes del islam.

5. ¿El futuro será igual de explosivo?
Ambas civilizaciones han vivido pocos momentos de paz; no veo cómo se remediará ahora la lucha que está latente; acaso cuando la tolerancia se instale como algo casi natural. Ahora sabemos que en Irak los profesores más abiertos han sido expulsados de la Universidad o están en la cárcel... Es urgente educar para la tolerancia. Tenemos un problema ahora.

6. ¿Ha vivido alguna experiencia de intolerancia?
En mi caso, mi choque con la intolerancia [el rechazo católico a El Evangelio según Jesucristo] no puso nunca mi vida en riesgo. Fue una decisión estúpida del ministro de Cultura de mi país. Luego ocurrió algo mucho más serio, que fue lo que pasó con Rushdie. Con la distancia que nos da el tiempo podemos decir que aquella fue una señal.

miércoles, septiembre 14, 2005

Palabras del poeta William Ospina en la entrega del doctorado Honoris Causa en Humanidades, Universidad del Tolima. Ibagué, septiembre 12 de 2005

EN BUSCA DE LA PALABRA PERDIDA 
William Ospina 

La única vez que hablé con el poeta Jorge Rojas, hombre ingenioso, le conté que había nacido en el norte del Tolima, en la vecindad del páramo. Él me respondió con una sonrisa: "Ya veo: es usted un hombre de Letras". Yo a veces me he preguntado qué es lo que hizo que me inclinara en la vida por la literatura, pero la red de las causas es tan intrincada que entenderla equivaldría a destejer el arco iris. Dicen en mi casa que cuando yo era niño había para nosotros una palabra prohibida, y era el nombre del pueblo en que nací, quiero decir, el viejo nombre indígena de Guarumo. Es la versión primitiva de la bella palabra Yarumo, que nombra un árbol de color de ceniza o de plata que abunda en la cordillera. El cura que casó a mis padres y que me bautizó en la pila católica había hecho un viaje conmovido y admirativo por Italia, había ido seguramente a ver a Pío XII en la gloria de Bernini, en Roma, y después, por la ruta de Bolonia, una ciudad colmó sus aspiraciones: Padova. Volvió enfermo de prejuicios nominalistas, sintiendo que la mala fama de Guarumo se debía a su nombre, y decidió, como tantos en nuestra historia, que había que civilizar el paisaje cambiándole de nombre. Guarumo, el Guarumo cerril de mi abuelo Benedicto, de mi tío abuelo Pedro Pablo, de mi tío abuelo Luis Enrique, de mi bisabuela Rafaela, de las mulas cargadas de café que se desdibujaban en la niebla, de las vagonetas del cable aéreo moviéndose solas por las lomas fantasmas, el Guarumo tropelero de Julio Gutiérrez y de Juano Betancur, el Guarumo de jinetes que entraban borrachos en las cantinas, debía cambiarse por un civilizadísimo Padua, nombre que prometía en la mente del clérigo esculturas y arquitecturas, humanistas y santos. A mí me gusta decir con cierta injusticia que allí terminó la mala fama de los de Guarumo y empezó la mala fama de los de Padua. Como la gente estaba acostumbrada a Guarumo, silvestre y cotidiano como las guaduas y las guacas, el cura tuvo que llevar más lejos su instinto civilizador, y aliado con el inspector de policía impuso una multa a todo el que pronunciara la palabra prohibida. La gente tardó en acostumbrarse, pero el poder fiscal de los uniformados de verde y de negro fue eficiente sobre un pueblo pobre, y Padua se impuso. Sólo don Alejandro Idárraga, que tartamudeaba al hablar, pero que era un hombre de convicciones firmes, se paraba en la plaza a la hora de más tumulto con la palabra Guarumo temblando en la punta de la lengua y los billetes de la multa ya listos en la mano derecha. Mis comienzos literarios estuvieron marcados por ese tácito deber de creer más en Italia que en Colombia, más en Europa que en América. Yo no acababa de encontrar el enlace entre el fasto de las custodias doradas, de los ritos dorados entre campanas y humaredas, y el silencio de los abismos de la carretera, con nubes que se arrastran en las hondonadas. Mi abuelo rezaba con piedad indudable ante el Cristo de Europa pero después se iba a horadar las montañas buscando guacas de indios. Y yo sentía, yo siento todavía, ese doble llamado de un ayer de rostros castellanos y andaluces y otro de indios bravos del norte del Tolima y del cañon del Cauca. Los secretos son alimentos, decía Novalis. Nada es más estimulante que la incertidumbre. Nada más saludable que la duda. Después de una primera edad llena de Homero y de Dostoievski, llena de Padua, algo en mí empezó a buscar el sentido de los yarumos, de ese Guarumo que ya no era sólo una palabra prohibida sino el símbolo de un mundo borrado. Tendría que añadir, con palabras de Barba Jacob: "Y lo demás de mi vida no es sino aquel amor fatal, con una que otra lámpara encendida, ante el ara del ideal". Ya no pude renunciar a ninguno de los dos nombres, de los dos mundos. Ni a Shakespeare ni a Atahualpa. Ni a los celtas ni a los Koguis, ni a los judíos ni a los Panches, ni a los Árabes ni a los Gualíes. Y para mí el Tolima es sobre todo esa encrucijada del origen donde se cruzaron las sangres, donde se cruzaron los caminos de mis mayores, donde después de viajes y guerras y diásporas, tantas gentes justas durante casi un siglo intentaron construir una patria. Nunca logro ver el Tolima como un todo homogéneo. Lo veo cruzado de Quimbaya y de Panche, industrioso y guerrero, mirando como Colombia, por cada costado a un mundo distinto, paisa y recatado en el norte, calentano y festivo en el sur, levantado hasta el hielo en el oeste, descendido hasta la fiebre en el este. Y si hay otras tierras tan laboriosas ninguna me parece más indómita. Diego Fallon pudo decir, mirando las montañas del cañón del Gualí, que en ellas parecían encerrarse "las cenizas de mundos ya juzgados". Pero esa tierra intemporal es también la tierra elemental dividida como en una ilustración geográfica, entre la llanura y la cordillera, y en su amplio paisaje uno casi puede ver la mula de García Márquez cayendo desde las cumbres nevadas, a través de la colorida vegetación de los pisos térmicos, hasta la llanura encendida.Y como todo lo esencial ocurre para siempre, Bolívar sigue embarcándose en Honda, en su viaje de desengaños hacia el Caribe, Yuldama sigue enamorándose en Mariquita de la hija de su enemigo, Humboldt sigue asombrándose de la vegetación de la Tierra Caliente cerca de las minas de Santa Ana, y Fallon sigue viendo alzarse la luna, indecisa entre la realidad y el mito, sobre las montañas, y Jorge Isaacs sigue agonizando en el aire tibio de Ibagué, después de las hazañas y las derrotas, y Álvaro Mutis sigue oyendo cómo la lluvia, sobre los cafetales, le trae intacta la materia de otros días, "salvada del ajeno trabajo de los años". Yo, que he dedicado mi vida a escribir, no sé convertir en palabras esta gratitud. El amor por la tierra, sus memorias y sus reliquias de calcio y de piedra. Yo, que hago todo lo posible por no ponerle fronteras al corazón, por no circunscribir el territorio del afecto, creo que nuestra necesidad actual es ser colombianos, colombianos dialogando con el mundo. Amar y conocer los litorales, las cordilleras, los llanos, las selvas. Pero eso no es incompatible con la certeza de que hay un lugar que nos marca con especial intensidad, y es el país de la infancia. Ese país para mí tiene un nombre: Tolima. Una palabra cargada de historias, de canciones, de zozobras, de nieve y de abismo. La tierra de los nevados y del Magdalena. Una tierra en la que hay algo que tercamente permanece y algo que huye sin fin. Y ese diálogo necesario entre lo duradero y lo evanescente, entre lo que se queda y lo que huye, ese diálogo entre las piedras y el agua, ese diálogo entre las cuerdas y el viento, es nuestra voz, somos nosotros. Muchas gracias.  Posted by Picasa