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sábado, julio 04, 2020

Aporofobia, la otra pandemia que azota a la humanidad

 Armando Moreno Sandoval

Muchas generaciones crecieron, y siguen creciendo, alrededor de Cantinflas, El Chavo y Chespirito. Lo bueno de estas producciones por capítulos es que muestran un lado amable de la pobreza. Curioso que, tanto Mario Moreno Cantinflas como Roberto Gómez Bolaños El Chavo, hayan sido quienes escribieron los guiones. El mensaje que daban era recordarle a la sociedad que había pobres.

El lío está en que no todas las culturas con sus idiomas tienen palabras para referirse a los pobres. Hay culturas que ni siquiera tienen un equivalente. Si bien es cierto que pobre viene del latín pauperis que significaba el “que produce poco”, su significado fue cambiando a través del tiempo hasta llegar a la connotación que le damos hoy día: un ser despreciable, desagradable, asquiento, al que toca hacerle el quite, etc., etc.

Por fortuna los lingüistas y los filósofos del lenguaje, en la segunda mitad del siglo XX, llegaron a la sabia conclusión que no era la realidad la que construía el lenguaje, sino que era al revés: era el lenguaje el que construía la realidad.

Con este aporte de los filósofos del lenguaje, la filósofa española Adela Cortina durante más de 20 años se dio a la tarea de explicarse el por qué el rechazo hacia los pobres. El otro lío era que no había una palabra en español para explicar ese asco, ese rechazo, ese fastidio que genera la pobreza, que, hoy en día, sienten algunos que se creen “de dedo parado”, “gente de bien”. Encontrar la palabra le valió años de dedicación, hasta que le llegó por el lado del griego aporos que significa el rechazo al pobre, el que no tiene nada. Y que mejor que aporofobia para designar ese rechazo al que está jodido.

Aunque crear la palabra era fundamental para dar cuenta del comportamiento de la sociedad frente al pobre, la cuestión era entender el por qué. Lo que ha demostrado la filósofa Cortina, especialista en Ética y Filosofía política, y profesora en la Universidad de Valencia (España) es que la verdadera fobia o rechazo proviene cuando esos otros son pobres en la acepción más amplia de la palabra (sean drogos, ladronzuelos de carteras, desempleados, destechados, harapientos, hambrientos, etc, etc). Es decir, a los que eufemísticamente, algunos, haciéndole coro a las políticas del Estado neoliberal llaman “habitantes de la calle”. Porque si hay algo cierto es que el Estado neoliberal al ser incapaz de reducir la pobreza quiere acabarla cambiándole de nombre. ¡Vaya ironía!

No obstante, el contraste está, y es lo que sucede en Europa o en Estados Unidos, cuando el extranjero llega con bultos de dinero o es rico, pues lo que se ve es que se le tiende la alfombra roja. Al fin y al cabo, lo que importan son los dólares. Ni siquiera importa su procedencia. Por la biblia sabemos que por el dinero baila el perro, sino que le pregunten a Judas que vendió a Jesucristo por unas cuantas monedas. El dinero, ya lo sabemos, es el vector que altera la escala social. Entonces lo que se rechaza no es al extranjero, sino su condición: el de ser pobre, miserable, y es lo que sucede con el inmigrante, el refugiado.

El ejemplo más grotesco es cuando los europeos le hacen la venía a los jeques árabes musulmanes forrados de dólares. Se pueden instalar con sus yates frente a las costas del mediterráneo y no pasa nada. Pero cuando son los africanos árabes musulmanes lo que intentan en sus pateras tocar las playas del mediterráneo, esos mismos que le hacen la venía a los jeques les importa un rábano dejarlos ahogar en medio del mar.

Otro ejemplo aberrante es del presidente estadounidense Donald Trump. El muro es para los mejicanos que son pobres, no para los canadienses que son ricos.

La aporofobia más desdichada es cuando se rechaza a la gente pobre en su propia casa, en su propio país. Si en algo tenemos que agradecerle al covid-19 fue el de haber desnudado ese comportamiento social aporofóbico que muchos no quieren reconocer pero que lo llevan escondido.

Sin embargo, existe una aporofobia que es hipócrita, de doble moral. Es la reacción de “la gente de bien”, “de dedo parado”, o, de los que se creen “de mejor familia”, cuando la aporofobia se manifiesta en las entrañas de sus propios pueblos.  La odian tanto que terminan queriendo linchar al que la denuncia.

En todo caso las escenas que salen por las redes sociales o la tele señalando comportamientos aporofóbicos son espeluznantes. La llamada “limpieza social”, la más horrible de todas, es una de ellas. O a quienes llaman “desechables”, para referirse a los que deambulan por las calles buscando sobras de comida en los basureros para calmar por un rato el hambre.

Cantinflas, El Chavo o Chespirito encarnan la compasión y la empatía hacia el pobre. El Estado de Bienestar que se construyó después de la II Guerra Mundial en el siglo XX y que tenía como meta reducir la pobreza fue aniquilado por el modelo neoliberal de Ronald Reagan y Margareth Teacher. Hoy día el neoliberalismo está desbocado. Los ricos son más ricos y los pobres más pobres. La pobreza ahora genera miedo, tan así que la empatía y la compasión se perdió.

Escuchar a los que se creen “de dedo parado” da risa. Su cerebro se volvió tan miserable que la caridad ya no cabe en ellos, sin embargo, hipócritamente dicen creer en el Dios cristiano. Les pudo más la ideología del neoliberalismo que explicarse el porqué de la pobreza. Prefieren odiarla. Convencidos que los pobres son los culpables de su pobreza no entienden que esta es el resultado de unas condiciones estructurales que dejan a muchos en el asfalto, en el suelo, en la miseria. Más bien creen que ser pobre es fruto de un error individual o de una culpa personal; y es cuando la gente al anular la empatía comienza a percibirlos como una amenaza. Amén de ignorarlos y por qué no justificar que se les persiga o se les mate.

Solo basta ojear las redes sociales, los medios escritos y televisivos para cerciorarnos que la aparofobia junto con el racismo es más común de lo que la gente cree. Tan así que se tiende a creer que siempre ha sido así.


jueves, noviembre 15, 2018

Colombia, las ilusiones, los sueños y la culebra que se traga así misma

Armando Moreno Sandoval
Virginia Wolf la escritora inglesa, dijo: “Cada uno tenía su pasado encerrado dentro de sí mismo, como las hojas de un libro aprendido por ellos de memoria; y sus amigos podían sólo leer el título”, fueron las frases que me saltaron a la mente al terminar de leer el libro del hondano Jaime Cedano Roldan: Paz en Colombia. Crónicas de ilusiones, desencantos y viceversas.
A medida que fui pasando las yemas de los dedos por la pantalla de mi tablet me fui construyendo una versión de un pasado muy parecido al de los individuos en estado de coma. Eran filminas que mi cerebro fue desempolvando, pues a medida que avanzaba en zigzag, era la misma historia pero narrada a través de otra voz.
En efecto comprendí que el pasado es poliédrico  y que los hechos como tales están amarrados a las interpretaciones; y que dar cuenta del pasado desde el presente nos puede llevar por otros caminos así se haya vivido, sentido y conocido los hechos de ese pasado. Fue exactamente lo que aprendí al leer los textos de Cedano.
Lo que quiero afirmar es que los hechos están en el recuerdo, la memoria, la imagen, el texto. Lo que se discute es su interpretación que, en últimas están mediados por la ideología, los sentimientos y por qué no esa mirada que se hace desde el presente. Porque si ello no es así, entonces qué sentido tendría escribir sobre el pasado, pues lo estaríamos pensando como un axioma ya que las preguntas sobre ese pasado sobrarían.
Pienso que la generación que nació a mediados del siglo XX fue una generación atrapada por los fanatismos de los metarrelatos de la primera mitad del siglo XX (fascismo, nazismo, falangismo, estalinismo, maoísmo, sovietismo). Metarrelatos que luego hicieron tránsito a la segunda mitad del siglo XX para asaltar las mentes de una generación que más que brindarle rebeldías oníricas, les ofreció fueron pócimas de odio y muerte.
La generación que creció en la segunda mitad del siglo XX, y que empezó a envejecer con el siglo XXI, además de ser la del estado de sitio, es la misma que escuchó hablar de los cortes “franelas” de  liberales y conservadores en la años de la violencia bipartidista, la que luego años más tarde cabalgaría junto al humo de los cañones de los comunistas, paracos, narcos y ohhhhhh que vergüenza la misma de  la de los corruptos. Es la generación que solo vivió el amor en los versos de los poemas, pero que si hizo mucho para odiar. Es la generación que niega al otro, porque ese otro solo es posible si piensa y es igual a mí.
Si la generación que nació a mediados del siglo XX le hubiese hecho el quite a los metarrelatos del fanatismo ideológico (llámese nazismo, fascismo o comunismo en todas sus vertientes) quizás hubiésemos construido otros caminos con menos cruces, con menos filos de machetes, con menos casquillos regados por doquier, con menos fosas, con menos muecas, con menos gritos de dolor al enfrentar las diversas máscaras que tiene la muerte.
Pero no. Esos otros caminos fueron imposibles. En los metarrelatos —esas grandes construcciones teóricas que le trazaron y aún le trazan el camino a la humanidad (desde el cristianismo hasta el marxismo, pasando por los grandes sistemas filosóficos herméticos y cerrados) — no hay espacio para los débiles. Solo así podemos entender los horrores de Auschwitz o los Gulag de las estepas rusas.
El filósofo de la ciencia, Karl Popper, en su libro La sociedad abierta y sus enemigos, publicada en 1945 poco después de culminada la Segunda Guerra Mundial, escribió, que era ignominioso que ideología alguna a nombre de ella justificara la muerte. Sin embargo, no se entiende cómo una buena proporción de intelectuales, académicos, escritores y poetas condenaran las atrocidades ignominiosas de los totalitarismos de derecha e hicieran caso omiso de las atrocidades de los totalitarismos del “socialismo real”. Hechos indefendibles que solo ahora aún siguen siendo alimentadas desde la izquierda o de la derecha desde las posturas de la post verdad.
La obra de Popper, ninguneada tanto por la derecha como por la izquierda, pasó desapercibida. Aunque solo es leída en seminarios universitarios especializados, el legado de este filósofo para reinventar la democracia liberal ha sido arrojado al cuarto de San Alejo. Es una obra inconmensurable para comprender la democracia liberal. Solo los demócratas se atreven a leerla y a consultarla. No es sino recordar la respuesta a aquella entrevista cuando le preguntaron al viejo Popper qué era la democracia. Como todo un sabio respondió. La democracia no tiene definición, pues ella en sí misma es una construcción permanente. Será la misma sociedad quien la proteja cuando lleguen los totalitarismos de cualquier cuño ideológico  a torcerle el cuello para ponerla a su servicio bien sea por la vía de las leyes o de los cañones.
Ahhhh…! que frases tan sabias y qué desgracia la de Latinoamérica cuando las ideologías que venden ilusiones y sueños amañados llegan para perpetuarse en el poder. Esa es la desgracia de Latinoamérica desde la frontera de Méjico con Estados Unidos hasta la frontera de la Patagonia con la Antártida.
Ayer fueron las dictaduras militares de derecha, ahora en este siglo XXI son las dictaduras constitucionales de izquierda. En esta borrachera de ideas que solo saben hacerle loa a los cadáveres, está Colombia. Pero quien lo creyera! Aún hay generaciones, algunas jóvenes otras ya muriéndose, que todavía creen que la democracia hay que construirla a la manera de los versos del poeta Vladimir Maiakovski: “¡Enderecen la marcha! Para palabrerías no hay sitio. ¡Silencio, oradores! Es suya la palabra, camarada máuser. Basta de vivir con leyes dadas por Adán y Eva”.
La tragedia de Latinoamérica no es la metáfora del coronel Aureliano Buendía de García Márquez. Ni tampoco es el lloriqueo que retrata Eduardo Galeano en su obra Las venas abiertas de América Latina, ni tampoco es el volar del cóndor en los labios de la canta autora Mercedes Sosa. Es más simple: es una culebra que permanentemente se traga así misma por la cola. La culebra son esas ideologías tanáticas y fanáticas que deciden por otros en medio de la indiferencia, es la culebra que hace oídos sordos a los llantos de los niños y de las niñas huérfanos de padre y madre.
Los símiles para describir a Colombia son variadísimos, podría uno pensar que nuestro país es un palimpsesto de odio y muerte que repite el mismo guion con diferentes actores dependiendo la época que les tocó vivir. Así ha sido desde Bolívar y Santander. Y este siglo XXI cuando creíamos que las ideologías de la muerte habían dado paso al respeto por la diferencia nos vemos de nuevo atrapados por el odio que emana de las fauces de los señores de la muerte.
De lo que tal vez no nos podemos quejar es que Colombia es una construcción hecha con metáforas, ya sea  por aquellos que dicen pensar el país —al estilo de William Ospina con su Franja Amarilla—, o por quienes tomándose el ultimo cuncho de la cerveza en una cantina de mala muerte, al ver flotar cadáveres río abajo se jactan y alardean —como cualesquier político— de tener la fórmula de salvación de este país.
En este siglo XXI cuando se pensaba que la democracia liberal y sus diversas formas de gobierno estaban libres de los fanatismos ideológicos, es cuando menos lo está. El surgimiento de los nacionalismos y los populismos tanto de derecha como de izquierda están lanzando dardos envenenados contra la democracia liberal y el legado heredado a partir de la Ilustración. Pues mientras la culebra de los fanatismos ideológicos se siga engullendo así misma, la democracia liberal correrá el peligro de estar herida de muerte.
Mientras estaba finiquitando el libro de Jaime Cedano llegó a mi mente los recuerdos de mis viejos amigos, quienes convencidos por una causa no pudieron terminar el ciclo de sus vidas como corresponde: morir de viejos. Pienso en Honorio Moreno y en mi viejo amigo de pupitre y de colegio Fabio Pescador. El recuerdo de ellos volvieron a vivir en mí.
A Honorio Moreno, sindicalista y militante del Partido Comunista, el Estatuto de Seguridad le arrebató de la manera más vil su vida. Torturado hasta decir no más! fue hallado a la vera del camino entre Mariquita y el río Guarinó. En Mariquita un barrio lleva su nombre en memoria del aguerrido luchador sindicalista. En vano he buscado su tumba, nadie da razón de él.
Fabio Pescador después de estar preso varios años en la base de Palanqueros en Puerto Salgar terminó orate y deambulando por las calles de Mariquita. Como si su hogar fuera uno de los círculos del infierno de la Divina Comedia de Dante, solía hablar y comentar los encuentros en el purgatorio con sus viejos camaradas de lucha. En medio de sus delirios solía relatar que con el camarada Honorio Moreno hablaban mucho de esto y de aquello, y que a la tertulia llegaban esos otros que también había sido desaparecidos. Poco hablaban de la revolución, hablaban de lo bonito que era la vida. Y así murió.
Hoy están en el olvido.
Me alegro sí por el viejo Cedano que en entre sevillanas y los olés siga sonriéndole a la vida por muchos años más.


miércoles, agosto 30, 2017

“Lo han matado, lo ha matado”. Muerte del beato Pedro María Ramírez

Armando Moreno Sandoval

Tomado del libro: Sangre en el parque. La muerte del párroco Pedro María Ramírez. Armero 9 de abril de 1948, Ediciones Periódico El Puente, 2017, pp: 64-72

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En Armero (Tolima) alrededor de las 4:00 de la tarde del 10 de abril de 1948 la iglesia de San Lorenzo y el parque de Los Fundadores seguían sitiadas por la multitud.

El alcalde Evencio Martínez Bolívar resguardándose tras un árbol de almendrón pensó en la reunión que había tenido momentos antes con los “notables” del pueblo, pues de nada habían servido las estrategias que habían acordado para controlar los desmanes. Intuyó que en la calle 11, conocida como el pabellón del comercio, se estaba convirtiendo en un río humano ruidoso a punto de desbordarse.

Clímaco Galindo Iriarte, su secretario, había salido hacia el Almacén Chileno y desde allí escuchaba el ritmo del tiroteo. Observó cómo desde la entrañas de la iglesia un tumulto salía a volandas gritando:

    ¡rodeeen la manzanaaaaaaaaaa! ¡rodeeen la manzanaaaaaaaaaa! ¡busquemoooooooos a los conservaaaaaaaaaaaadores…!

Al llegar a la esquina del almacén de David Jassir, calle 11 con carrera 15, escuchó la detonación de dos disparos que ahogaba las voces que de nuevo pedían rodear la manzana.

Entretanto el boticario Aguirre que se hallaba en la calle 11, a unos cincuenta metros del almacén de David Jassir, le causó curiosidad al sentir que por espacio de unos diez minutos habían cesado las detonaciones y el tiroteo. Algunos murmuraban que se les había acabado la munición a quienes estaban en la iglesia. Al dirigir la mirada hacia el parque alcanzó a percibir que casi a mitad de la cuadra, de la puerta del restaurante de la familia Torres el párroco Pedro María Ramírez salía en actitud pasiva, con los brazos caídos, la cabeza agachada, con un caminar despacioso y como si le fuere indiferente lo que estaba aconteciendo.

El boticario Aguirre no pudo identificar quién lo llevaba. Otros dijeron que salió escoltado por dos individuos. No faltaron quienes dijeron haberlo visto salir y andar solo hasta el parque.

El secretario del Juzgado del Trabajo, Trino Díaz Díaz, aseguró que quien lo llevaba hacia el parque  era Camilo Leal Bocanegra conocido como Mano ñeque. Describió que lo llevaba agarrado del brazo derecho y que de su mano derecha colgaba un machete al descubierto.

Un gentío blandiendo los machetes fue al encuentro del párroco. Lo rodearon y le dijeron toda clase de improperios. El párroco agitó sus brazos pidiendo tranquilidad y calma. La algarabía y el griterío eran ensordecedores. Mientras tanto, el filo de los machetes cortaba el viento tenue de la tarde.

El círculo que lo rodeó avanzó acompasado con el andar del párroco. Al llegar a la segunda puerta
Croquis
Cortesía: Biblioteca Rafael Parga Cortes
 de la Universidad del Tolima
donde prácticamente terminaba el restaurante de los Torres, el boticario Aguirre alcanzó a escuchar una voz que desde la esquina del parque gritaba:

— “¡vieneeeeeeee el cura, cojánlooooooo!”— El gentío seguía blandiendo los machetes.

    Curaaaaa hijo de putaaaaaaa…!”—, escuchó el boticario que le gritaban en coro desde el parque.

Los machetes, los pedazos de madera y los brazos en alto impedían ver al párroco.
Brazos salidos de las entrañas de la multitud se encargaron de llevarlo hasta el almacén de David Jassir. Poco antes de llegar al almacén el gentío aumentó en número. Llegó con los brazos en alto. En medio de las voces acaloradas alcanzó a decir:

    Estoy con Uds. hermanos míos”.

Cuatro brazos le rodeaban la cintura. Observó que la multitud apostada en el parque estaba enfurecida. La inmensa mayoría estaba armada. Sus machetes sin cubiertas resplandecían desafiantes en el ocaso de la tarde. Miró alrededor del parque. Al girar el cuerpo hacia la iglesia y la casa cural, escuchó una voz increpándole:

— “Padre, con que usted quería acabar con toda esa humanidad”.

Era el comerciante Martín Chaparro Herrera quien al verlo venir había pensado que lo llevaban para la cárcel. El párroco en medio del griterío le contestó:

—“Yo soy inocente de todo”.

Replicándole le dijo:

—“Vi salir mucha bala y bombas de la iglesia”.

Sin detenerse el párroco movió los labios diciéndole:

—“Perdóname, soy inocente”.

—“Está muy bien padre, que le vaya muy bien”, respondió el comerciante dejándolo con una mirada que se perdía en el horizonte.

Párroco Pedro María Ramírez
Trino Díaz, secretario del Juzgado del Trabajo, observó cuando la multitud en una actitud amenazante, blandiendo sus machetes al aire, rodeó de nuevo al sacerdote. Previendo un posible peligro se enfrentó a la multitud con la única arma que tenía: las palabras. Les gritó en varias ocasiones que se fijaran que era un sacerdote. También les dijo:

—“Por favor, no lo ultrajen”.

Cuando intentó de nuevo llamar la atención escuchó que a sus espaldas una voz en tono bajo lo increpaba:

—“…estos hijos de puta godos son los primeros en estar jodiendo”.

Al pensar que su vida podía correr peligro, optó por el silencio.

El comerciante Martín Chaparro Herrera que seguía expectante de lo que estaba ocurriendo diría que, de un momento a otro, y en un cerrar de ojos, la multitud arremolinada se abalanzó sobre el cuerpo del párroco.

Se formó una tremolina sobre él y le daban empujones y plan con machetes y peinillas.

Un hombre de mediana estatura, desdentado,  malacaroso  y sucio sujetó al párroco por el brazo izquierdo. Pero un empellón de un hombre grandulón de tez morena le quitó al párroco lanzándolo hacia  al centro del cruce de la carrera 11 con la calle del parque.

El comerciante Chaparro Herrera se hallaba escasamente a diez metros del párroco Ramírez. Fue testigo del ultraje de la voz que en medio del griterío le arrió la madre diciéndole:

—“…maten a ese hijo de puta”.

Incrédulo de lo que escuchaba y veía, la perplejidad lo obnubiló al ver a su vecino de más de diez años, Alonso Cruz Ayala, vendedor de yucas y hacedor de atarrayas, acatar la orden: “maten a ese hijo de puta”. Lo vio abrirse a codazos entre el tumulto. Un frío le recorrió por el cuerpo al verlo levantar el machete y tirarle por detrás a la cabeza del párroco

     Pero lo cierto fue que de ese golpe el cura se fue al suelo. El cura no se había caído de los demás golpes que le daban. Lo vi perfectamente”.

Tras el planazo propinado por el hacedor de atarrayas la multitud siguió tras el párroco. Lo empujaban al grito de “¡cura godo!”. Trastabillaba en su andar. Al querer enderezar el cuerpo, el plan de un machete dibujó una parábola que terminó estrellándose en la espalda. Un coro de voces inconforme con los planazos a gritos decía.

    “¡Denle por el filo a ese cura hijo de puta!”.

El parque de Los Fundadores, la calle 11 y la
torre de la iglesia San Lorenzo
Cuando las voces se desvanecieron, unos segundos de silencio recorrieron el cruce de las calles. El párroco estaba por llegar a la esquina del parque. Un grupo iracundo apostado en la esquina del parque salió  a su encuentro. Entretanto, confundido entre la multitud, un hombre de unos 29 años de edad, más o menos, bajito, delgado y caridelgadito animaba el coro de voces pidiendo:

—“¡Denle por el filo a ese cura hijo de puta!”.

Acatando la orden, el filo del machete salió volando del grupo que iba tras él llevándolo a empellones. El albañil Octavio Munévar estaba a escasos ocho metros:

—“Vi que el primer machetazo se lo pegó un albañil de apellido [José Yesid] Chavarro. La parte del cuerpo que recibió el primer machetazo fue al pie de la oreja izquierda”.

El filo había rozado el lado izquierdo del occipital cortando la oreja del párroco. Las gafas rodaron por el pavimento. Al intentar alzarlas,  los brazos de la multitud, de nuevo, lo empujaron hacia la esquina del parque. La sangre a borbollones resbalaba por su cuerpo. Una estela de pozos de sangre empezaba a dibujar el camino de un andar lento y pesado.

Nicolás Izquierdo Cortés presenció la llegada del párroco a la esquina del parque. Lo vio llegar tres pasos por delante del grupo que lo escoltaba. Trepado en una de las bancas del parque pudo ver cómo se protegía con las manos de los garrotazos que le asestaban con pedazos de leños los brazos enfurecidos. Le alcanzó a escuchar cuando les dijo al grupo que se hallaba en el andén del parque:

— “Perdón…”.

No habían transcurrido cuatro minutos cuando el grupo al cual le había concedido el perdón se  le abalanzó con varillas y machetes. Pero al poner el pie sobre el andén del parque un hombre de piel morena, alto, delgadón, vestido de pantalón negro y sin sombrero, levantaba su brazo derecho por el aire asestándole un segundo machetazo. Mientras yacía bocabajo un fuerte vozarrón salido de las entrañas de la multitud decía entre rabia y venganza:

    Déjelo que sufra despacio ese hijo de puta, que las está pagando

Otro grupo que estaba expectante se le abalanzó; demasiadas caras con machete en mano le tiraban al párroco. El tumulto les impidió a los agentes de policía ver si era por el filo o por el plan.

El agente Carlos Arturo Rozo se acercó al tumulto diciendo  “cuidado con el párroco”. Nadie lo escuchó.

—“Cual más se le abalanzaba encima de él”— diría el agente Rozo.

El albañil Octavio Munévar aseveró no haber visto a nadie meterse a impedir que le pegaran al párroco.

Un comerciante antioqueño llegado del municipio de Andes, Horacio Ochoa Uribe, que  vio llevar a empujones al párroco hasta el borde del parque, fue testigo cuando el gentío corría diciendo a todo pulmón:

—“¡Mátenlooooooooo…! ¡Mátenloooooooo!”.

Cortesía: Instituto Pedro María Ramírez. La Plata (Huila)
Según el comerciante, no estaba cerca, pero desde el lugar donde se hallaba escuchaba perfectamente.

Munévar aseguró que cuando se estaba quejando del segundo machetazo, y en el mismo instante que la muchedumbre gritaba ¡Mátenloooooo!, y después de un intervalo de 5 minutos, Arturo Giraldo, ayudante de carros y por sobrenombre El Loco, se le abalanzó con el machete. El filo cortó el aire en dirección a la cabeza del párroco. El secretario de la alcaldía que seguía atento a los hechos pudo ver el filo del machete incrustarse en el cráneo del párroco.

Tras el tercer machetazo otro grito de venganza retumbó entre los árboles del parque:

—“Denle que así  era que lo queríamos ver morir”.

Al desgonzarse el párroco, Trino Díaz, secretario del Juzgado del Trabajo, se llevó las manos a la cara mirando entre los dedos. Luego hizo un gesto de estupefacción. Impresionado de lo que acaba de ver le dio la espalda a la multitud. Huyó. Al encontrarse solo contuvo la respiración por un momento. 

Luego respiró profundamente y sin darse cuenta quién podría estar escuchándolo, entre sollozos y rabia, dijo:

—“Por Dios yo no sirvo para mirar esa clase de asesinatos, favorézcanos Virgen santísima”.

Inconforme con la actitud que asumía, el agente Rozo se abrió paso entre la multitud. Cuando logró llegar hasta el párroco vio que estaba en el suelo expirando.

—“Alcancé a ver una herida en el cerebro y botaba mucha sangre”— diría el agente.

Otro policía que llegó fue Carlos Alberto Valencia. Esa tarde estaba de guardia en la desmotadora por orden del comandante del cuartel. Al escuchar los disparos, supuso que venían por los lados del parque. Eran pasadas las 4:00 de la tarde. En compañía del agente Pedro N. Hernández hizo su arribo al parque por la esquina de la alcaldía. Llegaron jadeando. Gotas de sudor rodaban por sus mejillas. 
Al ver al párroco y el tumulto con machetes y escopetas  salieron corriendo con el fin de intervenir.

—“Fue inútil —diría Valencia— porque cuando llegué, ya encontré al señor cura agonizando”.

Al querer socorrerlo un hombre acuerpado con machete en mano le increpó con furia:

—“¡Detente!”.

Un segundo intento por socorrer al párroco vendría de los agentes Valencia y Rozo. Al intentarlo la muchedumbre se les cruzó mostrándoles el filo de los machetes.

—“No se metan si no quieren morir como murió ese pícaro”— dijo una voz.

El policía Desiderio Sánchez, quien tras un ataque verbal de un enfurecido llamándole inútil había preferido refugiarse en el Restaurante Chino, no soportó las afrentas al párroco. Corrió hacia el tumulto cuando vio al párroco cercado por un círculo.

—“Ese acontecimiento fue tan rápido que no tuve lugar o no me dieron lugar para evitar su muerte”—, diría luego como cargando un sentimiento de culpa.

Aunque el cuerpo del párroco yacía en el andén del parque, el tiroteo  y el estallido de las bombas no dejaban de cesar.

El cuerpo boca abajo del párroco, la mano estirada y la pierna encogida daba la sensación de que estaba muerto. Cuando alguien quiso preguntar lo que la gente suponía, un grupillo de hombres al trote sudorosos y descamisados coreaban en voz alta:

—“¡lo han matado… lo han matado!”.

jueves, septiembre 08, 2016

Era mucho el miedo

Armando Moreno Sandoval

Armero en la narrativa literaria del siglo XXI

Alejada de toda etiqueta feminista, Gloria Inés Peláez, antropóloga y novelista manizalita, nos trae un cuadro poliédrico social del norte del Tolima a través de su segunda novela Era mucho el miedo.

Alejada también, como ella misma lo confiesa, de los mercados editoriales, pues escribe por el placer de escribir y de este modo alejar los fantasmas que lleva dentro, su narrativa ha ido imponiéndose poco a poco dentro de un público lector que cada día la valora más por su calidad literaria que, por los inciensos que se insuflan en las reseñas de libros a merced del mercado.

Es posible que algún despistado lector sin haber leído Era mucho el miedo tilde la novela de provinciana. No debemos olvidar que la tarea de quien se aprecie escritor, es el de crear y dar cuenta de simbolismos universales a partir de lo local.

Ese es el legado y la tarea que nos han dejado los grandes maestros de la literatura. Que sería del maestro de los maestros, el estadounidense William Faulkner sin su aldea Yoknapatawpha o el colombiano Gabriel García Márquez sin su Macondo, o, este otro maestro de maestros, el polaco nacionalizado inglés Joseph Conrad, un grande de la literatura, cuyos tramas y personajes transcurren en espacios cerrados pero, sobre todo, abiertos a la imaginación.

Era mucho el miedo es una novela conmovedora, bellamente escrita, pero, sobre todo, excesivamente actual. A través de Adelita, su personaje central, la escritora va desempolvando un cuadro social que, sin caer en la cursilería y el lloriqueo, nos trae a cuenta las violencias, los desasosiegos del alma humana, los fantasmas recurrentes del inconsciente como la que encarna su madre que, en una perenne evocación de su Armero amado, se niega a borrarlo de su memoria.

Este cuadro de la memoria representada en su madre que se niega a enterrar a Amero, contrasta con el tiempo antropológico de su hija y de su media hermana —la prostituta avalanchera salida de la Casa de la Muñecas—, que, asumiendo el desplazamiento como opción de vida y de sobrevivencia terminan recorriendo las calles del Barrio Santafé en Bogotá en medio de burdeles, transexuales, gays, putas de mala leche y ladrones.

Aunque el norte del Tolima después de la avalancha de Armero en 1985 ha dado origen a una narrativa que podríamos llamar “avalanchera” y oportunista, es, con esta novela, Era mucho el miedo, que, sin lugar a dudas, el norte del Tolima, adquiere una nueva factura narrativa.

En esta novela la escritora también nos recrea las relaciones de poder que genera una institución como la familia, la política premoderna como el gamonalato, el caciquismo y el favor, o, el poder de las relaciones sexuales dominantes y dominadas; y que decir de las familias disfuncionales como la que representa la misma progenie de Adelita y la de su padre rico y terrateniente mujeriego venido a menos.

Más allá de este cuadro social que aún persiste a caballo entre la modernidad y premodernidad está también la cultura popular. Es el caso del “Toro de Oro” que comandó la avalancha para arrasar con Armero pero, sobre todo, la lectura que nos hace del tiempo rural del norte tolimense con una mentalidad lenta y premoderna atada a las creencias populares, al folclor mágico y a los maleficios; y que contrasta con un tiempo veloz que genera la urbe como sinónimo de modernidad. De una ciudad que no se detiene, que cambia día a día, pero, que para sobrevivir, hay que empeñar el alma. Cuadro desgarrador y contradictorio que es el signo o la marca de millares de familias colombianas.

Es en este contraste premoderno y moderno donde el lector podrá encontrar con sabia maestría los ritmos sociales, temporales y espaciales en que siempre se encuentran atrapadas las sociedades.

En un país donde la narrativa de los hombres es más visibilizada que la de las mujeres, bien vale tener en cuenta y leer Era mucho el miedo. Pues, como dice la misma escritora, lo que hizo fue ficcionalizar los hechos que transcurren en el último cuarto del siglo XX y que arranca precisamente desde la avalancha que sepultó Armero en noviembre de 1985.

jueves, agosto 11, 2016

Mariquita: 25 siglos de Historia

Armando Moreno Sandoval (Compilador)

Introducción

Mariquita: 25 siglos de Historia es una monografía sui generis pues rompe con las maneras tradicionales de concebirlas. Lo más sencillo hubiese sido que, con la formación académica que poseo y con el oficio de investigador que he ejercido durante décadas, y con el acervo documental que existe sobre Mariquita, me sentara y la escribiera en unos cuantos meses. O que alguien la escribiera dando su propia versión sobre lo que ha sido Mariquita en la historia.

Pero con el paso de los años, y con los nuevos aportes teóricos en el campo de la filosofía y de la teoría histórica, me llevaron a dudar que lo más indicado no era hacer una monografía tradicional. Entonces la vieja idea que tenía en mente fue cambiada por una nueva. Pensé, entonces, que la historia de Mariquita no podía ser la versión de una sola persona, sino que esta debía construirse con la participación de todo aquel que había tenido alguna relación con Mariquita. Que debía darle participación a quienes la habían historiado.

Por eso el lector debe entender que lo que tiene es una selección documental que, a mi parecer, fueron los que más se ajustaron al propósito que tenía en mente: cual era el de hacer una monografía partiendo de lo que los antropólogos llaman los géneros de la memoria.

Esta es la explicación  del por qué el lector podrá encontrar... (continúa)




viernes, agosto 28, 2015

Nicolás Tanco Armero y el "El equipaje amarillo" de la escritora cubana Marta Rojas

Armando Moreno Sandoval

De nuevo, la novela "El equipaje Amarillo" de la escritora cubana Marta Rojas, ha sido publicada en mandarín. Es su cuarta edición. La novela gira alrededor de Nicolás Tanco Armero. Un colombiano con raíces tolimenses hondanas, quien, a sus 21 años viaja a Cuba después de pagar tres meses de condena en una cárcel bogotana. Por supuesto, que son los tiempos del Nuevo Reino de Granada.

Tras una estadía de tres años en la isla —desde el 6 de enero de 1852 hasta el 25 de febrero de 1855— Tanco Armero sale para Europa para luego embarcarse a la China. Viaja como agente comercial con el único propósito de importar chinos como esclavos y, así, suplir la recién liberada mano de obra esclava africana en las plantaciones de azúcar y café.

Si los chinos acaban de hacer otra edición, pienso que, Marta Rojas, se ha ganado un sitial en la Ciudad Prohibida junto a su primo y hondano Félix Manuel Tanco y Bosmeniel, Zheng He, Brunilda, el sabio señor Lu, María Cristina Luango, Rosa Laguna, Fan Ni y Carlos Ascona, personajes estos que recorren casi las 300 páginas de su novela.

Orquestar voces con sus respectivas mentalidades es lo que hace que Marta Rojas, a mi entender, atrape al lector desde el comienzo. Pues dichas mentalidades no solo están atrapadas en su propio tiempo histórico sino, que, también lo están en su propio tiempo antropológico.

Estos dos tiempos es lo que hace que la novela sea a la vez un palimpsesto y caleidoscopio de culturas que dialogan desde su propia mentalidad o a lo largo de sus singulares tiempos históricos. Es el retrato que hace magistralmente de Nicolás Tanco, pues, a través de él, apreciamos una mentalidad que en algunas pasajes de su vida se vuelve comprensivo, huraño e impositivo hacia el otro. Aunque el personaje cobra relevancia a lo largo de la novela por su posición y oficio dentro de la sociedad de la época, una voz subalterna, como la de su sirviente chino Fan Ni, emerge con fuerza generando un equilibro intercultural.

Es más, lo que se percibe también es un dialogo intercultural representado a través de estos dos personajes.


El Equipaje Amarillo en mandarín
Dialogo y equilibro intercultural que es complementado, aunque con poca fuerza, con otras expresiones culturales como las que recrean el mito del Moján, el hechizo, los tambores y las flautas. Que en otras palabras no es más que la expresión y el aporte de las culturas caribeñas y africanas al palimpsesto y caleidoscopio que señale pero que, al final de cuentas, son estas culturas las que terminan tomando relevancia.

Si el lector es acucioso, no es la cultura de Nicolás Tanco la que se impone (blanca, educada, de comportamientos refinados, de buenas maneras en la mesa y en el vestir, etc.), pues, su cultura prácticamente termina en el exilio y en una pequeña nota de periódico que, por cosas del azar, es rescatado del olvido. Sin lugar a dudas son las culturas subalternas (sobre todo la africana negra, y en menor proporción la china) las que terminan imponiéndose.

Pienso que esa voz en tercera persona que recorre toda la novela organizando las vidas y los diálogos de los personajes, al hacer mención del testimonio de Carlos Ascona, el hijo de Fan Ni con Rosa Laguna, nos dice que ese encuentro intercultural es la síntesis antropológica de lo que construyó la sociedad cubana desde mediados del siglo XIX hasta lo que va del siglo XXI. Pues lo que expresan esos personajes más que un choque es un dialogo de culturas que, por supuesto, terminó pariendo novísimos tiempos históricos y antropológicos.


Y todo por un colombiano que prefirió empacar maletas y huir de una sociedad que lo tenía harto y fastidiado.

jueves, junio 06, 2013

PALLARES-BURKE, María Lúcia: La nueva historia. Nueve entrevistas.

Armando Moreno Sandoval

PALLARES-BURKE, María Lúcia: La nueva historia. Nueve entrevistas. Valencia: Publicaciones de la Universidad de Valencia, 2005, 299 págs.

La insularidad idiomática que caracteriza a Latinoamérica impide, en la mayoría de las veces, estar al tanto de la frontera del conocimiento o de lo que se produce académica e intelectualmente en países con idiomas distintos al español.

Este es el caso de las entrevistas que realizó durante más de tres años —agosto de 1996 a noviembre de 1999— la profesora María Lúcia Pallares-Burke del Centre of Latin American Studies de la Universidad de Cambridge. Las entrevistas hechas a nueve destacados historiadores fueron publicadas inicialmente en portugués en el cuaderno «Mais», Folha de S. Paulo, Brasil. Pero, la versión en libro y en el mismo idioma solo apareció en el 2000 y su traducción al español en el 2005. No obstante, hace escasamente un año arribaría a algunas librerías colombianas.

Si la primera mitad del siglo XX puede considerarse como el inicio de una revolución en la forma de pensar y escribir la historia, revolución esta que empezaría desde la fundación de la revista Annales en 1929, algo parecido podría decirse también de lo que aconteció con el que hacer de la historia durante la segunda mitad del siglo XX.

Aunque nombres como Marc Bloch, Lucien Febvre —fundadores de Annales—, Jacques Le Goff, Georges Duby nos llevan a la primera mitad del siglo XX, pues nos son excesivamente familiares, este libro de la profesora Pallares-Burke es un encuentro con los historiadores de la segunda mitad del siglo XX que también revolucionaron la forma de pensar y escribir la historia y que la critica historiográfica europea ha dado en llamarla La nueva historia.

Aunque La nueva historia en Colombia la asociamos con el historiador Jaime Jaramillo y sus discípulos —como lo fueron Germán Colmenares, Margarita Garrido, Jorge Orlando Melo, Marcos Palacios— poco tiene que ver con La nueva Historia que nos alude la profesora Pallares-Burke. Incluso, muy distinta, de aquella que se consolidó a comienzos y durante la primera mitad del siglo XX alrededor de la revista Annales.

Esta, La nueva historia, hace referencia a una generación de historiadores que, a pesar de que están en el ocaso de sus vidas, han pasado inadvertidos en las facultades de Ciencias Humanas de las universidades colombianas y me atrevería a decir, también, latinoamericanas.

Estos historiadores son en su orden cronológico, del más veterano al más joven, Jack Goody, Asa Briggs, Natalie Zemon Davis, Keith Thomas, Daniel Roche, Peter Burke, Robert Darnton, Carlo Ginzburg y Quentin Skinner. Amén de otros historiadores que, aunque no están en esta lista, también han estado en el olvido en los cursos de antropología, historia y sociología de las facultades de Ciencias Humanas en Colombia como es el caso del sinólogo británico Jonathan D. Spence.

La pregunta que surge es: ¿por qué estos nombres han pasado desapercibidos en la formación de las nuevas generaciones de estudiosos de las Ciencias Humanas? La respuesta es sencilla: porque sus planes de estudios aun siguen presos de la generación de sociólogos, historiadores y antropólogos que hicieron gigantes a estas disciplinas en la primera mitad del siglo XX. Léanse M. Weber, E. Durkhein, B. Malinowsky.

Aunque pareciera que el interés de este escrito  fuese hacer una crítica historiográfica a las disciplinas de las Ciencias Humanas, pienso que no sobra. Más bien, si es un abrebocas para preguntarnos por qué valdría la pena leer este libro. Existen muchas razones. No voy a enumerarlas todas. Pero para mí, la principal es que ofrece a cualquier estudioso de las Ciencias Humanas herramientas de carácter teórico y metodológico para repensar el oficio de la antropología, la sociología y la historia. Suficientes para preguntarnos el por qué esta revolución en la forma de pensar y escribir la historia ha pasado desapercibida.

Pero si alguien me preguntara por qué este libro de entrevistas de la profesora Pallares-Burke, diría, y es un consejo que doy a mis estudiantes, es que antes de aventurarse a leer la obra del autor, primero lean el autor. Porque a través del autor, el estudioso ha de encontrar ese mundo subjetivo que motivo a ese antropólogo, historiador o  sociólogo a escoger el oficio.

Como este consejo de Robert Darnton, gran historiador del libro y de la lectura, que decía a sus alumnos no echar en saco roto aquella otra literatura que a manera de crónicas retrataban el bajo mundo del crimen. Insumo más que necesario, según él, para pensar en el oficio de la escritura de la historia.


Pero más allá de esa subjetividad que podemos encontrar en quien ejerce el oficio de historiador, antropólogo o sociólogo, es que este libro es maravilloso por otra sencilla razón. Es una fiesta de los saberes. Nos enseña que cualquier oficio de  las Ciencias Humanas sería imposible si, quien lo va a ejercer, hace omisión del dialogo con otros saberes: literatura, arte, política, ciencia, sociología, historia, antropología. 

sábado, septiembre 22, 2012

"LTI: La lengua del III Reich. Apuntes de un filólogo"


"LTI: La lengua del III Reich" del filólogo judío Víctor Klemperer (1881-1960).

Klemperer vivió en carne propia el oprobio del régimen nazi y pudo sobrevivir a la política antisemita por ser esposo de una mujer "aria".

Durante el régimen nazi llevó un diario en el que registró meticulosamente los cambios en la lengua, las manifestaciones del discurso totalitario,  y que luego utilizaría como fuentes para el libro que luego escribiría.

Caratula de edición colombiana
En palabras de Juan David Zuloaga quien comentó el libro en El Espectador, el 15 y 29 de agosto de 2012, en los artículos titulados La lengua del III Reich señala: "El libro describe con descarnada lucidez y con trágico patetismo el alma de un pueblo que durante más de una década fue presa de la locura", es decir, de la terrible opresión del régimen nacionalistasocialista.

Klemperer explica cómo un lenguaje totalitario  se introdujo en la carne y en la sangre de la población alemana.  Para el autor, "las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parece no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico”.

Klemperer ilustra cómo se impone a través del lenguaje una forma de pensar y de sentir hasta hacerse propias de toda la sociedad.

La publicación de este libro en Colombia —desgraciadamente ha sido invisibilizado, pues ha sido opacado por quienes se sirven del lenguaje para oprimir— es un abrebocas para comprender el embrujo que hoy en día padecen buena parte de los colombianos que siguen presos del lenguaje fascista, totalitario y guerrerista.

sábado, septiembre 15, 2012

Armero: capital algodonera de Colombia

Panorámica de Armero
Esta revista Armero (Tolima). Ciudad algodonera de Colombia. Agosto 7 de 1955  salió publicada cuando el general Gustavo Rojas Pinilla estaba  al frente de los destinos de Colombia. Siete años atrás había sido asesinado Jorge Eliécer Gaitán y se daba inicio a lo que se ha conocido como la Violencia.

Un día después del asesinato de Gaitán, el 10 de abril de 1948, en el parque de Los Fundadores, una turba daba muerte al sacerdote Pedro María Ramírez, conocido como el "Padre Peter".


Banco del Comercio
No obstante, pese a la Violencia que se desató entre Liberales y Conservadores, Armero había seguido con su pujanza agroinduindustrial. La revista antes citada da fe de ese empuje que no tuvo parangón en el norte del Tolima. Era la fuerza centrífuga que jalonaba la región.

Con la erupción del volcán nevado del Ruiz en 1995, hubo muchos errores crasos. La sociedad sobreviviente armerita fue dispersa por todo Colombia. Se privilegió en ese entonces el ladrillo olvidándose de la gente.


martes, noviembre 15, 2011

La provincia de Mariquita y su población aborigen en el siglo XVI


Esta importante obra “La provincia de Mariquita y su población aborigen en el Siglo XVI” escrita por Armando Moreno fue presentada el pasado jueves 10 de noviembre en un acto especial en el Centro de Convenciones Alfonso Lopez Pumarejo de Ibagué. También se lanzaron otras obras de reconocidos escritores tolimenses que hacen parte de una colección de 15 libros de la Academia de Historia del Tolima, Colección Pensamiento Tolimense.

En lo que respeta al libro de Armando moreno según nota de Luis Fernando Herrán Mendez: “esta investigación, "La Provincia de Mariquita y su población aborigen en el siglo XVI", da cuenta de los pueblos indígenas que habitaron aquel extenso territorio a la llegada de los españoles. Se hizo a partir de fuentes primarias al utilizar de manera directa los archivos, documentos originales que datan del siglo XVI y que se encuentran en el Archivo General de la Nación en Bogotá (Colombia), lo que permite, con el correr del tiempo, sea consultada y citada por investigadores de diversas profesiones: arqueólogos, antropólogos, urbanistas, arquitectos e historiadores.

Toda aquella región que comprendió el valle del río Magdalena desde San Bartolomé en Antioquia hasta el río Sabandija en Venadillo, Tolima, es mirada aquí sin que se olviden los territorios al lado y lado de las cordilleras central y oriental.

Armando Moreno Sandoval. Doctor en Antropología Social y Cultural de la Universidad Autónoma de Barcelona. Estudió Antropología en la Universidad Nacional de Colombia y Maestría en Historia Andina en la Universidad del Valle. También cursó Paleografía Hispanoamericana en la Academia Colombiana de Historia. Actualmente es Profesor de la Facultad de Ciencias Humanas y Artes de la Universidad del Tolima. Su campo investigativo está relacionado con la antropología, la historia y la etnohistoria. Actualmente investiga sobre el 9 de abril de 1948 en Armero (Tolima). Dentro de sus publicaciones encontramos Honda: una historia urbana singular y El “Palomo” Aguirre: un caso de bandolerismo social en Colombia”.

jueves, diciembre 11, 2008

Honda milenario

Armando Moreno Sandoval 

Publicado en El Puente, Honda, año 10. No 112, julio de 2008, p. 4 

La idea de que solo tenemos Historia a partir de la llegada de los españoles es, además de equivocada, un sentimiento de querer seguir siendo conquistados y dominados. Es aceptar que quienes llegaron antes de los españoles no hicieron Historia. Es creer que nuestros primeros antepasados carecen de registros históricos. 


Esta equivocación histórica es lo que ha llevado a muchos pueblos, entre ellos a Honda y a Mariquita, a creer que su Historia comienza con los españoles. Es por eso que en Mariquita se ufanan en creer, y con fechas aun no comprobadas en registros históricos de la época, de que la historia de Mariquita tiene menos de 500 años. 

Algo parecido le pasa también a Honda. En este pueblo de pescadores la élite de historiadores locales aún no se ha puesto de acuerdo sobre la fecha española de su fundación. La pregunta que surge es para qué desgastarnos con fechas qué poco o nada dicen, cuando, en verdad, la Historia de estos pueblos es mucho más antigua. 

El antropólogo y arqueólogo Arturo Cifuentes por fechas de radiocarbono 14 demostró que hace cerca de 2.100 años ya había gente viviendo en los ardedores del Salto de Onda (la escribo sin H porque así se escribía hace cerca de 450 años). Cuentan sus investigaciones que además de pescadores eran agricultores y cazadores. 

Pero, la investigación que más sorprende es la del antropólogo y arqueozoólogo Germán Peña, profesor e investigador del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia. Lo interesante de sus investigaciones es que partiendo de la arqueoictiología, —la ciencia que investiga cuáles eran las especies de agua más vulnerables para el consumo humano— nos indica que el poblamiento alrededor del Salto de Onda no data de hace 2.100 años, sino que comienza entre 2.400 y 2.450 años, es decir, 850 y 900 años antes de que llegaran los españoles. 

Lo que más sorprende de sus investigaciones es que hace más de 2.400 años —como lo hacen hoy en día muchas familias en sus casas— los habitantes del Salto de Onda acompañaban los viudos de bocachico, nicuro, capaz o bagre con aguacates y mazorcas de maíz que cultivaban en los alrededores de sus casas, y con papa traída del altiplano cundiboyacense. Sus investigaciones también dicen que cuando no había subienda su dieta alimenticia estaba acompañada —dependiendo de la época— por carne de guatín, venado, anfibios, reptiles y aves. 

Lo que quiero insinuar con estas investigaciones es que no tiene sentido que celebremos con alboroto el poblamiento de estas tierras a partir de la conquista española, sino que debemos comenzar a preguntarnos cuándo fue que llegaron los primeros pobladores. 

Para abandonar este exabrupto histórico es bueno recordar que la conquista española fue despiadada, brutal y sanguinaria, amén de quienes llegaron. Algunos documentos del Archivo General de la Nación en Bogotá señalan que Francisco Núñez Pedroso fue un personaje que además de haber intentando matar con otros compinches a Francisco Pizarro, huía del Perú por asesino y ladrón. También señalan los documentos que cuando la Real Audiencia a mediados del siglo XVI le concedió la capitulación para que viniera a recorrer las tierras de lo que hoy en día se conoce como Mariquita y Honda, llegó con otros malhechores matando niños, degollando y cortando cabezas, abriéndoles los vientres a las mujeres embarazadas y empalando a cuanto aborigen le viniera en gana. 

Los Hondanos ya no tienen por qué preocuparse por la fundación de Honda a partir de la conquista española. Pues, su verdadera fundación comienza con los primeros asentamientos y hasta que no se demuestre lo contrario con nuevas investigaciones esta fue hace más de 2.450 años. No sé de qué se ufanan aquellos que quieren seguir pensando la Historia de estos pueblos a partir de la conquista española, que de por sí además de reciente tuvo gran dosis de violencia. 

Valdría la pena que los alcaldes, concejales y profesores de colegios la repensaran.

viernes, mayo 16, 2008

Honda, cuna de la literatura tolimense

Armando Moreno Sandoval

Si en algo se ha caracterizado el Norte del Tolima es por la palabra escrita. Pensar que tal o cual municipio es la cuna de la intelectualidad es, sin lugar a dudas, cosa de tontos. Todos los municipios a su manera, y de acuerdo a su tiempo social e histórico, han aportado su grano de arena. Recordar, por ejemplo, al poeta Diego Fallón, oriundo de Falán, es algo que nos llena de orgullo. Los críticos literarios coinciden en señalarlo como uno de los grandes poetas que dado la nación colombiana.
Ni que decir de los escritores, historiadores y poetas que dado el municipio cafetero de El Líbano. El escritor Carlos Orlando Pardo, entre chiste y verdad, decía que el municipio que tenía más escritores por metro cuadro era El Líbano. Para tener una idea de lo que ha dado esa tierra en materia de hombres de letras, basta recordar al intelectual, historiador y escritor Eduardo Santa y darnos así una idea de su grandeza.
No obstante, si nos preguntáramos por el inicio de la literatura tolimense no cabe duda que más de un individuo pensaría que podría estar en el mismo Líbano. Desafortunadamente no es así. El Líbano es un municipio demasiado joven. El Tolima tiene otros centros urbanos cuya ocupación española datan casi desde hace medio milenio de años como son Honda y Mariquita.
Esa temporalidad y ese estatus de pueblos mayores que da el peso del tiempo fue lo que permitió que Honda en el siglo XIX fuese un hervidero de ideas. Sorprende, y duele decirlo, que en el siglo XIX en el puerto de Honda circularan y se publicaran más periódicos que hoy en día. Una mirada desprevenida en la sala Anselmo Pineda de la Biblioteca Nacional nos lleva a corroborar que en Honda en el año de 1857 se imprimía y editaba “El Vapor”; que entre 1878-1879 existía el quincenal “La Voz del Tolima”; en 1879 “El Día” y que en 1899 se leían “El Gualí”, “El Salto” y “La Voz del Pueblo”. Tradición que por supuesto no se perdería con la llegada del siglo XX, pues para ese siglo, a comienzos de el, encontramos “El Motor”, un periódico que tenía la particularidad de difundir las huelgas que se llevaban en el Ferrocarril de La Dorada y en los buques a vapor que surcaban el río Magdalena. Pero, lo que más sorprende es que ese periódico lo hacían circular por todos los rincones del norte del Tolima bien sea a través del ferrocarril o el cable aéreo, o, a lomo de mula para los rincones más apartados.
Esta tradición periodística e intelectual fue lo que permitió que en Honda, por cosas del destino, se diera luz a la primera novela que tenga noticia la narrativa tolimense. El profesor, escritor e intelectual Libardo Vargas —experto en historiografía literaria—señala que no bastó que allí se engendrara la novela sino que fuese también un hondano quien la escribiera. Se trata de José Antonio de Plaza, un personaje que además de haber sido escritor pudo intercalar este oficio con la de historiador y político. Pues, en 1829 ejerciendo el cargo de gobernador de Honda lo encontramos dando la orden para levantar de nuevo el puente sobre el río Gualí que había sido derribado por el terremoto de 1805.
Para honrar su memoria sólo nos queda recordar que su novela “El oídor, romance del siglo XVI”, editada en 1850 y siete años antes de su muerte, es, hasta que no se demuestre lo contrario, la primera novela tolimense. Si bien, lo que hace Antonio de Plaza es recrear un triángulo amoroso entre el marido, la mujer y el enamorado, el merito está en que este escritor había hallado en la novela “El Carnero” de Rodríguez Freyle el filón que le sirvió para sacar el tema de su novela y que muchos años después los escritores colombianos tendrían en cuenta para desarrollar su narrativa. O, para decirlo sin tanto rodeos, que con el hondano José Antonio de Plaza se inicia la moderna narrativa colombiana.

miércoles, septiembre 20, 2006

Minería y sociedad en Mariquita



INTRODUCCIÓN

Armando Moreno Sandoval

Universidad del Tolima

Debo señalar que mi libro Minería y sociedad en la jurisdicción de Mariquita: reales de minas de Las Lajas y Santa Ana, y que presento a la comunidad en general, se hizo prácticamente a partir de las fuentes documentales del Archivo General de la Nación. La razón esta en que la mayoría de los trabajos sobre minería tratan sobre la explotación aurífera y, muy poco, de la minería argentífera.

En cuanto a la minería de la antigua jurisdicción de Mariquita, valga recordar que además del ya conocido trabajo clásico del historiador español Julián Ruiz Rivera, La plata de Mariquita en el siglo XVII: mita y producción, en los últimos años ha habido un interés en la minería de los reales de Santa Ana y Las Lajas, en particular los trabajos del historiador Heraclio Bonilla y de la historiadora Mónica Contreras .

Debo señalar que este trabajo de investigación toca aspectos que ayudan a entender cómo fue la actividad minera, tales como los aspectos sociales y administrativos de los reales, el uso de las tecnologías, el debate en torno al poblamiento de las minas, los métodos de beneficiar el metal, la crisis demográfica aborigen; como también, en las diferentes opiniones que tenían los funcionarios sobre la suerte de los mitayos y del futuro mismo de la explotación minera.

Considero que este trabajo es un complemento al de Julián Ruiz Rivera. Si Ruiz Rivera tomó para su interpretación datos procedentes de fuentes fiscales para reconstruir el monto de maravedíes y así determinar el monto de marcos de plata producido y señalar de este modo los altibajos de la producción de plata, o de tomar visitas para hacer recuentos demográficos y llegar a la conclusión que la producción de plata dependía de la cantidad de mano de obra mitaya, en mi caso, he preferido un material que el profesor Juan Friede había llamado documentos menores, es decir, aquellos que hacen alusión a los pleitos por posesión entre dueños de minas, pleitos por sucesiones, inventarios de minas e ingenios, probanzas, pleitos entre funcionarios, o los informes sobre dueños de minas, mineros, funcionarios o mitayos. Son fuentes que no ofrecen datos cuantificables pero que, a mi entender, ofrece otros datos confiables ya que el ejercicio de interpretar depende enteramente de las múltiples lecturas que se le hace al documento.

El trabajo esta dividido en seis capítulos. El primero hace alusión al escenario donde se desarrollo la explotación. También trata sobre las vías de comunicación. Hace énfasis especial en la construcción del camino de Santa fe a Mariquita, que se inicia a mediados de la segunda mitad del siglo XVI, y su posterior continuidad; como también el papel que desempeñaron los mercaderes, pues, ayuda a entender la dinámica que tuvieron los reales frente al comercio.

El segundo y el tercero tratan aspectos que tienen que ver con los conflictos que se suscitaron con la posesión, registro y explotación de las minas, y que de algún modo influyó en la explotación minera. También hace alusión a los informes que presentaban los funcionarios, los dueños de minas, pero en especial lo que aconteció en las alcaldías mayores de Alonso de Orozco y Andrés Pérez de Pisa, y en particular éste último, ya que su gestión como se podrá apreciar fue cuestionada por funcionarios, dueños de minas y por la corona misma.

En los capítulos cuartos, quinto y sexto contempla aspectos como el de las técnicas, los métodos y la producción. Debo señalar que estos capítulos se soportan en buena parte en la obra de Bakawell sobre Zacatecas. Si retomo a este autor obedece a que los datos que hacen referencias a las técnicas y métodos en las fuentes documentales tienen una gran coincidencia con las empleadas en Zacatecas en Méjico.

También trato aspectos que tienen que ver con el desarrollo de la tecnología en el siglo XVI, de cómo los mineros asimilaban los cambios tecnológicos, o si ellos estaban al tanto de los adelantos tecnológicos de la época, lo cual sirvió para explicarnos que los volúmenes de extracción, como el rendimiento que daba la plata en bruto estaban asociadas también a los adelantos tecnológicos de la época.

Desafortunadamente los registros por real no se encuentran, como tampoco se encuentra cuál fue el método que más se impuso. Este problema no se pudo aclarar, pero, lo que sí está claro es que los dos métodos, el de función y amalgamación, además de que fueron tema de discusión entre los funcionarios y mineros de la época, se empleaban indistintamente.

En cuanto a la aplicación de las técnicas y métodos, la lectura de las fuentes indican que los mineros y beneficiadores estaban un poco atrasados respecto de los avances científico-técnicos de la época. Infortunadamente el Nuevo Reino de Granada no gozó de hombres de ciencia que dieran cuenta de cómo mejorar la producción minera como sí aconteció en otras latitudes. Por ejemplo, la historia de la ciencia ha señalado como inventor del “beneficio por patio” a Bartolomé Medina, quien vivió en la Nueva España. Su método lo probó en Zacatecas. Igual aconteció en el Perú con Alonso Barba quien en 1637 escribió una obra monumental para la historia de la minería titulada El arte de los metales.

A cambio de hombres que estuvieran al tanto de los conocimientos científicos y tecnológicos de la época, lo que sí se dio, como lo señalo en el capitulo IV, fueron funcionarios que pensaban en cómo reglamentar el funcionamiento de las minas. Es posible intuir en algunos funcionarios una actitud reglamentarista, en el sentido de querer establecerle leyes a cualquier problema. Tan así es que cada funcionario que visitaba los reales terminaba por pregonar sus propias ordenanzas. Esto puede tener varias explicaciones: una, que la situación social y económica de las minas era muy cambiante, obligando a los visitadores a repensar en las ordenanzas anteriores. Lo que conllevaría, según lo señalado, a deducir que efectivamente las ordenanzas eran un reflejo de lo que estaba aconteciendo en el medio. La otra posibilidad es considerar que el funcionario en un afán por justificar la visita, o porque no el de hacer valer su autoridad, le daba por reglamentar nuevas ordenanzas. Sean cuales fueren las pretensiones, antes de que se erigieran los reales de Santa Ana y Las Lajas, al trabajo en las minas se le aplicaron las ordenanzas de 1570, que tuvieron un carácter general para todo el Nuevo Reino de Granada. Luego vendrían las de Antonio González en 1593, la de Enríquez en 1609, las de Juan de Borja en 1612 y las de Gabriel de Carvajal en 1627, todas ellas tuvieron una aplicación particular.

Es necesario señalar que en 1719, definitivamente, se produce la suspensión de la mita y sólo hasta finales de la década de los 80’s, con José Celestino Mutis y Juan José D´Elhúyar se activan de nuevo las minas. Con las guerras de Independencia su explotación de nuevo caería en el abandono. Sólo hasta la segunda mitad del siglo XIX, con ingleses y alemanes, las minas volverían a ser reactivadas laboralmente, investigaciones que están a la espera de realizarse.

Finalmente, debo agradecer al departamento de Ciencias Sociales de la Universidad del Tolima el tiempo necesario para realizar la investigación.

Sería insensato de mi parte desconocer la colaboración de los funcionarios del Archivo General de la Nación en Bogotá, con ellos tengo una deuda de gratitud.

Universidad del Tolima, septiembre del 2006