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domingo, febrero 01, 2026

Mentes del siglo XX: Mao

Leer y escribir sobre Mao habiendo terminado el primer cuarto del siglo XXI y cuando las ideologías (los llamados metarrelatos) que guían a las masas en busca del paraíso y la felicidad no deja de ser, para algunos, divertido. Para otros, es un guiño de que la Revolución guiada por las masas obreras y campesinas aun tiene un halo de esperanza para arrebatarle el poder a las oligarquías.

El Mao que recuerdo lo tengo guardado en mi memoria como si fuera ayer. Sucedió comenzando la década de los 80 del siglo XX en un curso de metodología en el programa de antropología en la Universidad Nacional. Si recuerdo a Mao, no es por lo que se enseñó de él. Sino por la manera como un grupo de estudiantes que quizás no eran maoístas y otros que tal vez no comulgaban con la línea de Pekín, increparon al profesor de que fuera serio y que tuviera algo de respeto hacia los estudiantes. El argumento para desterrar a Mao del curso era el de que no tenía nada que aportar a la formación académica, y mucho menos a la investigativa. Ahhhh… tiempos aquellos en que los estudiantes echaban a los profesores de las aulas exigiendo rigurosidad académica en vez de que se enseñara cualquier cosa.

En todo caso, pocos semestres después, un movimiento estudiantil en el departamento de antropología pidiendo profesores idóneos terminó con la expulsión de un grupo de profesores, entre esos el profesor que en la bibliografía de la asignatura quería impartir el pensamiento de Mao.

Pocos años después, aún siendo estudiante, la curiosidad me llevó a leer Las cinco tesis filosóficas de Mao. Terminado de leerlo, sentí vergüenza. El libro en verdad nada tenía que ver con la finalidad del curso y desde ese entonces, hace más o menos unos 43 años, de Mao no volví a saber. Hasta este año 2026, que estando dando vueltas por Internet y sus algoritmos, me tropecé con el Mao Zedong del profesor Jonathan Spence.

El profesor Spence, hasta su muerte, fue el sinólogo más importante que ha dado Occidente. Leer un libro bajo su nombre es un sello de garantía intelectual, lo que me llevó a inferir que el Mao que él retrataría no sería cualquier cosa.

Así que teniéndolo ya en mis manos y sumergiéndome en su lectura, comprobé una vez más que su escritura ostentaba con orgullo aquellos historiadores que la crítica los llamó narrativistas. Leer sus libros es un placer; se leen como tomando un excelente vino. Lo he comprobado con dos de su vasta bibliografía que he leído: La pregunta de Hu o La muerte de la señora Wang.

Este Mao del profesor Spence tiene la cadencia narrativa que caracteriza sus libros. Que evita la sobrecarga de detalles y nombres, ofreciendo una narrativa fluida y comprensible para lectores no especializados. En fin, es un texto lúcidamente escrito, sobrio y robusto, con un estilo elegante y un juicio equilibrado.

Quizás estas cualidades narrativas hacen de esta biografía una buena obra introductoria, ideal para quienes buscan una visión general y bien escrita sobre Mao, pero, eso sí, insuficiente para el investigador académico exhaustivo y exigente.

Pero una cosa es el estilo narrativo para que el lector no termine bostezando y votando el libro al olvido y otra lo que significó Mao para el mundo o para quienes aún siguen soñando con la revolución.

A pesar de que es más una síntesis divulgativa que un análisis profundo, el profesor Spence muestra a Mao como un personaje complejo, cruel, tiránico, romántico y pragmático, sin tener que llegar a conclusiones definitivas sobre sus motivaciones.

Aunque no aborda en detalle Las Cien Flores, El Gran Salto Adelante o La Revolución Cultural, deja entrever cómo un líder que llevó a miles de millones de chinos a la tumba no fue criticado por nadie o por muchos. El culto a la personalidad que se le rindió pudo más que los muertos.

El Gran Salto Adelante pasa en puntillas. El profesor Spence solo se limita a decir que fue un fracaso en cuanto a los planes económicos. Pues con su terquedad de echar para atrás lo que se había propuesto con el modelo económico basado en una economía estatal, millones de chinos morirían.

Si bien El Gran Salto Adelante lo echó atrás tras reconocer a regañadientes que una economía agraria basada en comunas no funcionaba, no tuvo más remedio que devolver de nuevo al modelo de la propiedad privada. Entregó las parcelas a los campesinos y las microempresas y empresas a sus dueños.

Buscando culpables del porqué del fracaso de su modelo económico, pensó que si este no funcionó era porque al interior de las instituciones estaba infectado de esbirros y de pequeños burgueses aliados del imperialismo y del capitalismo. Se le ocurrió que los infiltrados podrían estar en los mismos miembros del Partido Comunista, en los obreros, en los campesinos, en los intelectuales y en la misma sociedad. Fue lo que se conoció con el rimbombante nombre de la Revolución Cultural.

Este período donde Mao desconfiaba casi de todo el mundo, hasta de su propia sombra, menos de las jovencitas que le llevaban para sus placeres sexuales, y que corresponde al ocaso de su vida (ya pasado de los 70 años), es cuando emprende la cacería de brujas. Es la época más oscura del maoísmo Mientras millones de chinos morían de hambre, a los que sobrevivían se les obligaba a vivir según la política del Estado trazada por el politburó del Partido Comunista. Entre los dictámenes más miedosos estaba el de que nadie podía pensar por sí mismo, sino lo que dijera el Partido Comunista. Son los años donde, en aras del igualitarismo, vestían de una misma manera, comían lo mismo (para los chinos, el arroz) y un largo etcétera. Lo más aberrante y cruel de todo fue el de una sociedad que se vigilaba a sí misma: los hijos denunciaban a los padres porque pensaban diferente a la línea del Partido Comunista. Según el profesor Spence, nadie sabe a ciencia cierta cuántos miles de millones de chinos fueron asesinados en la era maoísta de La Revolución Cultural.

Amén de los millones de suicidios.

Como señalé al comienzo, el Mao del profesor Spence es para todo aquel que quiera tener una visión general y rápida de Mao. Ya que deja por fuera algunos temas que uno quisiera conocer, como el origen del poder y la megalomanía; el impacto que tuvo en la sociedad El Gran Salto Adelante y La Revolución Cultural; el enigma sobre la psicología del líder y su relación con la ideología; cómo fueron las estructuras políticas y las redes de poder que sostuvieron a Mao.

Seguramente quien lea el Mao del profesor Spence le surgirán otros temas. E incluso algunos podrán atreverse a decir que es un Mao liviano donde se dejan por fuera las causas y consecuencias de las políticas que provocaron millones de muertes.

Se le podría seguir encontrando “peros”. No obstante, al finalizar el libro sentí cierto miedo de la herencia que dejó el maoismo, como el “lavado de cerebro” y el de sentenciar al otro a muerte por pensar diferente. Esa herencia la sentí más de una vez en carne propia siendo profesor de la Universidad del Tolima. Como el artículo mío publicado en un periódico que casi me lleva al paredón. No se aceptaba que se pensara diferente a lo que pensaban las directivas del sindicato. Actuaban y se orientaban por lo que dijera Pekín.

Pero lo que causa aún más miedo es que, de lo que va del siglo XXI, aún se siga señalando al de la voz decidente. Ya no son los totalitarismos ideológicos de Stalin, Hitler o Mao que alimentan la sospecha, el odio y la muerte, sino los populismos de derecha e izquierda que se campean abiertamente desde la sede de los gobiernos, en los medios de comunicación, en las llamadas redes sociales y en algunos nichos académicos universitarios. Y todo se hace con tal de liquidar la forma menos mala de gobernar: la democracia liberal.

¡Quién lo creyera!


jueves, enero 01, 2026

Ficción en los archivos. El perdón en el siglo XVI

Armando Moreno Sandoval 

Más de treinta años tuvo que espera Fiction in the Archives Pardon Tales and Their Tellers in Sixteenth Century France para que saliera, en la caratula y en español, el nombre Ficción en los archivos de la historiadora norteamericana Natalie Zemon Davis. Como se lee en el prólogo, este libro “cuando salió a la luz en 1987, su título resonaba polémico en medio de las discusiones y los dilemas que recorrían el campo de las humanidades”.

Desafortunadamente este debate en la Universidad Nacional donde cursé mi pregrado en antropología en la década de los 80 del siglo XX no se dio. Siempre me he preguntado por qué. Más bien, en vez de aportes metodológicos y teóricos nuevos, lo que recibí fue una formación académica demasiada acartonada y apegada a los clásicos: Durkheim, Weber, Morgan, Malinowsky y, por supuesto, el infaltable Marx, entre otros. Hasta Mao se coló en la consabida libertad de cátedra.

El debate a que se refiere en el prólogo lo vine a descubrir muchos lustros después de una manera autodidacta. A veces la respuesta que me doy es que en estas tierras donde no se corren las fronteras del conocimiento lo que nos llega, si es que llegan, son coletazos del conocimiento demasiados tardíos.

Es por ello que muchos graduados en humanidades, ciencias humanas o sociales salen con su cartón debajo del brazo sin haber escuchado qué es eso del giro cultural, giro lingüístico, la historia cultural y los estudios culturales, ni hablar del debate que se dio si existían fronteras entre historia y literatura. Ahí caben también los estudios de género que, para algunos, tienen la convicción de que son el último grito de la moda.

A Zemon Davis la descubrí siendo aún estudiante cuando llegó a finales de la década de los 80 del siglo XX a las salas de cine en Bogotá El regreso de Martin Guerre. La película contó con la dirección de Daniel Vigne y la asesoría histórica de Zemon Davis. Su experiencia en el rodaje de la película la llevó a escribir posteriormente el libro para profundizar aspectos históricos que la película no contemplaba. Tanto el estreno de la película como la edición del libro fueron en el idioma francés y en el año de 1982.

Años después recorriendo las librerías de Barcelona (España) mis ojos se toparon con la traducción del libro, publicado por primera vez en español por la editorial J. M. Bosch en 1984. La manera de narrar la historia del Martin Guerre me dejó atrapado y desde ese entonces descubrí que existían otras normas y formas para narrar el pasado.

Como profesor en las pocas asignaturas que tuve la oportunidad de impartir en el programa de Historia de la Universidad del Tolima, siempre motivé a los estudiantes a que pensaran en cómo escribir historias más amenas y menos acartonadas. Que no fuesen rígidas. El reto era escribir para un público más amplio y heterogéneo y no para un grupúsculo de académicos que solo se leen y se elogian entre ellos. En ese intento me considero un fracasado. Los estudiantes tenían temor al cambio. Lo rechazaban sin saber de qué se trataba.

Ahora que gozo del tiempo para escudriñar qué de nuevo hay en la vida académica por fuera de estas tierras, me volvió a pasar lo mismo que con el libro El regreso de Martín Guerre. Sumergiéndome en Internet me tope con Ficción en los archivos. Me dije: carajos que es esto! Mi memoria no recordaba haber leído el título. En efecto, era algo nuevo para mí. No hubo mas remedio que hacerme a el. Y vaya que libro!

Ficción en los archivos analiza las cartas de remisión en la Francia del siglo XVI, documentos donde los acusados solicitaban perdón al Rey. Davis propone que estas cartas no son simples relatos judiciales, sino narrativas moldeadas por estrategias retóricas y elementos “ficcionales”. Por “ficcional” no entiende falsificación, sino el proceso creativo de dar forma a una historia para persuadir, aportar verosimilitud o incluso verdad moral. Este planteamiento desafía la idea de que la ficción es opuesta a la verdad histórica, mostrando cómo la narrativa influye en la construcción de memoria y justicia.

Aunque algunos reseñistas elogian la claridad con que Davis explica que la “ficción” no implica mentira, sino modelado narrativo, otros advierten que esta postura puede generar ambigüedad: ¿hasta qué punto la historiografía puede aceptar elementos ficcionales sin comprometer la objetividad? Enriquecido por el debate el libro se ha convertido en el ambiente académico anglosajon en referencia obligada para reflexionar sobre los límites entre historia y literatura, como también el riesgo de diluir la frontera entre verdad histórica y construcción narrativa.

En todo caso historiadores como Roger Chartier y Carlo Ginzburg han destacado la originalidad del enfoque Ficción en los archivos, ya que combina análisis histórico con teoría literaria. Consideran una aportación clave a la microhistoria y la historia cultural, por su capacidad para recuperar voces marginales y mostrar cómo los individuos negociaban poder y justicia mediante la escritura.

Reseñas en revistas como The American Historical Review y Annales elogian la manera en que Davis conecta historia social, retórica y estudios narrativos, abriendo camino para investigaciones sobre género, justicia y subjetividad en la Europa moderna.

Aunque otras reseñas sugieren que el método podría enriquecerse con análisis comparativos para validar su universalidad. Cierto es que en el mundo académico norteamericano y europeo el libro ya es considerado un clásico en estudios de historia cultural y retórica judicial, influyente en investigaciones sobre justicia, género y narrativas en la Europa moderna.

Como dije al comienzo hubo que esperar más de treinta años para que saliera a la luz en español. Aunque nunca es demasiado tarde para conocer lo nuevo viejo, toca esperar cómo los medios académicos de habla hispana recibe Ficción en los archivos de (Prometeo Editorial: 2024).

Aun sus páginas huelen a tinta fresca!


miércoles, noviembre 19, 2025

Fernando de Szyszlo: 100 años (1925-2017)

 Armando Moreno Sandoval 

La vida se desbarranca en cualquier momento, así uno haya estado al tanto de los achaques de salud que asoman con el paso del tiempo.

Este fin de año de 2025 cumplo tres años de mi vida sin que el cuerpo dé señales de querer renacer entre las cenizas. Es cierto que, con el paso de los años, y al empezar el último tramo de la vida que se llama vejez, el sistema inmunológico se debilita, dando paso a las enfermedades que han de acompañarnos hasta la muerte. A mí me tocó el cáncer. A otros seguramente les asaltarán otros males que, honestamente hablando, ninguno es peor o mejor que otro.

La tal resiliencia, la palabrita de moda, no es fácil. Si algo he aprendido es que las enfermedades tienen miradas particulares y la que tiene más valor es la valoración que puede hacer el propio enfermo. La pregunta trascendental: ¿qué hacer con una vida que está siendo atravesada a cuchillo por la misma enfermedad?

En lo que a mí respecta, lo mejor fue haber vuelto a repasar lecturas que la mente había olvidado, mas no borrado.

Hace unos pocos días, leyendo el artículo de la visita que a Lima había hecho el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez en el diario español El País para recordar los lugares que Mario Vargas Llosa había retratado en su novela Conversación en La Catedral, llegó a mi memoria el nombre del pintor peruano Fernando de Szyszlo.

Mi admiración por Szyszlo viene desde hace unos 35 años, eso creo, pues en Bogotá, con ocasión de una exposición de arte latinoamericano, al lado de pintores de la talla de Lam, Matta, Guayasamín, Tamayo, estaba el de Szyszlo.

De Szyszlo me impresionaron los colores de su obra. Más allá de las vanguardias de aquella época, que ya estaban agotadas, su pintura daba paso a nuevos lenguajes estéticos.

El solo hecho de recordar a Szyszlo me llevó a su libro de memorias publicado a finales del 2016: La vida sin dueño. Tenía en ese entonces 91 años, y la vez que lo terminé de leer de un solo tirón pensé cómo era que a esa edad tuviera una memoria tan lúcida. Cómo era que estuviera dando cuenta de una época que yo entendía por pedazos y que para la primera mitad del siglo XX representaba la vanguardia: cubismo, impresionismo, arte abstracto, surrealismo, etc.

Lo que me importa de su libro fue que entendí el siglo XX que creía haber comprendido. Y lo hice a través del arte, de la pluma de Szyszlo. Szyszlo me despojó de la ignorancia y de los totalitarismos ideológicos como el nazismo, el fascismo, el comunismo.

Las memorias de Szyszlo tienen momentos desgarradores como el suicidio de su amigo José María Arguedas, la muerte trágica de su hijo Lorenzo en un accidente de aviación, la persecución que sufrió por orden de las dictaduras militares de su país, Perú. El ninguneo del que fue víctima por no estar matriculado en un bando ideológico y el desprecio mezquino que sintió por sus propios amigos del arte que se opusieron a que un museo llevara su nombre. Pero lo que más le asustaba era la naturaleza humana, esa cosa perversa que esconde el ser humano y que sale de lo más recóndito del alma para dar paso a las peores atrocidades.

Su vida la vivió al ritmo de la velocidad de un torbellino desenfrenado. Pensaba que el tiempo no le alcanzaría para darle forma a sus sueños. Es lo que explica su arrepentimiento: no por lo que hizo, sino por las cosas que dejó de hacer, reflejando así una vida de búsqueda insaciable y una “pasión inalcanzable” por la existencia y las relaciones humanas.

Siempre que leo, tengo la maña, primero que todo, de encontrar el estilo de narrar. Y a medida que avanzo, encontrar la forma y el contenido.

Lo bello de las memorias de Szyszlo es su lenguaje directo, sin eufemismos. En lugar de una cronología simple, deja que la memoria fluya libremente, yendo y viniendo por lo que significó su vida: recuerdos, anécdotas, reflexiones.

Su narrativa fluye con la naturalidad de una conversación, casi como si uno estuviera escuchando sus historias con su voz.

Como maestro del lenguaje (tanto visual como escrito), Szyszlo utiliza una prosa evocadora para pintar escenas y personajes con la misma maestría que sus lienzos. 

El valioso aporte de Szyszlo al arte latinoamericano es el de haber encontrado un alfabeto visual propio donde el mundo andino se funde con la modernidad. Solo basta acercarse a sus lienzos para encontrar ese sello propio e inigualable que caracteriza su obra artística.

Al año siguiente de haber sido publicadas sus memorias, el mundo recibía, a comienzos de octubre de 2017, la noticia de que Szyszlo había muerto junto a su esposa. Ambos habían rodado por las escaleras tomados de la mano.

Su muerte me impactó. Guardaba la esperanza de ver antes de morirme una exposición suya. Creía que mis sueños se esfumaban. No obstante, hace unos meses leía en el diario peruano El Comercio que en el MAC (Museo de Arte Contemporáneo) habría una exposición “Szyszlo: 100 años” para conmemorar los 100 años de su nacimiento (1925-2017).

Allá estaré, me dije.

Me fue imposible viajar. El cáncer acecha sin cesar.


domingo, septiembre 28, 2025

El último sapiens

 Armando Moreno Sandoval 

En este siglo XXI los libros ya no llegan en avión, ni en barco. Internet y las web alojan en plataformas digitales lo que en el nuevo lenguaje se llama el libro digital (el ebook).


Mientras la discusión continúa entre los amigos del papel y el bando prodigital, cierto es que las editoriales no siempre están interesadas en que toda la producción literaria, científica y tecnológica sea editada en papel.

Mientras esta sea la realidad, las ferias de libros en Latinoamérica serán un buen pasatiempo. La razón sencilla de entender: muchos y excelentes temas por estas tierras nunca verán el papel.

Tras pocos años de haberme pensionado como profesor de la Universidad del Tolima, me he convencido de que para saber dónde está la frontera del conocimiento no basta buscarlo en las ediciones de papel, sino que este está en las bases de datos digitales.

Con mucha nostalgia estoy abandonando el papel por lo digital. El lío está en que, si uno está ávido de conocimiento de frontera, el único remedio es lo digital.

Lo que me pasó en días recientes fue de maravillas. Y sucedió con El último sapiens, el libro escrito por el periodista José Antonio Ruiz con prólogo del profesor Pedro Guillén. El tema tratado es un ensayo de divulgación científica que explora el futuro de la especie humana.

El libro se enfoca en cómo los avances tecnológicos y científicos, especialmente en la manipulación genética, están llevando al Homo sapiens a un punto de inflexión evolutiva.

En el apartado “La era de la manipulación genética y el futuro humano”, los autores subrayan que, por primera vez desde que se desarrolló el método científico, la humanidad tiene la capacidad de alterar su propia evolución de manera intencionada. Esto se debe a la secuenciación del genoma humano y a las nuevas técnicas de manipulación genética.

Los autores argumentan que estas tecnologías no solo permiten curar enfermedades genéticas, sino que también abren la puerta a un futuro donde podríamos mejorar nuestras capacidades físicas y cognitivas, creando un nuevo tipo de ser humano que, valga la paradoja, ya no será Homo sapiens, sino otra cosa.

En el ítem que aborda la evolución natural y la dirigida, los autores sostienen que, aunque tradicionalmente la evolución ha sido un proceso ciego, impulsado por la selección natural, ahora está entrando en una nueva fase, la dirigida. En este escenario, la especie humana podría decidir deliberadamente qué características genéticas potenciar y cuáles eliminar. Este poder sin precedentes plantea profundas preguntas éticas sobre el tipo de sociedad que queremos construir y si deberíamos interferir con el curso natural de la vida.

De ahí que los autores se pregunten: ¿Qué pasará con la desigualdad si solo una parte de la población tiene acceso a las mejoras genéticas? ¿Cómo definiremos lo que significa ser “humano” cuando la línea entre lo natural y lo artificial se vuelva borrosa? ¿Podríamos llegar a un punto en que los humanos modificados consideren a los no modificados como una especie inferior, tal como el Homo sapiens dominó a otras especies de homínidos?

Así como están las cosas con los avances científicos y tecnológicos, El último sapiens es un llamado de atención sobre el poder que la humanidad ha adquirido y la necesidad de una reflexión profunda sobre el futuro que estamos creando. Advierte que las decisiones que tomemos hoy, en relación con la tecnología y la ética, determinarán si nos convertimos en los artífices de una nueva era o si, por el contrario, nos convertimos en la última versión de nuestra propia especie.

Sin embargo, hay quienes creen que los posthumanos ya están deambulando por las calles sin que nos demos cuenta. Algunos chistosos creen que en el mundo existen ya laboratorios clandestinos donde algunos científicos se están divirtiendo a expensas de los genes.

La razón es muy simple de explicar. Los que quieren que se les deje en paz y con manos libres se quejan de que la ética y la moral se interponen cuando se trata de hacer nuevos experimentos. Entonces, para evitar tanto grito en el cielo, prefieren el silencio y el anonimato que el premio Nobel.

En todo caso, así suene a ciencia ficción, el Homo sapiens está empezando a crear las herramientas científicas que lo llevarán en un futuro a ser una especie en extinción… por decisión propia.

Como afirma José Antonio Ruiz: “Si empezamos a crear una estirpe diferente al Homo sapiens, el Homo sapiens comenzará inevitablemente a ser una especie en proceso progresivo y paulatino de extinción”.

Esta afirmación no es una metáfora ni una hipótesis futurista: es una advertencia basada en hechos científicos actuales. El último sapiens no será víctima de una catástrofe natural, sino de su propia ambición biotecnológica.

Entretanto, la autonomía humana está en peligro de convertirse en una ilusión. La neurotecnología y la inteligencia artificial están comenzando a intervenir en los procesos mentales más íntimos: emociones, decisiones, percepciones. Si estas tecnologías se integran sin límites éticos claros, la voluntad individual podría quedar subordinada a algoritmos, implantes o sistemas de control cognitivo.

La pregunta que deja el libro es brutal: ¿Puede seguir siendo libre una mente intervenida?

Pues la autonomía, piedra angular de la dignidad humana, corre el riesgo de diluirse en un futuro donde las decisiones ya no sean enteramente nuestras, sino el resultado de una programación externa.

Como diría Cantinflas: "¿Quién dijo miedo?".

 

 

 

domingo, agosto 24, 2025

Tiberio Murcia: memoria viva de Honda y testigo del tiempo

Armando Moreno Sandoval

La génesis de mi amistad con el viejo Tibe se pierde en la bruma del tiempo. No podría precisar el momento exacto en que nuestras vidas se cruzaron, pero su presencia ha sido constante, profunda y significativa. La noticia de su ingreso a la Unidad de Cuidados Intensivos, acompañada por el llamado a una cadena de oración —como él solía referirse al Todopoderoso— me estremeció. Las lágrimas, incontenibles, rodaron por mis mejillas como un recordatorio de que el tiempo es efímero y que la vida puede despedirse sin previo aviso. 

La conmoción se intensificó cuando mi memoria evocó una entrevista con Marguerite Yourcenar. Al ser interrogada sobre el significado de la soledad, respondió con lucidez: “La soledad es cuando los amigos se van de este mundo para siempre.” Con el paso de los años, y especialmente al transitar la última etapa de la vida, uno comienza a notar que no fue el primero en partir, sino que otros ya lo han hecho. Es entonces cuando la soledad se instala con furia en el alma. 

Desde que algunos de mis amigos se marcharon sin despedida —William Olaya, Fernando Montoya, Dagoberto Ospitia— esa soledad ha sido una compañera persistente. Con ellos, el vínculo no fue la coincidencia ideológica, sino el desencuentro intelectual. Nuestra amistad se forjó en la diferencia, en el respeto por el pensamiento ajeno, lejos de toda imposición. 

Con el viejo Tibe ocurrió algo similar. Su relación con la Historia, disciplina que abrazó con fervor, se enmarcaba en una concepción decimonónica centrada en la búsqueda de la verdad objetiva. Para él, entender el pasado requería acudir a las fuentes, sin espacio para la interpretación. Esta visión lo llevó a investigar con pasión el devenir histórico de su adorada Honda, como lo evidencian sus publicaciones. Su archivo, tanto físico como mental, es de una riqueza inconmensurable. 

Quizás este testimonio no diga mucho a quienes no ejercen el oficio de historiar. Pero para quienes lo practican, el viejo Tibe fue una fuente inagotable. Historiadores colombianos y extranjeros acudieron a él en busca de datos y perspectivas. Siempre generoso, compartía información con una disposición que lo hacía inolvidable. 

Fue ese amor por la Historia lo que me llevó, años antes de mi jubilación en la Universidad del Tolima, a entregarle un archivo sobre Mariquita, compuesto por textos inéditos que me había legado otro apasionado de la Historia: el hondano Hugo Viana, que en paz descanse. Recuerdo haberle dicho una mañana: “Este archivo único debe reposar en tus manos.” Y así fue. 

La tristeza que hoy me embarga se intensifica al recordar que nuestra última conversación no giró en torno al pasado, sino al presente. No hace más de dos meses, noté en su voz una ausencia de entusiasmo que me alertó. Su salud estaba siendo minada por el “innombrable”, eufemismo que utilizó para referirse al cáncer. Aunque sabía que las células malignas se habían diseminado, mantenía la esperanza de continuar el tratamiento y enfrentar la enfermedad con entereza. 

Quienes hemos transitado el camino oncológico sabemos que, cuando las células cancerígenas toman ventaja, se requiere experiencia y precisión por parte del equipo médico oncológico. Estas células, a diferencia de las normales, adquieren el don de la inmortalidad. No es tarea sencilla lidiar con un ser vivo que se ha vuelto inmortal. Quien desee comprender mejor esta paradoja puede acudir a la obra monumental El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer del oncólogo Siddhartha Mukherjee. 

El  viejo Tibe no fue simplemente un hombre que amó la Historia, sino alguien que la vivió, la custodió y la compartió con generosidad. Su archivo no es solo un conjunto de documentos, sino una extensión de su memoria, de su pasión por Honda, de su convicción de que el pasado merece ser conocido tal como fue. 

Este testimonio no busca idealizarlo, sino recordarlo con la dignidad que merece quien dedicó su vida a preservar la verdad, aún en tiempos donde la interpretación y la posverdad parecen dominar el relato. Tibe fue un hombre de fuentes, de hechos, de rigor. Pero también fue un amigo, un interlocutor, un ser humano que está enfrentando la enfermedad con entereza y que dejó huellas en quienes tuvimos el privilegio de conocerlo. 

Ojalá este texto sirva como puente entre generaciones, como invitación a mirar el pasado con respeto y a valorar a quienes, como él, hicieron de la Historia un acto de amor por su tierra. Y que, al cerrar estas líneas, el lector sienta que ha conocido no solo al historiador, sino al hombre que supo vivir con coherencia, entrega y profunda humanidad. 

martes, mayo 06, 2025

Montes de María: la masacre

 Armando Moreno Sandoval

La sociedad colombiana es de memoria corta. A mediados del año 2000 ocurrió una de las tantas masacres horrendas que ha sacudido el país.

Ocurrió entre el 16 y el 21 de febrero: 450 paramilitares torturaron y asesinaron a 60 personas en estado de indefensión. Los demás habitantes del pueblo lo abandonaron, hasta el día de hoy solo han regresado 730 de las 7000 personas que vivían allí. 

La novela Montes de María del escritor bogotano Daniel Ángel narra la masacre de El Salado. Como tantas otras que han ocurrido, estas siempre son “cantadas” como suele decir la cultura popular cuando “algo” va a ocurrir.

La tensión espiritual cuando se lee la novela, no es para menos. Pues desde que se empieza a pasar las primeras páginas, las voces de las víctimas y de los victimarios le martillan a uno en la mente que la masacre está por llegar.

Esta masacre, que ha sido narrada magistralmente por la pluma de Ángel, sucedió en un contexto político que ha marcado a Colombia. Andrés Pastrana era el presidente que, tras una foto con Marulanda Pérez, alias Tirofijo, el máximo jefe de las Farc en ese entonces, sería elegido. Los colombianos habían votado por él con la esperanza de que podría traer la paz.

Pero con el transcurrir de los meses, y tras una fallida reunión con las Farc , echarían por tierra una posible  Colombia futura libre de violencia. De esa reunión quedó una silla vacía que pocos colombianos aún recuerdan. ¡Cómo no! La silla donde debería haberse sentado Tirofijo.

Basta mirar los registros de los medios para cerciorarnos de que la Violencia de los grupos armados (paramilitares y guerrilla) no daba tregua. Las tomas armadas a los pueblos y caseríos eran el pan de cada día.

Pero la masacre de El Salado fue la gota que colmó la copa. Una sociedad consternada se preguntaba cómo era posible que un buen número de sus habitantes hubiera sido masacrado por sospechosos de ser guerrilleros.

Más allá de que sus habitantes fuesen sospechosos, lo que produce terronera y rabia fue que ese exterminio hubiese sido perpetrado con la benevolencia y ayuda del ejército. Sí, quién lo creyera, el mismísimo ejército que por Constitución está para proteger a la sociedad de quienes están al margen de la ley.

La manera como Ángel narra ese episodio donde el helicóptero del ejército colabora en la masacre es de una descripción gráfica inigualable. No se necesitan montañas de páginas farragosas, como suelen hacerlos los académicos de las universidades e investigadores profesionales para dar cuenta de un hecho, sino que, en unos pocos párrafos, describe cómo es que el Estado, en vez de evitar la masacre, da el visto bueno para que la ejecute.

El tema de la Violencia, como lo dice el mismo Ángel en una entrevista, ha sido suficientemente investigado. El lío es que están al alcance para que los lean unos pocos eruditos e intelectuales. El lenguaje encriptado hace imposible que esas investigaciones las lean con agrado y pasión el común de la gente que ha aprendido a leer.

Frente a ese lenguaje farragoso, es que urge la necesidad de la narración que, con las herramientas que ofrece la literatura, los hechos del pasado sean menos tediosos de comprender.  Y es lo que hace Ángel, vuelvo y repito, con la masacre de El Salado.

Gracias al recurso de la narrativa, es lo que explica que el miedo de las víctimas sea trasladado al lector. Los diálogos y las actuaciones de los perpetradores de la masacre arrancan lágrimas de impotencia al pensar que las instituciones del Estado son de papel. Que el Estado solo es una entelequia y que solo existe para quienes se lucran de él.

Lo más desgarrador de la lectura de Montes de María son sus últimas páginas. Las almas en pena arrastrando palabras de impotencia se escuchan por doquier. Voces que claman justicia. Porque en esta Colombia mal hecha y pegada con babas, las voces de las víctimas siguen aún estando apagadas.

Al pasar la última página, a mi mente llegó la masacre de Tacueyó ejecutada por un frente disidente del entonces M-19 en 1985. Algunos dicen que fueron 125 y otros que fueron 164 las víctimas.

La mayoría eran jóvenes campesinos que habían ingresado recientemente a las filas de la columna Ricardo Franco. Otros eran universitarios que fueron llamados con el único propósito de ser asesinados. Recuerdo esa mañana, siendo aún estudiante en la Universidad Nacional, las voces en medio del susurro empezaban a dar cuenta de la masacre. Lo más triste era el recuerdo de los rostros de quienes nunca más volveríamos a ver.

Otro recuerdo es La Masacre de Bojayá, el nombre con que se conoce el ataque perpetrado por las FARC a la iglesia de Bojayá, Chocó, en el 2002. Este genocidio dejó 119 civiles muertos​ y 53 heridos.

La Violencia paramilitar y guerrillera, con sus disidencias, continúa.

Lo que genera miedo es que ciertos sectores sociales siguen alineados en bandos y aplaudiendo las masacres. Gente que tiene en mente que los muertos son buenos si comulgan con el mismo sermón ideológico. Los enemigos son los otros.

 

jueves, febrero 20, 2025

75 años de un recuerdo: Di Stéfano en Honda

 Un partido de fútbol inolvidable.

Armando Moreno Sandoval


Tenemos la idea de que con la detonación de las dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki el mundo entraría por la senda de la paz. ¡Qué mentira! Derrotado el nazismo, lo que sucedió luego fue la repartición del mundo por quienes ganaron la guerra: Churchill, Roosevelt y Stalin. Un nuevo orden se impondría con el ruidoso nombre de la Guerra Fría.

Di Stéfano en pantaloneta blanca.

Con la Guerra Fría, dos ideologías entrarían a dominar la escena mundial. De un lado, EE.UU. exportando la democracia que, como cosa curiosa, para imponerla o defenderla tuvo que recurrir a dictaduras militares y, por otra parte, las ideologías comunistas que, queriendo vender el paraíso a punta de bala y sangre, terminaban pareciéndose a lo que querían combatir: a las dictaduras militares de sus enemigos.

Un ejemplo de ese mundo polarizado fue lo que sucedió el 1 de enero de 1950. En ese entonces existía Indochina y una guerra de guerrillas comandada por el comunista Ho Chi Minh contra las tropas francesas tuvo como resultado una Indochina borrada del mapamundi y un territorio dividido en dos: el Vietnam capitalista del norte y el socialista del sur. Años más tarde, con el comunismo instalado en el Vietnam del sur, el mundo conocería una de las guerras más horrorosas y horrendas jamás conocidas y que el adalid de la democracia, EE.UU. saldría derrotado.

La generación de menos de 50 años no tiene idea qué fue eso. De esa guerra solo pueden dar fe los hippies octogenarios, si aún quedan vivos. La guerra y la derrota estadounidense en Vietnam han sido recreadas por Hollywood. A las generaciones del último cuarto del siglo XX y a los jóvenes del siglo XXI solo les queda el dejo de disfrutar la derrota gringa comiendo palomitas de maíz.

Mientras el ejército francés y la guerrilla roja de Ho Chi Minh se trenzaban a bala, por esos mismos días el Reino Unido, entretanto, reconocía oficialmente al gobierno comunista de China, liderado por Mao Zedong.

Si en esos lados del mundo el imperialismo y los jefes guerrilleros con sus ideas comunistas hacían ya años causaban horror y terror, en el Tolima, un departamento en el centro de Colombia, la montonera analfabeta con machetes en mano, azuzados por los jefes de los dos partidos políticos (liberal y conservador), se decapitaban a diestra y siniestra.

Mientras la gentecita amolaba los machetes lamiéndose los labios, en un pueblo llamado Honda, al norte del Tolima, un hecho deportivo acallaba quizás por un día las noticias de masacres, venganzas y odios.

Sí, ¡cómo no! era la década de 1950, y el fútbol colombiano vivía una época  conocida como “El Dorado”. Durante este período, muchos jugadores de renombre internacional llegaron a Colombia. Uno de ellos fue Alfredo Di Stéfano, una leyenda del fútbol argentino que dejó una huella imborrable en el país.

Di Stéfano llegó a Colombia en 1949 para unirse al club de Millonarios de Bogotá. Mientras estuvo en el país, no solo elevó el nivel del fútbol colombiano, sino que también atrajo la atención de aficionados y medios de comunicación de todo el mundo.

Durante su tiempo en Millonarios, Di Stéfano llevó al equipo a ganar varios títulos y se convirtió en un ídolo para los seguidores del club, pero, sobre todo, muy aclamado cuando hacían salidas por diferentes municipios de Colombia.

Su legado aún perdura no solo en los trofeos y títulos que ganó, sino también en los corazones de aquellos que lo conocieron y saben de su grandeza futbolística.

A quienes nos gusta el fútbol, crecimos y empezamos a envejecer con el recuerdo de la tradición oral de que el gran Di Stéfano había jugado en el municipio de Honda.

Una foto del rey Pelé con Di Stefano, tomada el 17 de junio de 1959 en el estadio madrileño Santiago Bernabéu con ocasión del único partido de fútbol en que se enfrentaron estos dos gigantes del fútbol, me asaltó de nuevo lo que la oralidad recordaba: la visita de Di Stéfano en Honda.

Le pregunté a la Inteligencia Artificial si tenía noticias de ese partido de fútbol memorable, y las respuestas fueron dubitativas. Pensé que la Inteligencia Artificial está aún muy biche para darnos cuentas de registros locales de antaño.

Siendo joven a muchos hondanos les dije si había una evidencia de que el futbolista Alfredo Di Stefano había jugado en Honda. No lo negaban, pero tampoco hablaban de la evidencia. El relato que más se les escuchaba era el de alguien que, habiéndolo visto jugar siendo joven, en ese partido memorable le había ofrecido agua y que, muchos años después, en el Santiago Bernabéu, el mismo joven con unos años de más, le recordaría que él era quien en aquel entonces le había alargado agua para que calmara la sed.

Pues bien, la evidencia por la que indagaba décadas atrás la aclararía el hondanísimo Tiberio Murcia. Una fotografía del álbum de la familia Garrido  muestra a un Di Stéfano en pantaloneta blanca  rodeado del equipo local. La Saeta Rubia, como le decían, había sido invitado por Marino Garrido Plaza, gerente del Banco de la República. El propósito era jugar un “picado” de fútbol con los empleados del Banco.

Honda, conocida por su rica historia y su belleza natural, recibió al famoso futbolista con los brazos abiertos. Durante su estancia, Di Stéfano se maravilló con la arquitectura colonial del municipio, sus calles empedradas y el rugir del majestuoso río Magdalena.

Los habitantes de Honda no podían creer que una estrella de la talla de Di Stéfano estuviera en su pequeño municipio. Organizaron eventos en su honor, donde el futbolista compartió anécdotas de su carrera y firmó autógrafos para los emocionados fanáticos. La idea era inspirar a los jóvenes a seguir sus sueños en el fútbol.

Los dos párrafos anteriores se los escuché, en la década de los ochenta del siglo XX, al olvidado Alfonso E. Parias Burgos, más conocido como el “Pollo” Parias, en su casa a las orillas del Magdalena, en medio de yucales y platanares, en la vereda Perico, al nororiente de Honda.

Fue así como la visita de Alfredo Di Stéfano a Honda se convirtió en una leyenda local, recordada y transmitida por las generaciones que lo vieron driblar con el balón.

Fue un enero de 1950, y el mundo seguía dándose bala.

Efemérides que en este 2025 cumplió 75 años.