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sábado, abril 24, 2021

La casona de los Tehuta

Raúl Ramírez                                                                                                                                   

Cabalgaba en el tiempo la década de los 70s, años dorados de la bonanza marimbera y antesala de la época de terror del narcotráfico en Colombia. Me encontraba estudiando en el colegio San Pio X con el cura Manuel Manolo Cardona; presbítero educador con mano de hierro del cual recibí un par de muendas por indisciplinado.

En la floreciente población de Armero había una vieja casona grande que albergaba a una familia en la que algunos eran hermanos casados con hermanas. A simple vista parecía una comunidad gitana por la algazara en que vivían. La casona había sido diseñada con los albores de la ciudad, que siempre mostró su liderazgo comercial en la región, y su estructura se distribuía en forma de U, con una batería de baños, lavaderos y sanitarios en el centro y amplios pasillos; además contaba con un patio enorme donde a veces jugaban los hijos grandes y pequeños. Yo andaba en los 14 años tal vez y vivíamos en la casa de enseguida, donde don Marcos, el papá de Orlanda la enfermera, una morena servicial de ademanes varoniles.

Al mirar de frente la casona de los Tehuta se destacaban sus tres escaleras piramidales debajo de sendas puertas para ingresar a las habitaciones que daban a la calle y un portón grande que permitía el acceso general. Estaba pintada de blanco con sócalo y puertas color azul cielo y sus pasillos tenían columnas de madera con pisos resquebrajados en cemento. Yo permanecía la mayor parte del día allí para jugar y hacer mandados; la mujer de Benjamín Tehuta, Cecilia, una cuarentona agraciada y peliteñida gustaba que yo le hiciera esos oficios porque no me demoraba.  Cecilia tenía dos hijos el pequeño Leonardo y Victoria una hermosa colegiala adolescente de 17 años que ya tenía de novio a un jugador del equipo de futbol Racing Club de Armero. Benjamín se desempeñaba como pintor latonero y tenía fama de buen trabajador, aunque “muy incumplido”, según decía Alfonso “El Burro”, antiguo administrador de la hacienda “La Vuelta” del millonario don Julio Rebolledo.

En una de esas habitaciones vivía Blanca Tehuta, de estatura mediana y tez blanca, prostituta de profesión, quien atendía un burdel en la salida del pueblo, donde se daban cita parroquianos campesinos para divertirse con el grupo de rameras que ella administraba.  Sus hijos eran Henry, German, Doris y la niña Liliana, muchachos que gozaban de la admiración de todos por ser los más educados y decentes del grupo, pues no se les oía ni una sola palabra soez en el trato con los demás habitantes de la casona; a pesar de que Blanca se destacaba por su lenguaje cotidiano obsceno y mordaz.  

Alberto Tehuta habitaba en otro cuarto, era el soltero de la familia, también pintor latonero que trabajaba al lado de Benjamín. Contiguo pernoctaba Martin Tehuta “El conejo”, quien en ese entonces había llegado de Venezuela donde había dejado su familia. Vaya Ud. a saber qué fantasmas perseguían a este pobre hombre. Él también tenía el mismo oficio que sus hermanos varones.

En el otro extremo de la casona ocupaban habitación Eduardo Tehuta con su mujer Martha “La negra” y sus hijos Marthica de 13 años y Miguel de 6. Igualmente, hacia parte del equipo de trabajo de Benjamín. Unos se movilizaban en motocicletas y otros en bicicletas. Allí se convivía en una rara armonía, que se podía palpar en los juegos y distracciones de los pequeños y los inconvenientes que por naturaleza ocurren entre los adultos. En épocas festivas toda la familia y amigos se aglutinaban para bailar alegremente, alrededor del viejo equipo de tocadiscos marca Sharp que tenía Cecilia en su habitación.

Mi amigo más próximo era Henry, el hijo de Blanca, con quien frecuentábamos las discotecas y bailaderos y compartíamos el juego a la pelota. Era un muchacho simpático buena onda que gustaba de estar a la moda con sus camisas a cuadros, pantalones de bota ancha en terlenka y zapatos de plataforma. En raras ocasiones nos íbamos de “gotera” con el gordo Danilo, un carnicero vecino que tenía fama de gustarle los hombres y gozaba repartiendo licor entre los jóvenes que departíamos con él en la “piscina playas marinas”, bailadero popular que se mantenía atiborrado todos los fines de semana.

Una tarde solaz llego Henry para que lo acompañara en la moto de su tío Benjamín a comprar unos buñuelos, pero no pude ir porque me habían contagiado con paperas; fue el mismo día que me fui al apartamento del lado por el patio interior donde vivía don Marcos, a ver el “Llanero solitario”: Me lleve tremendo susto porque al sentarme silenciosamente en la puerta entre-abierta para mirar televisión, ya que nosotros no teníamos televisor, encontré a Orlanda la enfermera en agitada faena sexual junto con su amiga la profesora Ligia. Quedé impávido y sin saber qué hacer… al instante me descubre Orlanda al tiempo que estalla en sonora carcajada diciendo: ¡Ay Jueputa y de dónde salió este chino marica! Salí corriendo de allí envuelto con la misma cobija que llegué y no le dije nada a nadie.

Todos los Tehuta varones eran marihuaneros, menos Henry, a pesar de convivir en medio de ese ambiente de viciosos que se reunían en el taller de su tío, no solo a reparar carros sino, para compartir unas bocanadas del pestilente humo del cannabis.

Mercedes Tehuta, y su hijo Jerónimo Pinto vivían en otra casa cercana. En las largas y calientes noches de verano salíamos a jugar al frente en la calle, con el balón de Jerónimo, quien hoy me recuerda a “Kiko" el del "Chavo del Ocho”. Él decía quién jugaba y quién no; era el niño rico de toda esa manada de jovencitos que nos reuníamos a divertirnos. Siempre iba con su impecable uniforme, zapatos tenis costosos y su pelota de cuero. Los demás jugábamos descalzos y descamisados.  Pasábamos horas corriendo tras la pelota hasta que salían las mamás a llamarnos para que fuéramos a dormir.

Esta rutina se vivía todos los días; pero con Henry y otros grandecitos nos íbamos a rondar las discotecas y bailaderos los fines de semana, para bailar con las muchachas o simplemente a plantarnos a mirar el baile de los demás.

Era esa época donde yo hacía tránsito de la pubertad a la adolescencia y exploraba múltiples descubrimientos y experiencias que comenzaron a formar mi personalidad. Nunca quise fumar y cuando me daban aguardiente lo tiraba por debajo de la mesa sin que se dieran cuenta, motivo por el cual me mantenía sobrio mientras los demás se tambaleaban de la borrachera, así cogí fama de verraco para beber.

Disfrutamos de paseos de olla al rio Sabandija, a donde nos trasladábamos en un camión grande que se llenaba con toda la gente de la cuadra, en medio del jolgorio y la música de la grabadora gigante que Alberto se complacía en llevar.

Recuerdo que recién aprendí a montar en bicicleta, Cecilia me mando a llevarle el almuerzo a Benjamín, siempre fui a pie, pero ahora quería ir en bicicleta y a pesar de los cuestionamientos de Cecilia, agarré el portacomidas en una mano y con la otra manejaba. Lógico, no era muy diestro en ello, pero terco sí. Pues fue así como a las pocas cuadras de allí frente al hospital San Lorenzo, con la llanta delantera de la bici pisé una pequeña piedra y perdí el equilibrio cayendo aparatosamente con todo y el almuerzo, el cual quedo esparcido por toda la calle. Ese día por poco me linchan en la casona cuando regrese todo lacerado a contar lo que me había ocurrido.

De la casona de los Tehuta no sabía nada desde 1981 cuando salí del pueblo. No sé cuántos Tehuta se salvaron de la terrible tragedia que se llevó a Armero aquel 13 de noviembre de 1985, yo vivía ya en Mariquita donde trabajaba con la radiodifusora local. Después de varios años pasé a laborar con gaseosas Glacial, con una carta de recomendación de lujo que me dio mi exjefe Gustavo Garay. Desde que llegue hice grandes amigos como “El mono Jaramillo” y enemigos; entre ellos Orlando Valencia, su gerente, quien me despidió fulminantemente y sin justa causa, después que le pedí audiencia para contarle confidencialmente que un contratista publicitario amigo suyo se estaba robando descaramente y en cantidades alarmantes los materiales que se les daba para su trabajo.

Cuando estaba leyendo la carta de despido, aquel 13 de noviembre de 1993 a las 11:50 de la noche, después de llegar de una extenuante jornada de trabajo, razoné: ¡uy!  Le conté al mismísimo jefe de la banda.

Me fui a Cúcuta a trabajar con la competencia y obtuve muchos logros, tanto que me ascendieron como  jefe de ventas y me enviaron a la planta de Mariquita, a donde retorné cuatro años más tarde con el dulce sabor del éxito.

Fue en una salida de visita al mercado en la vecina población de Lérida, donde conocía a varios amigos, que me baje del Jeep de la empresa y camine donde uno de ellos para conversar sobre los viejos tiempos cundo estuve por esas tierras laborando con Glacial; al tiempo se acercaron dos personajes hombre y mujer harapientos, mendigos, malolientes y con fuertes rasgos de abandono. Interpelándome me dijo: “Uy!... Ud. es Raúl cierto?... le ha ido bien…, Venga pase pa´ la gaseosita”     

La mujer se quedó más distante desde donde me dijo con tono irónicamente cantado: “Qué hubo Raúl…ya no conoce!, ¡jueputa la plata jode!

Entonces interrumpí lo que estaba haciendo y me concentre en sus caras sucias haciendo un esfuerzo por descifrar esos rasgos que me eran familiares. Con algo de desespero y esforzándose por hacer creíbles sus palabras el hombre fijándome la mirada insistió:

“¡Soy Jerónimo, Raúl, Jerónimo Pinto y ella mi tía Blanca Tehuta!”

 Ibagué, abril 19 de 2021

domingo, abril 18, 2021

NADIE SE MUERE LA VÍSPERA

 Raúl Ramírez


Fue durante un fin de semana, recién había sido arrasado el municipio de Armero por la avalancha del cráter arenas del volcán nevado del Ruiz aquel 13 de noviembre de 1985, promediando las once de la noche.  Había pasado tan poco tiempo, que la alegría parecía haber sido secuestrada por la soledad. No obstante, chispazos fiesteros parecían escaparse de una que otra cantina anhelante de los jolgorios del pasado reciente, que habían sido sepultados al tiempo que los 25 mil pobladores armeritas. Una brisa suave y fresca inundaba cada rincón de aquel pueblo vecino, que sentía la necesidad de levantarse nuevamente para recuperar el tiempo y las emociones perdidas. Mi amigo Arlid Rivera “Rivemar” y yo estábamos conversando en compañía de dos cervezas bien frías, en el bailadero “La Carreta”, ubicado en pleno centro de Mariquita, la cuna de la expedición de Mutis. Parroquianos trasnochadores subían y bajaban por el camellón del comercio como aplazando sin fundamento la hora de dormir; ya habían sonado las doce campanadas que daban la bienvenida a aquella madrugada.
Raúl Ramírez

El ambiente estaba amenizado por los aires tropicales de las orquestas amplificadas en los parlantes de “La Carreta” y los minutos transitaban sin afán ni novedades. Bailando sin cansancio estaba “Lito”, quien después de una ardua jornada transportando reses, había llegado en su pequeña camioneta Ford de estacas a la discoteca, para darse un toque de recreación que bien se lo merecía. Mas allá y bastante “entonado” se veía a Marcos el carpero, el hijo de doña María, que no le fallaba a la rumba y a la toma de cerveza junto a varios de sus amigos.

Raudo frente a nosotros paso en su motocicleta Yamaha Calicmatic 175“Estrada”, personaje que se destacaba por su desparpajo, pero también por su gran lealtad con los amigos. Marcos el carpero había llegado en su destartalado Renault 4, rojo descolorido, que le servía para sus conquistas amorosas; aunque para lograr la atención de las damiselas siempre se preparaba al tenor de unos tragos que le hicieran perder el pudor y la timidez que lo caracterizaban.

Estrellando las palmas de las manos “Rivemar” llamo la atención del mesero y ordeno otras dos cervezas bien frías, yo no tenía dinero para corresponderle la invitación, pero aun así “Rivemar” se complacía con mi presencia y yo, por supuesto con la suya. Aunque el pueblo dormía apaciblemente en la penumbra, la música y las luces psicodélicas entorpecían la tranquilidad que contrastaba en el sector residencial. Nadie se ocupaba de los detalles, cada uno vivía en su momento y el licor ya comenzaba a imponer sus alucinaciones.

Rivemar” y yo andábamos en su motocicleta Honda 250, pero no teníamos problemas de alcohol porque solo bebimos 3 cervezas cada uno en todo el rato que estuvimos allí. Un poco más tarde “Estrada” llegó cerca de donde estaba Marcos el carpero, quien de inmediato salió a recibirlo brindándole un trago de bienvenida. Después de cruzar unas palabras fiesteras y recordarle como lo hace todo borracho que “yo a Ud lo quiero mucho”, a la vez que le colgaba un abrazo fraternal.

Terminado el protocolo fiestero entre Marcos y “Estrada”, se pusieron de acuerdo en intercambiar los vehículos; “Estrada” le entrego la motocicleta a Marcos quien la dejó parqueada a un lado del sitio donde estaba y le dio las llaves del carro a “Estrada” que salió cual flecha sin destino.

Marcos Antonio Muñoz "El propio"

No habían pasado más de 10 minutos desde que “Estrada” deambulaba en el destartalado Renault 4 por las soñolientas calles de Mariquita, el reloj mostraba algo más de la una de la mañana. En un instante de euforia, Marcos el carpero corrió hasta la motocicleta y con cierta dificultad la aborda y de ipso-facto le da la primera patada de encendido, el ruido ensordecedor llamo la atención de quienes estaban en la calle disfrutando el sereno veraniego; de repente Marcos acciona la palanca de cambios y suelta de forma imprudente el clocht produciendo una estampida infernal que hizo a la motocicleta literalmente trepar por el grueso árbol de manga que estaba frente al bailadero. El efecto gravitacional hizo que la moto se devolviera con todo y Marcos jineteado cayendo violentamente de espaldas sobre el pavimento, a la vez que el aparato encima. Se sintió un golpe seco provocado por el choque de la cabeza de Marcos contra el piso. La gente quedo perpleja casi que petrificada, al observar cómo se expulsaba por la boca de Marcos el carpero, enormes borbotones de sangre que fueron inundando todo alrededor de su cabeza. La motocicleta se revolcaba a un lado del cuerpo moribundo, que convulsionaba como si estuviera danzando con la muerte.

Rivemar” y yo solo pudimos ponernos de pie y nos dijimos sin hablarnos, ese hombre no puede morirse ante nuestras miradas indiferentes y de una vez saltamos a la calle y convocamos el socorro entre los presentes.

¡Gritamos un carro! un carro! un carro!  Y nadie se ofreció. La escena macabra de Marcos seguía sin parar y sentíamos que los minutos que pasaban eran valiosos para poderle ofrecer una posibilidad de vida. De repente salió “Lito” y con gesto tosco pero solidario dijo: “yo presto el carro, pero échenlo atrás”.  Era la camioneta Ford de estacas cuya carrocería estaba llena de cascarilla de arroz y mierda, pues en ella se transportaban las vacas en el pueblo. “Rivemar” y yo corrimos y tomamos a Marcos de los pies y de las manos y balanceándolo varias veces para coger impulso, esperábamos que “Lito” abriera las compuertas y sin medir palabras lanzamos el cuerpo ensangrentado de Marcos sobre el planchón del vehículo. 

Salimos de inmediato al hospital que estaba a pocas cuadras del lugar del accidente, con el cuerpo de Marcos el carpero revolcándose entre la inmundicia, pero buscando esa ayuda que se anhela cuando no ha muerto la esperanza.  La camioneta ingresó con cierta dificultad al área de parqueo en las urgencias del hospital San José, por las condiciones del terreno ondulado en la portería; aquí dejamos a “Lito” con otros curiosos tramitando la asistencia humanitaria para aquel pobre hombre caído en desgracia.

Arlid Rivera "Rivemar"

Con “Rivemar” salimos en su moto a buscar una ambulancia para trasladar a Marcos para la capital, Ibagué, en vista de la gravedad de su condición. Con las pocas indicaciones sobre el lugar donde pernoctaba el conductor de ese vehículo, lo ubicamos y con nerviosismo y afán le dijimos que viniera para prestar este servicio, a lo cual respondió: “Esa ambulancia no tiene llantas buenas y en esas condiciones yo no voy a ningún lado”. Salimos sin perder tiempo y fuimos a buscar la ambulancia de la defensa civil y una vez en el lugar nos respondieron a nuestra solicitud: “Esta ambulancia está varada”.

Nuestra angustia crecía y no teníamos alternativas que pudieran solucionar esta necesidad de traslado a un hospital de mayor complejidad al agonizante Marcos. Ya eran cerca de las 2 de la mañana y resolvimos ir donde doña María, la mamá de Marcos, para ponerla al tanto de la terrible situación de su hijo. Nos sentíamos impotentes para comunicar esa desconsoladora noticia. Podíamos generar otra tragedia al decirle a doña María que Marcos estaba moribundo en el hospital y sin posibilidades de enviarlo a la capital para que lo auxiliaran con mejor equipo médico y quirúrgico.

No hay de otra, dijimos, la viejita tiene derecho a saber la verdad de una vez. Y llegamos frente a la casa de Marcos el carpero, acompañados por la soledad y el silencio de la noche. Con premura tocamos la ventana y al ver que nadie abría, voz en pecho dijo “Rivemar”: “Doña María, es que Marquitos tuvo un accidente y está muy grave, se está muriendo en el hospital… Y doña María con voz de matrona trasnochada respondió con fuerza: “Que se muera ese hijueputa que me tiene aburrida con su vagamundería” … Sorprendidos “Rivemar” y yo hicimos una mueca desconcertante acompañada de una macabra carcajada.

Regresamos de inmediato al hospital pensando que tal vez ya Marcos el carpero hubiese muerto, pero no, ya lo tenían afuera en una camilla, bañado, esperando un transporte para llevarlo al Hospital Federico Lleras de Ibagué. El médico que salía de turno era el Dr. Castaño, galeno de gran experiencia, y antes de irse a su casa después de cumplir su jornada lo miró y vio que de sus dos oídos corrían sendos hilos de sangre por lo cual dijo en tono pausado y pesimista: “Tiene fractura de cráneo, no creo que se salve”

La impotencia nos alcanzó a todos… El silencio se hizo sepulcral.

Repentinamente como caído del cielo llegó “El Tuso” en el Renault 4, que había recibido de “Estrada” hacía pocos minutos con el encargo de llevárselo a Marcos en la mañana siguiente; “El Tuso “que había vivido en carne propia la angustia de la muerte, pues en la historia de su vida registraba ocho impactos de bala en su cuerpo en circunstancias que pocos conocían,  y acabándose de enterar de la trágica noticia,  se bajó con desespero y al saber que no había ambulancias,  tomó a Marcos entre sus brazos y lo colocó en la parte trasera del vehículo sin ningún tipo de ayuda clínica como oxígeno o cualquier otro elemento que permitiera mantenerlo vivo.  El Tuso” salió como un bólido en el vetusto “cacharro” desde el hospital rumbo a Ibagué; con “Rivemar” salimos detrás corriendo a mirar cómo se perdía el carro entre la oscuridad y la distancia.  Bueno... dijimos. Hicimos todo lo posible.  Y con la sensación del deber cumplido bajamos por la motocicleta para regresar a nuestras casas. Al tomar la calle de repente la sorpresa fue aún más grande, “El Tuso” venia muy veloz de regreso con Marcos moribundo tirado en el asiento trasero del destartalado Renault 4.

¿Qué pasó? le gritamos desde la motocicleta cuando lo alcanzamos.

 Respondió sin bajar la velocidad y sacando la cabeza por la ventanilla: ¡Este hijueputa carro no tiene gasolina!!

Después de todas estas penurias, por fin “El Tuso” en medio de peripecias, pudo llevar a Marcos el carpero y dejarlo en Lérida, desolado municipio a unos 45 km al sur de Mariquita, donde encontró una ambulancia que luego lo trasladó al hospital más importante del Tolima.

Pasaron varios meses cuando una tarde de caminata por los lados del sector donde se parqueaban los transportadores de pasajeros; el negro Marulanda, aquel negrito buena gente que ronda las calles del pueblo como un fantasma, me llamó gritando y agitando sus brazos. Me acerqué y lo saludé, estaba con un amigo que sonreía alegremente. Entonces el negro Marulanda le dijo señalándome: ¿Marcos, conoce a este señor?  Le respondió con risa nerviosa y cogiéndose la cabeza: No, no sé quién es. El negro replicó: fue él con otro amigo, “Rivemar”, los que lo recogieron del suelo esa noche y le salvaron la vida.

Marquitos el carpero, a quien todos le dicen “El propio”, semanas después recobró su memoria y siguió trabajando muchos años como fabricante de carpas para vehículos en casa de su mamá, la matrona doña María.

Sentado a la orilla de estos recuerdos hizo eco en mi memoria un refrán del dominio popular que tiene más razón que un putas! Me dije: ¡nadie se muere la víspera!

Ibagué, octubre 26 de 2020

sábado, marzo 27, 2021

La masacre de Kronstadt

 Armando Moreno Sandoval

Este 2021, se cumple 100 años de la masacre de Kronstadt. Fue el primer crimen de la revolución a nombre de la revolución. Kronstadt ha sido silenciada por simpatizantes, militantes, grupos y partidos de izquierda. Es una vergüenza. Pero el problema no es ese. Lo que en un principio lo sería para dar cuenta de los crímenes de izquierda, con el correr de los tiempos, se fue convirtiendo como un símbolo para cualquier ideología. Hoy masacra cualquier sátrapa que esté en el poder.

Para entender lo dicho vale retomar al olvidado pensador liberal Karl Popper. Odiado tanto por la derecha como por la izquierda, solía afirmar que no se justificaba muerte alguna a nombre de ninguna ideología. El siglo XX sí que nos enseña qué es eso. Ahí están los totalitarismos fascistas, nazistas y comunistas. Sus nombres aun retumban en las mentes del pensamiento libre: Stalin, Mussolini, Hitler. Tras esa estela de nombres le siguen unos dictadorcitos y autócratas menores de sangre putrefacta y negra.

La primera vez que supe de Kronstadt lo leí siendo muy joven en las letras del historiador inglés Paul Avrich. Su libro Los anarquistas rusos, cuya edición en inglés data de 1967, tenía el privilegio de cuestionar la concebida mirada de la Historia desde los vencedores. En dicho libro se relata que los verdaderos protagonistas de las revoluciones de 1905 y la de febrero de 1917 (la llamada revolución de octubre o Bolchevique) fueron los anarquistas rusos, los llamados también libertarios.

Pocos meses después del triunfo de la revolución, el desorden y la guerra civil fue el pan de cada día. Entre tanto, los anarquistas al ver el desbarajuste en que se había convertido la Revolución, ellos por su lado tratarían de llevar su programa de acción directa por la que habían luchado y entregado sus vidas. Fieles al pensamiento anarquista empezaron a llevar a cabo la destrucción de las instituciones estatales, a exigir el traspaso de las tierras y de las fábricas a las manos de los trabajadores, a exigir el control de la producción a los obreros, a exigir la organización de las milicias populares y a exigir la creación de comunas en el campo y en la ciudad.

No obstante, a la par que los Bolcheviques iban haciéndose al control del poder sus dirigentes empezarían a relucir sus colmillos. Quienes habían contribuido con la Revolución comenzarían a presenciar cómo la policía política hacía de las suyas: encarcelamientos, represión y asesinatos de anarquistas y social- revolucionarios; el racionamiento de los alimentos apretaba el estómago del pueblo mientras la jerarquía gozaba de privilegios a sus anchas; la confiscación de cosechas y exacción de alimentos a los campesinos se hacía norma; el cañón frío del fusil en las espaldas era el encargado de recaudar los impuestos; el hambre y la desesperación eran escenas cotidianas. La Revolución por la que habían luchado era otra cosa. La Edad de Oro de la libertad y la igualdad plenas que habían soñado los anarquistas era reemplazado por el terror y el miedo.

¿Pero qué fue lo que pasó en la ciudad de Kronstadt? Entre el 1 y el 18 de marzo de 1921, los marinos de Kronstadt en la isla Kotli fueron masacrados por los líderes que habían ayudado a encumbrar. Los mismísimos Vladimir Lenin y León Trosky —este último que luego sería asesinado por orden de Joseph Stalin y su muerte silenciada por todos los Partidos Comunistas del mundo— habían dado la orden: ¡mátalos!

Los anarquistas rusos que fueron tildados de “contrarrevolucionarios” resistieron como pudieron. Pero la fuerza del Estado Bolchevique que los superaban en armas y en hombres terminarían venciendo. Fueron miles los muertos de lado y lado. Las palabras de León Trosky aun retumban, no por lo que dijo, sino por la hipocresía revolucionaria que encierra. Él sabía muy bien que el triunfo de la Revolución Bolchevique se debía a los anarquistas rusos. Aunque en 1917 lo reconoció al decir que “son el orgullo y la gloria de la revolución”, años más tarde, en 1921, diría: “Los cazaremos como faisanes”. Y así fue.

Alexander Berkman (1870-1936)
¿Pero por qué se dio la masacre? La respuesta está en las memorias La rebelión de Kronstadt del venerable anarquista ruso Alexander Berkman. En el se encuentra el pliego petitorio de 15 puntos que hacían los marinos. Todos giraban alrededor de un mismo tema: libertad. Algo que los intelectuales de izquierda le gustan callar de los socialismos cuando viven bajo el manto de la democracia liberal.

Así como se lee. Eran solo 15 puntos y en ellos los marinos solo pedían elecciones libres y secretas, libertad de manifestación, de reunión, de palabra, de prensa, liberación de presos políticos socialistas, alto a la confiscación de víveres, libertad económica a los campesinos para poseer tierras y ganado, libertad para crear pequeñas industrias domiciliarias, etc, etc.

Los áulicos de la Revolución Bolchevique, utilizando la máxima de que los vencedores tiene el derecho de escribir la Historia, dirían que los marinos buscaban volver atrás. ¡Nada más falso! Estaban lejos de proponer la vuelta al régimen que habían ayudado a derrocar. Lo que pedían era libertad dentro del socialismo.

El sociólogo estadounidense Daniel Bell quien conocería al venerable anarquista alemán Rudolf Rocker, este le contaría cómo los bolcheviques se habían apoderado del discurso anarquista para adueñarse del poder a nombre del pueblo. A la vez que usaban consignas anarquistas como “la tierra para el pueblo”, por otro lado, se dedicaban a destruir la esencia de la teoría anarquista: los sóviets, consejos libres de trabajadores y soldados.

En este siglo XXI donde la postverdad se ha instalado, es decir, de que la verdad no importa, sino lo que la gente cree, valga recordarles a las actuales generaciones (hombres y mujeres) que los hechos son unos y que la interpretación es otra.

Kronstadt existió y fue la primera matanza de proletarios ejecutada por un Estado que decía representar al proletariado.

Kronstadt también enseña que los simpatizantes de cualquier ideología deben quitarse las vendas de los ojos para confrontar la realidad de cualquier régimen. Aunque es irónico decirlo, muchos intelectuales de derecha e izquierda del mundo entero, pero sobre todo latinoamericanos, se niegan a quitarse las vendas.

¡Qué desgracia!


domingo, marzo 14, 2021

Estar enamorado

 Armando Moreno Sandoval

 Helen Fisher autora del best-seller El Primer sexo es en la actualidad la que más sabe sobre el amor. Así como lo lee: sobre el amor.

Me hubiese gustado escribir este texto con un lenguaje cursi. Algo así como si fuera la letra de un bolero. Pero la Fisher lo ha echado todo a perder. Ella es antropóloga con un doctorado en neurociencias. Con esta formación ha desestimado un poco el rollo de las humanidades para tratar de entender el amor por la vía de la ciencia.

Si nos volvemos un poco mundanos, la pregunta del millón, y que nos asalta a diario es por qué nos enamoramos. Por qué esa persona y no otra, respuesta difícil dice Fisher.

Hablar sobre el amor es muy cuqui para estos tiempos que nos asecha el coronavirus. Y que mejor que leer a Fisher para encontrar la respuesta.

Ella nos dice que no basta entender la cultura, la infancia, la experiencia, sino que también hay que entender la biología del comportamiento de cada individuo porque cada uno es un caso particular y así entender cómo ha sido construida la personalidad. Estamos determinados por la biología.

Y es que para explicarnos qué pasa con el amor no lo hace a través de los boleros de Armando Manzanero o de la poesía amorosa del chileno Pablo Neruda sino, quien lo creyera, utilizando máquinas muy sofisticadas y costosas como el escáner con resonancia magnética que desmenuza el cerebro.

Gracias a esas máquinas tan frías como un cubo de hielo, descubrió que en el cerebro existen circuitos cerebrales donde se aloja amor romántico, el deseo sexual y el apego.

De los tres sentimientos el amor romántico es el más guay porque es el que más le encanta a la gente. Si el deseo sexual lleva al Homo sapiens a buscar un abanico de compañeros, en el amor romántico se le gasta energía a una sola persona. Es cuando se resigna a quedarse con uno solo porque hay compromisos de pareja. Como ejemplo, educar a un hijo. O cuidar a la suegra así mate a un gato de un solo grito.

El amor romántico es por lo general empalagoso. Cuando se enamora las babas caen por las comisuras de los labios. Pero este amor es peligroso, se centra en lo que gusta. No tiene defectos. Todo es un encanto. Es obsesión pura. Es lo más parecido a tener mariposas en el estómago. Lo que dice la pareja es todo un suspiro.

Con el amor romántico todo marcha bien, todo es euforia. Pero cuando se acaba, vienen los problemas. Saltan los defectos y es cuando viene la bala, la puñalada trapera, la traición, el suicidio. El ya no te quiero.

La fuerza del amor romántico tiene una explicación en la teoría de la evolución de Charles Darwin. Que la búsqueda de pareja tiene como fin el de reproducirse para evitar su extinción. Si no es así, entonces, para qué el amor. Suena paradójico que así sea ya que el 97% de los mamíferos no se emparejan para criar sus hijos. Cosa curiosa que esto suceda en el Homo sapiens.

Para comprender a los enamorados, y aquí viene lo bueno, Fisher los ha venido sometiendo al escáner cerebral. Lo que en lenguaje coloquial llamamos el flechazo, la “química” de pareja. Ella afirma que en el cerebro encontró cuatro sistemas relacionados con los rasgos de la personalidad. Ellos son: la dopamina, la serotonina, la testosterona y los estrógenos.

Para explicar cómo se conectan los rasgos de la personalidad con la dopamina, la serotonina, la testosterona y los estrógenos aplicó una encuesta a más de 14 millones de personas en 40 países. A los que quienes tienen dopamina muy alta los llamó exploradores. Son personas que buscan novedades y corren riesgos, son curiosas, creativas, espontáneas, enérgicas, flexibles y que se sienten atraídas por personas como ellas. Las personas con serotonina alta, las denominó constructoras. Son tradicionales, convencionales, normativos, respetan la autoridad, planifican hasta los horarios y sus rutinas. Son religiosas y les atraen personas como ellas. A la gente con testosterona alta los denominó directores. Suelen ser analíticos, lógicos, directos, decisivos, tenaces, escépticos. Se les dan bien cosas como las matemáticas, la ingeniería o la música. Tienden a buscar a su contrario. A los de estrógenos altos los denominó negociadores. Tienen imaginación, piensan en contexto y a largo plazo. Por lo general se da entre las mujeres y buscan a su contrario.

Dos sentimientos relacionados con estos rasgos de la personalidad es el amor a primera vista y el amor ciego.

El amor a primera vista es muy difícil de explicar. La dopamina la encargada de este amor se activa fácil en el cerebro. Es una ruta muy primitiva que atraviesa el cerebro. La dopamina que da esa sensación está justamente al lado del circuito cerebral que produce el hambre y la sed y que curiosamente son los que lo mantienen a uno vivo. De ahí el por qué el amor alimenta la supervivencia del Homo sapiens. Si nos enamorarnos es porque queremos reproducirnos. Es lo que nos permite existir.

Otra cosa es el amor ciego. Está localizado detrás de la frente. Cuando se está en ese modo esa parte del cerebro se desactiva. Es cuando el enamorado no escucha a nadie y la gente dice: está perdido. O cuando la mamá le dice a la hija que el hijo del vecino no es un buen partido y calla como una tumba. La historia del morocho trompetista y la rubia en Ligia Elena del salsero Rubén Blades es un buen ejemplo. Es cuando toca darle tiempo al enamorado.

Cosa contraria sucede con los circuitos cerebrales del apego que tardan mucho más tiempo en asentarse. Es necesario conocer a la persona. Por algo será que la región cerebral relacionada con la sensación de apego no se activa en absoluto. Es lo que explica el rompimiento y el olvido fácil cuando al estar enamorado, él o ella, miente o engaña. Se puede estar loco por alguien y no sentir ningún apego.  El olvido es fácil y es cuando el vecindario se pregunta: acaso no estaban enamorados.

A pesar de que el amor es biología pura, quien mejor lo describió, según Fisher, fue el escritor Stendhal quien dijo: el amor es como la fiebre, va y viene.

martes, febrero 09, 2021

La granja de ratas del señor Wei Shangzheng

 Armando Moreno Sandoval

El libro de David Quammen llegó a las librerías en el 2012 sin mucho escándalo. Traducido al español en el 2020 con el sugestivo título Contagio. La evolución de las pandemias, y con la invasión del virus del coronavirus por todos los rincones del planeta, se ha hecho best-seller.

Este siglo XXI que ha hecho del Homo sapiens un lector de solapas de libros, de titulares o, a lo sumo, leer los 280 caracteres que nos permite Twitter, recorrer sus 520 páginas es todo un postre para los buenos lectores.

¿Qué es lo que contiene dicho libro que se ha convertido en best-seller? Sin lugar a duda lo que dice en sus páginas. Leerlo es lo más parecido a una película de suspenso. Pues de lo que trata el libro es cómo los virus que siempre nos han acompañado desde que la vida apareció sobre el planeta tierra hoy día se están tomando su revancha.

En el libro hay una palabra que ha pasado casi que desapercibida para el común de la gente: zoonosis, que en lenguaje callejero quiere decir el virus que salta del animal al humano. Que salte, es lo de menos. ¡El lío es que mata!

Y como lo recuerda el autor, las enfermedades que últimamente han azotado la humanidad como el ébola, la gripe aviar, la peste bubónica, la viruela símica, la tuberculosis bovina, la enfermedad de Lyme, la fiebre de Nilo Occidental, la fiebre hemorrágica de Marburgo, la rabia, el ántrax, la fiebre de Lassa, la fiebre del valle de Rift, el virus de Nipah, el Sida, la fiebre de los matorrales, etc, etc, e incluyendo todas las gripes humanas son zoonosis.

El otro problemón es que después de saltar del animal al humano, salte del humano al humano. ¡Y ahí fue troya! como dicen en la calle. Es exactamente lo que está pasando con algunos de los virus más conocidos como el del Sida y el que causa el covid-19.

Cuando se llega a la última página la conclusión a la que se llega es que todo este desmadre —quien lo creyera— no lo han causado los virus. El artífice de todo ha sido una especie que hasta hace pocos meses se creía el todopoderoso sobre la tierra: el Homo sapiens.

Para entender que el Homo sapiens ha sido el causante de todo tenemos que tratar de explicar por qué en la naturaleza, de vez en cuando, algunas especies se salen de lo normal proliferándose más de la cuenta.

Estos desequilibrios ecológicos la misma naturaleza los controla. No obstante, cuando sucede dejan una estela de estragos dejando atónito al Homo sapiens. Un ejemplo para entender es cuando las hormigas arrieras se tragan en un dos por tres un árbol entero.

Este descuadre de que una especie en particular ya sea insecto (o mamífero o microbio) tenga un incremento explosivo en un tiempo relativamente corto es lo que los ecólogos llaman proliferación anormal. Sin embargo, la pregunta del por qué, aun no tiene por parte de los expertos una respuesta.

No obstante, hay que señalar que solo unas poquísimas especies son dadas a la proliferación anormal. Aunque la naturaleza ayuda a controlarlas, hay una especie que en particular se ha salido de madre y, así nos duela, es la que está representada por el Homo sapiens.

Para entender la proliferación anormal que está causando el Homo sapiens como especie solo basta comprender que desde que hizo su aparición sobre la Tierra (de eso hace unos 200.000 mil años) hasta el año 1804 el humano aumentó en mil millones; entre 1804 y 1927 aumentó otros mil millones; llegamos a los 3.000 mil millones en 1960, y desde entonces, más o menos, cada treinta años, a la Tierra toca sumarle la bicoca de mil millones. En octubre de 2001 se llegó a 7000 mil millones; y si se consulta al sabio de Google, a la fecha de hoy, estamos rozando los 8000 millones de terrícolas.

Estamos llegando a esta escalofriante cifra y al Homo sapiens le ha importado un bledo. Dentro de unos pocos años pasaremos dicha cifra como cuando se va de viaje y se pasa por un cartel de esos que dicen: “Regresen pronto, Titiribí os espera”.

Algunos dirán que con las campañas de control demográfico los humanos han disminuido. Es cierto. Pero no se puede olvidar que el crecimiento está por encima del 1%, es decir, que cada año le votamos a la Tierra la pendejada de 70 millones de personas.

Somos un caso único en la historia de los mamíferos y de los vertebrados en general. Ninguna especie ha crecido tanto en tan corto tiempo como el Homo sapiens. Ninguna especie le ha hecho tanto daño a la naturaleza como el Homo sapiens, y eso sí, teniendo en cuenta que no somos un grupo sino tan solo una especie entre los mamíferos. En fin, somos grandes, tanto en el tamaño corporal como en el número y en el peso colectivo (340.000 millones de kilos).

Algunos dirán que ese peso es poco significativo si lo comparamos, por ejemplo, con la vaca doméstica. Cierto es.  Sin embargo, hay una paradoja. Si bien la población de las vacas suma unos 1.300 millones y un peso de 4.5 billones de kilos de vaca (mucho más que el peso del humano), lo cierto es que esas vacas que engordan en los cebaderos y pastan en las praderas en las que una vez merodeaban herbívoros salvajes, son solo una expresión del impacto causado por el humano. La culpa no es de la vaca, es del Homo sapiens que con la destrucción de su naturaleza solo sabe mostrar que tiene apetito y un hambre voraz.

En términos ecológicos el Homo sapiens es una plaga.

Sí, una plaga que la misma naturaleza no puede corregir. Se ha ensañado con ella. Mientras la siga destruyendo, las enfermedades zoonóticas estarán ahí. Los cazadores de virus lo han dicho hasta la saciedad. La humanidad no tiene la capacidad para predecir una gripe venidera o cualquier otro virus emergente. Este es el precio que tiene que pagar la llamada “civilización”, “el progreso”. Que entre más se violente la naturaleza habrá más virus dispuestos a abandonar sus anfitriones tradicionales en la jungla para saltar a los humanos.

Lo que más sorprende en el libro es la predicción de David Quammen. En el capítulo cuarto, “Cena en la granja de ratas”. Quammen cuenta la visita a la granja del señor Wei Shangzheng, ubicada a más de 100 kilometros de la ciudad de Lipu, en la China. Después de saborear lo que para el colombiano sería un guiso de carne de cerdo, de pato, soja, pak, choi y hojas de Ipomoea, los ojos de Quammen verían rodar por la mesa unos pedazos de rata de bambú asada como acompañante del suculento plato.

Degustada la carne de rata, a decir de Quammen, ligera, de sabor sutil y ligeramente dulce, y para entrar a tono con la charla que se departía en la mesa, dijo:

“Hay otra historia terrible por explorar, pero probablemente no concierne al virus del SARS. Es concebible que la próxima Gran Epidemia (la notoria Big One) cuando llegue se ajuste al patrón perverso de la gripe, con una alta infectividad antes del inicio de los síntomas. En este caso, se moverá de una ciudad a otra en las alas de los aviones, como un ángel de la muerte”.

¡Ocho años después la predicción se haría realidad (el virus del covid-19 respiraría en la nuca de los terrícolas)!

¡No se asusten! ¡Otros virus ya vendrán!

 

lunes, diciembre 21, 2020

Cuando se piensa que el pobre es el culpable

 Armando Moreno Sandoval 

Generaciones enteras crecieron, y siguen creciendo, alrededor de Cantinflas, El Chavo y Chespirito. Lo bueno de estas producciones es que muestran un lado amable de la pobreza. El mensaje que daban era recordarle a la sociedad que había pobres.


No todas las culturas con sus idiomas tienen palabras para referirse a los pobres. Algunas ni siquiera tienen un equivalente. Pobre que viene del latín pauperis significa el “que produce poco”. Un significado que a través del tiempo fue cambiando hasta llegar a la connotación que le damos hoy día: un ser despreciable, desagradable, asquiento, al que toca hacerle el quite, etc., etc.

El Chavo
En el idioma español una palabra para explicar el asco, el rechazo, el fastidio al que no tiene nada no existe. Encontrar la palabra le valió años de dedicación a la filósofa Adela Cortina, especialista en Ética y Filosofía política, y profesora en la Universidad de Valencia (España). La palabra le llegó por el lado del griego aporos que significa el rechazo al pobre, el que no tiene nada. Y que mejor que aporofobia para designar ese rechazo al que está jodido.

La filósofa Adela Cortina, quien inventó aporofobia, cree que la verdadera fobia o rechazo proviene cuando esos otros son pobres en la acepción más amplia de la palabra (sean exdrogos, drogadictos, ladronzuelos de carteras, desempleados, destechados, harapientos, hambrientos, etc, etc). Es decir, a los que eufemísticamente en Colombia llaman “vaciados”.

No obstante, el contraste está, y es lo que sucede en Europa o en Estados Unidos, cuando el extranjero llega con bultos de dinero o es rico, pues lo que se ve es que se le tiende la alfombra roja. Al fin y al cabo, lo que importan son los dólares. Entonces lo que se rechaza no es al extranjero, sino su condición: el de ser pobre, miserable, y es lo que sucede con el inmigrante, el refugiado que sale de su país a jugársela en busca de un empleo que, por lo general, son miserables.

La aporofobia más desdichada es cuando se rechaza a la gente pobre en su propia casa, en su propio barrio. Si en algo tenemos que agradecerle al Covid-19 fue el de haber desnudado ese comportamiento social aporofóbico que muchos no quieren reconocer pero que lo llevan escondido. Y fue lo sucedió en días pasados en el municipio de Honda (Tolima) con Brandon Andredi Rojas alias Dinosaurio.

La música, sobre todo la llamada salsa urbana, nos ha reseñado hasta la saciedad personajes delincuenciales que salen y entran de la cárcel como si fuese un hotel. Fue lo que pasó con Dinosaurio.

Cuando a Dinosaurio se le cambió la prisión domiciliaria por la prisión intramural la reacción de la gente fue de alegría, de plácemes. La típica aporofobia hipócrita y de doble moral. Dinosaurio había encarnado tanto el miedo y el odio que “la gente de bien”, “de dedo parado”, o, de los que se creen “de mejor familia”, terminaron por anhelarle la llamada “limpieza social”.

Cantinflas, El Chavo o Chespirito encarnan la compasión y la empatía hacia el pobre. El Estado de Bienestar que se construyó después de la II Guerra Mundial en el siglo XX para reducir la pobreza fue aniquilado por el modelo neoliberal de Ronald Reagan y Margareth Teacher. Hoy día el neoliberalismo está desbocado. Los ricos son más ricos y los pobres más pobres. La pobreza ahora genera miedo, tan así que la empatía y la compasión se perdió.

Escuchar a los “de dedo parado” da risa. Son tan miserables que la caridad ya no cabe en ellos. No se toman la molestia de pensar el porqué de la pobreza. Prefieren odiarla. Convencidos que los pobres son los culpables de su pobreza no entienden que esta es el resultado de unas condiciones estructurales que dejan a muchos en el asfalto, en el suelo, en la miseria. Más bien creen que ser pobre es fruto de un error individual o de una culpa personal; y es cuando la gente al anular la empatía comienza a percibirlos como una amenaza. Por esta vía terminan justificando que se les persiga o se les mate.

El rechazo al pobre se ha vuelto tan cotidiano que ver regueros de muertos a causa de esta parece normal. Era tan fuerte el rechazo que sentía Dinosaurio de la sociedad que, ya en la cárcel, abandonado y solo, ocho días después, se ató una sábana al pescuezo suplicando el suicidio.

Entre tanto las redes sociales o los medios escritos y televisivos aplauden decisiones como la Dinosaurio.

Uno menos, piensan algunos.

miércoles, diciembre 02, 2020

El embrujo de Villa de Leyva

 Armando Moreno Sandoval

Villa de Leyva 

Toparse con casas de tejas de barro que invitan a dialogar con el recién llegado, caminar con sigilo por sus calles, me llevaron a pensar cuáles serían las ideas que le asaltaron a Venero de Leyva en 1571 para fundar un pueblo en un valle rodeado de montañas escarpadas y frías.

Aunque a primera vista da la sensación de que las ideas que vuelan por sus calles son las mismas de antaño, solo basta observar a sus gentes para empezar a pensar que en Colombia no hay otro pueblo como Villa de Leyva.

En la escuela nos enseñaron que las ideas que cambiaban al mundo primero habían llegado por las costas. Ahí están el Mediterráneo con sus culturas que van desde Grecia hasta Italia; el Japón Imperial y la China milenaria. Estas culturas nos corroboran la tesis que así fue.

No obstante, la realidad nos enseña que toda regla tiene su excepción. Desde que se posa el pie sobre las calles empedradas la sensación que da es que, Villa de Leyva no requeriría de un museo porque ella misma es un museo. No es un museo cualquiera. Ya que, en vez de estar atrapada en la añoranza del pasado, sus calles y su gente, a pesar de los avatares del tiempo, son un torbellino de ideas que marchan al ritmo del siglo XXI.

Café Don Velásquez

Escuchar acentos, maneras de pensar, nos permite descubrir emprendimientos que solo pueden darse en un pueblo donde la procedencia de sus gentes también cuenta. Son los ejemplos de la Librería Cervantes y el Café Velásquez.

En un siglo XXI donde lo digital devora el papel, lo de la Librería Cervantes parecería un contrasentido cultural. Y fue lo que vivió Felipe Rojas con el exalcalde Víctor Hugo Forero la vez que le llevó la inquietud de abrir un local con estanterías llenas de libros. Ante la propuesta el exalcalde prefirió echarle candado a las nuevas ideas prefiriendo ver como seres brutos, ignorantes e incultos a quienes lo eligieron.

—Aquí no se lee— fue lo que le dio a entender el exalcalde Forero al librero

Si por los políticos fuera, el mundo sería un permanente fracaso. Este siglo XXI ha enseñado que la democracia liberal tal como hasta ahora se ha conocido hay que reinventarla. Que los políticos con sus ideologías de cualquier cuño son una engañifa. La prosperidad de la gente y la gobernabilidad de los pueblos no se le puede dejar a inútiles con poder. Fue lo que vivió el librero Rojas en su primer intento por instalar una librería en Villa de Leyva.

Librería Cervantes

Se ha dicho que quien persiste, tarde o temprano, tendrá su premio. Solo bastó la pandemia desatada por el covid-19 para que el librero Rojas tuviese una segunda oportunidad. Sin pensarlo dos veces, y cuando se creía que toda iniciativa estaría condenada al fracaso, ni corto ni perezoso tomó su carro y cogió rumbo a Villa Leyva.

Preguntando allí y allá, esa misma cultura cosmopolita que caracteriza al habitante de Villa de Leyva, le abrió sus puertas. El dueño del local al escucharlo hablar de libros no tuvo otra que sonreír y decirle:

—El local es tuyo.

Aunque en proporciones menos quijotescas otra propuesta de emprendimiento, y gracias al covid-19, es el Café Velásquez de Alejo Velásquez, su propietario, que, con su charla, su sonrisa y su bigote ralo hace más grata la estadía.

Tan así que pasar una tarde noche en medio de diferentes ritmos musicales saboreando tortas, pasteles, viendo el tablero de un ajedrez, una partida de dominó o quedar lelo viendo libar una cerveza artesanal es una delicia que solo estaba reservada a los dioses. Pero no. En Villa Leyva los dioses no existen. Han sido reemplazado por hombres y mujeres de carne y hueso que, en su peregrinaje, atravesando la Plaza Mayor, no tienen otra que inclinarse ante la majestuosidad de este pueblo que invita a volver una y otra vez.

Con la Librería Cervantes y el Café Velásquez, dos sitios que emergieron en medio de la pandemia del covid-19, es una forma de decirnos que como Villa de Leyva no hay otra.