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viernes, julio 27, 2018

Henry Patiño Pulido: fundador y militante del Movimiento Revolucionario Liberal en el Tolima. ideas y sueños tropicales.

Armando Moreno Sandoval
De Henry Patiño Púlido no puede decirse cualquier cosa. Patiño estuvo al frente del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) dominando con sus ideas el escenario político del Tolima hasta que apareció Alberto Santofimio Botero. Su rebeldía política fue heredada seguramente de su abuelo, aquel viejo radical liberal de la Guerra de los Mil Días, muerto por un pelotón de fusilamiento en la plaza principal de Mariquita.
Es a Mariquita, el pueblo de sus ancestros, por el año de 1946, que su padre llega huyendo de la violencia de Pensilvania para salvar la vida de su familia y la suya. Fue una huida a lomo de burro. El reloj marcaba las tres de una madrugada fría y lluviosa. Una huida para nunca más volver.
Hugo Viana, amigo y compañero de muchas batallas y luchas ideológicas, lo recuerda como modesto, pobre y autodidacta. Con los Hermanos Cristianos de Pensilvania aprendió a garabatear las primeras letras, de los ingleses el manejo de la pipa, la picadura, los buenos modales y consejos pero que nunca puso en práctica.
Ingrato sería pensar que solo fueron los Hermanos Cristianos y los ingleses quienes influirán en su formación. En el colegio que había fundado en Mariquita un expárroco de la iglesia católica, Isaías Díaz Quevedo, aprendió la contabilidad que le valió para hacer parte del cuerpo administrativo de los talleres del ferrocarril que regentaban los ingleses.
De su padre, carpintero de profesión y por añadidura borracho consuetudinario, heredó el gusto por fumar pipa y el apetito voraz de la lectura. Esta herencia le permitió en su juventud beber en las fuentes del liberalismo radical. Tan así que como un gesto de lealtad a sus ideas liberales, no tuvo ningún empacho en marchar a la fría Bogotá para asistir al sepelio del más grande estadista que dio el siglo XX: el hondano Alfonso López Pumarejo.
Mariquita a mediados del siglo XX
El refugio en las ideas liberales que había buscado su padre daría sus frutos en Henry Patiño, pocos años después de haberse establecido en su nueva morada. Era la Mariquita de la primera mitad del siglo XX, de calles destapadas, inmensos potreros y exuberantes rastrojos; de frondosos mangos, palmas, aguacates, mameyes y almendros por doquier. Era la Mariquita de los apellidos Treffy, Hotter, Díaz, Andrade, Galvis, de la Roche. Época aquella en que un cable unía a Mariquita con Manizales y, para mejor señas, el pueblo de un hombre que las generaciones posteriores lo recordarían como el “Robín Hood” mariquiteño: Reinaldo Aguirre Palomo. Era un ambiente de ideas prácticas y sueños tropicales.
Su inicio en la política no fue fugaz: 25 años, más o menos, fue el tiempo que duró en ella, coinciden sus amigos. Todo comenzó con la lealtad que le confieren los viejos a los jóvenes cuando se trata de que le sigan las huellas. De la mano de Cristóbal de la Roche y Ricardo Galvis, liberales de traca mandaca, lo hacen nombrar secretario del concejo municipal. Corría el año de 1957. Entre 1958 y 1959, en un congreso de Juventudes Liberales del Tolima, lo eligen directivo. Lo que nunca imaginaron los patriarcas del liberalismo es que el mozalbete, luego de un fugaz paso como directivo de las juventudes, terminaría liderando la disidencia liberal del Frente Nacional. Era el inicio de una meteórica carrera política que lo llevó a permanecer por diez años en la Asamblea Departamental del Tolima y dos periodos consecutivos  a la Cámara como representante del Movimiento Revolucionario Liberal de Alfonso López Michelsen.
Su coqueteo con las ideas liberales revolucionarias viene desde cuando López Michelsen, en su exilio en México, dirigía y editada Postdata a la Alternancia. Una crítica mordaz al endoso de la presidencia entre liberales y conservadores y que se conocería como el Frente Nacional. Significaba que cada  cuatro años se turnaban los partidos tradicionales para gobernar, haciendo de las elecciones una pantomima para justificar la democracia. Las ideas rebeldes de López Michelsen lo llevaron a ser admirador de su movimiento  Renovación Liberal que fundara este en 1958.
Henry Patiño (de bigote ralo) al lado de Fidel Castro
El triunfo de la revolución cubana dirigida por Camilo Cienfuegos, El “Ché” Guevara y Fidel Castro, y aprovechando la oleada de entusiasmo desatada en el mundo y que se desataría como un volcán en erupción por toda América Latina, le dan a López Michelsen el ánimo e impulso necesario para fundar el histórico —MRL—: Movimiento Revolucionario Liberal. Era el inicio por parte de Patiño de su militancia en el movimiento.
Coincidiendo en las ideas, Hugo Viana, Henry Patiño, Hernando Yepez Santos, Artemio Cabiedez —líder de los zapateros—, Germán Gutiérrez Arroyo, todos ellos pertenecientes a las juventudes liberales y entusiasmados por las ideas de López Michelsen, fundan y difunden la plataforma ideológica del Movimiento Revolucionario Liberal en el norte del Tolima. Viana y Patiño plasmarían sus ideas fundado y dirigiendo el periodico Revolución, editado, impreso y distribuido desde el norte del Tolima (Honda, Armero).
Era el primer año de la revolución cubana, el MRL también estaba en auge. A mediados de 1960, un homenaje y apoyo a la revolución cubana los entusiastas Patiño, Viana y Gutiérrez Arroyo en representación de las juventudes liberales estarían junto a los invitados Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Villar Borda, Luis Viera y Alfonso López Michel en la Plaza de Bolívar. La fuerza de la oratoria de Viana y Patiño entusiasmaría al representante de Cuba, al señor Clergé. En medio de abrazos y apretones de manos en las escalinatas del Capitolio Nacional, y como un gesto de admiración al comandante Fidel, le enviaban de regalo las ediciones del periódico Revolución. Henry Patiño, de su mano y pluma, le enviaba una dedicatoria al comandante en jefe y a la revolución. Meses después, merodeando en la plaza principal de Mariquita, por los lados del obelisco construido con las ruinas de la casa donde vivió Gonzalo Jiménez de Quesada, un marconi les llegaba a las manos de Viana y Patiño. El comandante Fidel invitaba al cuerpo directivo del periódico Revolución a la isla donde había triunfado la revolución: Cuba.
Después de una semana de contacto con la revolución, deleitándose con un buen habano, suspirando de amor con los boleros de Benny More, catando el sabrosongo coctel daiquirí, el encanto de sus playas y del mar, regresan al norte del Tolima. Hugo Viana, quien no había podido viajar a La Habana, el día que llegaban Patiño y Gutiérrez preparaba en Honda un nuevo número del periódico Revolución. Patiño y Gutiérrez traían en las maletas la Primera Declaración de La Habana, algo así como un manifiesto comunista para América Latina, el sumo ideológico que luego daría origen a todos los movimientos revolucionarios armados del Tercer Mundo. En un cerrar y abrir de ojos ordenan parar las máquinas, recomponen de nuevo la edición y el periódico Revolución se constituye en el primer medio escrito en América Latina en haber impreso la  Primera Declaración de la Habana.

Mientras tanto, en Mariquita, el MRL no triunfaría en unas elecciones al concejo. El Partido Liberal llevaba a cabo los principios que promulgaban el MRL y la revolución cubana. En plena violencia, cuando los liberales huían de la carnicería  propiciada por los conservadores, el directorio Liberal, protegía, albergaba y daba de comer a sus copartidarios.
—Doy una arroba de arroz de  mi molino para los copartidarios— así hablaba Cristóbal de la Roche dirigiéndose a los demás miembros del Directorio Liberal.
—Doy una res semanal— respondió el ganadero más acaudalado de Mariquita. Y así sucesivamente todos los miembros se comprometían aportar a la causa.
—Esta y no otra, la razón principal del por qué nunca el MRL ganó las elecciones en Mariquita— palabras exactas de Patiño en una tarde Sampedrina en el café Florida del año 2003.

El periplo que tuvo por la cámara comenzaría a tener fin en el año de la unión entre el MRL y el oficialismo Liberal. Saúl Pineda, jefe del MRL en el Tolima, logra meter a Patiño a la Cámara de Representantes y Rafael Caicedo Espinosa a Alberto Santofimio Botero. Con esta unión, rememoró con nostalgia Hugo Viana, el oficialismo liberal trituraría la disidencia en cabeza del MRL y los militantes que por convicción habían estado años en el MRL no volverían a tener chance en la política.
Corría el año de 1974, la ANAPO queriéndose reivindicar del fraude de las elecciones presidenciales frente al conservador Misael Pastrana Borrero, se lanza con algunos viejos militantes del MRL a la búsqueda de escaños. La falta de olfato político con la ANAPO llevaría a Patiño a cavar su propia tumba política. En una reunión para escoger candidatos al Congreso de la República, desdeñando el primer renglón para el senado, opta por ser suplente del primer renglón para cámara que encabezaría el lenguisuelto de Arturo Villegas. En su lugar el renglón al senado lo tomaría el hondano “Paco” Castro. Villegas no dejaría ir Patiño a la cámara poniéndole de este modo un adiós a la vida política.
—Todo fue una mala táctica política— comentaría Hugo Viana. Cuando López fue presidente, Patiño era simplemente  un recuerdo de un viejo amigo.
Lo que no estuvo de estatura, lo tuvo en su oratoria. Quienes lo conocieron y lo siguieron por sus ideas, lo recuerdan como una de las voces que se hizo sentir en el congreso por un lapso de casi un cuarto de siglo.
Abatido por la política, y con un guille barre que casi le pone punto final a su vida, su amigo López Michelsen no lo olvidaría. De gira el entonces presidente López por el Tolima, no tuvo reparo en visitar a su viejo amigo en la alcaldía de Ambalema. Fue un encuentro de viejos amigos que alguna vez profesaron las mismas ideas.

Una tarde ibaguereña, de aquellas que oscurecen al compás de las brisas que bajan por el cañón del río Combeima, en la esquina del Banco de la República, recordaba, como diciéndole al paso del tiempo cómo es la vida, lo desentendido que había sido con aquel consejo sabio  y práctico, y para más señas inglés, que de lo que se ganaba era necesario guardar algo para la vejez y los tiempos difíciles. Era, nada más ni nada menos, que el sentido del ahorro.
Hoy todo es recuerdo. La gente lo ve y pasa desapercibida. Es otra generación. Solo lo acompaña su bastón, la pipa y el aroma de la picadura Captain Black.


viernes, enero 26, 2018

La batalla de la "rusia"

Nota aclaratoria: 

Este relato histórico escrito en 1935 por el maestro Alberto Castilla trata de la gesta heroica de la Columna Ibagué comandada por el general Tulio Varón durante la guerra de los Mil Días en el Departamento del Tolima.

La batalla que da cuenta Alberto Castilla fue en los llanos de Doima en los alrededores del actual municipio de Piedras (Tolima).

Texto ha sido tomado de la revista El Bodegón, edición N° 247, serie Conciencia Nacional, diciembre 12 de 1935, pág: 51. La edición fue dedicada al departamento del Tolima.

Alberto Castilla fue el fundador y director del Conservatorio de Música del Tolima. Nació el 9 de abril de 1878 y murió en Ibagué, el 10 de junio de 1937.


Alberto Castilla Buenaventura

Cuando en 1899 se desató la guerra en Santander, el Tolima se puso en pie, buscó a sus jefes y entró en la lucha, lleno de coraje y bravura.

Son incontables los sufrimientos que soportó el soldado tolimense en los tres años de fatigas y batallas y no hubo lugar en el país a donde no concurriera en busca de la gloria o de la muerte.

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Llanos de Doima, monumento a Tulio Varón
El país conoce las hazañas guerreras del Tolima, cuyo relato produce escalofrió unas veces y otras indignación. El heroísmo, la audacia, la abnegación, la hidalguía, la crueldad, todos los atributos de la guerra alcanzaron en el Tolima su expresión más alta.

Una mañana de junio de 1901 hallábase Tulio Varón acampado cerca de Piedras, cuando fue impuesto de que las fuerzas del gobierno habían establecido, en su busca, un cerco de hierro, alrededor de Doima, su campo estratégico, distante cinco leguas de allí, y que los jefes habían anunciado la inmediata captura del famoso guerrero ibaguereño, porque lo tenían cogido en su red de fuego.

Al punto concibió Tulio la más audaz de sus empresas militares. Pasó revista a sus tropas harapientas, contó por todo doscientos ochenta hombres, y al cacer la tarde se pasó en marcha hacia Doima.

El cerco establecido sobre este reducto revolucionario, lo formaban seis mil hombres comandos por los generales Toribio Rivera, Pompilio Gutiérrez y Aguilar. Rivera ocupaba “La Vega de los padres” y cubría todas las veredas que conducen a Doima; Gutiérrez era dueño de la llanura en una extensión de dos leguas; las tropas de Ibagué circundaban el paraje de Doima y sus contornos, y Aguilar, listo para la gran batalla, hallábase en el centro de aquella corraleja, en el campo de “La Rusia”, dividido su ejército en cuatro acuartelamiento, distantes entre sí doscientos y trescientos metros.      

El plan de Tulio consistía en meterse sigilosamente dentro de la terrible corraleja y asaltar la división de Aguilar que dormía tranquila, como que estaba rodeada por un ejército amigo de cuatro mil hombres.

Muy cerca del sitio por donde debía atravesar a furto las líneas enemigas, dispuso Tulio que sus soldados se quitaran la camisa para que la desnudes sirviera de signo de reconocimiento en la oscuridad de la noche. El que hiciera luz o produjera el menor ruido seria decapitado en el acto.

Ya dentro de campamento enemigo, dividió Tulio sus doscientos ochenta hombres en cuatro grupos, y a cada uno le señaló el lugar del asalto, reservándose el más lejano para el grupo que personalmente capitaneaba. No se haría sino un disparo de fusil, que lo haría el general en persona, como señal de ataque. El asalto seria con arma blanca.

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Monumento a Tulio Varón.
Carrera 5 con calle 15
Ibagué (Tolima)
Una hora más tarde, las cuatro de la madrugada, habían llegado los diferentes grupos a su sitio de ataque. En ese momento se oyó el disparo hecho por el general Varón, y estalló la más espantosa tragedia de que haya recuerdo entre nosotros. Todo ser humano que por desgracia llevaba camisa sobre el cuerpo, era partido en dos de un solo tajo por los machetes de los asaltantes.

En aquel campo no se oía sino el chasquido de las armas cortantes y los gritos momentáneos y pavorosos de las víctimas.

La escena duró apenas media hora. A las cinco de la mañana se pobló de luz la llanura con la llegada del día y el sol iluminaba mil doscientos cadáveres sobre el campo de “La Rusia”, entre los cuales se encontraba el del general en jefe (Aguilar).

Tulio había recogido su botín de armas y municiones y se preparó para romper el cerco que lo circundaba, escogiendo el sector cubierto por el batallón “Briceño”, el más numeroso y aguerrido del ejército enemigo.

La acometida fue terrible: aquello fue un huracán que pasa sin que haya poder humano que pueda contenerlo. Una hora después los asaltantes estaban fuera de todo riesgo y peligro.

A dos leguas de “la Rusia” paró el general Varón y ordenó a sus soldados que acampasen con absoluta tranquilidad y como uno de sus oficiales observase que estaban muy cerca del enemigo, que de seguro los perseguía con furia, Tulio le dijo poniéndole la mano en el hombro: “no tengas cuidado; esos no vienen hasta aquí porque los muertos de “La Rusia” los atajan” y así sucedió; las fuerzas del gobierno, diez veces superiores a las de Tulio, abandonaron el campo, después de darle sepultura al cadáver del general Aguilar.



sábado, octubre 21, 2017

Gaseosas Glacial. Semblanza de uno de los socios y fundadores

Joaquín Arturo Paz MacCausland. Centenario de su nacimiento
Inteligente y autodidacta

Armando Moreno Sandoval

Arturo Paz Cuenca, luego de instalar molinos industriales a lo largo del río Mississippi en Estados Unidos,  regresa a Barranquilla, Colombia, con su señora esposa a bordo de un buque a vapor. Al tocar tierra, la esposa siente los dolores del parto y el pataleo de su futuro hijo en las entrañas de su vientre. Sin pensarlo dos veces a volandas llegan al hospital más próximo. Las enfermeras corren y los médicos se preparan para el parto de la futura madre. Horas más tarde nacería  un niño quien recibió el nombre de Joaquín. Era el 1 de diciembre de 1917. De chiripas no nació en altamar.

Su infancia y adolescencia transcurriría entre Sogamoso,  Duitama y las botellas de la fábrica de gaseosas de su abuelo paterno. La comodidad de un abuelo empresario y de un papá ingeniero empírico, y por demás socio del Molino Santa Clara, con toda seguridad le permitió a la familia Paz MacCausland llevar una vida hogareña, holgada y cómoda.    No obstante, con la muerte del padre el joven Joaquín entendió que el futuro tendría que reinventarse.

Joaquín Paz recibiendo el titulo de Bachiller
Tras la muerte del padre, el joven Joaquín asumiría el deber de llevar el pan a la mesa de la familia. Para llevar el pan se le ve por ese entonces trabajando como fogonero del Ferrocarril de Occidente.

Entretanto, atraídos seguramente por el ferrocarril y el cable aéreo que regentaban los ingleses, el linaje materno de los MacCausland ha echado raíces en Mariquita.

Una tarde obscura de esas que siempre suelen darse en la sabana de Bogotá como si fuera a llover, madre y abuela intuyen que el joven Joaquín lleva una vida desdichada y sin futuro. En busca de un nuevo futuro, le dice en el inglés de sus ancestros: “Let´s go to Mariquita”. Es hora de marchar a Mariquita.

Lo que nunca pensó el joven Joaquín era que algún día, por cosas del destino, seguiría los pasos de su abuelo y no de su padre, quien como ingeniero empírico, poco le importó el mundo de las gaseosas. Tan así que cuando murió el abuelo, seguramente que con el visto bueno de la familia, su padre, optó por desarmar la fábrica y llevarla a lomo de mula a Mariquita.

Ya instalados en Mariquita el  fruto que seguramente esperaba recoger la familia del joven Joaquín sería en vano. A Joaquín se le ve trabajando, tal vez en 1939 o 1940,  en la empresa de ferrocarriles Doradafer. Aunque el sueldo como trabajador del ferrocarril no tuvo que haber sido sustancioso, para mejorar la mesa de la familia se le ve alternando el trabajo en el ferrocarril con la enseñanza del inglés entre Honda y Mariquita.

El esfuerzo de viajar entre Honda y Mariquita  traería su recompensa: terminaría enamorado de Elisa Valencia Pardo,  una de sus alumnas. Con el paso de los días la haría su esposa. Mientras las vagonetas del cable aéreo seguían surcando las estribaciones de la cordillera central y los vagones del ferrocarril traían las gaseosas que se tomaban los habitantes del norte del Tolima, la fábrica de gaseosas del abuelo seguía intacta y arrumada pero no abandonada.

La vorágine de la vida por la que estaba pasando el ya adulto Joaquín y con la fábrica del abuelo que solo le traía recuerdos de su niñez, el día menos pensado le alumbró la idea del por qué no echarla a andar.

De nada servía tener un proyecto de empresa si el dinero en el bolsillo escaseaba. De tanto insistir el adulto Joaquín por aquí y por allá, llegó el día que algunos de quienes lo escuchaban lo acompañarían a hacer realidad sus sueños. La incertidumbre dio paso al optimismo.

Lucas Bernal, benefactor financiero de Glacial
Jaime Bernal, aseguró en vida que su padre Lucas Bernal fue el directo benefactor financiero de la empresa en ciernes.

Quienes dan cuenta de la vida cotidiana del ayer, afirman, que, sin los amores del auditor general del ferrocarril Lucas Bernal con Empera Rubio de Duque, seguramente, el apellido Duque nunca podría haber entrado en los anales de la historia de la futura empresa. La condición de Lucas como hombre separado había ayudado para que doña  Empera, en su papel de amante, hubiese amasado  una aceptable  fortuna; pues gracias a ese romance y alentado por su madre Empera  es que el ya crecido Humberto Duque Rubio, su  hijo,  aparece como el socio con pesos  para ayudar a echar andar la empresa.

Entre los  ires y venires para formalizar la empresa por fin llegaría el día del lanzamiento. Mientras en Bogotá el ministro de obras deliraba con construir un ferrocarril a lo largo del río Magdalena, en Mariquita, un municipio al norte del departamento del Tolima, un 17 de julio de 1947, se inauguraba una empresa de gaseosas que, con el pasar del tiempo, los colombianos y tolimenses conocerían como Glacial.

Don Francisco “Pacho” Gutiérrez, con sus 87 años, es uno de los pocos que pueden decir en Mariquita “yo fui testigo”. Recuerda él que a una cuadra de la llamada Plaza Armero, en la carrera 8 entre calles 9 y 10, una fábrica de pedal de fabricación alemana empezaría a botar a la calle las primeras gaseosas. Un carromato jalonado por un caballo llamado “Palomo” y operado por Francisco Flórez Gómez “Pachito” haría las primeras correrías por el caserío de Mariquita.

Una época de infernal lluvias le daría un golpe bajo a las ventas callejeras. El pesimismo de que los
Antigua instalaciones de Glacial
pesos invertidos podrían esfumarse de la noche a la mañana sacaría corriendo a Elio Rubio, otro de los socios. Un señor apodado “Perruncho” y de nombre Enrique Ávila compraría las acciones del pesimista Rubio, convirtiéndose en nuevo socio y superando así el primer tropiezo de decepción y desconfianza.

Mientras liberales y conservadores seguían matándose por un trapo de color azul o rojo, la empresa de gaseosas seguía avante. El consumo y aceptación del producto les permitió pensar en una nueva sede para la fábrica. Entre 1958 y 1960 la empresa hace su traslado a las afueras de Mariquita a un lado del tendido del ferrocarril y de la carretera que va hacia Honda. En mayo de 1964 llega Coca-Cola y consigo la época de esplendor y felicidad de la empresa.

Entre tanto el visionario Joaquín veía como el recuerdo de su niñez echaba raíces cada día más y más.

Los tropiezos que había tenido que enfrentar y superar de joven con la muerte de su padre serían cosa del pasado. Con la empresa dando frutos por doquier, le permitió en sus ratos libres alternar la escritura de la poesía con la política. Como militante del Partido Liberal se le ve, en 1957, haciendo campaña por el plebiscito para ponerle punto final al reguero de muertos que había dejado la violencia liberal conservadora tras la muerte del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán en 1948.

Como si sus ocupaciones como empresario no le bastaran, en un gesto altruista para con el pueblo que lo había acogido, se le ve también como concejal y personero. No contento con los compromisos que tenía pensó de un momento a otro en hacerse bachiller. Sus aulas no fueron de ladrillo, tablero y tiza. Ya adulto, cruzando ya los cincuenta años de edad, se le ve recibiendo el grado de bachiller que le otorgaría Radio Sutatenza de las manos del entonces presidente Misael Pastrana Borrero y de su ministro de educación Luis Carlos Sarmiento Ángulo.

Un acto que seguramente le llenó de orgullo fue el que se llevó a cabo el 16 de diciembre de 1975. La calle, los bares, la plaza, los parques y los prostíbulos dejarían de ser los receptores y difusores de las noticias locales y nacionales. La modernidad entra a los hogares: se inaugura Radio Lumbí. De nuevo uno de sus gestores es el adulto Joaquín.

Joaquín Paz inaugurando Radio Lumbí
Con el paso del tiempo aprendió que con su autodidactismo e inteligencia sus sueños podrían hacerse realidad. Viendo que con el paso del tiempo las líneas de sabores de bebidas iban en aumento y cómo de las gaseosas uva y manzana iniciales se pasaba a la naranja, a la lima-limón, al tamarindo, a la limonada, a la soda y al caramelo, pensó que con su universo de soñador podría crear su propio sabor. Aprendiendo los vericuetos de los sabores de la mano del químico empírico Saturnino Rubio se aventuró a crear uno de los sabores insignes que haría distintiva a gaseosas Glacial: la conocidísima y rica cremasoda Glacial. Nunca pensó en patentarla.

Aunque hay quienes creen que los títulos académicos colgados de las paredes de las oficinas o de los consultorios no hacen el oficio, el adulto Joaquín atribulado porque la ciencia había desahuciado a su hija de caminar emprendería él mismo en su soledad el estudio de la química del cerebro. Aunque no dejó apuntes qué fue lo que investigó lo cierto fue que, gracias al conocimiento que había construido, logró lo que los médicos no pudieron: desarrolla un tratamiento para que su hija recupere el caminar. La dicha de ver su hija caminando duraría poco. Una meningitis la postraría por el resto de sus días. Moriría a los 24 años.

Las décadas de los años ochenta y noventa del siglo XX, son décadas de sangre, narcotráfico, violencia, bombas, guerrillas y paramilitares. La ética y la moral de los individuos que se dicen llamarse a sí mismos dizque, “gente de bien”, se postran ante el dinero fácil. Colombia, dicen los entendidos, es un Estado fallido. Pareciera que la empresa fuera inmune a la zozobra y al estercolero en que se encontraba el país. Pero el día menos pensado la empresa fue tocada por una sombra maligna que empezaría a empujarla poco a poco hacia un abismo sin fondo.

Como si la maldición hubiera llegado tocando las puertas de la empresa, esta aparece en 1984 cargando a las espaldas a un sujeto apodado “El Cenizo”. Llega como hijo y de la mano de uno de los socios. En 1991 algunos socios sucumben al poder del dinero vendiendo sus acciones. En 1993 la empresa está bajo el manto de un solo dueño. “El Cenizo es “amo” y “señor”.  Los años de gloria, de reconocimientos y de éxitos empezarían a ser cosa del pasado. La empresa se convierte en una caricatura irreconocible.

El golpe que deja grogui a la empresa lo da Coca-Cola en 1996. A Glacial le quitan la potestad de seguir embotellando la “Chispa de la Vida”. Durante los años siguientes un pleito entre el único socio apodado “El Cenizo”, Coca-Cola y los trabajadores terminaría a favor de Coca-Cola y los trabajadores. Al no obligar a Coca-Cola a reconocer el pasivo pensional y con una empresa ilíquida y en quiebra, y sin cómo responderles a los trabajadores estos terminarían como sus únicos dueños.

La profecía del comunismo, de que los medios de producción (léase empresas, tierras, etc.) son de quienes se emplean por un salario se haría realidad. Cierto es, que en Mariquita, ese experimento sería un desastre de proporciones diluvianas. La empresa en vez de salir adelante de las manos de los obreros terminó moribunda, en cuidados intensivos. Por muchos años la empresa Glacial estuvo agonizando. Así como el ave fénix que renace de las cenizas, otros dueños   la echaron a volar que, como paloma mensajera, llevaba la noticia de que una nueva empresa había nacido.

Don Joaquín no alcanzó a ver la caída en picada de Glacial. Pero sí estando ya setentón el destino le había dicho que no tenía por qué ser testigo de la catástrofe de la empresa. Sin embargo, sí alcanzó a intuir lo que se avecinaba. Cuatro años después de haber hecho aparición  “El Cenizo”, es decir, en 1988, una Junta de socios reunida en la ciudad de Pasto (Nariño)  para dar cuenta de los malos manejos que se estaban presentando en la sucursal de Glacial en esa ciudad le generó preocupación y disgusto. Seguramente lo que estaba aconteciendo iba en contra de su ética y de su moral.

Atrapado por la preocupación de lo que estaba pasando allá en Pasto llegó a Bogotá el viernes 21 de agosto en las horas de la noche. El aíre que arrojaba las hélices del avión hacía la noche más fría.  A su morada en Fusagasugá llegó atribulado. A la madrugada del sábado 22 de agosto de 1987 un infarto fulminante le segó la vida.

Juancho Halima, compadre de Joaquín, uno de sus hijos, y quien conoció en su juventud a Joaquín Arturo Paz MacCausland, dijo de él: “hombre inteligente y autodidacta por excelencia. Por eso hizo lo que hizo”. 

miércoles, agosto 30, 2017

“Lo han matado, lo ha matado”. Muerte del beato Pedro María Ramírez

Armando Moreno Sandoval

Tomado del libro: Sangre en el parque. La muerte del párroco Pedro María Ramírez. Armero 9 de abril de 1948, Ediciones Periódico El Puente, 2017, pp: 64-72

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En Armero (Tolima) alrededor de las 4:00 de la tarde del 10 de abril de 1948 la iglesia de San Lorenzo y el parque de Los Fundadores seguían sitiadas por la multitud.

El alcalde Evencio Martínez Bolívar resguardándose tras un árbol de almendrón pensó en la reunión que había tenido momentos antes con los “notables” del pueblo, pues de nada habían servido las estrategias que habían acordado para controlar los desmanes. Intuyó que en la calle 11, conocida como el pabellón del comercio, se estaba convirtiendo en un río humano ruidoso a punto de desbordarse.

Clímaco Galindo Iriarte, su secretario, había salido hacia el Almacén Chileno y desde allí escuchaba el ritmo del tiroteo. Observó cómo desde la entrañas de la iglesia un tumulto salía a volandas gritando:

    ¡rodeeen la manzanaaaaaaaaaa! ¡rodeeen la manzanaaaaaaaaaa! ¡busquemoooooooos a los conservaaaaaaaaaaaadores…!

Al llegar a la esquina del almacén de David Jassir, calle 11 con carrera 15, escuchó la detonación de dos disparos que ahogaba las voces que de nuevo pedían rodear la manzana.

Entretanto el boticario Aguirre que se hallaba en la calle 11, a unos cincuenta metros del almacén de David Jassir, le causó curiosidad al sentir que por espacio de unos diez minutos habían cesado las detonaciones y el tiroteo. Algunos murmuraban que se les había acabado la munición a quienes estaban en la iglesia. Al dirigir la mirada hacia el parque alcanzó a percibir que casi a mitad de la cuadra, de la puerta del restaurante de la familia Torres el párroco Pedro María Ramírez salía en actitud pasiva, con los brazos caídos, la cabeza agachada, con un caminar despacioso y como si le fuere indiferente lo que estaba aconteciendo.

El boticario Aguirre no pudo identificar quién lo llevaba. Otros dijeron que salió escoltado por dos individuos. No faltaron quienes dijeron haberlo visto salir y andar solo hasta el parque.

El secretario del Juzgado del Trabajo, Trino Díaz Díaz, aseguró que quien lo llevaba hacia el parque  era Camilo Leal Bocanegra conocido como Mano ñeque. Describió que lo llevaba agarrado del brazo derecho y que de su mano derecha colgaba un machete al descubierto.

Un gentío blandiendo los machetes fue al encuentro del párroco. Lo rodearon y le dijeron toda clase de improperios. El párroco agitó sus brazos pidiendo tranquilidad y calma. La algarabía y el griterío eran ensordecedores. Mientras tanto, el filo de los machetes cortaba el viento tenue de la tarde.

El círculo que lo rodeó avanzó acompasado con el andar del párroco. Al llegar a la segunda puerta
Croquis
Cortesía: Biblioteca Rafael Parga Cortes
 de la Universidad del Tolima
donde prácticamente terminaba el restaurante de los Torres, el boticario Aguirre alcanzó a escuchar una voz que desde la esquina del parque gritaba:

— “¡vieneeeeeeee el cura, cojánlooooooo!”— El gentío seguía blandiendo los machetes.

    Curaaaaa hijo de putaaaaaaa…!”—, escuchó el boticario que le gritaban en coro desde el parque.

Los machetes, los pedazos de madera y los brazos en alto impedían ver al párroco.
Brazos salidos de las entrañas de la multitud se encargaron de llevarlo hasta el almacén de David Jassir. Poco antes de llegar al almacén el gentío aumentó en número. Llegó con los brazos en alto. En medio de las voces acaloradas alcanzó a decir:

    Estoy con Uds. hermanos míos”.

Cuatro brazos le rodeaban la cintura. Observó que la multitud apostada en el parque estaba enfurecida. La inmensa mayoría estaba armada. Sus machetes sin cubiertas resplandecían desafiantes en el ocaso de la tarde. Miró alrededor del parque. Al girar el cuerpo hacia la iglesia y la casa cural, escuchó una voz increpándole:

— “Padre, con que usted quería acabar con toda esa humanidad”.

Era el comerciante Martín Chaparro Herrera quien al verlo venir había pensado que lo llevaban para la cárcel. El párroco en medio del griterío le contestó:

—“Yo soy inocente de todo”.

Replicándole le dijo:

—“Vi salir mucha bala y bombas de la iglesia”.

Sin detenerse el párroco movió los labios diciéndole:

—“Perdóname, soy inocente”.

—“Está muy bien padre, que le vaya muy bien”, respondió el comerciante dejándolo con una mirada que se perdía en el horizonte.

Párroco Pedro María Ramírez
Trino Díaz, secretario del Juzgado del Trabajo, observó cuando la multitud en una actitud amenazante, blandiendo sus machetes al aire, rodeó de nuevo al sacerdote. Previendo un posible peligro se enfrentó a la multitud con la única arma que tenía: las palabras. Les gritó en varias ocasiones que se fijaran que era un sacerdote. También les dijo:

—“Por favor, no lo ultrajen”.

Cuando intentó de nuevo llamar la atención escuchó que a sus espaldas una voz en tono bajo lo increpaba:

—“…estos hijos de puta godos son los primeros en estar jodiendo”.

Al pensar que su vida podía correr peligro, optó por el silencio.

El comerciante Martín Chaparro Herrera que seguía expectante de lo que estaba ocurriendo diría que, de un momento a otro, y en un cerrar de ojos, la multitud arremolinada se abalanzó sobre el cuerpo del párroco.

Se formó una tremolina sobre él y le daban empujones y plan con machetes y peinillas.

Un hombre de mediana estatura, desdentado,  malacaroso  y sucio sujetó al párroco por el brazo izquierdo. Pero un empellón de un hombre grandulón de tez morena le quitó al párroco lanzándolo hacia  al centro del cruce de la carrera 11 con la calle del parque.

El comerciante Chaparro Herrera se hallaba escasamente a diez metros del párroco Ramírez. Fue testigo del ultraje de la voz que en medio del griterío le arrió la madre diciéndole:

—“…maten a ese hijo de puta”.

Incrédulo de lo que escuchaba y veía, la perplejidad lo obnubiló al ver a su vecino de más de diez años, Alonso Cruz Ayala, vendedor de yucas y hacedor de atarrayas, acatar la orden: “maten a ese hijo de puta”. Lo vio abrirse a codazos entre el tumulto. Un frío le recorrió por el cuerpo al verlo levantar el machete y tirarle por detrás a la cabeza del párroco

     Pero lo cierto fue que de ese golpe el cura se fue al suelo. El cura no se había caído de los demás golpes que le daban. Lo vi perfectamente”.

Tras el planazo propinado por el hacedor de atarrayas la multitud siguió tras el párroco. Lo empujaban al grito de “¡cura godo!”. Trastabillaba en su andar. Al querer enderezar el cuerpo, el plan de un machete dibujó una parábola que terminó estrellándose en la espalda. Un coro de voces inconforme con los planazos a gritos decía.

    “¡Denle por el filo a ese cura hijo de puta!”.

El parque de Los Fundadores, la calle 11 y la
torre de la iglesia San Lorenzo
Cuando las voces se desvanecieron, unos segundos de silencio recorrieron el cruce de las calles. El párroco estaba por llegar a la esquina del parque. Un grupo iracundo apostado en la esquina del parque salió  a su encuentro. Entretanto, confundido entre la multitud, un hombre de unos 29 años de edad, más o menos, bajito, delgado y caridelgadito animaba el coro de voces pidiendo:

—“¡Denle por el filo a ese cura hijo de puta!”.

Acatando la orden, el filo del machete salió volando del grupo que iba tras él llevándolo a empellones. El albañil Octavio Munévar estaba a escasos ocho metros:

—“Vi que el primer machetazo se lo pegó un albañil de apellido [José Yesid] Chavarro. La parte del cuerpo que recibió el primer machetazo fue al pie de la oreja izquierda”.

El filo había rozado el lado izquierdo del occipital cortando la oreja del párroco. Las gafas rodaron por el pavimento. Al intentar alzarlas,  los brazos de la multitud, de nuevo, lo empujaron hacia la esquina del parque. La sangre a borbollones resbalaba por su cuerpo. Una estela de pozos de sangre empezaba a dibujar el camino de un andar lento y pesado.

Nicolás Izquierdo Cortés presenció la llegada del párroco a la esquina del parque. Lo vio llegar tres pasos por delante del grupo que lo escoltaba. Trepado en una de las bancas del parque pudo ver cómo se protegía con las manos de los garrotazos que le asestaban con pedazos de leños los brazos enfurecidos. Le alcanzó a escuchar cuando les dijo al grupo que se hallaba en el andén del parque:

— “Perdón…”.

No habían transcurrido cuatro minutos cuando el grupo al cual le había concedido el perdón se  le abalanzó con varillas y machetes. Pero al poner el pie sobre el andén del parque un hombre de piel morena, alto, delgadón, vestido de pantalón negro y sin sombrero, levantaba su brazo derecho por el aire asestándole un segundo machetazo. Mientras yacía bocabajo un fuerte vozarrón salido de las entrañas de la multitud decía entre rabia y venganza:

    Déjelo que sufra despacio ese hijo de puta, que las está pagando

Otro grupo que estaba expectante se le abalanzó; demasiadas caras con machete en mano le tiraban al párroco. El tumulto les impidió a los agentes de policía ver si era por el filo o por el plan.

El agente Carlos Arturo Rozo se acercó al tumulto diciendo  “cuidado con el párroco”. Nadie lo escuchó.

—“Cual más se le abalanzaba encima de él”— diría el agente Rozo.

El albañil Octavio Munévar aseveró no haber visto a nadie meterse a impedir que le pegaran al párroco.

Un comerciante antioqueño llegado del municipio de Andes, Horacio Ochoa Uribe, que  vio llevar a empujones al párroco hasta el borde del parque, fue testigo cuando el gentío corría diciendo a todo pulmón:

—“¡Mátenlooooooooo…! ¡Mátenloooooooo!”.

Cortesía: Instituto Pedro María Ramírez. La Plata (Huila)
Según el comerciante, no estaba cerca, pero desde el lugar donde se hallaba escuchaba perfectamente.

Munévar aseguró que cuando se estaba quejando del segundo machetazo, y en el mismo instante que la muchedumbre gritaba ¡Mátenloooooo!, y después de un intervalo de 5 minutos, Arturo Giraldo, ayudante de carros y por sobrenombre El Loco, se le abalanzó con el machete. El filo cortó el aire en dirección a la cabeza del párroco. El secretario de la alcaldía que seguía atento a los hechos pudo ver el filo del machete incrustarse en el cráneo del párroco.

Tras el tercer machetazo otro grito de venganza retumbó entre los árboles del parque:

—“Denle que así  era que lo queríamos ver morir”.

Al desgonzarse el párroco, Trino Díaz, secretario del Juzgado del Trabajo, se llevó las manos a la cara mirando entre los dedos. Luego hizo un gesto de estupefacción. Impresionado de lo que acaba de ver le dio la espalda a la multitud. Huyó. Al encontrarse solo contuvo la respiración por un momento. 

Luego respiró profundamente y sin darse cuenta quién podría estar escuchándolo, entre sollozos y rabia, dijo:

—“Por Dios yo no sirvo para mirar esa clase de asesinatos, favorézcanos Virgen santísima”.

Inconforme con la actitud que asumía, el agente Rozo se abrió paso entre la multitud. Cuando logró llegar hasta el párroco vio que estaba en el suelo expirando.

—“Alcancé a ver una herida en el cerebro y botaba mucha sangre”— diría el agente.

Otro policía que llegó fue Carlos Alberto Valencia. Esa tarde estaba de guardia en la desmotadora por orden del comandante del cuartel. Al escuchar los disparos, supuso que venían por los lados del parque. Eran pasadas las 4:00 de la tarde. En compañía del agente Pedro N. Hernández hizo su arribo al parque por la esquina de la alcaldía. Llegaron jadeando. Gotas de sudor rodaban por sus mejillas. 
Al ver al párroco y el tumulto con machetes y escopetas  salieron corriendo con el fin de intervenir.

—“Fue inútil —diría Valencia— porque cuando llegué, ya encontré al señor cura agonizando”.

Al querer socorrerlo un hombre acuerpado con machete en mano le increpó con furia:

—“¡Detente!”.

Un segundo intento por socorrer al párroco vendría de los agentes Valencia y Rozo. Al intentarlo la muchedumbre se les cruzó mostrándoles el filo de los machetes.

—“No se metan si no quieren morir como murió ese pícaro”— dijo una voz.

El policía Desiderio Sánchez, quien tras un ataque verbal de un enfurecido llamándole inútil había preferido refugiarse en el Restaurante Chino, no soportó las afrentas al párroco. Corrió hacia el tumulto cuando vio al párroco cercado por un círculo.

—“Ese acontecimiento fue tan rápido que no tuve lugar o no me dieron lugar para evitar su muerte”—, diría luego como cargando un sentimiento de culpa.

Aunque el cuerpo del párroco yacía en el andén del parque, el tiroteo  y el estallido de las bombas no dejaban de cesar.

El cuerpo boca abajo del párroco, la mano estirada y la pierna encogida daba la sensación de que estaba muerto. Cuando alguien quiso preguntar lo que la gente suponía, un grupillo de hombres al trote sudorosos y descamisados coreaban en voz alta:

—“¡lo han matado… lo han matado!”.