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viernes, junio 30, 2017

Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, quizás su última carta: marzo 2 de 1577

Documento (transcripción): Armando Moreno Sandoval

1577, marzo, 2, Ríoseco. Nuevo Reyno de Granada. Carta de Gonzalo Jiménez de Quesada al Rey recordándole de los servicios prestados como conquistador.
Archivo General de Indias, Audiencia de Santa Fe, legajo 85





Católica Real Majestad

Yo he dado por mis cartas quenta algunas veces a Vuestra Majestad y a su real Consejo de
Yndias del estado de mis negocios  y gratificación que pretendo de mis servicios  y de la lastima
que Vuestra Majestad no debe permitir que me sería partir assi de esta vida ( de la qual partida
según mi hedad estoy bien cerca) sin que de mí quedase memoria del servicio que
a Vuestra Majestad hize quando descubrí, conquisté y poblé este Nuevo Reyno de Granada. Pues
Vuestra Majestad tan largamente gratificó a los dos marqueses del Valle y Pizarro. Sobre lo
qual va y envío personal particular en mi nombre a suplicado a Vuestra Majestad y a los de
su real Consejo de Yndias ya tomar resolución  en negocio que tanto me importa.
A Vuestra Majestad humildemente suplico se acuerde de estos servicios míos que las gentes
han tenido  por de alguna substancia  y que no tiene otra falta sino ser tan viejos,
y de ello yo tanto que no lo pueda ir a suplicallo en persona. Pero todo lo suple
averse hecho al mayor y más agradecido príncipe del mundo. Dios Nuestro Señor guarde
y prospere la Católica y real persona de Vuestra Majestad por muchos y felicísimos
años con el acrescentamiento de los Reynos y señoríos que sus humildes criados y
basallos rogamos a Dios y deseamos. De Rioseco en este Nuevo Reyno de Granada
a dos de marzo de 1577 años.

De Vuestra Carta y Real Majestad

Su humilde criado y vasallo
que sus reales pies y manos besa

El adelantado
don Gonzalo Jiménez de Quesada

Comentario

La carta está escrita en letra itálica, es de advertir que el cuerpo de la carta no corresponde con el final de la misma y la rubrica por parte de Jiménez de Quesada. Las abreviaturas son pocas Católica Real Majestad, Vuestra Majestad, Nuestro Señor, años. Los renglones y las palabras no superan lo ordenado, por tanto su secretario personal era un individuo conocedor de las ordenanzas de la época.
La carta la envía, según él, ya viejo y a la edad de 68 años. Jiménez de Quesada nace 1509  en Córdoba (España) y muere en Mariquita (Colombia) el 16 de febrero en 1579.

El facsímil fue facilitado por el autodidacta botánico mariquiteño José Orlando Velásquez

lunes, junio 05, 2017

Macondo: gigante y frondoso

La flora que no vio el sabio Mutis: Cavanillesia platanifolia

Armando Moreno Sandoval

Muchos creíamos que Macondo había sido una creación literaria del escritor y premio Nóbel Gabriel García Márquez. Él mismo cuenta que se la escuchó desde niño a su abuelo. Ya de adulto al pasar el tren por el portón principal de una finca bananera sus ojos se tropezarían con un letrero que decía: Macondo. Dice que le causó curiosidad su sonoridad y de ahí el por qué la tomó como suya haciéndola inmortal en su novela Cien años de soledad. Nunca se preocupó por su origen.

Árbol macondo de la serranía de Lumbí

Lo que no saben la mayoría de los colombianos es que en el norte del Tolima a una hora y media desde los municipios de Mariquita y Honda, en la parte sur de la serranía conocida como Lumbí, el naturalista y botánico autodidacta Orlando Velásquez, por allá por el año de 2007, caminando por entre los riachuelos pudo percatarse que el árbol gigantesco donde se abalanzaban los monos araguatos era el mismo que los “viejos” de antaño llamaban “tambor”. Pero más fue su sorpresa al ver que sus frutos de un tamaño gigante se parecían a otro fruto llamado carambolo y que sus semillas tenían el tamaño de una lenteja.

Tenía la certeza de que se trataba de una ceiba. Lo que no tenía claro era su especie. Como todo autodidacta husmeó entre sus libros de botánica y vaya sorpresa la que se llevó al enterarse que, en 1802, el científico Alejandro von Humboldt merodeando por los alrededores de Cartagena la había avistado clasificándola y registrándola con el nombre de Cavanillesia Platanifolia. Se enteró también que le había puesto Cavanillesia en honor al naturalista y botánico valenciano José Antonio de Cavanilles (1745-1804), quien había hecho los trámites ante la corona española para que el científico Alexander von Humboldt y su amante, el también científico Aimé Bonpland, pudiesen viajar, explorar y conocer las tierras ultramarinas del rey español.

Otra sorpresa que se llevó el autodidacta Velásquez fue al consultar el Diario del sabio Mutis. Si bien él no la clasificó, ni la describió, si dio cuenta de su existencia. Todo indica que cuando llegó a la costa caribe en 1760 y haciendo sus caminatas mañaneras en los alrededores del cerro de La Popa en Cartagena al ver sus ojos al gigantesco árbol, sin lugar a dudas, al preguntarle tal vez a un esclavo africano cómo lo llamaban, a la vez que se lo señalaba con el dedo, de su boca bemba tuvo que haberle salido el sonoro nombre de Macondo.
Árbol macondo de la serranía de Lumbí

Cómo así que macondo vocablo africano, pensaran con sorna los racistas y etnófobos. La compilación que hizo Katherine Ríos  sobre los diferentes significados de la palabra Macondo, nos dice que algunas se refieren a árboles, parajes, lugares y pueblos de África. En Mozambique un pueblo de origen Bantú es conocido como Macondo; el escoces David Livingston, médico y misionero, se entera de Macondo en su viaje en 1853 por Uganda y el sur de África. En Tanzania, existe una artesanía tradicional con diseños abstractos en madera llamada Makondo. En el idioma kikongo, mankondo quiere decir plátanos, y en el Atlas Lingüístico del Caro y Cuervo informa que Macondo en el departamento de Córdoba se usa como “plátano topocho”. Existe también un pez ornamental llamado makondo.

De todos modos el macondo tuvo que haberle quedado sonando en la mente al sabio Mutis. Tan así que no tuvo la molestia de clasificar y describir el árbol. Simplemente escribió el nombre en el Diario de campo con la idea de que después haría la tarea. Cierto es, que años después, ya estando dirigiendo la Expedición Botánica en Mariquita el gigantón macondo se le habría de pasar por alto.

Si el sabio Mutis fue olvidadizo con el macondo porque no lo vio en los alrededores de Mariquita y Honda valdría entonces preguntarse cómo fue que llegó a la serranía de Lumbí?

Quienes saben de embarcaciones nos dicen que del macondo se sacan las balsas y canoas para viajar por los ríos. Los arqueólogos no han encontrado vestigios precolombinos informándonos cómo eran los medios de transporte que los aborígenes usaban en los ríos antes de la llegada de los españoles. Lo que sí se sabe es que con la llegada de los esclavos africanos el paisaje de los ríos comenzaría a cambiar con las canoas, bergantines, balsas y champanes.

En las fuentes escritas del siglo XVI que indagué para mi libro Sociedad y Minería en la jurisdicción de Mariquita. Reales de minas de Las Lajas y Santa Ana: 1543-1651 (Ibagué: 2006) está claro que en la segunda mitad del siglo XVI ya había esclavos africanos en las minas de plata de Mariquita. Tampoco podemos olvidar que ya los usaban como bogas en el río Magdalena y uno que otro como sirvientes en las casas de los encomenderos españoles. Fueron ellos quienes navegando por el río Magdalena trajeron consigo las semillas del macondo y las esparcieron por los alrededores de Honda y Mariquita.

Seguramente la sobreexplotación y la tala discriminada acabaron con los sembradíos de macondo quedando algunos, por fortuna,  en la serranía de Lumbí.

Mono araguato
Entretanto, el macondo le había sido esquivo al autodidacta Velásquez. En el año 2010 recorriendo la serranía Lumbí en el sitio de Garabatos, por los lados de la quebrada Padilla, tropezaría con otro macondo. De nuevo los monos araguatos balanceándose en los frondosos brazos de la ceiba. Un gavilán con sus alas desplegadas le echaba el ojo a un araguato de pocos días de nacido. El autodidacta oteando el suelo, vio, además de semillas muertas, un arbolito macondo que se erguía en solitario. Tenía aproximadamente 15 cms de alto. Al pensar que podía trasplantarlo en la plaza principal de Mariquita sacó su peinilla, lo bloqueó, y lo trajo con el mayor sigilo hasta el solar de su casa. Lo cuidó hasta donde más pudo. Un verano intenso, de esos que está comenzando a padecer la humanidad por el cambio climático, mató al arbolito.

Hace pocos meses el autodidacta Velásquez haciendo memoria recordó a los macondos. Se preguntó qué sería de ellos. Preocupado por los macondos le pidió a sus amigos Gonzalo Téllez y Álvaro Herrera que fueran a la serranía de Lumbí y les tomaran fotos. Como si fuera un mandato marcharon hacia el sitio de Garabatos. Al regresar le informaron que haciendo una correría por los caños y riachuelos habían avistado otros dos macondos de buena altura y llenos de vida. Se gastaron tres horas en ir y volver.

Hasta la luz de hoy día han sido avistados cuatro macondos. Es posible que existan más. Si los hay parece que su futuro es incierto. La noticia mala que trajeron sus amigos generó congoja. Encontraron los trazos y las estacas clavadas de lo que será la nueva variante Honda-Ibagué. Puede ser mortal pues al bordear la nueva carretera la serranía de Lumbí ríos como el Padilla, al igual que caños y riachuelos, fauna y flora, serían en pocos años solo recuerdos.

El tigrillo, el venado, la cascabel y la talla equis, al igual que el gavilán ya no tendría que echarle el ojo a las crías de araguatos puesto que también desaparecían. En fin, el futuro de la serranía no es nada halagador. 

martes, abril 04, 2017

Abarco de río: corpulento y majestuoso

La flora que no vio el sabio Mutis: Cariniana pyriformis

Armando Moreno Sandoval

El Cariniana pyriformis de la familia de la Lecythidaceae  es un árbol corpulento, tiene tallo y altura. Es conocido como abarco de río y tiene su hábitat en centro américa y en el norte de Colombia.

Según los botánicos y naturalistas es un árbol que hace parte del Bosque Tropical Húmedo y tiene la particularidad que para sobrevivir necesita que sus raíces encuentren suelos húmedos. Esta es la explicación del por qué lo vemos rondando las cuencas de los ríos.

Es un árbol que necesita una temperatura entre 21 °C y 35 °C, una precipitación anual entre 2000 y 5000 mm, y una altitud entre 80 y 1600 metros sobre el nivel del mar. En Colombia además de la costa caribe se halla en el Casanare, el Orinoco y en algunos parajes del valle del río Magdalena.

Abarco de río
Es un árbol que alcanza una altura aproximada de 45 metros y un diámetro que a veces supera los 100 cms. Pero esta majestuosidad contrasta con otras particularidades del árbol que lo hacen, hoy en día, muy vulnerable. Para empezar su nacimiento no es como el de otros árboles. Pues para nacer, además de suelo húmedo, necesita buena luz y buen espacio, sin estas condiciones su semilla no brotará.

En un ambiente natural y por ser un árbol corpulento que requiere espacio, la naturaleza en su proceso evolutivo y selectivo ha decidido que no todas las semillas han de nacer. Como es un árbol que no forma colonias, pues se le ve solitario y aislado, se deduce que de todas las semillas que se esparcen solo podrá reproducirse una y solo una. Amén de que una vaca, un chivo, un burro o cualquier bestia humana devoren la plantita tierna y acabe con el ciclo de reproducción de la especie.

A lo anterior hay que añadírsele que su crecimiento es lento lo que lo hace que sea un candidato a morir prematuramente.

Aunque el sabio José Celestino Mutis al recorrer los bosques, ríos y valles que bordeaban los pequeños caseríos de Mariquita y Honda llegó a la conclusión —y lo dejó registrado en su diario de campo— que lo que veían sus ojos eran “bosques de galería”, es muy raro que con esta afirmación no haya visto el abarco de río.

Por qué este majestuoso árbol pasó desapercibido incluso para los ojos del botánico y naturalista Alexander Humboldt a su paso a finales de 1801 por Mariquita hacia las minas de Santa Ana?  

Para avistarlo tocó esperar hasta el año 2007. Sucedió que el naturalista y botánico Orlando Velásquez, haciendo un recorrido por el bosque de Mariquita, tratando de localizar a los mineros que horadaban las vegas de la quebrada El Peñón tuvo la dicha de tropezarse con el frondoso abarco de río.

Cómo es posible que tantos años recorriendo el bosque el abarco de río le haya sido esquivo a sus ojos, se preguntaba el botánico y naturalista Orlando Velásquez. Al tocar su fuste, y al observarlo detenidamente, una catarata de ideas le pasó por su mente. Preguntas iban y venían. Se preguntaba cómo era posible que el abarco de río hubiese sobrevivido a la tala sin control.

Aunque podría pensarse que su sobrevivencia pudiera haber obedecido a un plan de reforestación y tala para aprovechar su madera, la hipótesis en sí es muy débil. La cuestión es que el ejemplar que está en el bosque de Mariquita es el único que existe en todo el norte del Tolima. Desechada la hipótesis, la congoja le llegó a su existencia. Por las mejillas se le resbalaron unas cuantas gotas de lágrimas.

Abarco de río
Recostado sobre un barranco y lanzando volutas de humo pensó que, seguramente, si el sabio Mutis no lo vio, la explicación podría estar de que en la época que gobernaban los españoles, conocida como la Colonia, estos habían llevado una explotación desmesurada arrasando con la especie cuya madera había quedado incrustada en las columnas, puertas, ventanas y vigas de las casas, en los ataúdes de ricos y pobres, en los baúles, en las galerías de las minas de plata, en los carromatos de los esclavos, en las culatas de las escopetas, en los cabos de los cuchillos, en los pilones para macerar las espigas de arroz, en los trapiches de caña de azúcar, etc., etc., o, por qué no en las cocinas de cualesquier blanco, negro, mulato, mestizo o indígena.

Con las lágrimas bordeando las comisuras de los labios calculó que podría tener unos 30 metros de altura. Al pensar en la edad del árbol recordó los manuales de dendrología. Con su copa aparasolada y sus ramas extendidas como si fuera una ceiba lo observó con detenimiento y dedujo que podría tener 150 cms de abarcadura. Lo que lo llevó a pensar que si los árboles maderables aumenta de grosor 5 milímetros por año, o sea, 0.5 cms, el abarco de río del bosque de Mariquita perfectamente podría tener 300 años. Lo que lo llevo a deducir que para la época del sabio Mutis era un arbolito demasiado joven y que quizás esa fuese la razón del por qué el sabio no lo vio.

Si bien el abarco de río es una especie nativa que, como se dijo antes, es de la zona tórrida, la calidad de su madera lo ha llevado a que esté en vía de extinción. Aunque su madera tiene diversas utilidades, como, por ejemplo, hacer tacones para los zapatos, en Colombia sus hojas sirven como forraje para alimentar el ganado estabulado.

Sorprende que los habitantes de Mariquita desconozcan que en el bosque de Mariquita existe un único ejemplar que, por cosas del destino, aún sigue con vida. No obstante su futuro es incierto.

Un individuo llamado Juan Carlos Acero, y que los mariquiteños lo hicieron alcalde, tuvo la “sabiduría” con la venía de Cortolima de  canalizar la quebrada El Peñón con cemento y que al volver añicos las peñas que bordeaban los meandros esta se secó. Hoy en día la quebrada es un cadáver putrefacto que, por culpa del exalcalde, alteró  el ecosistema del bosque.

Las consecuencias de esta alcaldada han sido catastróficas. El bosque ya no es el mismo, está moribundo. La fauna silvestre al igual que la naturaleza vegetal ha venido desapareciendo poco a poco. Es un futuro negro, el mismo que le espera al abarco de río.

Eso sin contar con el migrante necesitado de techo que ha visto en el bosque un refugio dando paso a solares y casas. 

miércoles, marzo 15, 2017

SOS por la naturaleza en Mariquita

Armando Moreno Sandoval

Parecería que a las generaciones actuales les fastidie el futuro del planeta tierra. Los científicos del mundo entero han llegado a la conclusión que, si no se toman medidas para mitigar el efecto de invernadero cuyo único responsable es el ser humano, el futuro de la tierra es incierto.

Es cierto que la naturaleza humana es tanática, es decir, una especie que sobrevive aniquilando no solo al otro, sino su propia nicho donde vive. Ninguna especie sobre la tierra ha sido más dañina que la especie humana. Los estudiosos de la especie humana han llegado a la conclusión que desde que la rama homo sapiens se instaló como la especie dominante sobre la tierra no ha dejado de destruir su hábitat.

Antropólogos culturales como Clifford Geertz que se han dedicado a estudiar la cultura han llegado a la conclusión que para que el ser humano haya cometido la salvajada de aniquilar el otro y destruir la naturaleza, obedece al hecho de que el ser humano dejó de ser naturaleza para convertirse en creador de cultura (entiéndase ciencia y tecnología). Macrohistoriadores como el judío Yuval Noah Harari va mucho más allá. El considera que el ser humano moderno no solo ha matado a Dios, sino que él mismo se ha convertido en Dios. Pues siendo Dios, invoca a Dios como una estratagema para aniquilar todo lo que se le atraviesa por delante.

La insensatez ha llevado a ciertos bárbaros a limpiarse el trasero con los estudios científicos sobre el cambio climático. O si no que le pregunten a Donald Trump y a su equipo de locos en Estados Unidos.

Por fortuna ya el mundo no depende de un país como sucedía hace años, ahora el poder se ha repartido por el mundo. Por tanto, el Mr. Trump no podrá imponer su agenda a su antojo. Los países del mundo, incluyendo Colombia, han afirmado que lo se firmó en París sobre el cambio climático no tiene vuelta atrás. El consenso mayoritario es que hay que salvar al planeta Tierra.

Si el grueso de las potencias industriales han de luchar por salvaguardar lo que hay de naturaleza sobre la tierra, debemos comenzar a mirar qué está pasando en nuestros entornos micros (los pueblos, las veredas, los ríos, las calles, los bosques, etc.)

Quien lea la obra de Medardo Rivas —“Los trabajadores de tierra caliente”— escrita a mediados del siglo XIX, podrán comprender que es poco lo queda del hermoso Bosque Tropical Seco a lo largo del Valle del Magdalena porque ha sido paulatinamente aniquilado a punta de machete y hacha. Destrucción del Bosque que arrancó desde el siglo XIX y que se acentuó en el siglo XX y que sigue en el XXI con el buldócer y la motosierra.  Para comprender lo dicho solo basta mirar las fotografías aéreas para cerciorarnos cómo lo verde poco a poco ha ido desapareciendo por culpa de los habitantes de los pueblos que arrasan con lo poco que queda de naturaleza.

Mariquita en los años 70 del siglo XX
 A diferencia de Honda, La Dorada, Armero-Guayabal o Lérida que sí cuidan sus árboles, hay un pueblo en el norte del Tolima donde sus habitantes se han ensañado con la flora y fauna de sus calles y solares de las casas, ese es Mariquita. Las fotografías aéreas que fueron tomadas hacen más de cuarenta años dan prueba de que Mariquita era un bosque. De la inmensidad de árboles que estaban en los solares de las casas y en sus calles no queda ni el recuerdo.

Mariquita en el siglo XXI
Otra fuente son los escritos que dejaron los viajeros sobre Mariquita. En esos relatos se lee que lo único que se veía era la torre de la iglesia. Los demás eran las copas de los árboles. Ese pasado paradisiaco se perdió. Lo que existe es una comunidad ignorante y salvaje que arrasa a punta de machete y hacha los pocos árboles que quedan. A cambio de ello los reemplazan por plastas de cemento o caedizos para afear los frentes de las casas.

Mariquita hoy en día es un infierno. El calor es sofocante tanto así que quema la piel, lo que explica que la gente cada vez tenga más cáncer. La gente se queja del calor infernal pero se niega a convivir con un árbol que da belleza, sombra, frescura, mitiga el dióxido de carbono y nos proporciona oxígeno. Pero lo más aberrante y chocante es que las autoridades municipales (alcalde, concejales, los encargados del medio ambiente) se hacen los de la vista gorda ante el atroz ecocidio.

Igualmente está pasando en las veredas y en los alrededores del pueblo. En las veredas hay quienes cuentan que las cañadas y cuencas hidrográficas se están muriendo. El campesino arrasa sin importarle que mañana va a necesitar del agua. Ni hablar de los bosques que también los están arrasando.

El campesino como el habitante urbano son destructores de la naturaleza. Un ejemplo, de los muchos
Árbol macheteado y espacio urbano visual contaminado
que se dan todos los días, pasó hace poco en Mariquita. Un árbol frondoso a mitad de la calle 8 entre carreras 4 y 5 fue macheteado sin consentimiento y sin que la autoridad ambiental dijera mu. El motivo es sencillo de explicar. El árbol tuvo que pagar por el robo de una casa vecina. Pero lo que molesta fue que en vez de derribar el caedizo y el alero de cemento que afea el espacio urbano prefirieron ensañarse con el árbol.

Quien ordenó destruir el árbol está convencido que con esa acción se van a acabar los robos. Es como el cuento aquel del marido cornudo, que habiendo sorprendido a su mujer con el amante en la sala para acabar con la infidelidad decide vender el sofá. 

En Mariquita quienes velaban por lo ambiental ya no tienen fuerzas para gritar basta! Así los jóvenes y los adolescentes tengan una conciencia ambiental, no obstante, preocupa que la generación vieja, la que tiene más de 30 años, se niegue a convivir con la naturaleza. Es posible que tengan una actitud egoísta  por la vida, tal vez han comprendido que la existencia humana  al ser corta, 75 años de promedio de vida, si la comparamos con una tortuga marina que puede vivir más de 250 años, hayan optado por destruir naturaleza sin importarles qué le pueden dejar a las generaciones venideras.

Ojala que el encargado del medio ambiente haga algo por esa Mariquita que le agradaba a quien la visitaba: sus calles anchas y arborizadas por doquier. 

viernes, diciembre 16, 2016

Orquídea con género y sin clasificar: Coryanthes sp.

La flora que no vio el sabio Mutis

Armando Moreno Sandoval

El diciembre del año 2013 fue un mes tejido por días de lluvia y de sol. “La víspera de año viejo”, de Guillermo Buitrago le recordó al botánico autodidacta Orlando Velásquez que el año estaba próximo a expirar. Al cortar las hojas de plátano para los tamales de fin de año le sobrevino a la mente la epífita que había bajado de la copa de un árbol anclado en las vegas del río Ríosucio. Un zumbido le hizo afinar la vista, pero, tal fue la sorpresa al ver que la planta, además de florecida, revoleteaban a su alrededor un enjambre de abejitas. Se percató que no solo estaba la abejita “angelita”, la misma que la sabiduría popular le atribuye poderes para sanar las cataratas de la vista, sino que junto a ella había otro huésped, poco común y conocida, la abeja verde.

La observación detenida de las flores lo llevo a concluir que sus pétalos al estar soldados forman entre sí una copa que ha de servir de recipiente al néctar que produce la planta. Pero el asombro fue mucho mayor al ver que las mismísimas abejas, como si estuvieran ejecutando una danza alrededor de la flor, y como si estuvieran embriagadas, terminaban cayendo extenuadas y atrapadas en el néctar de la flor.

Abeja verde
Casi sin fuerzas por el revoletear constante, en el pozo de néctar, la abejita “angelita” trata de salir de la trampa mortuoria tendida por la flor. Aunque batalla sin cesar, sus fuerzas van aminorándosele hasta quedar inmóvil. Ahogada en el pozo de néctar el zigzaguear de las demás congéneres ha de continuar sin cesar frente a la antesala de la muerte.

Otro tanto hace la abeja verde, pero esta vez es el triunfo de la vida sobre la muerte. Aunque tiene la peculiaridad de no tener colmena, vive revoleteando en grupo de a tres, con la particularidad que para reproducirse tiene el don de poner sus huevos en el envés de las hojas de cualesquier árbol. Ese modo de vida tan sui generis que la hace tan distinta a las demás abejas tiene un precio que la naturaleza la ha de recompensar: polinizar la flor. Pues si no se arrastra por los conductos de la flor, y con el esfuerzo que hace por salvarse de la muerte, es imposible que la flor reinicie su ciclo de vida.

Este drama que nos brinda la misma naturaleza y que, ni el mismísimo dramaturgo inglés William Shakespeare se lo hubiera imaginado, tiene lugar cada vez que la orquídea florece.

Pero otro drama es la historia del hallazgo de la misma orquídea en sí.

A finales de agosto del año 2013 los rayos del sol se filtraban por el techo de la habitación del autodidacta Velásquez. Aun haciendo pereza recordó que tenía una cita pendiente con algunos de sus amigos: ir de pesca al cañón del río Riosucio en busca de la mojarra negra o azul.

A 700 metros sobre el nivel del mar y a la altura de la vereda Puerto Negro, en el municipio de Mariquita, mirando hacia las copas de los arboles pudo observar que una epífita se columpiaba al vaivén de la briza tenue de la mañana. Por su taxonomía no dudo en afirmar que se trataba de una orquídea. Molesto porque sin su flor no se podía determinar su especie se aventuró a pensar que se trataba de la orquídea Góngora, descrita  por el sabio Mutis hace más de dos siglos en honor a su amigo el arzobispo virrey Caballero y Góngora.

Coryanthes sp
La espera paciente durante varios meses para que la planta brotara sus primeras flores terminaría sacándolo de la equivocación. La planta que había traído con demasiado sigilo y cuidado nada tenía que ver con la orquídea Góngora.

“Si no es una Góngora entonces qué es” se preguntó el autodidacta Velásquez. Su intenso color amarillo como los mismísimos rayos del sol le hizo rebobinar los conocimientos adquiridos en el pasado. Al recordarse que entre sus libros había uno que lo podía sacar de su ignorancia voló hacia su biblioteca y tomó entre sus manos el libro del fotógrafo y naturalista Tomás Estévez Bianchini.

Aplicando el método comparativo pudo concluir que la orquídea que tenía en el solar era del género Coryanthes. La duda era su especie. Tenía al frente una flor que nunca antes sus ojos había visto, ni leyendo el diario de campo del sabio Mutis o los textos de botánicos relacionados con orquídeas.

La duda de que podría tratarse de una especie nueva lo llevó a contactarse con su amiga la profesora Marisol Amaya de la Universidad Nacional de Colombia. No solo envío fotos, sino la flor misma. Se está a la espera de que los expertos en el mundo digan si en verdad se trata de una especie que aún no está registrada.

Coryanthes sp
La orquídea del río Ríosucio, y una de las razones del por qué tiene contentos a los expertos en orquídea, es su hábitat. Veamos el por qué. Según algunos autores de las treinta y tres mil especies que están esparcidas por los continentes que tienen costa con el océano pacifico, Colombia cuenta con algo más de once mil especies. Lo curioso del dato es que de toda esa cantidad de especies, Coryanthes en el mundo, y que están esparcidas a lo largo y ancho del océano pacífico, solo hay registradas cincuenta y tres especies.

El territorio colombiano solo alberga dos Coryanthes: la mastersiana y la macrantha; y la que halló el autodidacta Velásquez. Mientras tanto los estudiosos se preguntan el cómo de la travesía de esta semilla en forma de pelusa que surcando las cordilleras occidental y central se asentó en la parte alta del cañón del río Ríosucio en Mariquita (Tolima) y en un país llamado Colombia.

Aunque algunos han dicho que han encontrado Coryanthes en el Magdalena Medio, la verdad es que hasta ahora nadie ha dicho estas son.

Lo cierto es que algunos científicos colombianos, han dicho, que si se trata de una nueva especie no hay duda que debería llamarse Coryanthes velasquezia, como premio al esfuerzo y al conocimiento botánico que posee el autodidacta Velásquez.

miércoles, noviembre 02, 2016

Palo de cruz para engalanar los pueblos de tierra caliente

La flora que no vio el sabio Mutis: Brownea leucanta

Armando Moreno Sandoval

Brownea leucantha
Hasta hace unos pocos años la Brownea leucantha era una especie esquiva a los ojos de los botánicos. No así para la cultura popular que la conoce con el mote de rosa de monte blanca o la flor de palo de cruz. O para el herbolario que atribuyéndole propiedades medicinales considera el zumo de su flor para regular la menstruación. Ni que decir del  campesino que por ser árbol de madera fina de sus ramas sacaba las angarillas para colgárselas al burro o las horquetas para bajar mangas, mameyes o cualesquier otro fruto de tierra caliente.

Lo interesante con la Brownea leucantha es, que, quien relea el diario de campo de Mutis, podría preguntarse cómo es posible que la hermosa flor de este árbol, blanca como un copo de nieve, al sabio y a sus discípulos se le haya pasado por alto.

Hay quienes suponen que, seguramente, las montañas, las vegas de los ríos, las llanuras o los bosques — para los tiempos de Mutis— estaban plagadas de animales peligrosos que hacían imposible su hallazgo. O, simplemente, sí Mutis no tuvo ojos para con la bella flor cuyos pistilos se levantan erguidos sobre sus pétalos fue porque simplemente no existió en los alrededores de Mariquita.

Nikolaus Jacquin
Si la flor le fue esquiva a Mutis, otra sería la suerte del médico, botánico y biólogo  Nikolaus Joseph von Jacquin (Leiden, 1727-Viena, 1817), quien visitó a finales de 1758 y 1759 las regiones costeras de Colombia, pero, sobre todo la de Venezuela pues había desembarcado en esas tierras con el propósito de estudiar su flora. Su búsqueda por encontrar lo nuevo no sería en vano.

Se sabe que además de las colecciones de plantas y animales que  había  enviado a Viena durante su estadía, al regresar a finales de 1759 no solo había llevado consigo animales, semillas y minerales, sino una gran  colección de animales y plantas vivas. Y como lo deja entrever en sus escritos, regresaba también con la dicha inmensa de haber bautizado una nueva flora que llamó Brownea en honor al científico inglés Patrick Brown. Clasificó veinte variedades de Brownea, entre ellas la leucantha; conocidísima hoy día en el  Estado de Miranda en Venezuela por ser su flor emblemática.

Aunque pudiéramos pensar que la Brownea es patrimonio de los venezolanos, ello no es así. Los botánicos colombianos afirman que en el territorio de Colombia existen hasta la luz de hoy  diez variedades de Brownea, El sabio Mutis quien llegó en junio de 1783 a Mariquita para ponerse al frente de la Expedición Botánica, en su correría por el territorio de la Provincia de Mariquita, quedó perplejo al observar la basta y diversa flora del Nuevo Reino de Granada. Es posible que no haya tenido el tiempo, ni tampoco la imaginación para clasificar toda la flora exótica que se le presentaba ante sus ojos.

Brownea leucantha
Una mañana en medio de un fuerte aguacero con truenos y relámpagos, y ante la imposibilidad de salir en la búsqueda de nuevas especies, el sabio Mutis prefirió auscultar la correspondencia recién llegada de Europa, sobre todo, los aportes que habían hecho o hacían los naturalistas y taxonomistas como Carles Linneo. Auscultando la correspondencia en su pequeño estudio, y al amparo de la tenue luz que arrogaba una vela de cebo, pudo auscultar y ojear el estudio taxonómico que había hecho Jacquin en Venezuela. Observando detenidamente los acuarelas y las descripciones pudo recordar que dos de la Brownea que se hallaban en el catálogo las había visto con sus propios ojos esparcidas por los llanos de la Provincia de Mariquita: eran  la Brownea ariza y la Brownea grandiseps.

Pero de la Brownea leucantha nadie daba razón.

Brownea leucantha
En la mañana del martes del 19 de abril de 2011 a la casa del botánico autodidacta Orlando Velásquez llegó el profesor Manuel Bernal de la Universidad del Tolima. Llegaba con estudiantes  que hacían parte de su grupo de investigación en anfibios. Quería que el autodidacta Velásquez lo acompañara como auxiliar de campo. Tenían como meta ir a recorrer las vegas de la quebrada Padilla en los alrededores del municipio de Honda. Querían buscar ranas, sapos.

La noche del martes estaba bastante relampagueante  y presagiaba una posible lluvia.

Brownea leucantha
Haciéndoles el quite a las culebras recorrieron no solo los meandros de la quebrada Padilla, sino también los pequeños caños que aun desembocan en ella. Con la compañía del canto de un currucucú que desde la copa de un árbol miraba con sabiduría lo que acontecía bajo sus garras, pudieron observar en medio del croar de los anfibios cómo una culebra talla equis engullía un sapo. Otra culebra, la cascabel, se deslizaba por entre las hojas y ramas que se descomponían entre los árboles. Un gato de monte le seguía el rastro.

El autodidacta Velásquez, experto también en ofidios, con machete en mano y con su caperuza a la 
Brownea leucantha
altura del ombligo abría camino por entre la arboleda rodeada de maleza. Caminaba cuidadosamente al frente del grupo. De nuevo el currucucú. Al girar la cabeza en busca del origen de su canto sus ojos  tropezaron con algo blanco que sobresalía dentro del follaje obscuro. Caminó sigiloso. Al llegar al frente y al alzar de nuevo la caperuza a la altura de la cabeza, pensó que se trataba de una variedad de flor parecida a la rosa de monte blanca.

La  mirada lela, y la observación a profundidad de la flor por parte del autodidacta Velásquez, lo llevó a la conclusión de que se trataba  de la Brownea leucantha. Los gritos de alegría en medio de la obscuridad despertaron a los animales diurnos. “No era para menos”, dice el botánico y naturalista Velásquez. Pues era el hallazgo de la leucantha y que el mismísimo sabio Mutis en su estadía en Mariquita no había podido ver. Hubo que esperar 252 años para que por fin alguien dijera yo la vi.

Si el sabio Mutis no la vio, valga preguntarnos cómo llegó a Colombia. Varias son las hipótesis. Es posible que la presencia de la leucantha obedezca a la deforestación a que ha sido sometida la cordillera oriental y que los vientos hayan esparcido sus semillas al interior del territorio colombiano, o, que, andariegos hayan trasteado con el árbol o sus frutos para contemplar su flor.

Brownea leucantha
Si bien el científico Jacquin la había registrado en el siglo XVIII, en Colombia es posible que no lo esté. El registro es algo así como la cédula que deben tener las plantas. Pues sin el es difícil saber sobre la historia científica de la planta, o, en el peor de los casos saber si fue o está siendo aniquilada por la mano arrasadora del ser humano.

Aunque algunas variedades de Brownea, como la churima y la guama,  se niegan a desaparecer de las ventas callejeras y los supermercados, ojalá que algún día como un homenaje a la historia de la botánica en América su flor engalane las calles de los municipios de tierra caliente del valle del Magdalena. 

viernes, octubre 21, 2016

Honda: La Subienda del Magdalena.



La Subienda del Magdalena (1972) 16 mm. Directores: Alvaro Cepeda Samudio (escritor) y Luis Ernesto Arocha (fotografo).

Un recorrido por el río Magdalena, desde su desembocadura hasta cuando su caudal se vuelve angosto.

En medio de congolos y atarrayas, recrea con nostalgia lo que fue la llegada de la Subienda al Salto de Honda, un pasado que las generaciones actual aun recuerdan y que seguramente las generaciones venideras no entenderán el significado de Subienda.