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viernes, diciembre 16, 2016

Orquídea con género y sin clasificar: Coryanthes sp.

La flora que no vio el sabio Mutis

Armando Moreno Sandoval

El diciembre del año 2013 fue un mes tejido por días de lluvia y de sol. “La víspera de año viejo”, de Guillermo Buitrago le recordó al botánico autodidacta Orlando Velásquez que el año estaba próximo a expirar. Al cortar las hojas de plátano para los tamales de fin de año le sobrevino a la mente la epífita que había bajado de la copa de un árbol anclado en las vegas del río Ríosucio. Un zumbido le hizo afinar la vista, pero, tal fue la sorpresa al ver que la planta, además de florecida, revoleteaban a su alrededor un enjambre de abejitas. Se percató que no solo estaba la abejita “angelita”, la misma que la sabiduría popular le atribuye poderes para sanar las cataratas de la vista, sino que junto a ella había otro huésped, poco común y conocida, la abeja verde.

La observación detenida de las flores lo llevo a concluir que sus pétalos al estar soldados forman entre sí una copa que ha de servir de recipiente al néctar que produce la planta. Pero el asombro fue mucho mayor al ver que las mismísimas abejas, como si estuvieran ejecutando una danza alrededor de la flor, y como si estuvieran embriagadas, terminaban cayendo extenuadas y atrapadas en el néctar de la flor.

Abeja verde
Casi sin fuerzas por el revoletear constante, en el pozo de néctar, la abejita “angelita” trata de salir de la trampa mortuoria tendida por la flor. Aunque batalla sin cesar, sus fuerzas van aminorándosele hasta quedar inmóvil. Ahogada en el pozo de néctar el zigzaguear de las demás congéneres ha de continuar sin cesar frente a la antesala de la muerte.

Otro tanto hace la abeja verde, pero esta vez es el triunfo de la vida sobre la muerte. Aunque tiene la peculiaridad de no tener colmena, vive revoleteando en grupo de a tres, con la particularidad que para reproducirse tiene el don de poner sus huevos en el envés de las hojas de cualesquier árbol. Ese modo de vida tan sui generis que la hace tan distinta a las demás abejas tiene un precio que la naturaleza la ha de recompensar: polinizar la flor. Pues si no se arrastra por los conductos de la flor, y con el esfuerzo que hace por salvarse de la muerte, es imposible que la flor reinicie su ciclo de vida.

Este drama que nos brinda la misma naturaleza y que, ni el mismísimo dramaturgo inglés William Shakespeare se lo hubiera imaginado, tiene lugar cada vez que la orquídea florece.

Pero otro drama es la historia del hallazgo de la misma orquídea en sí.

A finales de agosto del año 2013 los rayos del sol se filtraban por el techo de la habitación del autodidacta Velásquez. Aun haciendo pereza recordó que tenía una cita pendiente con algunos de sus amigos: ir de pesca al cañón del río Riosucio en busca de la mojarra negra o azul.

A 700 metros sobre el nivel del mar y a la altura de la vereda Puerto Negro, en el municipio de Mariquita, mirando hacia las copas de los arboles pudo observar que una epífita se columpiaba al vaivén de la briza tenue de la mañana. Por su taxonomía no dudo en afirmar que se trataba de una orquídea. Molesto porque sin su flor no se podía determinar su especie se aventuró a pensar que se trataba de la orquídea Góngora, descrita  por el sabio Mutis hace más de dos siglos en honor a su amigo el arzobispo virrey Caballero y Góngora.

Coryanthes sp
La espera paciente durante varios meses para que la planta brotara sus primeras flores terminaría sacándolo de la equivocación. La planta que había traído con demasiado sigilo y cuidado nada tenía que ver con la orquídea Góngora.

“Si no es una Góngora entonces qué es” se preguntó el autodidacta Velásquez. Su intenso color amarillo como los mismísimos rayos del sol le hizo rebobinar los conocimientos adquiridos en el pasado. Al recordarse que entre sus libros había uno que lo podía sacar de su ignorancia voló hacia su biblioteca y tomó entre sus manos el libro del fotógrafo y naturalista Tomás Estévez Bianchini.

Aplicando el método comparativo pudo concluir que la orquídea que tenía en el solar era del género Coryanthes. La duda era su especie. Tenía al frente una flor que nunca antes sus ojos había visto, ni leyendo el diario de campo del sabio Mutis o los textos de botánicos relacionados con orquídeas.

La duda de que podría tratarse de una especie nueva lo llevó a contactarse con su amiga la profesora Marisol Amaya de la Universidad Nacional de Colombia. No solo envío fotos, sino la flor misma. Se está a la espera de que los expertos en el mundo digan si en verdad se trata de una especie que aún no está registrada.

Coryanthes sp
La orquídea del río Ríosucio, y una de las razones del por qué tiene contentos a los expertos en orquídea, es su hábitat. Veamos el por qué. Según algunos autores de las treinta y tres mil especies que están esparcidas por los continentes que tienen costa con el océano pacifico, Colombia cuenta con algo más de once mil especies. Lo curioso del dato es que de toda esa cantidad de especies, Coryanthes en el mundo, y que están esparcidas a lo largo y ancho del océano pacífico, solo hay registradas cincuenta y tres especies.

El territorio colombiano solo alberga dos Coryanthes: la mastersiana y la macrantha; y la que halló el autodidacta Velásquez. Mientras tanto los estudiosos se preguntan el cómo de la travesía de esta semilla en forma de pelusa que surcando las cordilleras occidental y central se asentó en la parte alta del cañón del río Ríosucio en Mariquita (Tolima) y en un país llamado Colombia.

Aunque algunos han dicho que han encontrado Coryanthes en el Magdalena Medio, la verdad es que hasta ahora nadie ha dicho estas son.

Lo cierto es que algunos científicos colombianos, han dicho, que si se trata de una nueva especie no hay duda que debería llamarse Coryanthes velasquezia, como premio al esfuerzo y al conocimiento botánico que posee el autodidacta Velásquez.

miércoles, noviembre 02, 2016

Palo de cruz para engalanar los pueblos de tierra caliente

La flora que no vio el sabio Mutis: Brownea leucanta

Armando Moreno Sandoval

Brownea leucantha
Hasta hace unos pocos años la Brownea leucantha era una especie esquiva a los ojos de los botánicos. No así para la cultura popular que la conoce con el mote de rosa de monte blanca o la flor de palo de cruz. O para el herbolario que atribuyéndole propiedades medicinales considera el zumo de su flor para regular la menstruación. Ni que decir del  campesino que por ser árbol de madera fina de sus ramas sacaba las angarillas para colgárselas al burro o las horquetas para bajar mangas, mameyes o cualesquier otro fruto de tierra caliente.

Lo interesante con la Brownea leucantha es, que, quien relea el diario de campo de Mutis, podría preguntarse cómo es posible que la hermosa flor de este árbol, blanca como un copo de nieve, al sabio y a sus discípulos se le haya pasado por alto.

Hay quienes suponen que, seguramente, las montañas, las vegas de los ríos, las llanuras o los bosques — para los tiempos de Mutis— estaban plagadas de animales peligrosos que hacían imposible su hallazgo. O, simplemente, sí Mutis no tuvo ojos para con la bella flor cuyos pistilos se levantan erguidos sobre sus pétalos fue porque simplemente no existió en los alrededores de Mariquita.

Nikolaus Jacquin
Si la flor le fue esquiva a Mutis, otra sería la suerte del médico, botánico y biólogo  Nikolaus Joseph von Jacquin (Leiden, 1727-Viena, 1817), quien visitó a finales de 1758 y 1759 las regiones costeras de Colombia, pero, sobre todo la de Venezuela pues había desembarcado en esas tierras con el propósito de estudiar su flora. Su búsqueda por encontrar lo nuevo no sería en vano.

Se sabe que además de las colecciones de plantas y animales que  había  enviado a Viena durante su estadía, al regresar a finales de 1759 no solo había llevado consigo animales, semillas y minerales, sino una gran  colección de animales y plantas vivas. Y como lo deja entrever en sus escritos, regresaba también con la dicha inmensa de haber bautizado una nueva flora que llamó Brownea en honor al científico inglés Patrick Brown. Clasificó veinte variedades de Brownea, entre ellas la leucantha; conocidísima hoy día en el  Estado de Miranda en Venezuela por ser su flor emblemática.

Aunque pudiéramos pensar que la Brownea es patrimonio de los venezolanos, ello no es así. Los botánicos colombianos afirman que en el territorio de Colombia existen hasta la luz de hoy  diez variedades de Brownea, El sabio Mutis quien llegó en junio de 1783 a Mariquita para ponerse al frente de la Expedición Botánica, en su correría por el territorio de la Provincia de Mariquita, quedó perplejo al observar la basta y diversa flora del Nuevo Reino de Granada. Es posible que no haya tenido el tiempo, ni tampoco la imaginación para clasificar toda la flora exótica que se le presentaba ante sus ojos.

Brownea leucantha
Una mañana en medio de un fuerte aguacero con truenos y relámpagos, y ante la imposibilidad de salir en la búsqueda de nuevas especies, el sabio Mutis prefirió auscultar la correspondencia recién llegada de Europa, sobre todo, los aportes que habían hecho o hacían los naturalistas y taxonomistas como Carles Linneo. Auscultando la correspondencia en su pequeño estudio, y al amparo de la tenue luz que arrogaba una vela de cebo, pudo auscultar y ojear el estudio taxonómico que había hecho Jacquin en Venezuela. Observando detenidamente los acuarelas y las descripciones pudo recordar que dos de la Brownea que se hallaban en el catálogo las había visto con sus propios ojos esparcidas por los llanos de la Provincia de Mariquita: eran  la Brownea ariza y la Brownea grandiseps.

Pero de la Brownea leucantha nadie daba razón.

Brownea leucantha
En la mañana del martes del 19 de abril de 2011 a la casa del botánico autodidacta Orlando Velásquez llegó el profesor Manuel Bernal de la Universidad del Tolima. Llegaba con estudiantes  que hacían parte de su grupo de investigación en anfibios. Quería que el autodidacta Velásquez lo acompañara como auxiliar de campo. Tenían como meta ir a recorrer las vegas de la quebrada Padilla en los alrededores del municipio de Honda. Querían buscar ranas, sapos.

La noche del martes estaba bastante relampagueante  y presagiaba una posible lluvia.

Brownea leucantha
Haciéndoles el quite a las culebras recorrieron no solo los meandros de la quebrada Padilla, sino también los pequeños caños que aun desembocan en ella. Con la compañía del canto de un currucucú que desde la copa de un árbol miraba con sabiduría lo que acontecía bajo sus garras, pudieron observar en medio del croar de los anfibios cómo una culebra talla equis engullía un sapo. Otra culebra, la cascabel, se deslizaba por entre las hojas y ramas que se descomponían entre los árboles. Un gato de monte le seguía el rastro.

El autodidacta Velásquez, experto también en ofidios, con machete en mano y con su caperuza a la 
Brownea leucantha
altura del ombligo abría camino por entre la arboleda rodeada de maleza. Caminaba cuidadosamente al frente del grupo. De nuevo el currucucú. Al girar la cabeza en busca del origen de su canto sus ojos  tropezaron con algo blanco que sobresalía dentro del follaje obscuro. Caminó sigiloso. Al llegar al frente y al alzar de nuevo la caperuza a la altura de la cabeza, pensó que se trataba de una variedad de flor parecida a la rosa de monte blanca.

La  mirada lela, y la observación a profundidad de la flor por parte del autodidacta Velásquez, lo llevó a la conclusión de que se trataba  de la Brownea leucantha. Los gritos de alegría en medio de la obscuridad despertaron a los animales diurnos. “No era para menos”, dice el botánico y naturalista Velásquez. Pues era el hallazgo de la leucantha y que el mismísimo sabio Mutis en su estadía en Mariquita no había podido ver. Hubo que esperar 252 años para que por fin alguien dijera yo la vi.

Si el sabio Mutis no la vio, valga preguntarnos cómo llegó a Colombia. Varias son las hipótesis. Es posible que la presencia de la leucantha obedezca a la deforestación a que ha sido sometida la cordillera oriental y que los vientos hayan esparcido sus semillas al interior del territorio colombiano, o, que, andariegos hayan trasteado con el árbol o sus frutos para contemplar su flor.

Brownea leucantha
Si bien el científico Jacquin la había registrado en el siglo XVIII, en Colombia es posible que no lo esté. El registro es algo así como la cédula que deben tener las plantas. Pues sin el es difícil saber sobre la historia científica de la planta, o, en el peor de los casos saber si fue o está siendo aniquilada por la mano arrasadora del ser humano.

Aunque algunas variedades de Brownea, como la churima y la guama,  se niegan a desaparecer de las ventas callejeras y los supermercados, ojalá que algún día como un homenaje a la historia de la botánica en América su flor engalane las calles de los municipios de tierra caliente del valle del Magdalena. 

viernes, octubre 21, 2016

Honda: La Subienda del Magdalena.



La Subienda del Magdalena (1972) 16 mm. Directores: Alvaro Cepeda Samudio (escritor) y Luis Ernesto Arocha (fotografo).

Un recorrido por el río Magdalena, desde su desembocadura hasta cuando su caudal se vuelve angosto.

En medio de congolos y atarrayas, recrea con nostalgia lo que fue la llegada de la Subienda al Salto de Honda, un pasado que las generaciones actual aun recuerdan y que seguramente las generaciones venideras no entenderán el significado de Subienda.

jueves, octubre 20, 2016

El zaperoco del postplebiscito

Armando Moreno Sandoval

La democracia como el lenguaje es caprichosa. Es normal escuchar verbalizar un sustantivo sin que ningún profesor de español corrija el horror. Igual está pasando en estos tiempos con la democracia. Pues los gobernantes en aras de fortalecerla someten al veredicto del pueblo asuntos que competen a expertos, académicos o especialistas.

Fue lo que aconteció con el plebiscito el pasado 2 de octubre. Un asunto que era del resorte de expertos, de juristas, de conocedores de la materia fue preguntado a la masa, a la galería, a la guacherna para que se pronunciara de algo que solo conoce de oídas, porque se lo han contado o porque le parece que eso es así.

Cierto es que a la sociedad las Farc no les gusta. Más de medio siglo de conflicto con el Estado, y con una sociedad de por medio que ha tenido que pagar los horrores de la guerra, tiene que dejar muchas secuelas y odios.

Aunque en el plebiscito no se estaba preguntado por el odio, sino de la posibilidad de que la sociedad por más de doscientos años de guerra por fin tuviera un poco de sosiego, de tranquilidad, la democracia optó por el camino equivocado.

Pero más allá de lo planteado hay algo que en Colombia no está funcionando y la pregunta es sí a la sociedad colombiana podría dársele el calificativo de moderna.

Aunque Colombia ha avanzado en el papel, en las leyes, el problema fue que quisimos volverla moderna a las malas y no a través de la educación. Tan así que, pese a que el Estado colombiano es laico, la religión sigue teniendo el monopolio de la educación de los colombianos. Esta manera de educar a la sociedad es lo que permite que su mentalidad siga anclada al siglo XIX. Una sociedad premoderna como la nuestra es un peligro pues sería presa de populismos tanto de derecha como de izquierda.

Fue lo que aconteció el pasado 2 de octubre con el plebiscito para refrendar el Acuerdo de La Habana. El analfabetismo político del pueblo permitió que los comentarios ligeros cruzados por mentiras y engaños de cualquier pastor de iglesia calaran más que los infinitos artículos de jurisconsultos, filósofos e intelectuales expertos en asuntos jurídicos.

Una sociedad que es incapaz de reconocer a sus interlocutores válidos, es una sociedad que está condenada a vivir en el ostracismo, en el oscurantismo de las ideas. Esta es la tragedia por la que está pasando actualmente la sociedad colombiana que, atrapada en un relativismo exagerado de ideas, está convencida que tiene la patente de corzo para expresarse de cualquier modo.

Si así se comporta el pueblo analfabeto, otro es el comportamiento de las elites cuando se sienten excluidas.

Si Colombia no ha conocido la paz seguramente es porque el grueso de su sociedad poco le ha importado. Visto de este modo la paz sería tema del país político y no del grueso de la sociedad, así esta sea llamada para que se exprese en las urnas como sucedió el pasado 2 de octubre.

El siglo XIX  fue un siglo de permanente guerras civiles que nunca conoció la paz. Al grueso de la sociedad nunca le importó el devenir del país. La paz la hacían las elites políticas y guerreristas,  y cuando una fracción de ella no estaba de acuerdo con lo pactado, se armaban de nuevo hasta los dientes para emprender una nueva guerra. Esta fue la tragedia que vivió el siglo XIX.

Podríamos decir que el siglo XX y lo que va del siglo XXI ha sido, y es, un remedo del siglo XIX. Lo pactado en La Habana fue un acuerdo entre elites. Las Farc, por un  lado, y el gobierno, por el otro.

No obstante, diversos sectores sociales que se sintieron excluidos, movieron a sus bases para que se pronunciaran en contra del plebiscito generando más que una opinión jurídica un hecho político. Es decir, el pasado 2 de octubre, el pueblo se expresó políticamente más no jurídicamente.

Ahora bien, si los efectos de este hecho político  son contrarios a la sapiencia jurídica es un deber del Estado someterlo a lo que dice la Constitución. La explicación es muy sencilla. No estamos en los tiempos de Rousseau y de la Revolución Francesa donde la voluntad del pueblo era absoluta. Hoy en día no todo lo que dice el pueblo es palabra de Dios.

Por fortuna la jurisprudencia internacional ha sometido a los Estados a cumplir  con ese ordenamiento jurídico. El Acuerdo de La Habana, dicho por eminentes juristas internacionales, tiene esa virtud. Por tanto lo acordado por el gobierno y las Farc no se puede entender como un desconocimiento de ese orden internacional, sino que está acorde con el.

Por tanto, el Estado y sus poderes que lo conforman —incluyendo esas elites excluidas— deberían acatar y refrendar lo pactado en La Habana. Sin embargo, el hecho político podría dar al lastre con el Acuerdo de La Habana y volver de nuevo al infierno de la guerra.

jueves, septiembre 08, 2016

Era mucho el miedo

Armando Moreno Sandoval

Armero en la narrativa literaria del siglo XXI

Alejada de toda etiqueta feminista, Gloria Inés Peláez, antropóloga y novelista manizalita, nos trae un cuadro poliédrico social del norte del Tolima a través de su segunda novela Era mucho el miedo.

Alejada también, como ella misma lo confiesa, de los mercados editoriales, pues escribe por el placer de escribir y de este modo alejar los fantasmas que lleva dentro, su narrativa ha ido imponiéndose poco a poco dentro de un público lector que cada día la valora más por su calidad literaria que, por los inciensos que se insuflan en las reseñas de libros a merced del mercado.

Es posible que algún despistado lector sin haber leído Era mucho el miedo tilde la novela de provinciana. No debemos olvidar que la tarea de quien se aprecie escritor, es el de crear y dar cuenta de simbolismos universales a partir de lo local.

Ese es el legado y la tarea que nos han dejado los grandes maestros de la literatura. Que sería del maestro de los maestros, el estadounidense William Faulkner sin su aldea Yoknapatawpha o el colombiano Gabriel García Márquez sin su Macondo, o, este otro maestro de maestros, el polaco nacionalizado inglés Joseph Conrad, un grande de la literatura, cuyos tramas y personajes transcurren en espacios cerrados pero, sobre todo, abiertos a la imaginación.

Era mucho el miedo es una novela conmovedora, bellamente escrita, pero, sobre todo, excesivamente actual. A través de Adelita, su personaje central, la escritora va desempolvando un cuadro social que, sin caer en la cursilería y el lloriqueo, nos trae a cuenta las violencias, los desasosiegos del alma humana, los fantasmas recurrentes del inconsciente como la que encarna su madre que, en una perenne evocación de su Armero amado, se niega a borrarlo de su memoria.

Este cuadro de la memoria representada en su madre que se niega a enterrar a Amero, contrasta con el tiempo antropológico de su hija y de su media hermana —la prostituta avalanchera salida de la Casa de la Muñecas—, que, asumiendo el desplazamiento como opción de vida y de sobrevivencia terminan recorriendo las calles del Barrio Santafé en Bogotá en medio de burdeles, transexuales, gays, putas de mala leche y ladrones.

Aunque el norte del Tolima después de la avalancha de Armero en 1985 ha dado origen a una narrativa que podríamos llamar “avalanchera” y oportunista, es, con esta novela, Era mucho el miedo, que, sin lugar a dudas, el norte del Tolima, adquiere una nueva factura narrativa.

En esta novela la escritora también nos recrea las relaciones de poder que genera una institución como la familia, la política premoderna como el gamonalato, el caciquismo y el favor, o, el poder de las relaciones sexuales dominantes y dominadas; y que decir de las familias disfuncionales como la que representa la misma progenie de Adelita y la de su padre rico y terrateniente mujeriego venido a menos.

Más allá de este cuadro social que aún persiste a caballo entre la modernidad y premodernidad está también la cultura popular. Es el caso del “Toro de Oro” que comandó la avalancha para arrasar con Armero pero, sobre todo, la lectura que nos hace del tiempo rural del norte tolimense con una mentalidad lenta y premoderna atada a las creencias populares, al folclor mágico y a los maleficios; y que contrasta con un tiempo veloz que genera la urbe como sinónimo de modernidad. De una ciudad que no se detiene, que cambia día a día, pero, que para sobrevivir, hay que empeñar el alma. Cuadro desgarrador y contradictorio que es el signo o la marca de millares de familias colombianas.

Es en este contraste premoderno y moderno donde el lector podrá encontrar con sabia maestría los ritmos sociales, temporales y espaciales en que siempre se encuentran atrapadas las sociedades.

En un país donde la narrativa de los hombres es más visibilizada que la de las mujeres, bien vale tener en cuenta y leer Era mucho el miedo. Pues, como dice la misma escritora, lo que hizo fue ficcionalizar los hechos que transcurren en el último cuarto del siglo XX y que arranca precisamente desde la avalancha que sepultó Armero en noviembre de 1985.

jueves, agosto 11, 2016

Mariquita: 25 siglos de Historia

Armando Moreno Sandoval (Compilador)

Introducción

Mariquita: 25 siglos de Historia es una monografía sui generis pues rompe con las maneras tradicionales de concebirlas. Lo más sencillo hubiese sido que, con la formación académica que poseo y con el oficio de investigador que he ejercido durante décadas, y con el acervo documental que existe sobre Mariquita, me sentara y la escribiera en unos cuantos meses. O que alguien la escribiera dando su propia versión sobre lo que ha sido Mariquita en la historia.

Pero con el paso de los años, y con los nuevos aportes teóricos en el campo de la filosofía y de la teoría histórica, me llevaron a dudar que lo más indicado no era hacer una monografía tradicional. Entonces la vieja idea que tenía en mente fue cambiada por una nueva. Pensé, entonces, que la historia de Mariquita no podía ser la versión de una sola persona, sino que esta debía construirse con la participación de todo aquel que había tenido alguna relación con Mariquita. Que debía darle participación a quienes la habían historiado.

Por eso el lector debe entender que lo que tiene es una selección documental que, a mi parecer, fueron los que más se ajustaron al propósito que tenía en mente: cual era el de hacer una monografía partiendo de lo que los antropólogos llaman los géneros de la memoria.

Esta es la explicación  del por qué el lector podrá encontrar... (continúa)




miércoles, junio 29, 2016

Milciades Garavito Wheeler: compositor prolífico

Armando Moreno Sandoval

Creador de la Rumba Criolla y autor de la Mariqutieña
Fresno (Tolima), julio 25 de 1901 - Bogotá, abril 23 de 1953

Ha llegado la hora que en el norte del Tolima, bien sea en el Fresno, Mariquita u Honda, erijan una estatua a uno de los más grandes compositores que ha dado Colombia y el Tolima: Milciades Garavito Wheeler.

Los datos biográficos sobre la familia Garavito es confusa. La mayoría de los escritos se reproducen sin aportar nada nuevo y, como si no bastara con lo anterior, también se contradicen.  Una corroboración a lo mencionado son los textos de Helio Fabio González Pacheco y la reseña  que se encuentra en el libro Músicos del Tolima Siglo XX editado por el escritor Carlos Orlando Pardo.

No obstante, de la familia de Milciades Garavito Wheeler se sabe que sus progenitores Milciades Garavito Sierra y doña Inés Wheeler vivieron en Fresno y Mariquita. En 1906 Garavito Sierra siendo personero en Mariquita es, junto con Carlos Arturo Hutchings —Superintendente de los trabajos del ferrocarril de La Dorada—, los gestores del actual ordenamiento urbano en Mariquita.

La otra familia Garavito Wheeler que vivió en Mariquita fueron Luis D. Garavito y su esposa Lila Wheeler, quienes en la década del 30 del siglo XX fundarían y dirigirían el Instituto Comercial ubicado en el barrio La Estación.

Milciades Garavito Wheeler
Milciades Garavito Wheeler nació en Fresno (Tolima) el 25 de julio de 1901. A los 19 años fue nombrado Director de La Banda de La Palma, (Cundinamarca). La agrupación más buscada, contratada y apetecida por la ejecución brillante de los aires más alegres de la época, como el bambuco y e1 pasillo.

En 1921 la familia Garavito, en cabeza de su padre,  se traslada a Honda con motivo de su nombramiento como Director de la Banda de esa municipalidad. En Honda conforman el Cuarteto de Los Garavito. Con el padre en el piano, Milciades en la flauta, Alfonso en el violín y Julio en el contrabajo al poco tiempo darían paso a la afamada, por ese entonces, Orquesta Garavito.

Milciades Garavito Wheeler fue un compositor prolífico. Con la Mariquiteña acuñó el ritmo  la Rumba Criolla quien fue su inventor. Estando la Rumba Criolla en su máximo esplendor, en 1934 se trasladan a Bogotá.

La Mariquiteña por un Acuerdo del concejo municipal de Mariquita —el 014 de 1997 de junio 16— le dieron estatus de himno.

Respecto al origen de la Mariquiteña cada quien quiere dar su versión generando alguna confusión. Aunque sus críticos musicales no señalan las fuentes de dónde provienen sus afirmaciones, existe, eso sí, la versión de Henry Patiño Pulido mucho más creíble que lo que dicen sus biógrafos de tinta y papel.

La Rumba Criolla la Mariquiteña tiene que ver con Demetrio Viana llamado algunas veces, a consecuencia de una inyección mal aplicada, “El Cojo” y en otras ocasiones “Chispa”, seguramente por su forma de ser y por tener una lengua versátil en apuntes y de buen humor. Tal fue la amistad de Demetrio con Milciades Garavito Wheeler  que en honor a ese afecto le compuso “Chispa”.

Los lectores se preguntaran a qué viene el nombre de Demetrio Viana. La
Facsímil de La Mariquiteña
historia es esta: “El Cojo” Viana le relató a Henry Patiño,  su amigo íntimo de tragos y parrandas que, por los años de 1964-1965, en una tarde de esas obscuras que se dan en Ibagué, tomando tinto en un café de los alrededores del parque Murillo Toro, el entonces diputado Patiño le preguntó al “Cojo” Viana si él sabía algo sobre el origen de la Mariquiteña.

Relata Henry Patiño que la amistad del “Cojo” Viana con Milciades Garavito era tal que, una noche de esas que presagian aguacero, Milciades le dijo al “Cojo”: acompáñame  a darle una serenata a mi “traga maluca”. Compraron el aguardiente llamado “tapetusa” y juntos caminaron a la morada de la “traga maluca”. El “Cojo” Viana no tenía idea de lo que momentos después habría de suceder.

La vía hacia Armero, en vez de la actual carretera, salía por los sitios de Pantanogrande y La Puerquera. Era un callejón bordeado a ambos lados por árboles de matarratón. Caminando bajo goterones y entre trago y trago llegaron a donde la “traga maluca” en La Puerquera.  Milciades Garavito, en medio de un torrencial aguacero y con los tragos ya subidos a la cabeza, y mientras sus dedos rasgaban las cuerdas de su guitarra  iba entonando los versos de la canción que dice así:

“Eres mi princesita linda Mariquiteña
con hermosos ojos y garboso andar,
resaltan tus gracias como si fuera limeña
y eres tan picante, ardiente cual rayo solar.

No podré dejar de quererte con ardor
tu no sabes cómo despierta mi pasión
y si tu no quieres mirarme con amor
tus divinos ojos serán mi perdición

Eres mi princesita linda… (bis)!

Mientras tanto, la muchacha, al ritmo de la Rumba Criolla iba abriendo lentamente una de las hojas de la ventana.

Así fue naciendo la Mariquiteña, diría Henry Patiño. Y agregándole otro dato, señaló:

—“Él estaba enamorado de la muchacha, y la inspiración fue esa misma noche”.

Dice Patiño  que así fue como se lo relató el “Cojo” Viana.

Milciades Garavito Wheeler murió el 23 de abril de 1953 en Bogotá. Un aniversario más de su muerte que pasó desapercibido y qué bueno sería no volver a olvidar.