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lunes, septiembre 28, 2009

El Mangostino de Oro

Armando Moreno

Publicado en El Puente, Honda, año 10, No 122, agosto de 2009

Mariquita no tiene vida cultural así exista una dependencia en el municipio que, se supone, es la encargada de jalonar este sector. El problema con el término cultura es que este se asocia por lo general con el rescate del folclor y de las tradiciones y, en el peor de los casos, como lo hace la Academia de Historia de Mariquita, a preservar el pasado.

El abogado Hernando López, incomprendido en Mariquita, alguna vez me señaló que cuando las alcaldías quieren dar cuenta de la cultura, por lo general siempre la reducen a las danzas. Con una definición tan pobre de cultura, y si los funcionarios que están al frente de ella no tienen una mejor preparación para asumir este sector, Colombia estará perdida por muchos años.

Desde hace una década, más o menos, el Estado colombiano ha venido insistiendo que el sector de la cultura —como el deporte— debe convertirse en una industria que genere dividendos económicos. No obstante, este llamado en los municipios ha tenido oídos sordos. En Colombia solo tenemos a Bogotá, Medellín, Cartagena y Barranquilla, pero, en el resto del país todo lo relacionado con la industria cultural es demasiado pobre. Ante tal ausencia, a cambio de ella, existen festivales y encuentros como el Mangostino de Oro. Así sean eventos puntuales que dependen de un puente festivo o de una efemérides hay que alabarlos y apoyarlos. Por algo se empieza.

A pesar de que el sector de la cultura es la cenicienta en los presupuestos, valga señalar que en Mariquita, que se sepa y que se tenga noticia, solo han existido dos eventos que merecen reconocimiento. Uno de ellos fue el que lideró Pablo Valdés por más de una década con el Salón de Artes Plásticas y, el otro, que se celebra en la actualidad, y es el que con mucho tesón realiza Bladimiro Molina con el Festival Nacional de Música Magostino de Oro.

Da rabia que en el editorial de El Tiempo, haciendo alusión a los festivales que se celebraron en todo Colombia aprovechando el puente del 17 de agosto, no hayan tenido en cuenta el Mangostino de Oro. Es que son XIV ediciones y eventos como estos no nacen y se consolidan todos los días. Pues este evento ya fácilmente esta a la altura de otros que se celebran en el país como el Festival de Verano en Bogotá que tiene XIII ediciones y el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, que se realiza en Cali y que tiene XII ediciones. Aunque algunos dicen que las comparaciones son odiosas, estas hay que tenerlas en cuenta.

No importa que El Tiempo se le haya olvidado reseñarlo, al fin y al cabo, este evento ya nadie lo detiene. Además ya tiene un reconocimiento a nivel nacional entre los cultores de la música colombiana. Una muestra de su importancia es la hora de definir quiénes son los mejores por la calidad de los tríos y duetos.

Creo que no hay habitante en Mariquita que no esté a gusto con este evento. Es lo único que genera unanimidad. Una muestra del cariño hacia este evento, tanto de los Mariquiteños, visitantes, turistas, o, aquel que estuvo de paso, fue cuando entonaron el bambuco “Soy Colombiano” del maestro Rafael Godoy.

Un sentimiento profundo se desgarró cuando todos a una sola voz entonaron: “… Lo demás será bonito pero el corazón no salta, como cuando a mí me cantan una canción colombiana. ¡Ay! Que orgulloso me siento de haber nacido en mi patria”.

jueves, agosto 27, 2009

Padre rico, hijo pobre

Armando Moreno

Publicado en El Puente, Honda, año 10, No 121, julio de 2009

La dinámica de seres humanos yendo y viniendo es lo que hace que el norte del Tolima sea un interesante laboratorio social. Este deambular permitió que desde del siglo XIX algunas familias que llegaron probando “suerte” amasaran grandes fortunas.

El perfil del individuo que llegó a estas tierras fue por lo general pobre, miserable, y sin nada que perder. Al llegar con una mano adelante y otra atrás, la única alternativa que tuvo fue lanzarse a explorar el mundo de las oportunidades.

Algunos lo consiguieron y otros fracasaron. Los que lo lograron hacerse ricos lo hicieron de diferentes maneras: algunos como comerciantes, empresarios o negociantes. Otros robando, secuestrando, contrabandeando, apropiándose de los ejidos y jalándole al abigeato.

De estos primeros inmigrantes — o sea la primera generación—, algunos, alternaron su poder económico con la política. Pero sus hijos y nietos poco les importaron. Prefirieron, en algunos casos, saborear las mieles que deja el poder y la influencia de sus progenitores: puestos burocráticos y la fama que dejó su antepasado pero con la desgracia de ir en camino a ser pobre.

De esos individuos o familias que lograron hacer fortuna, algunos de sus hijos —o sea la segunda generación— pudieron educarse y otros se quedaron viviendo del cuento del apellido y de la fortuna. De esta segunda generación, los que se educaron no volvieron. Y si llegan, vienen de paseo que no es lo mismo que regresar. Se olvidan del oficio y del entorno donde amasó la fortuna su antepasado. Otros fracasan en el intento de querer imitarlos y algunos medianamente triunfan. Y los que se quedan son unos inútiles, por lo general pobres con un titulo universitario debajo del brazo y sin la fortuna de su antepasado. Algunos de estos inútiles le ladran a la luna, soñando que la sociedad le reconozcan lo que ellos creen que son. En este esfuerzo de reconocimiento se olvidan que el norte del Tolima es y será una tierra de constante inmigración.

La tercera generación, o sea los nietos, no hay nada de qué hablar. Sobreviven.

Por lo general, estas familias que fueron ricas, lo fue la primera generación. La segunda —que son los hijos— trataron de medio conservarla o la despilfarraron; y la tercera generación —que son los nietos— terminaron acabando con la riqueza.

Un problema con los descendientes de la segunda y tercera generación es que se creen “raizales”, con raíces vernáculas, con identidad. Se creen que son los “puros”. La antropología social ha demostrado que los individuos que se encierran argumentado “pureza raizal” terminan mirando de reojo y con desconfianza a quienes quieren impulsar los ideales del progreso. Pues sueñan todavía con el burro atravesando la plaza. Les fastidia que lleguen inmigrantes, o como algunos suelen decir, que lleguen “aparecidos”, que hagan dinero y se vuelvan ricos.

Un ejemplo de una sociedad que ha cambiado aceleradamente es Mariquita. El poeta Rafael Pombo a finales del siglo XIX la describió como una “miserable aldea”. Si Mariquita era miserable ¿cómo explicamos su cambio desde finales del siglo XX? La respuesta es sencilla: la migración.

Con Honda a pasado algo parecido pero al revés. De aquella élite comercial y adinerada solo tenemos razón de ella a través de la nostalgia y en los libros. Algunos hondanos creen que a Honda les falta una nueva élite comercial y adinerada como aquella que floreció a comienzos del siglo XX. Lo que aun no entienden algunos hondanos es que esa elite no era raizal sino inmigrante: árabes, alemanes, ingleses, antioqueños, costeños y cundiboyacenses.

Para saber quienes son los pobres de hoy, solo tenemos que preguntarnos por los ricos de ayer. Veremos que sus descendientes de la segunda y tercera generación algunos sobreviven con una mediana riqueza, otros van a ser pobres o están en la miseria.

La sociología norteamericana ha desentrañado que parte de la pobreza en América Latina radica en que no se supo conservar y multiplicar la riqueza de la primera generación. Estos sociólogos han demostrado que las riquezas se evaporaron porque la segunda y tercera generación desconoce el esfuerzo que hizo la primera generación para amasar la fortuna.

Esta es la explicación del por qué en estas sociedades llamadas del Tercer Mundo se da la paradoja de que los ricos de ayer son los pobres de hoy. Pero también es la explicación del por qué, los pobres de hoy pueden ser los ricos del mañana.

Hoy día no podemos hablar de una colonización dirigida como lo fue la española entre los siglos XVI y XVIII, o la antioqueña y cundiboyacense a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Lo que existe ahora es un proceso de inmigración proveniente de todas partes del país. El norte del Tolima debe abrirse y acoger a la gente que trae riqueza.

El derecho a informar

Editorial
Publicado en El Puente, Honda, año 10, No 121, julio de 2009

La muerte a balazos del hipopótamo “Pepe” demuestra la bajeza a que han llegado algunos sectores de la sociedad. No obstante, el alboroto causado a través de los medios de comunicación pareciera que fuera una cortina de humo encaminada a acallar sabrá Dios qué escándalo.

Se sabe hasta la saciedad que algunos medios —ya sea la radio, la TV o la prensa escrita— manipulan la información. Lo peligroso de ello es que la sociedad termine convencida que lo que consume es lo veraz.

Ya sea que el periodismo esté al servicio del poder o de la sociedad, lo que sí es cierto es que la frontera entre los hechos y la opinión es tan débil que no sabe cuándo comienza la noticia y cuando la interpretación de lo acontecido.

Esta frontera tan débil y el deber del periodista por informar es lo que hace que en algunos sectores de la sociedad —principalmente quien ocasionalmente ejerce el poder—vean al periodismo como una oveja negra descarriada. Esta es la explicación del por qué el poder termina pelando los dientes y afinando las garras contra quien se atreve a opinar o a difundir una noticia que no sea de su agrado.

Valga señalar que no siempre el periodismo está al servicio de la objetividad. O para decirlo de otro modo, existe cierta clase de periodismo que termina arrodillándose al poder. Este periodismo, además de dañino, termina por poner contra la pared a quienes intentan ofrecer un periodismo al servicio de la sociedad. Dos formas de encarar noticias las encontramos en dos pueblos poco distantes entre sí: Honda y Mariquita.

En Honda hace pocos días una noticia causó estupor a nivel nacional. La historia es esta: un indigente que habiendo llegado al mal llamado anfiteatro no hubo autoridad municipal que se apersonara de su funeral. Lo feo del caso está en la manera como los autoridades procedieron. Putrefacto el cadáver las autoridades no tuvieron más remedio que echarlo a una bolsa plástica, recogerlo en el carro de la basura y botarlo como cualquier desecho en un hueco del cementerio.

Las autoridades hondanas se sintieron indignadas no tanto por los hechos en sí que fueron ciertos, sino la manera como se procedió a dar fe de la noticia. Quienes estuvieron en contra de que se hubiera difundida la noticia atacaron con improperios la actuación del periodismo, querían ocultar el hedor del cadáver con las manos.

El argumento central de la rabieta estaba en que el periodismo debía dar cuenta de lo bueno y no de las salvajadas que hace la sociedad. Se olvidan ellos que el deber del periodismo es informar, independiente de lo que algunos sectores de la sociedad quieran escuchar, leer o ver.

En Mariquita algunos sectores de la sociedad se quejaban del por qué el periodismo daba cuenta de la ola de asesinatos, robos y atracos. Quienes se creen estandartes de la moral aullaban diciendo que con tales noticias se le estaba haciendo mala propaganda al pueblo. Pedían que los atracos, robos y asesinatos se quedaran en casa.

Sin embargo, frente a tanta mojigatería, otras voces —por fortuna mayoritarias— se han levantado clamando justicia y protección para el pueblo. Quieren que el alcalde y las autoridades legales actúen y el periodismo denuncie. El hecho que llenó la copa y que ha causado indignación fue la noticia en torno a la muerte del señor Manuel Antonio Ariza Beltrán.

La historia es esta: el pasado domingo después de recolectar dinero para la intervención quirúrgica de su pequeña hija de tres años —afectada por una enfermedad de corazón— fue asaltado, robado y asesinado.

Tanto la historia del indigente como la del padre luchando por salvar a su hija muestran la descomposición del tejido social. Es tal el extremo que el sentido de la piedad está desapareciendo.

Pero, lo más grave de todo, es que los dos hechos muestran dos facetas infames de quienes pasajeramente detentan el poder. El del indigente, bien vale la pena preguntarnos por los fondos económicos que deben tener los municipios para atender estos casos. Y en el del padre asesinado qué hacen las autoridades municipales que no atienden a estos sectores de la sociedad que no poseen recursos y que agobiados por la necesidad se ven obligados a mendigar en las calles.

Causa molestia que algunos mojigatos con su doble moral crean que estos hechos tengan que pasar desapercibidos. Da rabia también que existan sectores retardatarios de la sociedad que quieran decirle al periodismo ¡callen! Una sociedad así deja mucho que desear. Tratar de acallar o de arrodillar al periodismo es una afrenta a la democracia y a la libre expresión. Quienes se portan de esta manera son un peligro para el individuo y la sociedad misma, pues estarían anhelando borrar de un tajo la libre expresión y el derecho a una sociedad a estar informada.

miércoles, julio 22, 2009

Mariquita: el empuje de la migración

Armando Moreno

Publicado en El Puente, Honda, año 10, No 120, junio de 2009, p. 3

Desde hace poco tiempo, a Mariquita, se le ha venido conociendo por lo que hicieron sus exalcaldes. Como botón de muestra, y para nadie es un secreto que, de sus últimos cuatro exalcaldes dos —un hombre y una mujer— están enredadados con la justicia, uno es prófugo de la justicia y otro no deja de visitar las barandas de los juzgados.

Sin embargo, sería injusto desconocer la buena voluntad que tuvo algún exalcalde por sacar adelante a Mariquita. Existe uno en especial y que pese a que no dejó grandes obras no tuvo la desfachatez de despilfarrar el dinero de los contribuyentes. Ese hombre es Said Halima. Si hoy está olvidado por los escándalos, cuando terminó su alcaldía había dejado una deuda cercana a los 150 millones de pesos. De ese tiempo para acá, los alcaldes que lo sucedieron en un cerrar de ojos se dieron al descaro de endeudar al municipio en más de 10 mil millones de pesos. Ésta deuda hasta hace poco por cuenta de quienes pagan impuestos se canceló, y de esa cifra tan abultada no existe ni siquiera un andén bien hecho. La gente se pregunta: ¿cómo es posible que quienes llegan a manejar el presupuesto del municipio terminen haciendo semejante salvajada en detrimento de las necesidades básicas de un pueblo como alcantarillado, hospitales, acueductos, escuelas, centros de salud?

Si Mariquita ha sido administrada a las patadas, en ¿dónde radica la fuerza de su progreso? Si las administraciones que le sucedieron a Said Halima fueron incapaces de reconocerle su pulcritud en el manejo de los recursos, bien vale la pena que alguien vaya pensando en hacerle un homenaje a quien hoy en día le debemos el progreso de Mariquita. Esa persona se llama Alberto Mendoza Morales.

Valga recordar que hace 24 años cuando el volcán nevado del Ruiz le dio por hacer erupción acabó una fuerza centrífuga que se había constituido a lo largo del siglo XX. Esa fuerza se llamaba Armero. Desaparecido con la avalancha, el norte del Tolima quedó sin brújula y sus pueblos al vaivén del tiempo.

Si bien, a los Mariquiteños y al norte del Tolima el Mendoza Morales poco le dice, él fue quien en tiempos de la avalancha de Armero se opuso a que Mariquita recibiera las dadivas de Resurgir.

Mientras la gente del común se rasgaba las vestiduras y maldecía a diestra y siniestra porque a Mariquita no le botaban un peso, el geógrafo y planificador regional Mendoza Morales confiaba que a Mariquita le iría mejor sin ninguno de los planes del Estado.

Si la fuerza que había hecho gravitar el ecúmene —la gente que habita la tierra— era Armero, los geógrafos y planificadores regionales se preguntaban cuál de los municipios del norte del Tolima sería el llamado a reemplazarlo. Mendoza Morales pensó en Mariquita. Su tesis era simple y sabia: déjenla quieta que con el correr del tiempo encontrará su propia dinámica. Presagió que quienes podían darle esa dinámica debería de ser una migración emprendedora. Lo cierto fue que no se equivocó.

Mendoza Morales impuso su experiencia traída de otros lugares del mundo. Era un convencido que los pueblos que sucumben a una tragedia y que son manejados con criterios de caridad, en vez de atraer gente con ideales de progreso llegan avivatos y holgazanes que quieren aprovecharse de las bondades y recursos del Estado.

Si hoy Mariquita tiene un progreso que deja sorprendidos a quienes la visitan, no ha sido por quienes se creen “raizales” o “hijos de Mariquita”, sino por la fuerza de la migración. Si alguien preguntara dónde están los descendientes de quienes llegaron hace menos de un siglo tras el oro, el ferrocarril y el cable aéreo, la respuesta es que ni si quieran viven en Mariquita. Triste decirlo: pero esos pocos descendientes que quedan algunos la desprecian y otros sólo viven rumiando el pasado. Les cuesta entender que están siendo desplazados y que Mariquita ha sido y será tierra de migrantes.

Estos hombres y mujeres que han llegado buscando nuevos horizontes —y que en nada se diferencian a esas generaciones de antaño que llegaron probando suerte y se quedaron— son los que están empujando los nuevos ideales de progreso. No obstante, el esfuerzo de estos hombres y mujeres quiere ser desconocido por esos que se creen dizque “raizales” o “hijos de Mariquita”.
Gústenos o no, esta es la explicación del por qué 24 años después de la erupción del volcán nevado del Ruiz, Mariquita está siendo la llamada a gravitar el ecúmene.

Saltimbanquis de la democracia

Armando Moreno

Publicado en El Puente, Honda, año 10, No 119, abril de 2009, p. 3

La Ruta Mutis y su Bicentenario parece ya cosa del olvido. Esta efemérides que hubiese servido para catapultar a un municipio como Mariquita que ha estado en la boca de todo el mundo —no por lo bueno que se hace sino por todo lo malo que ocurre— la actual alcaldía prefirió pasar de agache. Se perdió la oportunidad de que hubiese servido de vitrina para brindarle al mundo una cara distinta a Mariquita.

En cambio, desde hace un tiempo, a Mariquita, se le ha venido conociendo por sus malos manejos administrativos. Sería injusto desconocer la buena voluntad que tuvieron unos pocos alcaldes por sacar adelante a Mariquita. Said Halima, hoy olvidado por los escándalos, cuando terminó su alcaldía había dejado una deuda cercana a los 150 millones de pesos. De ese tiempo para acá, los alcaldes que lo sucedieron en un lapso de menos de 12 años se dieron a la desfachatez de endeudar al municipio en más de 10 mil millones de pesos. Ésta deuda hasta hace poco por cuenta de quienes pagan impuestos se canceló, y de esa cifra tan abultada no existe ni siquiera un andén bien hecho. La gente se pregunta: cómo es posible que quienes llegan a manejar el presupuesto del municipio terminen haciendo semejante salvajada en detrimento de las necesidades básicas que un pueblo necesita.

Pero la cachetada más vulgar que recibió la sociedad que vive en Mariquita es, sin duda, el escándalo del frigorífico. Haciendo honor al adagio popular «que cuando el río suena es porque piedras lleva», la gente no se equivocó con el comentario que hacía en todos los rincones del municipio: que algunos concejales no eran de fiar. Si bien lo que dicen que estaban haciendo se conoce en lenguaje jurídico como concusión, el pueblo sabe que estas actuaciones también las hacen los delincuentes, los timadores, los embaucadores, la gentuza sin escrúpulos y lo que planean ciertos matones a altas horas de la noche.

El inglés Adam Smith en su libro la Riqueza de las Naciones —y que data del año 1777— señalaba que una máxima vil de quienes detentan algún poder es pensar siempre en su propio beneficio y nada en los demás. Esta vileza aunque ya ha sido derrotada en las sociedades modernas, más de dos siglos después en estas sociedades que siguen siendo burladas por el poder, se niega a desaparecer.

Si la desgracia de estas sociedades radica en que sus líderes surgen por necesidades estomacales —o como dicen algunos: que quieren venderse por un plato de lentejas— no por ello se debe abandonar la idea de que lo más sano que ha creado la sociedad para gobernarse es la democracia. Si la sociedad se equivoca, un deber de todo ciudadano es denunciar a los saltimbanquis de la democracia.

La afrenta que recibió el pueblo por parte de los concejales implicados en el bochornoso escándalo del frigorífico fue rechazada con manifestaciones de repudio, abucheo, burla y rechifla. Valga señalar que la indignación no solo fue desde el día en que desfilaron esposados. Sino que esta se sentía desde el día que se corrió el rumor que algunos concejales en vez de servirle al pueblo estaban pensando en su propio bolsillo.

No obstante, como en la fabula rusa, los cazadores están siendo cazados. Como en todo escándalo es normal que se susciten los pros y los contras. Sabemos que cualquier Estado de Derecho que se nutre de filosofías liberales todo ciudadano tiene derecho a su defensa. Esta es la razón del por qué los concejales están pasando de acusados a acusadores. Como estas maromas son permitidas en el Estado de Derecho, es comprensible que la sociedad al no comprenderlas se indigne.

También a la sociedad le produce rabia cuando un juez suelta a un delincuente que todo mundo conoce, pero lo que la gente no comprende es que si lo suelta la culpa no es de él sino de un sistema acusatorio que está impregnado de excesiva filosofía liberal. Es por ello que, sin esperar el fallo de la justicia, algunos ya han tomado partido y han hecho correr el rumor que los sobornados (quienes acusaron a los concejales de concusión) son los que deben podrirse en la cárcel.

Más allá de que los concejales implicados se salgan con la suya, lo que la sociedad debe preguntarse es sí lo que ellos están haciendo jurídicamente es justo o moral.

Ya sea que la justicia los condene o no, el problema aquí es preguntarnos qué clase de democracia es la que está construyendo esta sociedad. La democracia es ante todo respeto para con sus ciudadanos. Es por ello que en las sociedades modernas cuando las actuaciones de un funcionario público están en entredicho la duda es zanjada con la renuncia.

Los concejales que están en entredicho deben entender que son servidores públicos y que han prestado su nombre para servirle a la comunidad. Así el Estado de Derecho los exima de toda culpa sus actuaciones ya son dudosas. Estos concejales de dudosa reputación no deben caer en la desfachatez de que lo mejor es esperar hasta que la justicia se pronuncie. Simplemente tienen que entender que lo más sano es renunciar.

La cuestión tampoco se salda con el hazmerreir de una cuña por radio con el mensaje pérfido e hipócrita de que en vez de indignación y rabia, lo que la sociedad mariquiteña manifestó fueron condolencias, lágrimas y dolor. A los progenitores que quieren ser portadores de la moral es bueno recordarles que los hijos recorren sus propios caminos. La Biblia tiene muchos pasajes al respecto. Jesucristo es un buen ejemplo de ello. Otra cosa es que escojan el camino menos indicado.

domingo, julio 12, 2009

Dagoberto Ospitia, in memóriam

Por: Armando Moreno

Elegirme como la única voz que puede dar cuenta de lo que significó Dagoberto Ospitia en el entorno del norte del Tolima es irrespetuoso y banal. Al fin y al cabo cada ser humano en el devenir de su vida deja una estela de recuerdos que cada quien a su amaño interpreta, algunas veces atada a la realidad pero en otras alejada de lo que fue la persona en vida.

Quienes cultivamos su amistad, sabemos, que el “Viejo Dago” —como lo llamábamos sus más íntimos— tuvo diversas facetas en su vida. Como cincuentón que era su gozo mayor fue haber disfrutado la rumba con el jala jala de Richi Ray, las cornetas de la Sonora Matancera, el mambo de Pérez Prado y los boleros de Beny More. Basta recordar las noches de farra de fines de semana en la desaparecida piscina El Virrey o en la Discoteca Chicalá. Despreocupado hasta decir no más, su existencia fue como él mismo la llegó a definir más de una vez: una rumba. Este don lo llevo a que fuera querido por quienes lo conocieron.

Aunque no muy convencido de que había que agitar las masas, comenzado la década de los años ochenta del siglo XX en los pasillos del Departamento de Antropología de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional repartía un pasquín de su propia autoría llamado La Mosca. Pocos años después comprendí que ese estilo por difundir su inconformismo no era más que un homenaje clandestino a La Mala Hora de Gabriel García Márquez. Era tal su admiración por esa obra literaria que llegó a pensar que con esa novela se había hecho justicia al memorable pasquín, a la chapola.

Decir que la tradición que tiene Mariquita por el pasquín se deba a Dago es pensar en un exabrupto. Lo que sí es cierto fue que contribuyó a que se consolidara. Hace pocos años, un viejo amigo me decía que había dos pueblos en el Tolima que se caracterizaban por no dejar títere sin cabeza, esos pueblos eran Mariquita y Melgar. El amigo me hablaba entre asombro y admiración cómo Mariquita podía ser la capital mundial del pasquín. Hoy el pasquín o la chapola, como la llaman algunos, hacen parte de nuestra cotidianidad. ¿Quién los escribe? Poco importa. Lo cierto es que Mariquita es único en este género. Solo nos falta que en alguna esquina del pueblo se levante la estatua en honor a Pasquino para que se cuelguen allí los libelos o escritos satíricos.

Dago, además de rumbero, tenía una cualidad única cual era la de cultivar el humor a través de la sátira. A través de sus comentarios ácidos podía uno gozarse el mundo. Además del tiempo para la rumba, el goce y el humor, sí en algo recuerda el norte del Tolima fueron los encuentros culturales que él como integrante ayudó a consolidar. Hoy esos encuentros culturales ya casi están en el olvido, pero fue una experiencia singular donde confluyeron las alcaldías, las iglesias, los gesteros culturales y los amigos del arte y la cultura.

Su amor por la tierra del norte del Tolima —la tierra de Los Panches como él la llamaba— fue tal que a Dago se le puede considerar como un exiliado dentro de su propio país. Mientras algunos marchan al exterior con el dejo de que “aquí no se puede”, este hombre de cabello lacio, de dientes de castor, de piel mestiza,o, el último “panche” —como el mismo se autodefinió— encontró en estas tierras el refugio que otros desechan. Encontró en estas tierras lo que muchos no quieren ver, quizás por esa vanidad empalagosa y hueca que tienen algunos colombianos de pensar que este país lo único que se merece es el desprecio. Pero que no hacen ni aquí, ni allá.

Tenía una forma de actuar que muchos no comprendían, tan así que algunos en una apreciación equivocada lo veían como un ser humano que cayéndosele el mundo no se inmutaba. Pues bien, el Dago que nos dejó fue un hombre comprometido con Colombia. Creía firmemente en el y la muestra fue su compromiso con las diferentes actividades y quehaceres que llevó a cabo en su corta existencia. Tenía un pensamiento telúrico que en vez de generar acción, generaba ideas. Eso fue Dago, un hombre de ideas.

Dago no fue el antropólogo clásico que se conoce en las Departamentos de Antropología de las Universidades. No se casó con los escritos de los teóricos de la antropología como Claude Levi-Strauss, Malinoswki, Radcliffe-Browm. Su teórico de cabecera fue el político, pensador y teórico de la cultura popular el italiano Antonio Gramsci. A Dago solo se le podía entender a través de Gramsci. Dago era gramsciano. De ahí su interés por la cultura popular, por la cultura de masas, por las clases desposeídas, por los poderes hegemónicos, por la culturas dominadas por el poder. En fin, Dago sin haber sido izquierdista, ni comunista, estaba con el desposeído, con el subyugado.

Su bagaje intelectual nutrido por el pensamiento gramsciano le permitió hacer del norte del Tolima un laboratorio para sopesar sus ideas. Tan así que cuando muchos aun no entendían lo que había significado para el norte del Tolima el legado de José Celestino Mutis y la Expedición Botánica, Dago lo hacia a través de una monografía de grado hoy inédita pero que reposa para su consulta en los anaqueles de la biblioteca de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional.

Con el correr de los tiempos la amistad que había cultivado con sus amigos de aula en la carrera de antropología se fue desgranando poco a poco. Mientras tanto, Dago sin ser mariquiteño de nacimiento se refugiaba cada vez más en el pueblo que lo adoptaba como suyo. Y este refugio en el pueblo de los mariquiteños Francisco Antonio Moreno y Escandón, de José León Armero o de Gaspar de Figueroa hace que Mariquita por obligación se convierta en el centro de encuentro con sus viejas amistades de Universidad.

Un paseo al cerro de Santa Catalina, un peregrinaje entre Fresno y Mariquita en nombre del Señor de la Ermita, un recorrido por la Honda colonial, una visita a los socavones de plata de Falán, una noche de camping en la Laguna del Silencio, un aniversario más de la fundación de Mariquita, era el mejor detalle que Dago le ofrecía a sus amistades. Y fue así que Dago, poco a poco, le fue ofreciendo la idea al mundo de que el sitio ideal para encontrar la paz y la calma era la tierra que lo había adoptado. «Mariquita tierra de paz y de remanso» como él la llamaba.

No obstante, a pesar de que su Mariquita era tierra de paz y de remanso, su vida también fue una montaña rusa. Como ser humano tuvo sus contradicciones, sus desencantos y engaños. La peor pesadilla de su vida —que ni siquiera fue la política—fue haber pertenecido a la Academia de Historia de Mariquita. Con su espíritu gramsciano, no hallaba lugar allí. Su comprensión e inclinación por la cultura popular, lo llevó no tanto a odiarla pero sí a menospreciarla, pues, la veía como ente frío, sin ideas y acartonada que solo tenía interés en fechas y en personajes. O como él mismo me lo decía: «un ente ocupado en baboserías de poca monta».

No existe cultura en el mundo que no dé cuenta de la memoria de los muertos. Si señalo estas intimidades es porque tengo la obligación moral de dar cuenta de su memoria. El haber pertenecido a un ente en contra de su voluntad, de pertenecer a algo que no quería, el de haber carecido de fuerza para decir ¡basta!, muestra en si la faceta más humana de Dago: el de haber tenido contradicciones.

Después de la muerte de su primera esposa se resignó a vivir solo. No obstante, no le faltaron sus amores casuales y veloces como lo vientos del mar que añoraba con nostalgia.

«Dago gozó la vida y fue feliz a su manera», así me lo describió compungida y solloza Marglori, una de sus tantos amores que tuvo en vida. Aunque puede ser una de las tantas interpretaciones, que mejor que la voz de ella para describirlo.

El 1 de julio de 2009, pocos minutos después de fallecido, algunos de sus amigos más cercanos quisimos hacerle un homenaje a su memoria. No fue posible. Queríamos respetarle su memoria recordándolo tal como él fue y como él mismo me dijo una noche, de la tantas que tuvimos cuando hablábamos del significado de la muerte: una muerte libre de todo hastío. Hubiese querido que lo recordaran tal como él había sido: descomplicado, chévere, sonriendo, burlándose de la cotidianidad y de la existencia misma. Estaba convencido que su muerte debía ser una tertulia, un festín, un goce. No el retrato falso y maquillado en que suelen caer las voces muecas, frías y acartonadas de quienes hacen de un cadáver un trofeo.

viernes, marzo 27, 2009

Lideres de pacotilla

Armando Moreno Sandoval

Publicado en El Puente, Honda, año 10, no 118, marzo de 2009, p.4

El gobierno colombiano para dar luces de que la cosa pública está funcionando bien se inventó que las instituciones debían entregar informes de gestión. Esto con el fin de que quienes pagan impuestos sepan en qué se ha invertido el dinero. En el Norte del Tolima los alcaldes de Mariquita y Honda lo hicieron. No sé qué pasaría en los otros municipios.

Lo maluco de estos informes es que solo se remiten a cifras con demasiados ceros a la derecha. Cifras escandalosas que suman miles y miles de millones de pesos. Los alcaldes con estas cifras tan abultadas quieren dar la sensación de que están trabajando mucho. Pero si esos informes se piensan con cabeza fría la conclusión sería otra. La gente puede creer que el dinero de sus impuestos se está derrochando, ya que podría preguntar: ¿Y dónde están las obras? El problema es que la gente ya no quiere más palabrería, ni retórica. Pues la gente piensa y comenta si lo que está escrito en el papel es cierto o mentira.

Esta reflexión que hace la gente del común es lo que se conoce como la crítica. Y a decir verdad a las administraciones de turno poco le gusta que el ciudadano que paga impuestos opine sobre la gestión del alcalde y sus funcionarios.

Por desgracia la ausencia de crítica es uno de los males que aqueja a las sociedades subdesarrolladas. Y cuando se crítica no hay funcionario, o el que se está amamantando con contratos del erario público, que no salga a defender al alcalde de turno. Algunos se vuelven odiosos y energúmenos, y, otros, a decir boberías como esta: “no ha habido un alcalde como este”. No obstante, entre los áulicos existe una especie de defensor de oficio que para contrarrestar las críticas salen con la muletilla consabida: “y usted qué ha hecho”.

Hay que recordarles a los alcaldes y a quienes son empleados públicos que cuando se tiene un empleo que es pagado con los impuestos de los ciudadanos se debe ser transparente en su gestión. Es decir, que la sociedad se dé cuenta qué es lo que hace el funcionario; sí cumple con sus deberes y si el manejo de los dineros lo hace con pulcritud y alejado de toda sospecha.

Esta tarea de fiscalización de la cosa pública les choca a quienes dicen ser políticos. Causa curiosidad que quienes ejercen la política, lo que más les fastidia es que se les vigile y se les critique. A veces dan la sensación que, como en la época de los piratas, quisieran tener patente de corso para hacer y deshacer con la administración pública.

Si Colombia está entre los países más corruptos del mundo, la culpa de este descrédito es de quienes han ejercido o ejercen la política y los medios de comunicación.
En cuanto a los partidos políticos da tristeza ver que solo resucitan en épocas de elecciones. Líderes de pacotilla que solo aprovechan las circunstancias que brinda la democracia para aspirar a un cargo de representación. Lo triste es que si salen elegidos terminan pelechando del cargo sin ningún pudor y vergüenza. Rara vez se les ve trabajando por la comunidad y cuando lo hacen están pensando en cómo cobrar el favor.

Da grima de ciertos medios de comunicación que en vez de ser independientes con la información pareciera que el oficio se le debiera al alcalde de turno. Periodistas que en vez de ser la voz crítica, prefieren callar que denunciar los atropellos y las injusticias que se comenten contra el común de la gente. O en el peor de los casos terminan abrazados al alcalde de turno importándoles un bledo de lo que pasa alrededor.

Si queremos que Colombia algún día tenga funcionarios idóneos y capaces en la administración pública —es decir, de todo aquel que recibe dinero de los contribuyentes— no cabe duda que la sociedad debe aprender a ser exigente con quienes nos representa. Pues al fin al cabo están manejando un dinero que no ha sido trabajado por ellos, ni es de ellos. Están equivocados si creen que el único deber de la sociedad es elegirlos el día de las elecciones.