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lunes, febrero 02, 2009

Mis respetos por el pan

Armando Moreno Sandoval
Un pan mariquiteño, por favor...

Publicado en El Puente, Honda, año 10, No 117, diciembre 28 de 2008, p. 4

Al empezar el último cuarto del siglo XX, casi toda una generación que nació, o que llegaron a vivir a Mariquita, creció, envejeció y murió con la idea de que el pueblo era la Capital Frutera de Colombia. Pero terminando el siglo XX y comenzando el XXI tal idea comenzó a desvanecerse. El aguacate pescuezudo, la manga mariquiteña, el anón, el madroño, la guama, la churima, el icaco, el zapote caucacano, al igual que las palmas con sus cocos, parecen ya cosa del pasado. Sin embargo, la nostalgia aun se niega a desaparecer; pues algunos aún insisten en cultivar la idea de que Mariquita es la tierra de las frutas.

La gente no entendió que en sus solares espaciosos podían cultivar y conservar las diversas frutas que podían servirle para el sustento del mañana. A cambio de ello llegó la urbanización, la guadaña y la motosierra. 

Si el referente de Mariquita ya no son las frutas, ¿qué es lo que hoy identifica en este siglo XXI a Mariquita? Es posible que algunos piensen en el cerro de Santa Catalina o en la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada, pero, la verdad, es que no existe pueblo o rincón en Colombia que no se hable del pan de Mariquita. 

O como dice cariñosamente el común de la gente: un pan mariquiteño, por favor.

Solo basta recorrer algún barrio escondido de Bogotá o caminar por alguna calle fangosa y llena de huecos de Ibagué, o cualquier otro sitio de este desparpajado país, para que el gancho del negocio no sea otro que el pan de Mariquita. 

Lo insólito de todo es que, poco después de haber escrito este texto, un amigo que vive en un sitio perdido del Magreb —la costa norte de África— me comentaba por email que pensando en hacerle competencia al pan árabe había soñado en el pan Mariquita. Locuras, pensé yo. Días después, el email ya no vendría del Magreb sino de la mismísima capital del mundo, New York; pues otro amigo pensaba también aventurarse en pleno Manhattan con el pan de Mariquita.

Mariquita es tierra de panaderías y panaderos, y a ellos me les quito el sombrero. Es más, exporta panaderos por doquier. Su mano de obra se ha vuelto sello de garantía, tan así que no existe panadería en Colombia sin que haya pasado por sus hornos un panadero mariquiteño. Para valorar su trabajo y sentir el aroma que da la harina horneada hay que recorrer las calles en cicla o a pie y tener la paciencia que a cualquier hora de la mañana, de la tarde o de la noche hay una bandeja con pan caliente recien salido del horno esperando un paladar.

Si alguien tiene duda de que el pan sea tan antiguo y universal como la mismísima humanidad basta echarle una ojeada a la Biblia. Está la escena en pleno desierto árabe donde el Diablo tienta a Jesús haciéndole una propuesta indecente: “Si eres el hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. Y Jesús le respondió: “Escrito está: no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo, 4: 3-4). Y Jesús estaba en lo cierto. 

La diversidad de sabores, de tamaños y de textura de la cultura gastronómica del pan es tan desproporcionada que solo basta acercarnos a las vitrinas de las panaderías para estrellar los ojos con las cucas, las tostadas, las mantecadas, los brazos de reinas, los roscones, los calaos, las lenguas, las cañas, los biscochos, los nevados, los borrachos, las mestizas, las galletas, las tortas y el ponqué. Amén del postre de leche asada, el masato, la avena, la caspiroleta, el ponche, el kumis, la oblea y la hamburguesa. Sin olvidar, ni más faltaba, las mujerazas que tongoneándose con sus minis hacen del “pan aliñado mariquiteño”, en todos sus tamaños y esplendor, el encanto del paladar.

En otro pasaje de la Biblia relata que cuando el profeta Moisés sacó al pueblo de Israel de Egipto para llevarlos a la tierra prometida, en la travesía que tuvieron que hacer por el desierto y con la hambruna que llevaban, Dios no tuvo más remedio que hacer llover pan del cielo. Incrédulos los israelitas que, con lo que caía del cielo les podía quitar el hambre, y al oírlos Moisés que se decían unos a otros “¿Qué es esto?”, les dijo: “Este es el pan que Dios les da por alimento” (Éxodo, 16: 13-15).

Si estos pasajes bíblicos no convencen de las bondades del pan, no olvidar que la tradición cristiana cuenta que, horas antes de morir Jesús crucificado, en la Última Cena, Jesús parte el pan y lo comparte con los apóstoles.

Pero si alguien cree que este tiempo bíblico es muy corto para convencernos de lo milenario que es el pan, las investigaciones arqueológicas han demostrado que veinte siglos antes de Jesús los egipcios ya fabricaban pan. Quienes le siguen el rastro al pan, han señalado que de Egipto pasó a Grecia, de Grecia a Roma, y de Roma al resto del mundo. Si hoy en día los alemanes son los campeones en comer pan, Mariquita pareciera que fuera la capital mundial del pan.

No satisfacer el gusto  de un brazo de reina o una mantecada con una avena en “El Néctar”; o hacerse el que no quiere cuando las ganas por dentro dicen llévenme a las “Delicias del Norte” a saborear un postre de leche asada con un kumis casero; o dejar para más tarde la ida a la “Panadería Donald” para saborear un ponche con una tajada de ponqué de las tres leches, sería un pecado tan grande que ni Dios perdonaría. Amén, eso sí, de que después de chuparse los dedos corra el riesgo de volver a repetir.

Así como lo cuenta el profeta Moisés que del cielo cayó pan, solo queda pendiente que los mariquiteños vayan pensando en hacerle un homenaje a Honorato de Amiens, el santo de los panaderos; y que mejor que un “Festival del Pan”.

El paseillo de los alcaldes

Armando Moreno Sandoval

Publicado en El Puente, Honda, Año 10, No 116, diciembre de 2008, p. 3

El Año de Mutis comienza a deshojarse y Mariquita que con tanto ahínco algunos mariquiteños la señalan como la sede del Bicentenario, hasta ahora, ha pasado desapercibida. Los bombos y los platillos del pasado 11 de septiembre ya parece un evento lejano y olvidadizo.

Mientras en diferentes ciudades de Colombia se están llevando eventos alusivos al Bicentenario de Mutis como ciclos de conferencias, exposiciones, encuentros gastronómicos mutisianos, exposiciones bibliográficas, la Mariquita de la actual administración parece indiferente a algo que por derecho debería estar al frente.

Este desdén por el Bicentenario de Mutis que hasta ahora han demostrado los alcaldes de Mariquita y Honda contrasta con el ánimo viajero que los llevó a visitar a Cádiz, la ciudad natal de José Celestino Mutis. No nos oponemos al viaje. Lo que molesta es por qué tiene que ser siempre el alcalde que abusando de su envestidura se autoelige, excluyendo a otros ciudadanos que teniendo más meritos podían haber representado mejor a sus pueblos. Lastimoso también que este viaje que corre por cuenta del Año Mutís sea para éllos que, hasta ahora, no han mostrado el menor interés por hacer algo.

Alexis Tocqueville, quien vivió en el siglo XIX y hoy por hoy es considerado el arquitecto de las democracias en occidente, señalaba que la democracia tenía un riesgo y era el de que los pueblos tenían que elegir el gobierno que se merecen. Aun es muy prematuro decir que esta vez de nuevo los hondanos y los mariquiteños se equivocaron y que tienen los alcaldes que se merecen porque no supieron elegir. Ojala esté equivocado.

Pero volviendo al Año Mutis, pienso que las personas más indicadas —y que con decoro hubiesen representado a Mariquita en Cádiz— debían haber sido Esther Julia Cárdenas y Orlando Velásquez. La razón es muy sencilla, ellos han defendido a ultranza el legado de Mutis. A Esther Julia porque ha sido una ecologista a morir, y eso en una sociedad que está presa del consumo y de la contaminación ambiental hay que abonárselo. A Orlando porque es a él a quien recurren los botánicos, zoólogos, ambientalistas o ecologistas que pasan por Mariquita. Aceptemos que el alcalde no haya pensando en ellos, la pregunta es por qué no pensó en los vigías que está formando el Ministerio de Cultura para la Ruta Mutis. ¿Acaso no eran también los más indicados?

Si en Mariquita lo del viaje fue como dice el Chapulín Colorado, “no contaban con mi astucia”, en Honda no deja de ser rocambolesco. Si en Mariquita nadie sabe cuál fue la razón por el cual el alcalde teniendo derecho a dos cupos desperdicia uno y opta por viajar solo; en Honda, en cambio, el alcalde no tuvo empacho en marcharse dejando a quienes lo eligieron al garete y con el agua del río Magdalena al cuello. Es más se marchó con la personera, quien por ser la representante del ministerio público debería estar en primera línea atendiendo y dando soluciones a los innumerables problemas que por estos días tiene la ciudadanía de Honda.

La pregunta vuelve y juega: ¿qué tenían que hacer el alcalde y la personera en un periplo que podía haber sido aprovechado por gestores culturales y empresarios de la industria turística? ¿Acaso es que en Honda no hay líderes en esos sectores que bien podrían haber representado a los hondanos con mayor propiedad?

En todo caso, el viaje en ellos tiene más de paseo que de gestión. Ojala traigan algo, aunque sea el ticket de la aerolínea que los llevo y los trajo.

Es grotesco que quienes han sido elegidos para que conduzcan con tino los destinos de un municipio, terminen amparándose del poder que genera la envestidura para beneficiarse en nombre propio.

Hay que recordarles a los alcaldes de Mariquita y Honda que están terminando el primer año de su gobierno sin ton ni son. O como dice la sabiduría popular, lo que más han hecho es cobrar el sueldo pero de gestión poco que ver.

jueves, diciembre 11, 2008

Armero, 23 años después

Armando Moreno Sandoval

Publicado en El Puente, Honda, año 10, No 115, noviembre-diciembre de 2008, p. 3

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se convertiría en la primera potencia del mundo. En 1949, Harry Truman, en aquel entonces presidente de los Estados Unidos, en una conferencia en las Naciones Unidades invitaba al mundo a seguir la senda del desarrollo y el progreso.

Un año después a Colombia llegaría el profesor norteamericano Lauchin Currie. Traía consigo la idea de que el país debía industrializarse. Para ese entonces, el profesor Currie había pensado que para no despoblar totalmente el campo era necesario crear enclaves agroindustriales encaminados a generar un equilibrio entre los polos industriales y las pequeñas regiones. En el Tolima sólo Espinal y Armero fueron las llamadas a cumplir dicha labor.

Aunque Armero desde comienzos del siglo XX había tenido un desarrollo agroindustrial incipiente, es a partir de la segunda mitad del siglo XX que se convierte en la fuerza centrífuga que jalonaría la región del norte del Tolima. Tan así que el mismísimo James Carter, expresidente de Estados Unidos, en un periplo por las tierras de Armero le vaticinaba un futuro agroindustrial sin precedentes. Y no se equivocó.

La importancia de Armero es tal que, al igual que la Inglaterra del siglo XIX, logró crear clases sociales bien diferenciadas. Así como había clase obrera también desarrolló una elite económica y política que enfilaba todos los esfuerzos para que la región fuera cada día más próspera.

Con la tragedia del 13 de noviembre de 1985 y al desaparecer Armero, la fuerza centrífuga desaparecería sumiendo la región en el caos. Hoy 23 años después el norte del Tolima no encuentra la brújula. La razón consiste en que la elite social y económica que tenían los ideales del progreso y el cambio ha desaparecido. Si la región no ha podido forjar una nueva elite económica y social es porque quienes están llamados a trazar las directrices del cambio y del progreso —como es la clase política— han sido inferiores a los retos de la región.

Es por ello que casi un cuarto de siglo después, lo que se ha acentuado en la región es una dirigencia política con vocación al subdesarrollo, a la miseria y al atraso. Si no es así cómo explicar que las exenciones tributarias y arancelarias que había dispuesto el Estado para reactivar económicamente la zona afectada por la erupción del volcán del Ruiz no hayan sido aprovechadas. Una dirigencia política que fue incapaz de aprovechar el paternalismo del Estado para sacar adelante la región.

Triste señalar que de esa dirigencia política que tuvo Armero, la que existe hoy en día en el norte del Tolima es una fría caricatura carente de ideas y de propuestas. El ex político Ramiro Halima Peña, quien por más de treinta y cinco años le sirvió a la región y a su gente, argumentaba que más que ser concejal, alcalde, diputado o senador se necesitaba el don de la vocación.

No obstante, existe cierta unanimidad en señalar que de todos los municipios que conforman el norte del Tolima, Mariquita es el que ha tenido mayores cambios sociales y económicos. Quien mejor sintetiza este cambio es un amigo mío culto y adinerado que llegó a Mariquita hace más de cincuenta años. Decía él que si Mariquita ha visto prosperar a su gente económicamente la misma suerte no la ha tenido como municipio. Pues los negocios prósperos, los y las amantes, las casas lujosas, los buenos carros, el buen whisky y el derroche de dinero por doquier contrastan con los cinturones de miseria, la falta de un buen acueducto y alcantarillado, la ausencia de campos deportivos, de parques recreativos y, ante todo, la falta de una política agenciada desde la alcaldía para generar más empleo y desarrollo.

Este contraste entre una administración adormilada y un sector privado que avanza a zancadas, explica que lo que se está necesitando es una dirigencia política que esté a la altura de lo que es Mariquita hoy en día. Si en el norte del Tolima hay un municipio que en el futuro quiera convertirse en la fuerza centrifuga de lo que fue Armero hace 23 años, la gente debe pensar en relevar a quienes han hecho uso de los dineros públicos en los últimos quince años.

El bicentenario de Mutis y la industria cultural

Armando Moreno Sandoval

Publicado en El Puente, Honda, año 10, No 114, octubre de 2008. p. 4

En 1983, hace veinticinco años, con ocasión del lanzamiento de la Segunda Expedición Botánica se dio un evento muy parecido a lo que aconteció el pasado 11 de septiembre con el bicentenario de la muerte de Mutis. ¿Qué quedó de ese acontecimiento ya bastante lejano y que la memoria de los habitantes del norte del Tolima empieza a olvidar? ¿Se benefició en algo el norte del Tolima? Creo que la respuesta es unánime: nada.

A excepción de Honda, los demás municipios del norte del Tolima poca idea tienen de lo que significa un legado histórico. En Falán han sido incapaces de explotar el legado de la minería de la plata; Ambalema ya nadie recuerda el legado tabacalero que la hizo famosa en Inglaterra y Alemania; Mariquita ni se diga, no saben qué tienen; esta es la explicación del por qué en la efemérides de Mutis la administración municipal fue una convidada de piedra.

En el diario de Mutís, y lo que se ha dicho sobre Mutis que es mucho, se puede deducir que las actividades botánicas no sólo fueron en los alrededores de Mariquita, sino en una comarca bastante extensa que iba hasta San Luis. El caserío de Mariquita solo era el centro de operaciones. Y es explicable que ello fuera así. Para finales del siglo XVIII, Honda era un centro comercial de primer orden igual que Mompox y Cartagena, y lo que buscó el botánico fue un
sitio estratégico y equidistante para emprender sus caminatas científicas.

Valga recordar que en Mariquita, pensando en el bicentenario, algunos propusieron crear un comité para hacer un evento a la altura de la efemérides. Quien más impulsó esa idea fue Hernando López, golpeó las puertas de las diversas administraciones sin ser escuchado. La idea de López era sencilla pero eficaz: desarrollar un proyecto científico, académico y de industria cultural.

Años más recientes con Hernán Cuartas en la alcaldía, aprovechando una reunión de burócratas que llegaron a Mariquita para hablar de Mutis, Armando Salcedo le entregó a él y al presidente de la Fundación Mariano Ospina Pérez unos lineamientos generales de lo que se podía hacer y mostrar con ocasión del bicentenario de Mutis. Se recibió respuesta de Mariano Ospina Hernández presidente de la Fundación acogiendo las ideas, pero del señor Cuartas solo fue el silencio y la displicencia.

Esta es la explicación del por qué con ocasión de la efemérides, la actual administración no le pudo mostrar a quienes vinieron un Mutis mariquiteño. Ese Mutis hay que hacerlo. Y no existe por la sencilla de razón de que esta alcaldía, y las anteriores, fueron incapaces de estructurar un equipo de académicos e investigadores para que dieran cuenta del legado histórico de Mutis.
Aún hay tiempo para que Mariquita le muestre al ciudadano común y corriente que la visita un Mutis mariquiteño. Lo mismo deberá hacer Honda, Ambalema y Falán, y todos aquellos sitios donde estuvo Mutis.

No sé qué pensarán los alcaldes del norte del Tolima. ¿Será que se van a contentar solamente con el evento mediático del pasado 11 de septiembre? Bien que el presidente Uribe haya ofrecido dinero para reubicar a los habitantes del bosque. Ese es un problema social que toca darle solución, pero ese no es el legado de Mutis.

El presidente Uribe pensando en la Ruta Mutis, en su discurso dio a entender que el norte del Tolima poseía un legado histórico que estaba siendo desaprovechado. Era menester que los alcaldes fueran pensando en cómo desarrollar la industrial cultural. ¿Qué tanto saben los alcaldes y los concejales de la industria cultural? Quizás un ejemplo, los ponga a tono. Todos saben que Simón Bolívar meses antes de morir estuvo en Honda en una de sus casonas coloniales y lo que hace la industria cultural es cómo convertir ese hecho histórico en una industria que genere empleo, desarrollo y progreso. Así de fácil.

Ojalá no volvamos a repetir la historia de hace veinticinco años.

Mariquita, en las garras de la oclocracia

Armando Moreno Sandoval

Publicado en El Puente, Honda, año 10, No 113, agosto-septiembre de 2008, p. 4

Es posible que algunos actores de la política no tengan idea de lo que significó para el desarrollo de la democracia el filósofo italiano Norberto Bobbio. Esta anotación valga señalarla porque un estudio reciente que indagaba cómo era la formación intelectual de los políticos concluía que algunos no sabían para qué habían sido elegidos. Este vacío intelectual de quienes ejercen la política ha llevado en los últimos años a las instituciones del Estado a estar en manos de los menos idóneos. Esta situación ocurre porque los ciudadanos tampoco entienden para qué sirve la democracia, situación ésta que permite elegir al que más prebendas y demagogia ofrece.
Lastimosamente donde más se observa esta situación es en los municipios donde la abstención es visible. A pesar de que la mayoría no participa electoralmente, esta misma ciudadanía está cansada que los encargados de manejar los dineros de los contribuyentes (léase alcaldes, concejales y funcionarios) no sean los más indicados y sean individuos que llegan a los puestos a pelechar del erario público y no a servirle a la comunidad.
En sociedades donde la democracia ha alcanzado una mayoría de edad, como en Europa o en Estados Unidos, existe un empleado que es visto con malos ojos y ese es el funcionario público. La bronca tiene una explicación: pues los ciudadanos consideran que es un “vago” que vive a la expensa del trabajo de los otros, es decir, del dinero de quienes pagan impuestos.
Esta bronca que aun no ha llegado a estas sociedades que llaman subdesarrolladas o del Tercer Mundo tiene una explicación: los ciudadanos creen que los funcionarios se ganan el sueldo con los dineros que les gira el Estado. Lo que no saben los ciudadanos es que los sueldos y los viáticos que se ganan los funcionarios es el resultado de los diversos impuestos que se deben pagar con el sudor del trabajo.
Esta ineficiencia de algunos funcionarios públicos es la responsable que un alcalde con buenas intenciones de servirle a la comunidad termine gastando su popularidad en menos de que cante un gallo. Tan así que a unos cuantos meses del ejercicio del poder la popularidad que tuvieron para ganarse la alcaldía comienza a quedar en entredicho.
Si hay un funcionario en el norte del Tolima que sus amiguetes le están desgastando su popularidad, sin lugar a dudas, es al alcalde Juan Carlos Acero del municipio de Mariquita. Sintomático que no sean sus detractores políticos quienes lo estén desgastando, sino quienes estuvieron en la misma tolda de campaña.
Aunque no tengo pena en confesarlo, vote por Juan Carlos Acero y aun no estoy arrepentido. Vote por él porque me pareció interesante la visión que tenía sobre la administración pública: cual era de hacerla eficiente, desburocratizada y ajena de todo clientelismo. Entre las críticas que le hacen a la administración es la excesiva burocracia, amén de un equipo de trabajo que según los entendidos está dando mucho de que hablar por ser bastante nulo en el manejo de lo público.
El oráculo de la democracia como lo fue Norberto Bobbio, concebía la política como una ola. Señalaba Bobbio que el deber de un líder era permanecer en lo posible en la cresta de la ola y que cuando iba en picada lo mejor era cambiar de colaboradores para enfrentar nuevos retos.
Cuando le preguntaron al matemático inglés Isaac Newton cómo había concebido la ley de la gravedad, solo atinó a sugerir con humildad que se había parado sobre los hombros de los hombres de mentes más gigantes que la de él. Este consejo de Newton deberían de seguirlo los alcaldes. En vez de rodearse de individuos carentes de ideas, deberían de rodarse de individuos con mentes más gigantes que la de ellos mismos. No obstante, el miedo de un alcalde o de un político de enfrentarse a sus colaboradores cuando su propia popularidad va en picada es la razón por la cual termina, para desgracia de los pueblos, entregando la administración pública a las garras de la oclocracia.

Honda milenario

Armando Moreno Sandoval 

Publicado en El Puente, Honda, año 10. No 112, julio de 2008, p. 4 

La idea de que solo tenemos Historia a partir de la llegada de los españoles es, además de equivocada, un sentimiento de querer seguir siendo conquistados y dominados. Es aceptar que quienes llegaron antes de los españoles no hicieron Historia. Es creer que nuestros primeros antepasados carecen de registros históricos. 


Esta equivocación histórica es lo que ha llevado a muchos pueblos, entre ellos a Honda y a Mariquita, a creer que su Historia comienza con los españoles. Es por eso que en Mariquita se ufanan en creer, y con fechas aun no comprobadas en registros históricos de la época, de que la historia de Mariquita tiene menos de 500 años. 

Algo parecido le pasa también a Honda. En este pueblo de pescadores la élite de historiadores locales aún no se ha puesto de acuerdo sobre la fecha española de su fundación. La pregunta que surge es para qué desgastarnos con fechas qué poco o nada dicen, cuando, en verdad, la Historia de estos pueblos es mucho más antigua. 

El antropólogo y arqueólogo Arturo Cifuentes por fechas de radiocarbono 14 demostró que hace cerca de 2.100 años ya había gente viviendo en los ardedores del Salto de Onda (la escribo sin H porque así se escribía hace cerca de 450 años). Cuentan sus investigaciones que además de pescadores eran agricultores y cazadores. 

Pero, la investigación que más sorprende es la del antropólogo y arqueozoólogo Germán Peña, profesor e investigador del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia. Lo interesante de sus investigaciones es que partiendo de la arqueoictiología, —la ciencia que investiga cuáles eran las especies de agua más vulnerables para el consumo humano— nos indica que el poblamiento alrededor del Salto de Onda no data de hace 2.100 años, sino que comienza entre 2.400 y 2.450 años, es decir, 850 y 900 años antes de que llegaran los españoles. 

Lo que más sorprende de sus investigaciones es que hace más de 2.400 años —como lo hacen hoy en día muchas familias en sus casas— los habitantes del Salto de Onda acompañaban los viudos de bocachico, nicuro, capaz o bagre con aguacates y mazorcas de maíz que cultivaban en los alrededores de sus casas, y con papa traída del altiplano cundiboyacense. Sus investigaciones también dicen que cuando no había subienda su dieta alimenticia estaba acompañada —dependiendo de la época— por carne de guatín, venado, anfibios, reptiles y aves. 

Lo que quiero insinuar con estas investigaciones es que no tiene sentido que celebremos con alboroto el poblamiento de estas tierras a partir de la conquista española, sino que debemos comenzar a preguntarnos cuándo fue que llegaron los primeros pobladores. 

Para abandonar este exabrupto histórico es bueno recordar que la conquista española fue despiadada, brutal y sanguinaria, amén de quienes llegaron. Algunos documentos del Archivo General de la Nación en Bogotá señalan que Francisco Núñez Pedroso fue un personaje que además de haber intentando matar con otros compinches a Francisco Pizarro, huía del Perú por asesino y ladrón. También señalan los documentos que cuando la Real Audiencia a mediados del siglo XVI le concedió la capitulación para que viniera a recorrer las tierras de lo que hoy en día se conoce como Mariquita y Honda, llegó con otros malhechores matando niños, degollando y cortando cabezas, abriéndoles los vientres a las mujeres embarazadas y empalando a cuanto aborigen le viniera en gana. 

Los Hondanos ya no tienen por qué preocuparse por la fundación de Honda a partir de la conquista española. Pues, su verdadera fundación comienza con los primeros asentamientos y hasta que no se demuestre lo contrario con nuevas investigaciones esta fue hace más de 2.450 años. No sé de qué se ufanan aquellos que quieren seguir pensando la Historia de estos pueblos a partir de la conquista española, que de por sí además de reciente tuvo gran dosis de violencia. 

Valdría la pena que los alcaldes, concejales y profesores de colegios la repensaran.

martes, noviembre 25, 2008

Jesse James, Gran Bandido. Sus proezas, su fama y su muerte

Por: José Martí

(Esta crónica fue publicada por el poeta, cronista y ensayista cubano en “La Opinión Nacional” en Caracas en 1882).

Estos días que para Nueva York fueron de fiesta, han sido de agitación grande en Missouri, donde había un bandido de frente alta, hermoso rostro y mano hecha a matar, que no robaba bolsas sino bancos; ni casas sino pueblos; ni asaltaba balcones sino trenes. Era héroe de la selva. Su bravura era tan grande, que las gentes de su tierra se la estimaban por sobre sus crímenes. Y no nació de padre ruin, sino de clérigo, ni parecía villano, sino caballero, ni casó con mala mujer, sino con maestra de escuela. Y hay quien dice que fue cacique político, en una de sus estaciones de reposo, o que vivía amparado de nombre falso, y vino como cacique a elegir Presidente a la última convención de los demócratas. Están las tierras de Missouri y las de Kansas llenas de recio monte y de cerradas arboledas. Jesse James y los suyos conocían los recodos de la selva, los escondrijos de los caminos, los vados de los pantanos, los árboles huecos. Su casa era armería, y su cinto otra, porque llevaba a la cintura dos grandes fajas, cargadas de revólveres. Empezó a vivir cuando había guerra, y arrancó la vida a mucho hombre barbado, cuando el aun no tenía barba. En tiempo de Alba, hubiera sido capitán de tercio en Flandes. En tiempos de Pizarro, buen teniente suyo. En estos tiempos, fue soldado, y luego fue bandido. No fue de aquellos soldados magníficos de Sheridan, que lucharon porque fuera toda esta tierra una, y el esclavo libre, y alzaron el pabellón del Norte en las tenaces fortalezas confederadas. Ni de aquellos otros soldados pacientes, de Grant silencioso, que acorraló a los rebeldes aterrados, como sereno cazador a jabalí hambriento. Fue de los guerrilleros del Sur, para quienes era la bandera de la guerra, escudo de rapiña. Su mano fue instrumento de matar. Dejaba en tierra al muerto, y cargado de botín, iba a hacer reparto generoso con sus compañeros de proezas, que eran tigres menores que lamían la mano de aquel magno tigre.

Y acabó la guerra, y empezó un formidable duelo. De un lado eran los jóvenes bandidos, que se entraban a caballo en las ciudades, llamaban a las puertas de los bancos, sacaban de ellos en pleno día todos los dineros, y ebrios de peligro, que como el vino embriaga, huían lanzando vítores entre las poblaciones consternadas, que se apercibían del crimen cuando ya estaba rematado, y perseguían a los criminales flojamente, y volvían a las puertas del banco vacío, donde parecían aun verse, como figuras de oro que vuelan, las de los bravos jinetes, a los ojos fantásticos del vulgo, embellecidos con la hermosura del atrevimiento. Y de otro lado eran los jueces inhábiles, en aquellas comarcas de ciudades pequeñas y de bosques grandes; los soldados de la comarca, que volvían siempre heridos, o quedaban muertos; los pueblos inquietos, que, ciegos a veces por ese resplandor que tras de sí deja la bravura, veían en el ladrón osado a un caballero del robo, y dejaban latir los corazones conmovidos, cual se conmueven siempre, cuando la buena doctrina del alma no los purifica, ante todo acto extraordinario, aunque sea vil. Así, ante los toros que mueren a mano de los hombres en el circo enrojecido, suelen las damas de España lanzar al aire los grandes abanicos, y descalzarse del pie breve, para arrojarlo al matador, el chapín de seda, y enviarle la rosa roja que prende su mantilla, y batir palmas! Una vez estaba Missouri en feria, y no menos de treinta millares de hombres en la inmensa villa, todos de apuesta y de almuerzo, todos de juegos y de carreras de caballos. Y de súbito, corre miedo pánico. Era que Jesse James había sabido de la fiesta, y cuando tenían las gentes puestos los ojos en las cañas ligeras de los caballeros corredores, cayo con los suyos sobre la casilla de la feria, dio en tierra con los guardianes, y huyo con los copiosos dineros de la entrada. Lo que pareció a los de Missouri crimen que debía ser perdonado por lo hazañoso y gigantesco. Y otras veces esos malvados hundían los codos en sangre. Alzaban en una curva del camino, los hierros de la vía. Ocultábanse, montados en sus veloces caballos, en el soto. Y el tren venía y caía. Y allí era matar a cuantos hiciesen frente al robo inicuo. Allí el llevarse a raudales los dineros. Allí el cargar a sus caballos de grandes barras de oro. Allí el clavar en tierra a cuantos podían mover el tren. Si había taberna rica, y bravo del lugar, a la taberna del lugar iban, a armar guerra los bandidos, porque no se dijese que fatigaba caballo ni manejaba armas, hombre más bravo que los de James. Si se danzaba en las villas Texanas con las hermosas del partido, con el cabo de sus pistolas llamaba Jesse James a la casa de la fiesta, y como de él era la mayor bravura, de él había de ser la más hermosa. Enviaron a cazarle espía famoso, y con un cartel sobre el pecho, atravesado de balazos, hallaron al espía; el cual cartel decía que así habían de morir los que enviaran a la caza. Es aquella de las apartadas comarcas de esta tierra, vida singularísima que desenvuelve en los hombres, en la selva libre, todos los apetitos, todas las suntuosidades, todos los impulsos y todas las elegancias de la fiera! Bien es que el cazador de búfalos, hecho a retar al animal pujante, y a sentarse, como en su propio asiento, en los hijares de la gran res vencida, deje crecer y colgar por los hombros su cabello largo, y tenga el pie robusto hecho a hollar troncos, y la mano a doblarlos, y el corazón a la tempestad, y los ojos empapados de esa mirada solemne y triste de quien mira mucho a la naturaleza y a lo desconocido.

Mas, ¿dónde hallan, cómo quieren hallar diarios y cronistas, hazañas de caballero manchego en ese ensangrentador de los caminos? Bien es que le mató un amigo suyo por la espalda, y por dineros que le ofreció para que le matase, el Gobernador. Bien es que merezca ser echado de la casa de Gobierno, quien para gobernar haya de menester, en vez de vara de justicia, de puñal de asesino. Bien es que da miedo y vergüenza que allá en la casa de la ley, cerca de puerta excusada y en noche oscura, ajustaran el jefe del Estado y un salteador mozo el precio de la vida de un bandido. ¿Pues, que respeto merece el juez, si comete el mismo crimen que el criminal? Sombra era la del soto en que aguardaban a los trenes que habían de robar los de la banda de James, y sombra la del gabinete de gobierno, en que el guardador de la ley ajustó el precio del caudillo de la banda. Y los corregidores que le persiguieron en vida, le sepultaron en féretro suntuosísimo, que de su bolsa pagarán, o de la del Estado: el cadáver fue a ser puesto en tierra de la heredad materna, en tren especial, y no en tren diario: llevaban los cordones del féretro del bandolero los corregidores del lugar y millares de personas, con los ojos húmedos de llanto, acudieron a ver caer en la fosa a aquel que rompió tantas veces con la bala de su pistola el cráneo de los hombres, con la misma quietud serena con que una ardilla quiebra una avellana. Y los empleados de la policía del lugar quedaron arrebatándose la yegua veloz en que montó el bandido.