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viernes, abril 04, 2014

Un país pudriéndose a pedazos

Editorial

El Puente, Año 15, No 160, Marzo de 2014

El Tolima se quedó sin representación en el senado. Los políticos que se la jugaron pensando que el departamento podía catapultarlos con un escaño quedaron con los crespos hechos porque hicieron mal los cálculos.

Hay quienes creen que el norte del Tolima es desagradecido con los políticos de su tierra. Esta afirmación merece más análisis que pasión. El senado, para empezar, tiene un carácter nacional y soñar que solo la tierrita de su corazón puede ayudarlos, es caer en la ingenuidad y en la miseria de las ideas.
Si al norte del Tolima llegan candidatos de todos los pelambres, ello tiene una explicación. El norte del Tolima es tierra de inmigrantes y esa cualidad hace libre al ciudadano a la hora de votar. Es lo que explica la cantidad de candidatos de todos los rincones de Colombia.

Pero la realidad electoral da otra explicación. De un total de 994.905 sufragantes que tiene el Tolima, el norte solo ofrece 197.263 (19.82%). El grueso de los votantes está en el centro y sur del departamento. En sí el norte del Tolima no es atractivo electoralmente, su potencial de sufragantes es una pichurria.

Un análisis más detallado de las elecciones del 9 de marzo indica que el electorado está cansado de las promesas de los políticos. De un potencial electoral de 197.263, solo 68.425 (34.68%) fueron votos válidos.

En contraste con esos votos válidos están los votos blancos, nulos y no marcados que alcanzó la suma de 18.786 (9.56%) votos. A eso descontento necesariamente hay que sumarle la abstención que fue del 55.78%, es decir, 110.052 individuos que prefirieron darle la espalda a los políticos.

Las explicaciones del por qué la tierrita tolimense no acompañó a sus coterráneos al senado son variadísimas y todas pueden tener parte de razón. No obstante, la única verdad, y lo demuestran las cifras, fue que la gente se hastió de la clase política.

Hay quienes plantean que las votaciones para el senado son diferentes a las de cámara. La tesis más común es la de que la gente vota más. Pero la estadística electoral desmiente la regla. Fue tanta la desidia del norteño tolimense hacia el senado que su votación, si se compara con la de la cámara, fue de un máximo rechazo.

Mientras para la cámara los votos blancos, nulos y no marcados alcanzaron la cifra de 16.904 votos, para el senado fue 18.786 votos. Igual pasó con los votos válidos. De 71.358 votos que obtuvo la cámara, el senado solo obtuvo 68.425 votos.

Los grandes perdedores de estas elecciones fueron el Partido de la U del presidente Santos y el Centro Democrático Mano Firme Corazón Grande de Uribe. De 52.013 votos que obtuvieron Santos y Uribe en el 2010, esta vez, sumadas las votaciones de sus partidos, solo obtuvieron 29.461 votos.

Si quienes triunfaron en las pasadas elecciones fueron el voto blanco, nulo, no marcado y los abstencionistas, es de señalar que la maquinaria del poder y de la corrupción no se detiene. Desgraciadamente en Colombia no se ha podido forjar un partido democrático que sea capaz de aglutinar a los colombianos hartos e inconformes. Por desgracia, existe una minoría electorera que legaliza ante la ley a una clase política que, además de corrupta, es incapaz de resolver los problemas del país.

Cierto es que el país político quedó inconforme. Ni la manguala de la mermelada encabezada por el presidente Santos sacó lo votos que decían iban a sacar, ni Uribe fue arrollador como decían sus más fieles escuderos como un tal Pacho Santos que decía sacar 40 curules. También le fue mal a la izquierda que en vez de avanzar sigue perdiendo credibilidad en un electorado que cada vez cree menos en ella. Ni que decir del movimiento religioso MIRA con sus áulicos que creen que la felicidad está en el cielo; tampoco se quedan atrás los indígenas y las negritudes que, así duela, en corrupción no hay quien los iguale. El país político es una venérea, no hay con quién.

La triste realidad es que esta Colombia se sigue pudriendo a pedazos. Lo único que triunfó fue la corrupción rampante. Al congreso siguió llegando el hampa de cuello blanco y perfumado que representa a lo más degradado de la sociedad: paracos, matones, ladrones, narcos, dueños de casas chanceras, contratistas y un largo etcétera que dan ganas de vomitar.

Es lo que explica que tanto los herederos de la parapolítica como los hijos de las nuevas mafias hayan alcanzado la no despreciable representación de 70 curules en el congreso.



Políticos deslegitimados

Armando Moreno

El Puente, Honda, Año 15, No. 160. Marzo de 2014

Las pasadas elecciones al congreso de la república las ganaron por un amplio margen el voto no marcado, nulo, blanco y la abstención. Esta realidad no la quiere reconocer ni el sector político, ni los grandes medios como El Tiempo, El Espectador, Caracol Radio y otros. Aunque estos medios se alinean con el poder para desinformar, no obstante, las clases subalternas generan una contracultura política que les permite liberarse poco a poco de quienes quieren oprimirlas.

Un análisis desapasionado de lo que pasó en el Tolima y el Norte del Tolima con la Cámara de Representantes confirma lo que he planteado.

El departamento del Tolima tiene un potencial de 994.905 sufragantes. De ese total solo 462.092 (44.64%) votaron. Existe otra cifra que merece una lectura diferente. Y son los 553.706 individuos que prefirieron no darle el voto a nadie. Unos se expresaron a través del voto nulo, blanco y no marcado que suma 95.205 (20.59%). El resto, 437.608 (32.97%) fueron los abstencionistas.

Estas cifras lo que demuestra es un desprecio de los tolimenses por la clase política.

Si lo anterior sucedió a nivel departamental en las regiones sucedió algo igual o peor. De los 197.263 votos potenciales que tiene el norte del Tolima —Ambalema, Anzoategui, Armero-Guayabal, Casabianca, Falán, Fresno, Herveo, Honda, Lérida, Líbano, Mariquita, Murillo, Palocabildo, Santa Isabel, Venadillo y Villahermosa— solo 71.358 (36.17%) fueron votos válidos.

El resto, y que no sirvieron para elegir a nadie, fueron los votos nulos, blancos y no marcados que suman 16.904 (8.56%). Si a esta cifra se le suma la abstención, 109.001 (55.25%), veremos que los ciudadanos del norte del Tolima en vez de votar optaron por no acercarse a las urnas.

Si los grandes ganadores fueron la abstención, los votos nulos, blancos y no marcados, los grandes perdedores de la pasada contienda electoral del 9 de marzo fueron, sin lugar a dudas, la mermelada del presidente Santos y Álvaro Uribe Vélez y su Centro Democrático Mano Firme Corazón Grande.

En las elecciones presidenciales del año 2010, siendo candidato el actual presidente Juan Manuel Santos, en la primera vuelta presidencial el Partido de la U sacó en el norte del Tolima la no despreciable suma de 52.013 votos. Esta vez, sumados los votos de Santos y de Uribe, casi no llegan ni a la mitad.

Quien lo creyera pero la maquinaria mejor aceitada fue el Partido Conservador con 17.460 votos. Tras el está el Partido de la U con 16.831 seguido del Partido Liberal con 10.414 y por último la Mano Firme y el Corazón Grande de Uribe con 7.759 votos. Pero lo más triste que les pudo haber pasado a los seguidores de Uribe es que en ese año del 2010, un municipio como Mariquita, puso una votación mayor que la que sacó esta vez en todo el norte del Tolima: 8.259 votos.

Si contrastamos la votaciones del 2010 con las del 2014, el desplome de Uribe no solo se dio en Mariquita que de 8.259 pasó a 1.229 votos. El Líbano que puso 7.261 votos esta vez le votaron 1.928. Y en el Fresno de 6.755 pasaría a 1.372. Pero la caída más estrepitosa la tuvo en Honda. De 5.944 cayó a 468 votos. Y así sucesivamente con los demás municipios.

El desprecio de los colombianos por los políticos, no es como nos lo quiere hacer creer el registrador nacional. Él cree que el voto nulo, blanco o no marcado es porque los colombianos son analfabetos políticos. Tan así que ha pensado en malbaratar unos miles de millones de pesos en hacer un estudio para que le diga por qué los colombianos no votan bien.

Está demostrado que esta vez perdió el país político. Pues a nivel nacional el voto en blanco, nulo y no marcado alcanzó una cifra record de aproximadamente tres millones. Ni hablar de la abstención que alcanzó una cifra abultada jamás vista en la historia reciente de Colombia. Por el nuevo congreso que se posesionará el próximo 20 de julio solo votó el 33% de los casi 37 millones de personas aptas para votar. A la conclusión que se puede llegar es que este congreso que salió elegido para el periodo 2014-2018, es un congreso que no tiene el respaldo del pueblo.

Es decir, que en Colombia tanto el congreso como los políticos están deslegitimados. Aunque han ganado con una minoría de votantes que los legitima legalmente, no quiere decir que son la representación del pueblo. El triunfo no siempre es el de los vencedores. Esta vez el triunfo es de los vencidos, de todos aquellos y aquellas que con decoro y decencia prefirieron el voto nulo, no marcado, blanco y de quienes se abstuvieron de votar.


El triunfo de los futuros congresistas fue agridulce y falso. Lo que Colombia necesita es una Asamblea Constituyente para barajar un nuevo Estado colombiano.

La plaga maldita que la tierra parió

Armando Moreno

Editorial, El Puente, Honda, Año 15, No 159, febrero de 2014

El próximo 9 de marzo los colombianos elegirán un nuevo congreso por cuatro años. Ha sido tanta la desfachatez y la sinvergüencería de estos señores que una buena cantidad de ellos están presos. Los motivos los conoce la gente de sobra: corrupción, parapolítica y un largo etc.

Decir que este congreso que expira el próximo 20 de julio ha sido en la historia de Colombia el más desprestigiado es caer en el autoengaño. Acaso, preguntamos, es que ha existido alguno digno. El congreso de Colombia es la marimonda, el embeleco.

La gran mayoría de estos señores del Congreso, que se ganan el sueldo a costa del sudor de la gente que trabaja y paga impuestos, solo saben cobrar, o, en el peor de los casos, llegan allí para jalarle al carrusel de las pensiones. Cuando la mayoría de los colombianos tienen que trabajar más de 20 años para obtener una miserable pensión de menos de dos salarios mínimos, los mal llamados “padres de la patria”, con una "palomita" de unos cuantos meses, obtienen una mega pensión que por lo general ronda los casi 13 millones de pesos.

Ni hablar de su ausentismo rampante y su ineptitud en el trabajo legislativo. Les vale un pito los problemas del país y de la sociedad.

Seguir quejándonos no tiene sentido sí quienes eligen siguen votando por el más inepto, por el más corrupto. La desgracia de esta sociedad colombiana es que el ciudadano del montón el día de las elecciones vota mal y quiere que al día siguiente se gobierne bien. Así no se puede Colombia. No se puede seguir votando pensando en los “favores”.

Este panorama deplorable es el que se ve por estos días en las ciudades grandes y chicas de Colombia.
Otra desgracia de Colombia es que su sociedad aun no le pide cuentas a quien con su voto ayudó a elegirlo. La sociedad no ha entendido que el político es aquel que representa a la sociedad y como tal debe rendir cuentas. Si el ciudadano común y corriente no hace esta pedagogía consigo mismo será poco probable que este país cambie.

Ha sido tan grande la equivocación al votar que un ejercicio simple y llano es preguntarnos qué hicieron quiénes vinieron hace cuatro años a recoger votos y a vender ilusiones. Hace cuatro años se pasearon por estas tierras del Norte del Tolima prometiendo que si llegaban al congreso trabajarían por su tierra.

Vasta consultar las bases de datos de las entidades del gobierno para darnos cuenta que en el norte del Tolima no existen carreteras, sino trochas. Los hospitales públicos están dotados a medias; los centros educativos unos están cayéndose y, otros, están inconclusos. En fin, el departamento se caracteriza por pelear los últimos lugares en salud, educación, infraestructura vial y otras necesidades insatisfechas, amén de la corrupción.

Si esto sucede a nivel departamental y nacional, a nivel internacional Colombia no le va tampoco bien. Siempre ocupa puestos pocos decorosos. No nos preguntemos en qué somos buenos. Nunca salimos bien parados en nada, a no ser que sea en trata de blancas, narcotráfico, secuestro, sicariato, ladronismo y todas las plagas malditas que la tierra ha parido.

Colombia seguirá por las mismas si el ciudadano acolita la corrupción y sigue votando por los mismos. Es una obligación de todo ciudadano que se pregunte qué hizo el senador  o el representante que él ayudó a elegir.

Hay que decirlo...! al Congreso llega gente de baja calaña, maleantes, golfos, rufianes, trúhanes, mangantes. Un congrego compuesto con esta clase de gente es un atentado a la razón, a la civilidad, al decoro. Colombia no tiene por qué seguir siendo presa de los corruptos y ladrones de cuello blanco y perfumado. La herencia politiquera de los Santofimios, Gómez Gallo, Garcías y Pompilios Avendaños aún sigue vivita. Sus compinches ahí están y quieren, o han ocupado, el espacio de ellos.

Es necesario que la gente comience a pensar en el futuro de Colombia.


Mariquita se hunde...

Armando Moreno

El Puente. Honda. Año 15, No 158, Enero/febrero 2014

En términos sociológicos la habladuría, el chisme y el rumor, si es sano, cumplen un papel esencial en la sociedad porque la hace fuerte. Alrededor de un chisme o de un rumor la sociedad se une. El chisme y el rumor son como bisagras, ayudan a mantener el tejido social.

Colombia hace unas décadas atrás tenía una sociedad alegre y con un humor verbal picante. Nadie ponía una queja. Pero de un tiempo para acá, al debilitarse el tejido social con todos los problemas sociales que tenemos, la gente se está volviendo intolerante, quisquillosa y rabiosa. Tan así que cualquier comentario, chisme o rumor es resuelto a bala, a golpes y, lo que es peor, con demandas ante la justicia.

Aunque este estado de intolerancia social se está apoderando de los pueblos, un ejemplo, es lo que está pasando en Mariquita. La gente se está preguntando por qué ya no se puede cuestionar, ni hablar, ni criticar. Por qué los aludidos se sienten agredidos y ultrajados. Desde cuándo el cuento que se está manchando la honra y el buen nombre.

En Mariquita, como en casi todos los pueblos, es tradición que la gente para el 31 de diciembre despida el año con muñecos de año viejo. Son muñecos que tienen una carga simbólica y lo que expresan es un llamado de atención que la sociedad quisiera remediar.

Uno de esos muñecos representaba a un policía forrado de billetes. El muñeco fue destruido por los agentes de policía que se sintieron ofendidos. Ese acto de destrucción más que anular el mensaje lo que hizo fue que la gente se preguntara por qué lo hicieron. Si la policía hubiese sido más tolerante el mensaje hubiese pasado a un segundo plano y la sociedad no hubiese entendido la destrucción del muñeco como un acto de censura.

El otro acto de censura vino del mismísimo alcalde Bohórquez. Él que debería dar ejemplo de tolerancia ordenó destruir el muñeco. ¿Por qué la delicadeza del alcalde? ¿Acaso no es funcionario público? ¿Por qué el enojo? Lo que la sociedad estaba expresando era un inconformismo que él como alcalde debería haber tomado nota en vez de comportarse como un calenturiento.

Si el alcalde le jala a la censura, sus funcionarios no se quedan atrás. La gente no está viendo con buenos ojos lo que un funcionario de la alcaldía le hizo al periodista Iván Vega de Radio Lumbí. A la gente no le ha gustado que el funcionario le haya puesto una querella por tener una posición crítica respecto a la administración de la alcaldía del señor Bohórquez. La gente interpreta la actuación del funcionario como un acto de intolerancia y de soberbia. Y lo que es más grave querer acallarlo por la vía judicial.

Si los funcionarios públicos se están volviendo delicados y quieren que no le cuestionen sus actuaciones el consejo que les doy es que renuncien. Así de simple, renuncien.

Acallar la crítica, cualquiera que sea el medio que se utilice, es peligroso para una sociedad que, como la colombiana, ha debilitado su tejido social. Pues por esta vía se ha venido auspiciando el odio y la violencia. A muchos periodistas les ha costado su vida porque quienes ostentan el poder de lo público no gustan que les pidan cuentan y, mucho menos, que los critiquen.

A Luis Fernando Montoya Londoño, el director de este periódico El Puente, a diario recibe amenazas porque  denuncia la corrupción.

Si la intolerancia y la censura es generadora de violencia, desgraciadamente la lengua de algunos individuos también lo es. Que se utilice la habladuría, el rumor y el chisme con finura y delicadeza para divertir, alegrar y dar cuenta de lo que pasa en una sociedad, no hay problema. Pero que alguien use la lengua  para herir, dividir, incentivar el odio y hacer daño es ya un síntoma de enfermedad mental.

No olvidaré a Germán Montero “Judas”. Un hombre con una imaginación sin igual. Siempre me lamenté cómo no hubiese existido en Mariquita alguien que hubiera llevado a la palabra escrita ese mundo que él describía con la oralidad. Lo mucho que sé de la Mariquita del siglo XX se lo debo a “Judas”. Fueron muchas horas de habladuría, de risas, de camaradería. "Judas" con la lengua alegraba la vida.

Pero no todos son como “Judas”. Aunque no vivo en Mariquita entiendo, y lo admito, que no tengo porque caerle bien a todo el mundo. En Mariquita hay personajillos expertos en ponerle en los labios de las personas palabras que no han dicho. A mí permanente me las ponen. No les hecho nada en la vida, pero así son. Pareciera que, además de su resentimiento social, la razón de sus existencias fuera dividir y  crear odios.

Conozco un personajillo en Mariquita que se la da de “sangre azul”, jubilado, resentido, canoso, desocupado, solterón, casi octogenario y cascarrabias que es experto en ponerle palabras a los demás en la boca.

Personajillos como el que describo matan la alegría de un pueblo. Una lengua así puede también matar gente. Aquí el rumor y el chisme en el buen sentido de la palabra desaparecen. Lo que surge es la calumnia, el agravio, la mala leche para indisponer a los demás. Esta es otra forma de violencia. 

sábado, octubre 05, 2013

Álvaro Mutis (1923-2013): Honoris Causa, Universidad del Tolima, 1995

En septiembre de 1995, la Universidad del Tolima, le concedió a Álvaro Mutis, el Honoris Causa en Literatura.

Las palabras que dijo la noche del Honoris Causa, tienen para mí un tono nostálgico. Y es comprensible porque se remonta a su niñez.  He leído casi todo lo de Mutis y lo que se ha escrito sobre Mutis. De esas lecturas he llegado a la conclusión, y diría que casi en todos, que cuando hablan de Mutis, lo hacen a manera de circunloquios: ya que lo que dicen no es porque lo hayan leído, sino porque la han oído. 

Y respecto a los críticos tienen un tufillo que personalmente no me gusta: tienen algo que les hace falta cuando hablan de su obra: no conocen a Coello, como tampoco la tierra caliente del Tolima. Si la conocieran estoy seguro que entenderían mejor su obra. En esas críticas veo disquisiciones mentales y superfluas.

Meses después de haberse ganado el Premio Reina Sofía tuve la oportunidad de charlar con él, tras dar una conferencia en la Universidad de Barcelona, la sede que queda en  la Plaza de la Universitat en la Gran Vía.

Esa noche de otoño, acompañada por una ligera llovizna, al intercambiar palabras con los asistentes, me le acerque y  le dije: maestro su obra tiene un sabor a clima caliente. Como lo sabes, me dijo, soy tolimense de tierra caliente.

Esa noche le hable del escritor tolimense ya olvidado por quienes leen literatura:  Nicanor Velásquez Ortíz y su obra Río y Pampa. Le dije que esta obra, también, a su manera literaria, tenía un sabor a tierra caliente.

Transcribo las palabras que diera Mutis esa noche de septiembre de 1995:

 Amorosa y cordial ironía

Estoy profundamente emocionado. Se me confunden las nostalgias, las  certezas, el cariño, la falta que me hace esa tierra tolimense y me cuesta mucho trabajo decir lo que en este momento estoy sintiendo.

Quería, sí, anotarles algo: Hay una amorosa, una cordial ironía en todos estos homenajes que se me hacen y sobre todo en este doctorado Honoris Causa. Les voy a contar por qué.

La hacienda de tierra caliente
de los abuelo de Mutis
Es al paisaje del Tolima, al ámbito tolimense, a mis largas sesiones de lectura en la terraza donde se secaba el café en la finca de Coello, a esa fiebre por entrar en el  mundo de la poesía, de la historia, que no pude terminar mi bachillerato... Y que entonces ahora, precisamente el Tolima sea el que me de un doctorado Honoris Causa, cierra un anillo más de esos anillos que yo siempre he imaginado que son la vida del hombre y que a veces los dioses permitan  que los más preciados y los más importantes se cierren para formar parte de nuestro ser.

Yo hubiera esperado, desde luego, de muchas universidades muestras de afecto, no doctorados Honoris Causa, pero sí de solidaridad  con mi obra. Pero que precisamente la Universidad del Tolima me haga doctor en Literatura es algo que me emociona y al mismo tiempo, por fin, después de tantos años, justifica todas esas horas de lectura que mencioné y sobre todo una trampa  que le hacía al Instituto Politécnico y después al Colegio del Rosario, quedándome a veces hasta un mes en la hacienda contándole historias a mi madre, que no las creía, desde luego y que me permitían seguir leyendo la historia de Francia, la biografía de Felipe II, la obra de Balzac, la obra de Gerardo de Nerval, de Carlos Baudelaire y en ese transcurso y en esas horas robadas al colegio acabé, junto con el billar, con mi cartón de bachiller.
Álvaro Mutis

Pero la vida da otros premios también maravillosos. Tengo dos testigos de cuál es la maravilla de ese paisaje del Tolima y ellos me han acompañado amorosamente hasta hoy. El primero, mi hermano Leopoldo, ya ausente, cuyas cenizas deposité en el río Coello. El otro, mi entrañable amigo Álvaro Castaño Castillo, con quien hemos recorrido los caminos secretos de la finca, con esa intuición amorosa de quienes todavía podemos recordar el árbol de guamo doblado sobre el charco donde jugábamos de niño y donde nadábamos ya en plena adolescencia. Ellos han sabido mantener a mi lado intacto ese milagro prodigioso ese paraíso que es para mi Coello y el Tolima.

Muchas gracias, señor gobernador, muchas gracias señor Rector, muchas gracias señor alcalde de Ibagué y mil gracias, Álvaro, por acompañarme.


jueves, agosto 29, 2013

¿Qué hacer con el sector hotelero, turístico y cultural en el Norte del Tolima?

Armando Moreno

Hace varios años decíamos en este mismo espacio, refiriéndonos a la industria hotelera, turística y cultural, la necesidad de que las alcaldías impulsaran este sector. Lo decíamos con ocasión del Bicentenario de Mutis. Desde ese entonces acá no ha pasado nada. La conclusión a que se puede llegar es que quienes llegan a la alcaldía, o no entienden de esto, o a quienes colocan en esas oficinas que llaman turismo y cultura poco entienden del oficio.

Los alcaldes no entienden que tanto lo cultural y lo turístico están amarradas a la industria hotelera y que las tres van enganchadas entre sí. Pero en el norte del Tolima parece que todo esto es un zaperoco que nadie entiende. Y lo peor de todo es que las alcaldías se hacen las de la vista gorda. Para los alcaldes estos sectores son sinónimos de trago y parranda de mal gusto.

El volcán del Ruíz desde el municipio de Armero-Guayabal
El norte del Tolima, ni es turístico, ni es nada. Tan así que quienes sienten la necesidad de viajar a clima caliente lo hacen por desaburrirse de una ciudad como Bogotá pero no porque encuentren un aliciente turístico y cultural. Triste recordarle otra vez a los alcaldes que en vez de estar ladrándole a la luna todo el tiempo con proyectos que solo están en el deseo de ellos, porque no se pellizcan y tratan de nombrar en esos cargos administrativos gente idónea y capaz para desarrollar lo turístico y cultural. Funcionarios que sepan del oficio.

Es tan lucrativo lo turístico y cultural que países industrializados como Estados Unidos, Inglaterra, España y Francia un buen porcentaje del Producto Interno Bruto proviene de estos renglones que llaman sin chimenea.

Pero en el norte del Tolima  ya desde hace rato este sector viene dando botes sin saber para dónde va. Un buen ejemplo, y lo volvemos a reiterar, fue el Bicentenario de Mutis. Lo único que quedó en el recuerdo fue el paseo que se dio una burocracia pública a costa de los bolsillos de los contribuyentes.

Murillo: un encanto de pueblo
¿Qué pasó con la Ruta Mutis que pretendía ser toda una industria cultural? ¿Dónde está el  Ministerio de Cultura y los municipios del norte del Tolima que, con sus administraciones de turno, han sido incapaces de jalonar alguna propuesta?

A esta incapacidad burocrática hay que sumarle el interés que tienen sectores particulares de que el norte del Tolima no progrese. En el plano social está el mal gusto que tienen los comerciantes y vendedores de exprimirle los bolsillos al visitante con precios exorbitantes.

El otro asunto es el ruido infernal que con permiso del alcalde suelen hacerse hasta altas horas de madrugada. Que una minoría sea amante de la contaminación auditiva y ambiental con volúmenes de sonido a todo taco, no quiere decir que ese sea el gusto de la mayoría.

Un agregado que se está vendiendo en el mundo, como gancho para el turismo, es el de ofrecerle al visitante cero contaminación ambiental. La consigna es: sí a la riqueza cultural y turística, pero sana.

Las alcaldías deben recordarle a quienes tienen heladerías, restaurantes, almacenes. etc, que la inmensa mayoría cuando sale de una ciudad tan jarta como Bogotá lo que quiere es sosiego, descanso y precios justos en los productos que compra.

Honda: Puente Agudelo e iglesia El Carmen
Y, por otra parte, hay empresas como Enertolima  que con sus altas tarifas de energía impiden la generación de pequeños negocios. Dónde están los alcaldes del norte del Tolima que no han dicho ni pio. Pareciera que este asalto a los bolsillos de los contribuyentes no fuera asunto de ellos.

El norte del Tolima tiene todos los ingredientes para convertirse en un polo desarrollo turístico y cultural. Está la arquitectura, los paisajes, la comida tradicional, las fiestas, el pasado y un largo etcétera.

Pensemos en municipios como Murillo y Herveo con el volcán del Ruiz como atractivo, la fiesta del Señor de la Salud en Guayabal, la del Señor de la Ermita en Mariquita, la de Santa Lucia en Ambalema o la de la Virgen de Coloya en Lérida. Fiestas religiosas que servirían, además de ayudar a la fe, a dinamizar la economía de la región y de sus respectivos municipios. El clero tiene que dejar de pensar en las arcas del obispo y pensar más en el bienestar de la sociedad.



jueves, junio 06, 2013

PALLARES-BURKE, María Lúcia: La nueva historia. Nueve entrevistas.

Armando Moreno Sandoval

PALLARES-BURKE, María Lúcia: La nueva historia. Nueve entrevistas. Valencia: Publicaciones de la Universidad de Valencia, 2005, 299 págs.

La insularidad idiomática que caracteriza a Latinoamérica impide, en la mayoría de las veces, estar al tanto de la frontera del conocimiento o de lo que se produce académica e intelectualmente en países con idiomas distintos al español.

Este es el caso de las entrevistas que realizó durante más de tres años —agosto de 1996 a noviembre de 1999— la profesora María Lúcia Pallares-Burke del Centre of Latin American Studies de la Universidad de Cambridge. Las entrevistas hechas a nueve destacados historiadores fueron publicadas inicialmente en portugués en el cuaderno «Mais», Folha de S. Paulo, Brasil. Pero, la versión en libro y en el mismo idioma solo apareció en el 2000 y su traducción al español en el 2005. No obstante, hace escasamente un año arribaría a algunas librerías colombianas.

Si la primera mitad del siglo XX puede considerarse como el inicio de una revolución en la forma de pensar y escribir la historia, revolución esta que empezaría desde la fundación de la revista Annales en 1929, algo parecido podría decirse también de lo que aconteció con el que hacer de la historia durante la segunda mitad del siglo XX.

Aunque nombres como Marc Bloch, Lucien Febvre —fundadores de Annales—, Jacques Le Goff, Georges Duby nos llevan a la primera mitad del siglo XX, pues nos son excesivamente familiares, este libro de la profesora Pallares-Burke es un encuentro con los historiadores de la segunda mitad del siglo XX que también revolucionaron la forma de pensar y escribir la historia y que la critica historiográfica europea ha dado en llamarla La nueva historia.

Aunque La nueva historia en Colombia la asociamos con el historiador Jaime Jaramillo y sus discípulos —como lo fueron Germán Colmenares, Margarita Garrido, Jorge Orlando Melo, Marcos Palacios— poco tiene que ver con La nueva Historia que nos alude la profesora Pallares-Burke. Incluso, muy distinta, de aquella que se consolidó a comienzos y durante la primera mitad del siglo XX alrededor de la revista Annales.

Esta, La nueva historia, hace referencia a una generación de historiadores que, a pesar de que están en el ocaso de sus vidas, han pasado inadvertidos en las facultades de Ciencias Humanas de las universidades colombianas y me atrevería a decir, también, latinoamericanas.

Estos historiadores son en su orden cronológico, del más veterano al más joven, Jack Goody, Asa Briggs, Natalie Zemon Davis, Keith Thomas, Daniel Roche, Peter Burke, Robert Darnton, Carlo Ginzburg y Quentin Skinner. Amén de otros historiadores que, aunque no están en esta lista, también han estado en el olvido en los cursos de antropología, historia y sociología de las facultades de Ciencias Humanas en Colombia como es el caso del sinólogo británico Jonathan D. Spence.

La pregunta que surge es: ¿por qué estos nombres han pasado desapercibidos en la formación de las nuevas generaciones de estudiosos de las Ciencias Humanas? La respuesta es sencilla: porque sus planes de estudios aun siguen presos de la generación de sociólogos, historiadores y antropólogos que hicieron gigantes a estas disciplinas en la primera mitad del siglo XX. Léanse M. Weber, E. Durkhein, B. Malinowsky.

Aunque pareciera que el interés de este escrito  fuese hacer una crítica historiográfica a las disciplinas de las Ciencias Humanas, pienso que no sobra. Más bien, si es un abrebocas para preguntarnos por qué valdría la pena leer este libro. Existen muchas razones. No voy a enumerarlas todas. Pero para mí, la principal es que ofrece a cualquier estudioso de las Ciencias Humanas herramientas de carácter teórico y metodológico para repensar el oficio de la antropología, la sociología y la historia. Suficientes para preguntarnos el por qué esta revolución en la forma de pensar y escribir la historia ha pasado desapercibida.

Pero si alguien me preguntara por qué este libro de entrevistas de la profesora Pallares-Burke, diría, y es un consejo que doy a mis estudiantes, es que antes de aventurarse a leer la obra del autor, primero lean el autor. Porque a través del autor, el estudioso ha de encontrar ese mundo subjetivo que motivo a ese antropólogo, historiador o  sociólogo a escoger el oficio.

Como este consejo de Robert Darnton, gran historiador del libro y de la lectura, que decía a sus alumnos no echar en saco roto aquella otra literatura que a manera de crónicas retrataban el bajo mundo del crimen. Insumo más que necesario, según él, para pensar en el oficio de la escritura de la historia.


Pero más allá de esa subjetividad que podemos encontrar en quien ejerce el oficio de historiador, antropólogo o sociólogo, es que este libro es maravilloso por otra sencilla razón. Es una fiesta de los saberes. Nos enseña que cualquier oficio de  las Ciencias Humanas sería imposible si, quien lo va a ejercer, hace omisión del dialogo con otros saberes: literatura, arte, política, ciencia, sociología, historia, antropología.