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domingo, julio 12, 2026

¿Quién es fascista?

Armando Moreno Sandoval 

En las elecciones que acaban de pasar en Colombia para elegir presidente (2026-2030), el bando del cepedismo-petrista utilizó una palabra que manosearon hasta saber a cacho: fascista. 

Lo que aún generó más confusión es que el término, además de restregárselo a Abelardo de la Espriella, se lo endosaron también a sus seguidores y a quienes iban a votar por él. Valdría entonces preguntarnos si los casi 13 millones de ciudadanos que votaron por una alternativa diferente al Pacto Histórico eran de derecha, fascistas, o, si la usaron como una palabreja peyorativa para meter miedo y torcer el voto.

Para comprender las preguntas anteriores, irremediablemente tenemos que acercarnos al historiador italiano Emilio Gentile quien es, sin duda, la máxima autoridad para entender el fascismo. 

Valga señalar que su historiografía sobre el fascismo es monumental y, para este escrito, las ideas que expondré se las he robado de su libro ¿Quién es fascista? 

En principio, nos dice, que se debe desmantelar lo que él llama el ”fascismo ahistórico” o sea la manía que se tiene hoy en día de estirar un término hasta que pierda todo su sentido. 

O para hacer más comprensible la idea. Es la maña que se tiene de traer un concepto del pasado para explicar el presente. O demosle la vuelta a la idea. Es comprender el presente con las ideas del pasado.

Gentile argumenta que usar la palabra “fascista” como un insulto genérico para cualquier líder autoritario, conservador o simplemente antipático despoja al término de su verdadero peso histórico. Y agrega. Si todo es fascismo, nada es fascismo. 

El peligro está en que, al banalizarlo y manosearlo tanto, nos volvemos incapaces de reconocer el fascismo real si este volviera a surgir. Gentile nos llama la atención que el uso desmesurado de la palabra nos ha llevado en esta época a no entender las amenazas democráticas actuales, que son nuevas y diferentes.

Para Gentile, el fascismo no es una “maldición eterna” que flota en el aire, como decía el semiólogo y novelista italiano Umberto Eco (esta idea la leí en una entrevista, no en el libro referido), sino un producto muy específico de la Primera Guerra Mundial y la crisis de la sociedad de masas del siglo XX.

Señala él que no se puede separar el fascismo de sus elementos constitutivos: un partido de milicias armado, el culto absoluto al Estado, la destrucción violenta de la democracia desde dentro y la ambición de crear un “Hombre Nuevo” mediante el control totalitario. 

Para no confundirnos y llamar a todo fascismo, valga el ejemplo con los Populismos autoritarios que están en boga en este siglo XXI. Él dice que estos operan dentro de las reglas del juego electoral y dentro del capitalismo global; y que no buscan militarizar a toda la sociedad.

Otra zanja muy clara entre los líderes soberanistas o populistas de hoy y el fascismo histórico, es que el populismo de hoy apela al “pueblo” contra las élites (léase la carreta de Petro y sus seguidores de ricos vs pobres), y que utiliza las elecciones y la democracia para legitimarse. No busca eliminar el parlamento ni crear un régimen de partido único.

Siguiendo con los ejemplos anteriores, en otra entrevista reciente publicada en el libro El pasado no ha muerto, se deduce que llamar a Donald Trump, Jair Bolsonaro, Mateo Salvini, Víctor Orban, Marine Le Pen, Santiago Abascal, etc., o conceptos como “fascismo de izquierda”, “islamofascismo” es solo un disparate. Es no saber de qué se está hablando. “Porque todo lo que no hace crecer nuestro conocimiento de las nuevas realidades que produce la historia es inútil y nocivo”.

Y continúa el profesor Gentile: el fascismo de ayer no quería representar al pueblo existente; quería transformarlo a la fuerza. El fascismo rinde culto al Estado y al Líder, no a la “voluntad popular” abstracta. Su fin último era el totalitarismo.

El peligro actual, advierte Gentile, no es el regreso de las camisas negras ni de Mussolini. El riesgo real de hoy, y que es el más notorio, es la degradación interna de las democracias occidentales: “democracia sin demócratas”. Regímenes donde se sigue votando, con unas instituciones que se vacían de contenido, que aumentan la apatía ciudadana y concentran el poder en nuevas oligarquías. 

Lo otro que es un error de diagnóstico fatal es hacerles creer al pueblo que, votando contra el candidato de los supuestos ricos, se está luchando y combatiendo contra el fascismo de 1922.

El lío con la palabra “fascista” que se ha convertido en el adjetivo de moda para descalificar al rival político, o a cualquier otro actor que quiera apropiarse del pueblo, de la manada, de la masa, es que se termina ignorando qué es lo que está pasando con la realidad social actual y qué es lo que hoy mueve al pueblo, a la manada, a la masa (populismo, batallas culturales, líderes autoritarios pero electos y otros etcéteras).

En conclusión, el llamado del profesor Gentile es a la precisión conceptual. Explicar que, para defender la democracia de las amenazas del siglo XXI, primero debemos llamarlas por su nombre real y dejar de cazar fantasmas del siglo pasado.