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martes, abril 30, 2024

Ramiro Halima Peña. Obituario

 Armando Moreno Sandoval

La gran escritora francesa Margareth Yourcenar en una entrevista que dio unos pocos años antes de morir y que leí hace años, al preguntarle el periodista qué era la soledad, respondió ya cansada por el peso de los años, que esta se sentía cuando los amigos comenzaban a morirse.

Horacio Serpa y Ramiro Halima 
El pasado 25 de abril de este 2024 murió Ramiro Halima Peña. Ya alejado de la política aún seguía generando odios y amores. La pregunta es por qué? La respuesta no es fácil. Es cómo cuando los estudiosos extranjeros de la violencia se preguntan por qué los colombianos se niegan a vivir en convivencia, se niegan aceptar al Otro con sus errores y equivocaciones.

En mi adolescencia y juventud, aún siendo colegial, quienes éramos militantes de la Juventud Comunista fuimos, cosa curiosa, la única oposición que tenía Halima. Sea dicho, él barría en las elecciones. Y don Carlitos, como le decíamos al veterano Carlos Vera, el eterno concejal del Partido Comunista, lo único que podía hacer era observar cómo gobernaba.

Independiente de quienes tienen una lectura de él diferente a la mía, pienso que Halima significó un cambio en la política mariquiteña. Equivocado o no, de la mano de Alberto Santofimio Botero, dominó la política de Mariquita y del norte del Tolima.

A nivel local se dio el lujo, recién graduado como abogado, de liquidar a una vieja guardia política que la Mariquita del segundo lustro de los años 70 del siglo XX se les conocía como el “notablato”. Eran unos ancianos que lo único que hacían era ponerle palos a las ruedas para que Mariquita permaneciera en el ostracismo.

El ocaso de la política de Halima llegó con la Constituyente de 1991. Habiendo sido electo como representante a la Cámara, la Constituyente les revocaría el mandato a los recién electos congresistas, reelección que luego le sería negada a algunos en las próximas elecciones para el Congreso. Porque, a decir verdad, la vieja política con sus mañas y todo regresaría de nuevo al Congreso para estrenar Constitución.

El golpe definitivo le vendría a Halima con la elección popular de alcaldes. Yo que fui comunista carnetizado, y no me da pena decirlo, ya alejado de la militancia Comunista y de los coqueteos ideológicos con la izquierda, alguna vez bebiendo whisky con él, me dijo que el mayor error de su vida había sido haber hecho alcalde a su hermano Said.

Los rayos del sol le caerían con todo sobre sus espaldas en las elecciones siguientes. Cuando toda su militancia y adeptos le decían que no le apostara como candidato a la alcaldía al, en ese entonces, joven Arnulfo Roa, él en su terquedad, y sin calcular el error político, decide hacer oídos sordos. Es cuando sus mismos amigos que le habían votado y aplaudido su gestión se le abren con un candidato alterno, el ya poco recordado William Rubio. Y ahí fue Troya. Su candidato era derrotado. Era el comienzo del fin del Halimismo. Ya que en unas elecciones posteriores siendo él mismo candidato a la alcaldía sería derrotado en las urnas por el mismísimo William Rubio.

Después de esa derrota jugaría al ajedrez político. De la mano de la casa política de los Jaramillo llega al Senado, logrando así su pensión que le daría para vivir holgadamente hasta el fin de sus días.

Aunque militó en el Partido Liberal, tuvo su propio movimiento, el famoso Comando Popular. Quitando y poniendo alcaldes, y bajo sus directrices, impulsó la apertura de callejones que unirían las veredas entre sí. Con ese ahínco que tuvo para abrir callejones, así tuvo la dicha de abrir escuelas. Llevó la educación al campo. A cada vereda le erigió una escuela. Un gesto de quienes creen en la educación como una forma de salir del atraso. Pero la educación no sólo echó raíces en el campo. En el casco urbano, cuando la educación era eminentemente diurna, da la orden de fundar el colegio nocturno Isaías Diaz, la escuela Elías Cajeli Blecker y el Colegio agropecuario Tierra Libre. También le da por los murales alegóricos a la expedición Botánica y que pueden aun apreciarse en la Alcaldía Municipal.

Impulsa las artes con un salón anual que fue liderado por el difunto Pablo Valdez. Único en el norte del Tolima y que, sin el mecenazgo de Halima, iría desapareciendo poco a poco hasta morir.

Con Halima los mariquiteños de aquella época conocieron el asfalto y el alcantarillado a cambio de los pozos sépticos.

Aunque no hay evidencia escrita de un acta que señale que la fecha de fundación de Mariquita sea un 28 de agosto de 1551, Halima y sus amigos de ese entonces, con Manuel Aldana como su primer alcalde a la cabeza, decidieron que esa era la fecha.  A él se le debe que cada 28 de agosto Mariquita esté de cumpleaños.

La efeméride de la fundación de Mariquita fue lo mejor del Halimismo. La fecha en sí es un embuste. Quien escribe este obituario tuvo el placer de consultar la obra original de fray Pedro Simón, el cronista del siglo XVII. En la parte que hace referencia a Mariquita la fecha original está tachada, y quién lo hizo escribió al lado: 28 de agosto. La caligrafía es diferente a la de fray Pedro Simón. La duda que dejó es más que inmensa, pues no se sabe quién de los dos tiene la verdad. Si fray Pedro Simón o el chistoso que borró la fecha original.

Mariquita tampoco tenía bandera. Dando la orden de crear una bandera, sus amigos le echaron mano al pasado y a la imaginación. Mi viejo amigo que  ya murió, y que estuvo en esa borrachera, contaba que todo sucedió en  un bar de mala muerte. Ya borrachos y con putas acaballadas sobre las rodillas, balbucearon con aguardiente en mano cuáles serían los colores de la bandera.

Uno de ellos dijo: un color imprescindible sería el amarillo porque recordaría el pasado de Mariquita atravesado por minas de oro. Otro, mientras le daba besos a una puta negra de cabellera desparpajada y diente de oro, mencionó con la furia de un borracho pasado de tragos, que para recordar lo que había hecho José Celestino Mutis en Mariquita que mejor que el color verde. Un cojineto que se había sumado de último y de lambón a la borrachera, desde el orinal haciendo a un lado la cortina, dijo: Mariquita tierra de paz y que mejor que el color blanco. Contaba mi amigo, incluyéndose él, que todos gritaron vivas alzando la copa. Así nació la bandera que engalana a Mariquita.

Claro está que no todo fue color de rosa. Su coqueteo con la izquierda ajena al Partido Comunista lo llevo por la Cuba de Fidel Castro. De allá trajo un proyecto que le valió criticas hasta de sus adeptos más radicales. El populacho no le perdonaba que le hubiera abierto un boquete a la plaza principal. En vez de la biblioteca que había soñado era un subterráneo convertido en guarida de ratas que, con el tiempo, se convertiría en un elefante blanco que albergaba un criadero de zancudos y botadero de basuras, amén de la caca y los meados de los borrachos.

Aunque gobernó con mano firme, no quiere decir que el poder no se le saliera de vez en cuando de las manos. Sus empleados, todos nombrados por él, fueron  a veces diana de la política que con sus actuaciones contribuyeron al desgaste político. Recuerdo la vez, porque lo vi con mis propios ojos, en un cumpleaños de Mariquita, la alcaldía se había convertido en un lupanar de dedo parado. El escritorio del alcalde a falta de cama sirvió para retozar de sexo desenfrenado en medio de la borrachera.

Lo que sí generó cantaleta hasta decir no más, fueron la venta de los ejidos. Mariquita como ningún pueblo en Colombia gozó de grandes extensiones de tierra conocidas como ejidos. Esa figura heredada de la colonia española era un regalo del Rey para con sus súbditos. Su fin era que quien no tenía “sangre azul” usufructuara y gozara esas tierras.

El eminente historiador Jaime Jaramillo Uribe formuló la tesis que Colombia a pesar de la revolución de 1810 no había abrazado la República, sino que lo que llamaban Estado era un remedo que seguía atado a las formas heredadas de la Colonia española. Sería a mediados del siglo XIX siendo Florentino González, secretario de Hacienda, que, al introducir el libre comercio y la libertad de empresa, Colombia comenzaría a modernizar su economía, sus leyes, pero, sobre todo, a cambiar la mentalidad atada a la tierra y a la sumisión. Ya que el introducirse el libre mercado, la economía necesitaría mano de obra, y que mejor que acabar con los ejidos, los resguardos y con la esclavitud. El capitalismo no necesitaba siervos, ni esclavos. Necesitaba hombres libres que vendieran libremente su fuerza de trabajo al mejor postor.

Los ejidos sobrevivieron en Mariquita hasta el “reinado de Halima”. La pregunta es por qué. El poeta Rafael Pombo a finales del siglo XIX se refirió a Mariquita como una miserable aldea. La carta fue publicada en la primera edición de Julia, la novela Mariquiteña escrita por Juan Esteban Caicedo Q. Lo dicho por el poeta Pombo coincide con los registros demográficos. Mariquita aparte de no tener población, solo era escombros y malezas por doquier. Y uno que otro cotudo deambulado por la plaza. Por tanto, no tenía cómo expulsar mano de obra. El campesino y el negro ofreciendo su mano de obra solo llegaría con la construcción del ferrocarril y del cable aéreo a comienzos del siglo XX. 

Cierto es que los ejidos fueron vendidos. Dicen que con ese dinero los mariquiteños conocieron el alcantarillado.

El lunar más negro y que nunca le perdonaron en vida fue la ausencia de un acueducto moderno y eficiente. Tan así que el agua que salía por el tubo para llenar las albercas recibió, por su color turbio, el nombre de “Agua sabor Halima”.

A los habitantes de Mariquita toca recordarles que, así como tuvo ejidos, también tuvo su propia empresa de telefonía. Fue vendida al monopolio estatal Telecom.

Es una lástima que Halima no haya dejado nada escrito. Le rogué como tres veces de que dejara por escrito sus memorias. No tenía por qué redactarlas él mismo. Le insinué que lo haría a su nombre. Solo tenía que mover la lengua y los labios. Su negativa radical me llevo a no volverle a insistirle nunca más. De lo que si estoy seguro fue que se llevó un universo de secretos a su tumba.

Por ahora podemos decir, sin riesgos a equivocarnos, que el único “gamonal” que ha conocido Mariquita tiene el nombre de Ramiro Halima Peña. Y lo fue en una época donde la política se movía con un dedo.

Descanse en paz.