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martes, junio 11, 2019

La vez que el biólogo evolucionista Edward O. Wilson visitó a Mariquita (Tolima)

Armando Moreno Sandoval
Edward Wilson
Una correspondencia de José Celestino Mutis dando cuenta de una hormiga legionaria entusiasmó al biólogo y profesor emérito de la Universidad de Harvard, Edward O. Wilson,  a escribir sobre Mutis. Ese dato seguramente lo llevó a pensar en viajar a Colombia, pero sobre todo a Mariquita, el sitio donde había vivido y trabajado José Celestino Mutis a finales del siglo XVIII.
Años después, cuando algunas entidades colombianas optaron por crear la catedra medioambiental, y al escoger el científico que daría  la primera cátedra, el consenso sobre el nombre fue unánime: esa persona sería el estadounidense Edward O. Wilson, el biólogo evolucionista más importante que ha dado la humanidad después de Charles Darwin.
El profesor Wilson el inventor de la palabra biodiversidad, y que gracias a él luchamos por salvar el planeta tierra,  en su último libro La conquista social de la tierra (2012: Debate) nos da a conocer la palabra eusocial para explicarnos a través de ella que la organización social y la división del trabajo, que creíamos era del Homo sapiens, ya otros seres vivos habían evolucionado hacia la eusocialidad. Entre esos seres vivos eusociales están las abejas, las avispas, pero sobre todo, las hormigas que viven en la tierra desde hace 160 millones de años.
El profesor Wilson tiene en su haber  27 doctorados Honoris Causa, 90 premios internacionales por sus contribuciones a la ciencia y a la humanidad, junto a Bert Hölldobler obtuvo dos premios Pulitzer por sus ensayos sobre la naturaleza humana y sobre las hormigas, la Medalla Nacional de Ciencia de Estados Unidos y el premio Crafoord, equivalente a un Nobel de Biología. Al preguntársele que pedía para venir a Colombia la única condición que puso  era que lo llevaran a conocer a Mariquita.
El lunes 27 de agosto de 2007, además de la cátedra medioambiental que dio, se le vio en la Universidad Nacional visitando el Instituto de Ciencias Naturales. Pero el 28 de agosto cogería, con sus acompañantes, camino a Mariquita.
En esta casa se dibujaban las plantas que traía Mutis
El paso del profesor Wilson por Colombia, lo mismo que el viaje  a Mariquita, tuvo poco despliegue en los medios escritos y hablados. Y quienes dieron cuenta del viaje no fue mucho lo que informaron.
Alejandro Gaviria quien viajó con el profesor Wilson a Mariquita  relató que “a la altura de Sasaima, la caravana de peregrinos se encontró con un trancón kilométrico. Inexplicablemente la policía de carreteras había detenido el tráfico en ambos sentidos para facilitar la demarcación de la vía. Wilson salió del vehículo para estirar sus piernas. Y después de caminar 50 metros, encontró un hormiguero al borde de la carretera. Inmediatamente se arrodilló con devoción religiosa. Y permaneció así por unos minutos, como si estuviera rezando, con los ojos a pocos centímetros de la superficie y la lupa en su mano como si fuera un ícono sagrado. La sinceridad de su credo (de la defensa de la biodiversidad sustentada en la pasión por la ciencia) no dejaba dudas.

La imagen de Edward O. Wilson arrodillado en una carretera colombiana resume, en mi opinión, la importancia de su visita a Colombia. Wilson nos permitió, así fuese por unos días, mirar a nuestro país a través de sus ojos. Y apreciar, entonces, nuestro pasado, la valiosa (y olvidada) obra de Mutis. Y nuestro futuro, la preciosa (y amenazada) biodiversidad”.
Casa donde vivió Mutis
Por los registros de prensa presumo que llegó, seguramente poco  antes del mediodía. Quienes lo acompañaban no sabían que por esos días Mariquita celebra, cada 28 de agosto, las efemérides de su fundación. Como ha sucedido siempre, si la fecha cae entre semana, el bullicio y la algarabía de tragos, rumbas y gritos lo aplazan para los fines de semana. Esta es la explicación del por qué el profesor Wilson encontró un pueblo vivible, apacible y amable.
Si para quienes nacimos y nos criamos en Mariquita, el viaje entre Bogotá  y Mariquita, es feo y aburrido; mirar el valle del Magdalena a la altura del Alto de la Mona tampoco lo hace placentero. Seguramente para el profesor Wilson ese mundo nuevo que se estrellaba ante sus ojos le hizo olvidar el sopor que genera el calor y el cansancio del viaje.
La alegría de estar en Mariquita lo llevó a decir: “Venir acá y ver donde él vivió le da vida a lo que estoy escribiendo sobre José Celestino Mutis”. Y agregó que además de haber sido un personaje en la historia de la ciencia lo admiraba por haber sido el primero en haber estudiado las hormigas.
En el restaurante, antes del almuerzo, pidió un trozo de panela y se la puso de carnada a las hormigas. Mientras comía un pernil de pollo con ensalada y papas chorreadas, veía cómo las hormigas llegaban. No  llegó la legionaria que había descrito Mutis.
Quienes estaban con él vieron como de su chaleco sacó unas pinzas, atrapó una y la metió en un frasquito con alcohol de los que siempre lleva consigo para guardar  sus muestras.
Tras el almuerzo, y con los bolsillos llenos de insectos, hizo un periplo urbano por los protositios que la tradición oral considera que vivió y trabajó Mutis. Tras ver la casa esquinera con techo de paja que desde niño en la escuela nos enseñaban que ahí en ese sitio había vivido José Celestino y el inmueble colonial ubicado dentro del perímetro del Colegio Francisco Núñez Pedroso, y que escuchábamos decir, que ahí en esa casona dibujaban las plantas, salió el profesor Wilson con sus acompañantes hacia el bosque municipal.
Gabriel Romero Campos nos cuenta que “en medio de sus preguntas fue sorprendido por el sabor de la papaya, los patacones y la arepa de huevo. Y en cuestión de horas, los pedía en su escaso español, y en inglés rogaba “No me digan doctor, no me digan Don. Don suena como a mafioso”. Y finalmente pedía que no le dijeran Edward, sino Eduardo.
Quienes estuvieron con él dan cuenta que camino al bosque municipal se vio rodeado de chiquillos que sin decirle doctor, al enterasen que buscaba hormigas, recibió de ellos tal cantidad que en un dos por tres no le quedaba libre un frasco más.
Lo que los mariquiteños y la comunidad académica no sabe, y sin tanta alharaca cuando un académico de pacotilla de alguna universidad pública o privada  halla una especie sin clasificar, en medio de los improvisados recolectores de hormigas y quienes estaban con él, dijo: “He visto dos mil tipos de hormigas y hoy recogí tres tipos diferentes”. El profesor Wilson en un ratico había dado cuenta de nuevas especies de hormigas.
En el bosque de Mariquita recogiendo hormigas
Su única noche de campo  en Colombia la pasó en Mariquita. A la mañana siguiente, agosto 29 de 2007, el segundo lugar visitado fue un bosque cercano a la finca Jabirú. Acompañado por su séquito observa y nombra algunas de las hormigas. Una vez más emprende la búsqueda de la hormiga registrada por Mutis que  no pudo encontrar: “De haberla hallado, hubiera cumplido completamente mi misión de venir a Colombia, pero estoy feliz. A pesar de que estuve aquí menos de 24 horas, es un lugar que nunca se me va a olvidar”.
Fernando Fernández, el profesor de la Universidad Nacional, cuenta que el profesor Wilson explora el suelo, las ramas, los troncos caídos. Surgen nombres científicos. Una Pheidole por aquí, una Pachycondyla por allá. En algunas ramas unas Camponotus; en otras merodean las agresivas Aztecas. En el suelo las "autopistas" de las cortadoras de hojas, Atta, hormigas que sin duda observó Mutis.
El buen ojo del profesor Wilson capta una rama con nódulos de una planta, la varasanta (o palosanto). Alguien  baja la rama y el nódulo arroja otras hormigas, las Pseudomyrmex de dolorosa picada
El regresó a Bogotá le trae otras sorpresas al profesor Wilson. Entre Honda y el Alto de la Mona el profesor observa a su derecha la cordillera central, el valle del río Magdalena y los parches de bosques. Una vez más queda maravillado.
Con la nostalgia que genera la partida el profesor Wilson hace la promesa de volver a Colombia, y por supuesto a Mariquita, para el bicentenario de la muerte de José Celestino Mutis. Seguramente sus compromisos le impidieron venir, o, a lo mejor no lo invitaron. Así como no invitaron a José Orlando Velásquez, biólogo y botánico autodidacta, y que hoy por hoy, es de los pocos que mejor conocen el bosque.
Al otro día de su partida, Juan Lozano, el entonces ministro de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial, firma la Declaración Cuenta Atrás 2010, que compromete a Colombia a incrementar sus esfuerzos para proteger la biodiversidad, especialmente en el piedemonte amazónico, los páramos del nororiente, el Eje Cafetero, el Macizo Colombiano, el Pacífico y el Valle del Cauca. Como le dijeron en Mariquita: Ojalá vuelva.
La Declaración es un saludo a la bandera. El bosque municipal donde trabajó Mutis por varios años, y que 200 años después visitó el profesor Edward O. Wilson está muriendo ante la desidia de las autoridades municipales, departamentales y del Estado colombiano.
La visita del profesor Edward O. Wilson a Mariquita bien podía haberse llamado parodiando el título de una columna que hace años escribí: Viaje al moribundo bosque del sabio José Celestino  Mutis


lunes, junio 05, 2017

Macondo: gigante y frondoso

La flora que no vio el sabio Mutis: Cavanillesia platanifolia

Armando Moreno Sandoval

Muchos creíamos que Macondo había sido una creación literaria del escritor y premio Nóbel Gabriel García Márquez. Él mismo cuenta que se la escuchó desde niño a su abuelo. Ya de adulto al pasar el tren por el portón principal de una finca bananera sus ojos se tropezarían con un letrero que decía: Macondo. Dice que le causó curiosidad su sonoridad y de ahí el por qué la tomó como suya haciéndola inmortal en su novela Cien años de soledad. Nunca se preocupó por su origen.

Árbol macondo de la serranía de Lumbí

Lo que no saben la mayoría de los colombianos es que en el norte del Tolima a una hora y media desde los municipios de Mariquita y Honda, en la parte sur de la serranía conocida como Lumbí, el naturalista y botánico autodidacta Orlando Velásquez, por allá por el año de 2007, caminando por entre los riachuelos pudo percatarse que el árbol gigantesco donde se abalanzaban los monos araguatos era el mismo que los “viejos” de antaño llamaban “tambor”. Pero más fue su sorpresa al ver que sus frutos de un tamaño gigante se parecían a otro fruto llamado carambolo y que sus semillas tenían el tamaño de una lenteja.

Tenía la certeza de que se trataba de una ceiba. Lo que no tenía claro era su especie. Como todo autodidacta husmeó entre sus libros de botánica y vaya sorpresa la que se llevó al enterarse que, en 1802, el científico Alejandro von Humboldt merodeando por los alrededores de Cartagena la había avistado clasificándola y registrándola con el nombre de Cavanillesia Platanifolia. Se enteró también que le había puesto Cavanillesia en honor al naturalista y botánico valenciano José Antonio de Cavanilles (1745-1804), quien había hecho los trámites ante la corona española para que el científico Alexander von Humboldt y su amante, el también científico Aimé Bonpland, pudiesen viajar, explorar y conocer las tierras ultramarinas del rey español.

Otra sorpresa que se llevó el autodidacta Velásquez fue al consultar el Diario del sabio Mutis. Si bien él no la clasificó, ni la describió, si dio cuenta de su existencia. Todo indica que cuando llegó a la costa caribe en 1760 y haciendo sus caminatas mañaneras en los alrededores del cerro de La Popa en Cartagena al ver sus ojos al gigantesco árbol, sin lugar a dudas, al preguntarle tal vez a un esclavo africano cómo lo llamaban, a la vez que se lo señalaba con el dedo, de su boca bemba tuvo que haberle salido el sonoro nombre de Macondo.
Árbol macondo de la serranía de Lumbí

Cómo así que macondo vocablo africano, pensaran con sorna los racistas y etnófobos. La compilación que hizo Katherine Ríos  sobre los diferentes significados de la palabra Macondo, nos dice que algunas se refieren a árboles, parajes, lugares y pueblos de África. En Mozambique un pueblo de origen Bantú es conocido como Macondo; el escoces David Livingston, médico y misionero, se entera de Macondo en su viaje en 1853 por Uganda y el sur de África. En Tanzania, existe una artesanía tradicional con diseños abstractos en madera llamada Makondo. En el idioma kikongo, mankondo quiere decir plátanos, y en el Atlas Lingüístico del Caro y Cuervo informa que Macondo en el departamento de Córdoba se usa como “plátano topocho”. Existe también un pez ornamental llamado makondo.

De todos modos el macondo tuvo que haberle quedado sonando en la mente al sabio Mutis. Tan así que no tuvo la molestia de clasificar y describir el árbol. Simplemente escribió el nombre en el Diario de campo con la idea de que después haría la tarea. Cierto es, que años después, ya estando dirigiendo la Expedición Botánica en Mariquita el gigantón macondo se le habría de pasar por alto.

Si el sabio Mutis fue olvidadizo con el macondo porque no lo vio en los alrededores de Mariquita y Honda valdría entonces preguntarse cómo fue que llegó a la serranía de Lumbí?

Quienes saben de embarcaciones nos dicen que del macondo se sacan las balsas y canoas para viajar por los ríos. Los arqueólogos no han encontrado vestigios precolombinos informándonos cómo eran los medios de transporte que los aborígenes usaban en los ríos antes de la llegada de los españoles. Lo que sí se sabe es que con la llegada de los esclavos africanos el paisaje de los ríos comenzaría a cambiar con las canoas, bergantines, balsas y champanes.

En las fuentes escritas del siglo XVI que indagué para mi libro Sociedad y Minería en la jurisdicción de Mariquita. Reales de minas de Las Lajas y Santa Ana: 1543-1651 (Ibagué: 2006) está claro que en la segunda mitad del siglo XVI ya había esclavos africanos en las minas de plata de Mariquita. Tampoco podemos olvidar que ya los usaban como bogas en el río Magdalena y uno que otro como sirvientes en las casas de los encomenderos españoles. Fueron ellos quienes navegando por el río Magdalena trajeron consigo las semillas del macondo y las esparcieron por los alrededores de Honda y Mariquita.

Seguramente la sobreexplotación y la tala discriminada acabaron con los sembradíos de macondo quedando algunos, por fortuna,  en la serranía de Lumbí.

Mono araguato
Entretanto, el macondo le había sido esquivo al autodidacta Velásquez. En el año 2010 recorriendo la serranía Lumbí en el sitio de Garabatos, por los lados de la quebrada Padilla, tropezaría con otro macondo. De nuevo los monos araguatos balanceándose en los frondosos brazos de la ceiba. Un gavilán con sus alas desplegadas le echaba el ojo a un araguato de pocos días de nacido. El autodidacta oteando el suelo, vio, además de semillas muertas, un arbolito macondo que se erguía en solitario. Tenía aproximadamente 15 cms de alto. Al pensar que podía trasplantarlo en la plaza principal de Mariquita sacó su peinilla, lo bloqueó, y lo trajo con el mayor sigilo hasta el solar de su casa. Lo cuidó hasta donde más pudo. Un verano intenso, de esos que está comenzando a padecer la humanidad por el cambio climático, mató al arbolito.

Hace pocos meses el autodidacta Velásquez haciendo memoria recordó a los macondos. Se preguntó qué sería de ellos. Preocupado por los macondos le pidió a sus amigos Gonzalo Téllez y Álvaro Herrera que fueran a la serranía de Lumbí y les tomaran fotos. Como si fuera un mandato marcharon hacia el sitio de Garabatos. Al regresar le informaron que haciendo una correría por los caños y riachuelos habían avistado otros dos macondos de buena altura y llenos de vida. Se gastaron tres horas en ir y volver.

Hasta la luz de hoy día han sido avistados cuatro macondos. Es posible que existan más. Si los hay parece que su futuro es incierto. La noticia mala que trajeron sus amigos generó congoja. Encontraron los trazos y las estacas clavadas de lo que será la nueva variante Honda-Ibagué. Puede ser mortal pues al bordear la nueva carretera la serranía de Lumbí ríos como el Padilla, al igual que caños y riachuelos, fauna y flora, serían en pocos años solo recuerdos.

El tigrillo, el venado, la cascabel y la talla equis, al igual que el gavilán ya no tendría que echarle el ojo a las crías de araguatos puesto que también desaparecían. En fin, el futuro de la serranía no es nada halagador. 

martes, abril 04, 2017

Abarco de río: corpulento y majestuoso

La flora que no vio el sabio Mutis: Cariniana pyriformis

Armando Moreno Sandoval

El Cariniana pyriformis de la familia de la Lecythidaceae  es un árbol corpulento, tiene tallo y altura. Es conocido como abarco de río y tiene su hábitat en centro américa y en el norte de Colombia.

Según los botánicos y naturalistas es un árbol que hace parte del Bosque Tropical Húmedo y tiene la particularidad que para sobrevivir necesita que sus raíces encuentren suelos húmedos. Esta es la explicación del por qué lo vemos rondando las cuencas de los ríos.

Es un árbol que necesita una temperatura entre 21 °C y 35 °C, una precipitación anual entre 2000 y 5000 mm, y una altitud entre 80 y 1600 metros sobre el nivel del mar. En Colombia además de la costa caribe se halla en el Casanare, el Orinoco y en algunos parajes del valle del río Magdalena.

Abarco de río
Es un árbol que alcanza una altura aproximada de 45 metros y un diámetro que a veces supera los 100 cms. Pero esta majestuosidad contrasta con otras particularidades del árbol que lo hacen, hoy en día, muy vulnerable. Para empezar su nacimiento no es como el de otros árboles. Pues para nacer, además de suelo húmedo, necesita buena luz y buen espacio, sin estas condiciones su semilla no brotará.

En un ambiente natural y por ser un árbol corpulento que requiere espacio, la naturaleza en su proceso evolutivo y selectivo ha decidido que no todas las semillas han de nacer. Como es un árbol que no forma colonias, pues se le ve solitario y aislado, se deduce que de todas las semillas que se esparcen solo podrá reproducirse una y solo una. Amén de que una vaca, un chivo, un burro o cualquier bestia humana devoren la plantita tierna y acabe con el ciclo de reproducción de la especie.

A lo anterior hay que añadírsele que su crecimiento es lento lo que lo hace que sea un candidato a morir prematuramente.

Aunque el sabio José Celestino Mutis al recorrer los bosques, ríos y valles que bordeaban los pequeños caseríos de Mariquita y Honda llegó a la conclusión —y lo dejó registrado en su diario de campo— que lo que veían sus ojos eran “bosques de galería”, es muy raro que con esta afirmación no haya visto el abarco de río.

Por qué este majestuoso árbol pasó desapercibido incluso para los ojos del botánico y naturalista Alexander Humboldt a su paso a finales de 1801 por Mariquita hacia las minas de Santa Ana?  

Para avistarlo tocó esperar hasta el año 2007. Sucedió que el naturalista y botánico Orlando Velásquez, haciendo un recorrido por el bosque de Mariquita, tratando de localizar a los mineros que horadaban las vegas de la quebrada El Peñón tuvo la dicha de tropezarse con el frondoso abarco de río.

Cómo es posible que tantos años recorriendo el bosque el abarco de río le haya sido esquivo a sus ojos, se preguntaba el botánico y naturalista Orlando Velásquez. Al tocar su fuste, y al observarlo detenidamente, una catarata de ideas le pasó por su mente. Preguntas iban y venían. Se preguntaba cómo era posible que el abarco de río hubiese sobrevivido a la tala sin control.

Aunque podría pensarse que su sobrevivencia pudiera haber obedecido a un plan de reforestación y tala para aprovechar su madera, la hipótesis en sí es muy débil. La cuestión es que el ejemplar que está en el bosque de Mariquita es el único que existe en todo el norte del Tolima. Desechada la hipótesis, la congoja le llegó a su existencia. Por las mejillas se le resbalaron unas cuantas gotas de lágrimas.

Abarco de río
Recostado sobre un barranco y lanzando volutas de humo pensó que, seguramente, si el sabio Mutis no lo vio, la explicación podría estar de que en la época que gobernaban los españoles, conocida como la Colonia, estos habían llevado una explotación desmesurada arrasando con la especie cuya madera había quedado incrustada en las columnas, puertas, ventanas y vigas de las casas, en los ataúdes de ricos y pobres, en los baúles, en las galerías de las minas de plata, en los carromatos de los esclavos, en las culatas de las escopetas, en los cabos de los cuchillos, en los pilones para macerar las espigas de arroz, en los trapiches de caña de azúcar, etc., etc., o, por qué no en las cocinas de cualesquier blanco, negro, mulato, mestizo o indígena.

Con las lágrimas bordeando las comisuras de los labios calculó que podría tener unos 30 metros de altura. Al pensar en la edad del árbol recordó los manuales de dendrología. Con su copa aparasolada y sus ramas extendidas como si fuera una ceiba lo observó con detenimiento y dedujo que podría tener 150 cms de abarcadura. Lo que lo llevó a pensar que si los árboles maderables aumenta de grosor 5 milímetros por año, o sea, 0.5 cms, el abarco de río del bosque de Mariquita perfectamente podría tener 300 años. Lo que lo llevo a deducir que para la época del sabio Mutis era un arbolito demasiado joven y que quizás esa fuese la razón del por qué el sabio no lo vio.

Si bien el abarco de río es una especie nativa que, como se dijo antes, es de la zona tórrida, la calidad de su madera lo ha llevado a que esté en vía de extinción. Aunque su madera tiene diversas utilidades, como, por ejemplo, hacer tacones para los zapatos, en Colombia sus hojas sirven como forraje para alimentar el ganado estabulado.

Sorprende que los habitantes de Mariquita desconozcan que en el bosque de Mariquita existe un único ejemplar que, por cosas del destino, aún sigue con vida. No obstante su futuro es incierto.

Un individuo llamado Juan Carlos Acero, y que los mariquiteños lo hicieron alcalde, tuvo la “sabiduría” con la venía de Cortolima de  canalizar la quebrada El Peñón con cemento y que al volver añicos las peñas que bordeaban los meandros esta se secó. Hoy en día la quebrada es un cadáver putrefacto que, por culpa del exalcalde, alteró  el ecosistema del bosque.

Las consecuencias de esta alcaldada han sido catastróficas. El bosque ya no es el mismo, está moribundo. La fauna silvestre al igual que la naturaleza vegetal ha venido desapareciendo poco a poco. Es un futuro negro, el mismo que le espera al abarco de río.

Eso sin contar con el migrante necesitado de techo que ha visto en el bosque un refugio dando paso a solares y casas. 

miércoles, marzo 15, 2017

SOS por la naturaleza en Mariquita

Armando Moreno Sandoval

Parecería que a las generaciones actuales les fastidie el futuro del planeta tierra. Los científicos del mundo entero han llegado a la conclusión que, si no se toman medidas para mitigar el efecto de invernadero cuyo único responsable es el ser humano, el futuro de la tierra es incierto.

Es cierto que la naturaleza humana es tanática, es decir, una especie que sobrevive aniquilando no solo al otro, sino su propia nicho donde vive. Ninguna especie sobre la tierra ha sido más dañina que la especie humana. Los estudiosos de la especie humana han llegado a la conclusión que desde que la rama homo sapiens se instaló como la especie dominante sobre la tierra no ha dejado de destruir su hábitat.

Antropólogos culturales como Clifford Geertz que se han dedicado a estudiar la cultura han llegado a la conclusión que para que el ser humano haya cometido la salvajada de aniquilar el otro y destruir la naturaleza, obedece al hecho de que el ser humano dejó de ser naturaleza para convertirse en creador de cultura (entiéndase ciencia y tecnología). Macrohistoriadores como el judío Yuval Noah Harari va mucho más allá. El considera que el ser humano moderno no solo ha matado a Dios, sino que él mismo se ha convertido en Dios. Pues siendo Dios, invoca a Dios como una estratagema para aniquilar todo lo que se le atraviesa por delante.

La insensatez ha llevado a ciertos bárbaros a limpiarse el trasero con los estudios científicos sobre el cambio climático. O si no que le pregunten a Donald Trump y a su equipo de locos en Estados Unidos.

Por fortuna ya el mundo no depende de un país como sucedía hace años, ahora el poder se ha repartido por el mundo. Por tanto, el Mr. Trump no podrá imponer su agenda a su antojo. Los países del mundo, incluyendo Colombia, han afirmado que lo se firmó en París sobre el cambio climático no tiene vuelta atrás. El consenso mayoritario es que hay que salvar al planeta Tierra.

Si el grueso de las potencias industriales han de luchar por salvaguardar lo que hay de naturaleza sobre la tierra, debemos comenzar a mirar qué está pasando en nuestros entornos micros (los pueblos, las veredas, los ríos, las calles, los bosques, etc.)

Quien lea la obra de Medardo Rivas —“Los trabajadores de tierra caliente”— escrita a mediados del siglo XIX, podrán comprender que es poco lo queda del hermoso Bosque Tropical Seco a lo largo del Valle del Magdalena porque ha sido paulatinamente aniquilado a punta de machete y hacha. Destrucción del Bosque que arrancó desde el siglo XIX y que se acentuó en el siglo XX y que sigue en el XXI con el buldócer y la motosierra.  Para comprender lo dicho solo basta mirar las fotografías aéreas para cerciorarnos cómo lo verde poco a poco ha ido desapareciendo por culpa de los habitantes de los pueblos que arrasan con lo poco que queda de naturaleza.

Mariquita en los años 70 del siglo XX
 A diferencia de Honda, La Dorada, Armero-Guayabal o Lérida que sí cuidan sus árboles, hay un pueblo en el norte del Tolima donde sus habitantes se han ensañado con la flora y fauna de sus calles y solares de las casas, ese es Mariquita. Las fotografías aéreas que fueron tomadas hacen más de cuarenta años dan prueba de que Mariquita era un bosque. De la inmensidad de árboles que estaban en los solares de las casas y en sus calles no queda ni el recuerdo.

Mariquita en el siglo XXI
Otra fuente son los escritos que dejaron los viajeros sobre Mariquita. En esos relatos se lee que lo único que se veía era la torre de la iglesia. Los demás eran las copas de los árboles. Ese pasado paradisiaco se perdió. Lo que existe es una comunidad ignorante y salvaje que arrasa a punta de machete y hacha los pocos árboles que quedan. A cambio de ello los reemplazan por plastas de cemento o caedizos para afear los frentes de las casas.

Mariquita hoy en día es un infierno. El calor es sofocante tanto así que quema la piel, lo que explica que la gente cada vez tenga más cáncer. La gente se queja del calor infernal pero se niega a convivir con un árbol que da belleza, sombra, frescura, mitiga el dióxido de carbono y nos proporciona oxígeno. Pero lo más aberrante y chocante es que las autoridades municipales (alcalde, concejales, los encargados del medio ambiente) se hacen los de la vista gorda ante el atroz ecocidio.

Igualmente está pasando en las veredas y en los alrededores del pueblo. En las veredas hay quienes cuentan que las cañadas y cuencas hidrográficas se están muriendo. El campesino arrasa sin importarle que mañana va a necesitar del agua. Ni hablar de los bosques que también los están arrasando.

El campesino como el habitante urbano son destructores de la naturaleza. Un ejemplo, de los muchos
Árbol macheteado y espacio urbano visual contaminado
que se dan todos los días, pasó hace poco en Mariquita. Un árbol frondoso a mitad de la calle 8 entre carreras 4 y 5 fue macheteado sin consentimiento y sin que la autoridad ambiental dijera mu. El motivo es sencillo de explicar. El árbol tuvo que pagar por el robo de una casa vecina. Pero lo que molesta fue que en vez de derribar el caedizo y el alero de cemento que afea el espacio urbano prefirieron ensañarse con el árbol.

Quien ordenó destruir el árbol está convencido que con esa acción se van a acabar los robos. Es como el cuento aquel del marido cornudo, que habiendo sorprendido a su mujer con el amante en la sala para acabar con la infidelidad decide vender el sofá. 

En Mariquita quienes velaban por lo ambiental ya no tienen fuerzas para gritar basta! Así los jóvenes y los adolescentes tengan una conciencia ambiental, no obstante, preocupa que la generación vieja, la que tiene más de 30 años, se niegue a convivir con la naturaleza. Es posible que tengan una actitud egoísta  por la vida, tal vez han comprendido que la existencia humana  al ser corta, 75 años de promedio de vida, si la comparamos con una tortuga marina que puede vivir más de 250 años, hayan optado por destruir naturaleza sin importarles qué le pueden dejar a las generaciones venideras.

Ojala que el encargado del medio ambiente haga algo por esa Mariquita que le agradaba a quien la visitaba: sus calles anchas y arborizadas por doquier. 

viernes, diciembre 16, 2016

Orquídea con género y sin clasificar: Coryanthes sp.

La flora que no vio el sabio Mutis

Armando Moreno Sandoval

El diciembre del año 2013 fue un mes tejido por días de lluvia y de sol. “La víspera de año viejo”, de Guillermo Buitrago le recordó al botánico autodidacta Orlando Velásquez que el año estaba próximo a expirar. Al cortar las hojas de plátano para los tamales de fin de año le sobrevino a la mente la epífita que había bajado de la copa de un árbol anclado en las vegas del río Ríosucio. Un zumbido le hizo afinar la vista, pero, tal fue la sorpresa al ver que la planta, además de florecida, revoleteaban a su alrededor un enjambre de abejitas. Se percató que no solo estaba la abejita “angelita”, la misma que la sabiduría popular le atribuye poderes para sanar las cataratas de la vista, sino que junto a ella había otro huésped, poco común y conocida, la abeja verde.

La observación detenida de las flores lo llevo a concluir que sus pétalos al estar soldados forman entre sí una copa que ha de servir de recipiente al néctar que produce la planta. Pero el asombro fue mucho mayor al ver que las mismísimas abejas, como si estuvieran ejecutando una danza alrededor de la flor, y como si estuvieran embriagadas, terminaban cayendo extenuadas y atrapadas en el néctar de la flor.

Abeja verde
Casi sin fuerzas por el revoletear constante, en el pozo de néctar, la abejita “angelita” trata de salir de la trampa mortuoria tendida por la flor. Aunque batalla sin cesar, sus fuerzas van aminorándosele hasta quedar inmóvil. Ahogada en el pozo de néctar el zigzaguear de las demás congéneres ha de continuar sin cesar frente a la antesala de la muerte.

Otro tanto hace la abeja verde, pero esta vez es el triunfo de la vida sobre la muerte. Aunque tiene la peculiaridad de no tener colmena, vive revoleteando en grupo de a tres, con la particularidad que para reproducirse tiene el don de poner sus huevos en el envés de las hojas de cualesquier árbol. Ese modo de vida tan sui generis que la hace tan distinta a las demás abejas tiene un precio que la naturaleza la ha de recompensar: polinizar la flor. Pues si no se arrastra por los conductos de la flor, y con el esfuerzo que hace por salvarse de la muerte, es imposible que la flor reinicie su ciclo de vida.

Este drama que nos brinda la misma naturaleza y que, ni el mismísimo dramaturgo inglés William Shakespeare se lo hubiera imaginado, tiene lugar cada vez que la orquídea florece.

Pero otro drama es la historia del hallazgo de la misma orquídea en sí.

A finales de agosto del año 2013 los rayos del sol se filtraban por el techo de la habitación del autodidacta Velásquez. Aun haciendo pereza recordó que tenía una cita pendiente con algunos de sus amigos: ir de pesca al cañón del río Riosucio en busca de la mojarra negra o azul.

A 700 metros sobre el nivel del mar y a la altura de la vereda Puerto Negro, en el municipio de Mariquita, mirando hacia las copas de los arboles pudo observar que una epífita se columpiaba al vaivén de la briza tenue de la mañana. Por su taxonomía no dudo en afirmar que se trataba de una orquídea. Molesto porque sin su flor no se podía determinar su especie se aventuró a pensar que se trataba de la orquídea Góngora, descrita  por el sabio Mutis hace más de dos siglos en honor a su amigo el arzobispo virrey Caballero y Góngora.

Coryanthes sp
La espera paciente durante varios meses para que la planta brotara sus primeras flores terminaría sacándolo de la equivocación. La planta que había traído con demasiado sigilo y cuidado nada tenía que ver con la orquídea Góngora.

“Si no es una Góngora entonces qué es” se preguntó el autodidacta Velásquez. Su intenso color amarillo como los mismísimos rayos del sol le hizo rebobinar los conocimientos adquiridos en el pasado. Al recordarse que entre sus libros había uno que lo podía sacar de su ignorancia voló hacia su biblioteca y tomó entre sus manos el libro del fotógrafo y naturalista Tomás Estévez Bianchini.

Aplicando el método comparativo pudo concluir que la orquídea que tenía en el solar era del género Coryanthes. La duda era su especie. Tenía al frente una flor que nunca antes sus ojos había visto, ni leyendo el diario de campo del sabio Mutis o los textos de botánicos relacionados con orquídeas.

La duda de que podría tratarse de una especie nueva lo llevó a contactarse con su amiga la profesora Marisol Amaya de la Universidad Nacional de Colombia. No solo envío fotos, sino la flor misma. Se está a la espera de que los expertos en el mundo digan si en verdad se trata de una especie que aún no está registrada.

Coryanthes sp
La orquídea del río Ríosucio, y una de las razones del por qué tiene contentos a los expertos en orquídea, es su hábitat. Veamos el por qué. Según algunos autores de las treinta y tres mil especies que están esparcidas por los continentes que tienen costa con el océano pacifico, Colombia cuenta con algo más de once mil especies. Lo curioso del dato es que de toda esa cantidad de especies, Coryanthes en el mundo, y que están esparcidas a lo largo y ancho del océano pacífico, solo hay registradas cincuenta y tres especies.

El territorio colombiano solo alberga dos Coryanthes: la mastersiana y la macrantha; y la que halló el autodidacta Velásquez. Mientras tanto los estudiosos se preguntan el cómo de la travesía de esta semilla en forma de pelusa que surcando las cordilleras occidental y central se asentó en la parte alta del cañón del río Ríosucio en Mariquita (Tolima) y en un país llamado Colombia.

Aunque algunos han dicho que han encontrado Coryanthes en el Magdalena Medio, la verdad es que hasta ahora nadie ha dicho estas son.

Lo cierto es que algunos científicos colombianos, han dicho, que si se trata de una nueva especie no hay duda que debería llamarse Coryanthes velasquezia, como premio al esfuerzo y al conocimiento botánico que posee el autodidacta Velásquez.

miércoles, noviembre 02, 2016

Palo de cruz para engalanar los pueblos de tierra caliente

La flora que no vio el sabio Mutis: Brownea leucanta

Armando Moreno Sandoval

Brownea leucantha
Hasta hace unos pocos años la Brownea leucantha era una especie esquiva a los ojos de los botánicos. No así para la cultura popular que la conoce con el mote de rosa de monte blanca o la flor de palo de cruz. O para el herbolario que atribuyéndole propiedades medicinales considera el zumo de su flor para regular la menstruación. Ni que decir del  campesino que por ser árbol de madera fina de sus ramas sacaba las angarillas para colgárselas al burro o las horquetas para bajar mangas, mameyes o cualesquier otro fruto de tierra caliente.

Lo interesante con la Brownea leucantha es, que, quien relea el diario de campo de Mutis, podría preguntarse cómo es posible que la hermosa flor de este árbol, blanca como un copo de nieve, al sabio y a sus discípulos se le haya pasado por alto.

Hay quienes suponen que, seguramente, las montañas, las vegas de los ríos, las llanuras o los bosques — para los tiempos de Mutis— estaban plagadas de animales peligrosos que hacían imposible su hallazgo. O, simplemente, sí Mutis no tuvo ojos para con la bella flor cuyos pistilos se levantan erguidos sobre sus pétalos fue porque simplemente no existió en los alrededores de Mariquita.

Nikolaus Jacquin
Si la flor le fue esquiva a Mutis, otra sería la suerte del médico, botánico y biólogo  Nikolaus Joseph von Jacquin (Leiden, 1727-Viena, 1817), quien visitó a finales de 1758 y 1759 las regiones costeras de Colombia, pero, sobre todo la de Venezuela pues había desembarcado en esas tierras con el propósito de estudiar su flora. Su búsqueda por encontrar lo nuevo no sería en vano.

Se sabe que además de las colecciones de plantas y animales que  había  enviado a Viena durante su estadía, al regresar a finales de 1759 no solo había llevado consigo animales, semillas y minerales, sino una gran  colección de animales y plantas vivas. Y como lo deja entrever en sus escritos, regresaba también con la dicha inmensa de haber bautizado una nueva flora que llamó Brownea en honor al científico inglés Patrick Brown. Clasificó veinte variedades de Brownea, entre ellas la leucantha; conocidísima hoy día en el  Estado de Miranda en Venezuela por ser su flor emblemática.

Aunque pudiéramos pensar que la Brownea es patrimonio de los venezolanos, ello no es así. Los botánicos colombianos afirman que en el territorio de Colombia existen hasta la luz de hoy  diez variedades de Brownea, El sabio Mutis quien llegó en junio de 1783 a Mariquita para ponerse al frente de la Expedición Botánica, en su correría por el territorio de la Provincia de Mariquita, quedó perplejo al observar la basta y diversa flora del Nuevo Reino de Granada. Es posible que no haya tenido el tiempo, ni tampoco la imaginación para clasificar toda la flora exótica que se le presentaba ante sus ojos.

Brownea leucantha
Una mañana en medio de un fuerte aguacero con truenos y relámpagos, y ante la imposibilidad de salir en la búsqueda de nuevas especies, el sabio Mutis prefirió auscultar la correspondencia recién llegada de Europa, sobre todo, los aportes que habían hecho o hacían los naturalistas y taxonomistas como Carles Linneo. Auscultando la correspondencia en su pequeño estudio, y al amparo de la tenue luz que arrogaba una vela de cebo, pudo auscultar y ojear el estudio taxonómico que había hecho Jacquin en Venezuela. Observando detenidamente los acuarelas y las descripciones pudo recordar que dos de la Brownea que se hallaban en el catálogo las había visto con sus propios ojos esparcidas por los llanos de la Provincia de Mariquita: eran  la Brownea ariza y la Brownea grandiseps.

Pero de la Brownea leucantha nadie daba razón.

Brownea leucantha
En la mañana del martes del 19 de abril de 2011 a la casa del botánico autodidacta Orlando Velásquez llegó el profesor Manuel Bernal de la Universidad del Tolima. Llegaba con estudiantes  que hacían parte de su grupo de investigación en anfibios. Quería que el autodidacta Velásquez lo acompañara como auxiliar de campo. Tenían como meta ir a recorrer las vegas de la quebrada Padilla en los alrededores del municipio de Honda. Querían buscar ranas, sapos.

La noche del martes estaba bastante relampagueante  y presagiaba una posible lluvia.

Brownea leucantha
Haciéndoles el quite a las culebras recorrieron no solo los meandros de la quebrada Padilla, sino también los pequeños caños que aun desembocan en ella. Con la compañía del canto de un currucucú que desde la copa de un árbol miraba con sabiduría lo que acontecía bajo sus garras, pudieron observar en medio del croar de los anfibios cómo una culebra talla equis engullía un sapo. Otra culebra, la cascabel, se deslizaba por entre las hojas y ramas que se descomponían entre los árboles. Un gato de monte le seguía el rastro.

El autodidacta Velásquez, experto también en ofidios, con machete en mano y con su caperuza a la 
Brownea leucantha
altura del ombligo abría camino por entre la arboleda rodeada de maleza. Caminaba cuidadosamente al frente del grupo. De nuevo el currucucú. Al girar la cabeza en busca del origen de su canto sus ojos  tropezaron con algo blanco que sobresalía dentro del follaje obscuro. Caminó sigiloso. Al llegar al frente y al alzar de nuevo la caperuza a la altura de la cabeza, pensó que se trataba de una variedad de flor parecida a la rosa de monte blanca.

La  mirada lela, y la observación a profundidad de la flor por parte del autodidacta Velásquez, lo llevó a la conclusión de que se trataba  de la Brownea leucantha. Los gritos de alegría en medio de la obscuridad despertaron a los animales diurnos. “No era para menos”, dice el botánico y naturalista Velásquez. Pues era el hallazgo de la leucantha y que el mismísimo sabio Mutis en su estadía en Mariquita no había podido ver. Hubo que esperar 252 años para que por fin alguien dijera yo la vi.

Si el sabio Mutis no la vio, valga preguntarnos cómo llegó a Colombia. Varias son las hipótesis. Es posible que la presencia de la leucantha obedezca a la deforestación a que ha sido sometida la cordillera oriental y que los vientos hayan esparcido sus semillas al interior del territorio colombiano, o, que, andariegos hayan trasteado con el árbol o sus frutos para contemplar su flor.

Brownea leucantha
Si bien el científico Jacquin la había registrado en el siglo XVIII, en Colombia es posible que no lo esté. El registro es algo así como la cédula que deben tener las plantas. Pues sin el es difícil saber sobre la historia científica de la planta, o, en el peor de los casos saber si fue o está siendo aniquilada por la mano arrasadora del ser humano.

Aunque algunas variedades de Brownea, como la churima y la guama,  se niegan a desaparecer de las ventas callejeras y los supermercados, ojalá que algún día como un homenaje a la historia de la botánica en América su flor engalane las calles de los municipios de tierra caliente del valle del Magdalena. 

miércoles, junio 01, 2016

El moribundo bosque del sabio José Celestino Mutis

Armando Moreno Sandoval

Transcurría el año de 1925 cuando la alcaldía de Mariquita tomó la iniciativa de adquirir las fincas Constanza y El Horizonte. El propósito preservar los nacimientos de las quebradas El Peñón y San Juan —el acueducto municipal dependía de esas quebradas—

Décadas después, el 19 de diciembre de 1960, el entonces Ministerio de Agricultura sacaría la resolución 1240, cuyo título “…reserva forestal protectora de las quebradas El Peñón y San Juan” pareciera que hubiese sido pensado para otros tiempos.

La resolución tenía como fin conservar las especies y proteger el territorio que a finales del siglo XVIII había tenido como laboratorio vivo en Mariquita (Tolima) el naturalista José Celestino Mutis. La intención terminaría siendo loable en el papel. Pues con el correr de los tiempos de las 637 hectáreas que habían sido demarcadas a punta de compas y regla, serían lentamente cercenadas hasta llegar a la cifra de 90 hectáreas.

José Orlando Velásquez
José Orlando Velásquez, autodidacta en Ciencias Naturales, y conocedor de lo que ha pasado con la reserva y lo que está pasando con el bosque, sin tapujos en la lengua, afirma que la tala de árboles, la invasión humana a causa de la violencia y los desplazamientos forzados, la pobreza, el deseo de tener rancho propio y los políticos que quieren obtener votos, han hecho del bosque una piñata con un costo muy alto para su sobrevivencia.

Quebradas como la Ínsula, Cristogalopes, La Figueroa, El Peñón y San Juan, que nacen dentro de la reserva, prácticamente son un recuerdo. Son hilillos que arrastran aguas muertas nauseabundas. El ave Corocola que buscaba caracoles y cangrejos no ha vuelto. La mojarra, la sardina, el jacho, el tuso y el cucho solo existen en los informes de antaño. Al igual que la fauna ictiológica también han desaparecido el oso hormiguero, el cuerpo espín, las culebras, las lagartijas, ranas y sapos; solo se resisten a desaparecer las hormigas y uno que otro pájaro que de vez en cuando le da por posarse en la copa de algún árbol también moribundo.

“El futuro del Bosque Húmedo Tropical (Bh-t) es incierto”, dice con su voz cansada el naturalista Velásquez. Y no es para menos. El mico tití y el mico de noche con sus gestos, expresiones y señales sonoras son cosas del ayer. El almendrón, el arrayán colorado y blanco, al igual que el gualanday, árboles nativos del bosque, están siendo derribados por el machete y el hacha del invasor

Pasiflora mariquitensis

Aunque los quebrantos de salud al naturalista Velásquez lo están alejando poco a poco del bosque, entre los  recuerdos más gratos como cazador de especies en extinción está la mañana del mes de abril de 2004 cuando científicos del Centro Interamericano  de Agricultura Tropical, que andaban haciendo estudios cromosomáticos de especies vegetales para elaborar una nueva taxonomía mundial, llegaban a Mariquita en busca de la Pasiflora mariquitensis.

Para los hombres de ciencia las referencias de la Pasiflora mariquitensis eran históricas. Se remontan a finales de septiembre de 1783 cuando un herbolario bajo las órdenes de Eloy Valenzuela se le apareció con un bejuco que sus ojos nunca antes había visto. En el Diario personal de Valenzuela se lee que la descripción que hizo del bejuco el 1 de octubre de 1783 fue un poco despectiva, pues se refirió como un “varejón reclinado en el suelo”.

Casi un año después, en septiembre de 1784, nuevos bejucos llegarían a las manos del sabio y naturalista José Celestino Mutis. La primera impresión que tuvo fue que se parecía a la “planta de caprafayle” que había conocido y estudiado años antes cuando había estado en las minas del Real del Sapo, cerca de Ibagué.

Mutis al estudiar cuidadosamente los bejucos que le había recogido su herbolario y, después de una confrontación minuciosa con los caracteres de las demás pasifloras que hasta entonces habían descrito, el 11 de octubre de 1784 llega a la conclusión de que se trataba de una nueva especie, la llamó Pasiflora mariquitensis.

La llegada de los botánicos y científicos, al naturalista empírico Velásquez  le llenó de alegría. Pues él, como muchos otros, había estado a la caza de la mariquitensis sin ningún éxito.

En primer lugar, porque la única referencia de su existencia eran los dibujos que había hecho Francisco Javier Matiz el 5 de octubre de 1784 y que solo fueron dados a conocer al público en 1955 cuando se publicó el tomo XXVII correspondiente a las pasiflora y begoniaceas. En segundo lugar, siendo la planta endógena de los alrededores de Mariquita, era muy posible que la tala desaforada de bosques la hubiesen llevado a su extinción. Por último, a diferencia de otras pasifloras cuyo fruto tienen nombre vulgar, como la badea o la gulupa, el fruto de la mariquitensis aún no tiene. Situación ésta que, seguramente, la llevó a ser vista como una maleza a desyerbar y sin ningún valor nutritivo para el consumo humano.

No obstante, ese abril de 2004 la suerte estaría a su lado. Después de varios días de exhaustiva búsqueda por los bosques que rodean las riberas del río Magdalena, desde Ambalema hasta Honda, y de rastrear el bosque de Mariquita y las vegas del río Gualí por fin se toparía con la Pasiflora mariquitensis.

Su redescubrimiento no fue del todo visto con buenos ojos. Entre consternación y alegría,  la mariquitensis era una especie en vía de extinción, solo habían hallado cuatro bejucos. No obstante, la ciencia y la tecnología están a favor de la Pasiflora mariquitensis. Sus cromosomas fueron conservados en los laboratorios del Centro Interamericano de Agricultura Tropical. Si algún día llegara a desaparecer estaría la posibilidad de una reproducción in vitro.

Existe la esperanza que algún día el fruto de la mariquitensis comparta vitrina en los supermercados y tiendas con otras frutas. Aún queda el reto de darle nombre vulgar al fruto que, por cosas de la vida, aún no tiene.

Meses después, el 6 de agosto de 2004, rayando el alba, el botánico Velásquez salió de su casa rumbo a la serranía de Lumbí. Caminando por la margen derecha de la quebrada Caimital tuvo la suerte de toparse con una flor blanca. Al observarla lelamente pudo percatarse que tenía un morado suave en su cáliz en forma de encaje. Sintió que su corazón se llenaba nuevamente de alegría. Había redescubierto, sin quererlo, dos ejemplares de la Pasiflora foetida que Mutis había descubierto en suelo mariquiteño en 1790, es decir, unos pocos meses antes de partir para Bogotá,  y que en Colombia se creía que había desaparecido porque nadie había vuelto hablar de ella.

Con semejante hallazgo tomó uno de los bejucos, lo desenterró y cargó con el desde la pata del cerro de Lumbí hasta el solar de su  casa, en el centro de Mariquita, donde lo trasplantó. Con tan mala suerte que al cabo de pocos días la planta moriría.

Cuando le preguntan por la Pasiflora foetida, recuerda que  está resguardada con otras 32 especies de foetidas. Cree él que, a lo mejor, los científicos colombianos que en ese entonces se ocupaban en clasificarlas taxonómicamente a través de la química y de la biología molecular se les haya ocurrido una reproducción in vitro y la tengan viva y florecida.

Bosque sin dolientes

El tiempo pasa y el bosque ya no tiene dolientes como ayer. El botánico Velásquez, Anita Machado y Esther Julia Cárdenas, quienes lucharon por su conservación por décadas, sus fuerzas con el paso de los años han empezado a  menguarse. Por ahora, no hay quién los reemplace.

Seguramente las generaciones del futuro tendrán que contentarse con el Herbario Fotográfico que compiló con paciencia el botánico Velásquez. Pero sí alguien quiere enterarse que en el siglo XX hubo un bosque en los alrededores de Mariquita tendrá que recurrir al archivo que celosamente conserva Esther Julia Cárdenas o las notas de auxilio que reseñaba Anita Machado en su periódico La Caldera del Diablo.

Así a lo mariquiteños  le retumbe todo a Mutis: plaza Mutis, escuela Mutis, panadería Mutis o parque Mutis, es una evocación de profunda hipocresía.

A las instituciones del gobierno nacional y las alcaldías municipales, el bosque les ha importado un bledo. Y qué mejor que el siglo XX como testigo de los vejámenes cometidos contra el bosque.

Bosque Municipal de Mariquita
La tradición oral recuerda que en la década del 70, un individuo chiquito y regordete con lentes de “culo” de botella llamado Alfredo Fernández, y por ese entonces personero, le da la primera estocada al bosque. A una fulana apodada María la Brava, el personero, en un gesto de gratitud por los favores prestados le concede el permiso de instalación de una caseta de baratijas al lado de una ceiba centenaria. El futuro del bosque empezaría a estar en entredicho. María la Brava se convertiría en una especie de matrona de los posteriores devastadores del bosque.

Se dice que como homenaje a tan semejante atentado ecológico, el tugurio en ciernes llevaría el apellido de su promotor: Barrio Fernández. Aunque años después sus pobladores fueron reubicados en la zona  plana del municipio, los mismos beneficiados venderían sus tugurios a otros necesitados, frustrándose así la preservación del bosque.

Con este ejemplo a seguir las invasiones proseguirían. La desgracia para el bosque no solo vendría de quienes viendo la oportunidad de hacerse a un pedazo de tierra lo tomaban, sino de la misma administración municipal.

En 1976 la alcaldía, con la venía del concejo y de los gamonales de la época, haría del bosque un botín político al otorgar permisos para  talar el bosque e instalar de nuevos tugurios.

No contento con lo hecho, la  mismísima alcaldía en el año de 1977 cede casi que la mitad de la reserva a una familia —304 hectáreas para ser exactos—, el pretexto impulsar una industria apícola. Ayer como hoy, la corrupción hace figurar cuatro hectáreas y tras esa triquiñuela administrativa, la familia vende y los terrenos cambian de dueño con sentido comercial.

Como sucede siempre en Colombia, que los gobernantes se creen dueño de lo público, en un acto carnavalesco y macondiano, el concejo municipal para no quedarse atrás, eleva a ejido la reserva forestal y de este modo legalizar su venta.

Si el gobierno municipal ha sido promotor de la destrucción del bosque, las iniciativas por parte del gobierno nacional han sido frustrantes. El embeleco de la II Expedición Botánica en 1983, patrocinada por el gobierno del expresidente Belisario Betancur, solo sirvió para remodelar una casa colonial que hoy día tiene una misión diferente al legado de Mutis.

Otro engaño ha sido la Ruta Mutis, se gastaron millones de pesos por camionadas y de eso solo queda vallas desteñidas.

Los canelos de Mutis

Hasta los esfuerzos individuales dejados desde los tiempos de Mutis también han sido en vano. Los 12 canelos que plantó  antes de partir para Bogotá, y que llegaron a vivir más de 100 años, de ellos no existe ningún vestigio.

Ricardo Galvis y el árbol de Canelo
Otro grupo de canelos que fueron plantados a comienzos del siglo XX por un tal Moisés Pacheco en 1934 fueron destruidos por el alcalde de la época. De no ser porque Ricardo Galvis a comienzos del siglo XX le pico el bicho de recoger cuanta semilla de canelo encontrara, la estirpe de los arbolitos de Mutis hubiese desaparecido.

De esas semillas de canelo que protegió Galvis, son las que don Francisco Ávila sembró en su casa. Y son de la misma estirpe que plantó Hernando, su hijo, en la Granja Municipal para conmemorar los 200 años de la muerte de Mutis, pero que las hormigas arrieras  arrasarían ante la mirada cómplice del alcalde de turno.

Ante tanta desidia y un pasado que se parece más a la sombra de la muerte, el forastero o transeúnte desprevenido que esté en el atrio del Señor de la Ermita, al mirar hacia el poniente podrá toparse con un cerro aun verde en forma de cono y un camino sinuoso que se estira bordeado de casuchas, casas a medio hacer, casaquintas, peladeros, motos, carros, ciclas o cualesquier transeúnte arrastrando un par de chancletas. Ese es el cerro de Santa Catalina coronado por una cruz y que la tradición oral lo llama  a secas el Bosque Municipal.

A pesar de que  la tradición cuenta que, por ese cerro que va de un relieve ondulado a uno  quebrado, y con una altitud que va de los 600 a 950 msnm caminó el naturalista José Celestino Mutis, quienes conocieron y anduvieron por el bosque  hace 40 años coinciden en afirmar que el frío y la obscuridad desaparecieron.

Esther Julia Cárdenas
El bosque de hoy día es desvencijado y caliente. La tala desaforada ha secado las quebradas y consigo la humedad de los suelos, acabando de un tajo con el hábitat del higuerón,  las piñuelas, el yarumo y los bejucos donde pende la Aristolochia mariquitensis

Pues al Museo viviente del sabio Mutis como lo llaman algunos, o, quienes dicen que es un Patrimonio Cultural, Histórico y Ambiental, seguramente, si no se hace algo, en un futuro no muy lejano solo se hablará del Bosque Municipal a través del recuerdo de quienes fueron sus dolientes y custodios más cercanos: José Orlando Velásquez, Anita Machado y Esther Julia Cárdenas.

A pesar de que el bosque tiene camionadas de investigaciones e informes, la realidad es que el bosque se está muriendo. Solo se salva si lo dejan quieto y sacan al ser humano de sus predios.