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martes, junio 16, 2026

¿Suma o techo? La matemática que pone a temblar al Pacto Histórico

Armando Moreno Sandoval 

Según las encuestas, el candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda, estaba imbatible. Pero la verdadera encuesta, que es indiscutible, es la que se realiza el día de las elecciones. Esta encuesta dijo otra cosa. Y esta habló el 31 de mayo. ¡Ayyyyy yayaay!

Con el soberano pueblo uno no sabe a qué atenerse y en política lo mejor es no darle consejos. Existe un dicho de la sabiduría popular que dice: que una cosa piensa el burro y otra el que lo está enjalmando. 

Y fue lo que sucedió en el año 2002, cuando las encuestas por Álvaro Uribe lo daban como un seguro perdedor. Y en 2022 con Rodolfo Hernández, que, de estar de último en las encuestas, casi le arrebata el triunfo a Petro por un pelo. Pues el haberse metido con la Virgen de Chiquinquirá y las mujeres y de haberse ido para Miami, el electorado no se lo perdonó.

Así las cosas, los votos del triunfo de Petro, son de la Virgen de Chiquinquirá y de la gente muy "chick" que les hizo recordar a la mamita en la cocina sirviendo café.

Ahora, el gobierno del cambio a favor de las identidades y de los naides, que ha dejado a la gran mayoría de colombianos sin beneficiarse del botín del presupuesto del Estado, está llevando a de la Espriella, posiblemente, a la presidencia.

Y es que el colombiano, más que ser un individuo antisistema o antidemocrático, se caracteriza por ser antigobierno cuando está por fuera de la rosca. Hay quienes piensan que lo que genera piquiña Petro y su Pacto Histórico es que quieren la eternidad para quedarse por siempre con la torta del presupuesto. 

Otra virtud del colombiano es su manera de pensar a la hora de dar el voto. Quienes votan suelen decir que lo hacen para que se arregle o se joda esta vaina. Que más vale un desconocido que uno malo por conocer. 

Esta manera de entender la política es lo de menos. Pensar que la izquierda “pupi” neoliberal del buen vivir —esa de quisqui que hace berrinches en las redes porque no le copian sus delirios— será la que le dé el triunfo a Cepeda es una ilusión. 

Lo que sí es cierto es que existe un amplio sector del electorado, que no son de derecha ni facha, como suelen decirlo los adictos inconformes que posan de izquierda, es la que le está cantando rancheras de despedida a Petro y al continuismo. 

Este electorado que habla con las urnas cada cuatro años le dio el voto a Abelardo de la Espriella contra todo pronóstico. Si no dice chorradas de babas, como suele decirlas Petro cuando se le enreda la lengua, es posible que la presidencia la tenga a la vuelta de la esquina. 

Pues estos cuatro años del gobierno de Petro, con su carreta postmoderna que no entendía nadie y sus metidas de patas al dar a conocer su vida privada y los escándalos de la robadera, dieron en el clavo para que un outsider empujado por sectores que ya han estado en el establecimiento se haga de nuevo con las riendas del Estado. 

Amén de otras ideas sabias como las de la fórmula vicepresidencial Aida Cuilqué y de Gustavo Bolívar, que han dado a entender que es mejor rebuznar en cuatro patas que ser un buen doctor. 

Decir estas barrabasadas en tiempos de la postverdad, de la Inteligencia Artificial, de los chismes, los delirios, el fanatismo y las emociones, es dar papaya y creer que la gente es tarada. Y como la derecha en el mundo está de moda y en ascenso, qué mejor que estar en la onda de los ganadores. Si no creen, pregúntenles a los ultracivilizados europeos. 

Y para ayudar al cuento, en las redes sociales los anticapitalistas y enemigos de la democracia, pero sobre todo los fans y la izquierda fanática y reaccionaria del Pacto Histórico, gritan a todo pulmón que hubo fraude con las elecciones de la primera vuelta presidencial. No entienden que estos tiempos son de rebeldia individual extremosa y que los votos no se endosan. Y que con la muerte de las ideologías los votos no son de nadie. Son votos pendulares sin que tengan dueño.

El cirilí del fraude fastidia porque nadie se traga ese cuento. No entienden que el electorado tiene una cualidad: su rebeldía al dar el voto. Todo indica que fue lo que sucedió el pasado 31 de mayo y puede suceder este 21 de junio.

¿Qué va a pasar?

De los votos válidos para la presidencia, el Pacto Histórico con Iván Cepeda le correspondió 9.614.016 y Defensores de la Patria de Aberlardo de la Espriella 10.270.049. La suma de los votos de Paloma Valencia, 1.625.563 + Sergio Fajardo, 1.000.974 + Claudia López, 223.546 + Raúl Santiago, 204.883 + Oscar Mauricio, 53.440, en total suman 3.108.175, ¿para dónde va a echar el elector?

Aquí mi hipótesis:

Los 3.108.175 de votos son más anti-cepedistas que anti-abelardistas. ¿Por qué:

1. El poder desgasta. 

2. Todo poder se vuelve reaccionario.

3. El Progresismo sigue con los discursos enlatados de la segunda mitad del siglo XX: (ricos contra pobres, el otro es fascista, repartición de tierras cuando los jóvenes no quieren el campo, etc.).

4. Se quedaron en las identidades (negros, indígenas, lumpen, diversidad sexual LGTBQ+, etc.) que carecen de ideología y son una minoría electoral. 

5. Siguieron con el discurso de género que ya está desgastado y la gran mayoría de los vaciados no entiende. Un discurso que solo es de los intelectuales de cóctel, caviar, guisqui y salmón ahumado.

6. Olvidaron a los vaciados de los centros urbanos. Ellos son la supermayoría porque carecen de empleo y en este gobierno no les llegó un peso al bolsillo. 

7. La supermayoría de los vaciados entienden que el billete solo les llegó a los que tienen empleo. Un ejemplo: la mesada 14 para los del magisterio (FECODE). ¿Y los demás, qué?

8. A lo anterior hay que agregarle que la diferencia de votos entre Gustavo Petro, que ganó la presidencia en el 2022 con 11.281.013 votos, y la de Iván Cepeda en la primera vuelta presidencial  2026 con 9.614.016 es un hueco grandecito: 1.666.957 votos.

Sin ánimos de aguarle la fiesta a quienes creen que Cepeda podría ganar la Presidencia, los números dicen otra cosa.   

Aunque sus votos parecerían tener un techo, eso no es cierto. Tienen que sumar. La pelea por la presidencia es otro cuento. Nadie sabe cómo se va a comportar el elector, pues este es como el viento, cambia de parecer al momento de marcar el targetón. 

Pero hay otro peligro mucho mayor que va en contra de Cepeda. Y son sus fans recalcitrantes que creen que todo lo demás les huele a podrido y ellos son los puros, los perfumados. 

domingo, junio 14, 2026

El balotaje: Del juego de bolitas en el Renacimiento a las urnas en Colombia

Armando Moreno Sandoval 

Nuevamente, Colombia regresa a las urnas en una segunda vuelta presidencial, este 21 de junio. Aunque hoy nos resulta un mecanismo familiar y natural de nuestra democracia, el origen del famoso ballottage combina una curiosa evolución lingüística con una estrategia de ingeniería política diseñada para blindar gobiernos de cualquier ideología.

Aunque asociamos de inmediato el balotage con la política moderna, para entender la raíz de la palabra tenemos que devolvernos siglos atrás, específicamente a las vibrantes y conflictivas ciudades-estado del Renacimiento italiano, como Venecia y Florencia.

En diversas películas o series solemos ver, sin darle mayor importancia, que en los consejos medievales y deliberaciones de la Curia, los magistrados votaban de forma secreta introduciendo pequeñas esferas, bolas o canicas en un recipiente especial. Bola pequeña que en italiano se denominaba ballotta. El mecanismo era sencillo: si un miembro estaba a favor del candidato o de la propuesta, introducía una bolita blanca; si estaba en contra, negra.

En el siglo XVI, Francia adoptó el término bajo el vocablo ballotte. Con el tiempo, el verbo ballotter pasó a significar “votar utilizando bolitas”. Cuando una primera ronda de votación no arrojaba un ganador indiscutible y se requería un desempate para elegir al funcionario definitivo, los franceses comenzaron a llamar a ese segundo proceso un ballottage.

Del término italiano ballotta no solo nació el balotaje francés, sino también la palabra inglesa ballot (tarjeta de votación o papeleta), usada ampliamente hoy en todo el mundo.

De las bolitas al sistema político e institucional moderno ocurrió en Francia durante el siglo XIX. Aunque ya se registraba en decretos menores, su consolidación definitiva llegó en 1852, bajo el Segundo Imperio de Napoleón III, convirtiéndose más tarde en la piedra angular de la Tercera y la Quinta República Francesa.

Sin embargo, serían los políticos europeos quienes implementaron este ingenioso mecanismo con dos propósitos fundamentales:

El primero, darle legitimidad absoluta al ganador. Se buscaba evitar que un candidato llegara al poder habiendo obtenido apenas una pichurria de los votos en un panorama con múltiples candidatos, lo cual debilitaría su autoridad. Forzar una segunda vuelta entre los dos finalistas garantizaba que el ganador contara obligatoriamente con el respaldo de la mayoría absoluta (más del 50%) de los electores en el último conteo.

Lo segundo tiene que ver con la gobernabilidad: es obligar a las facciones políticas más pequeñas a negociar, madurar acuerdos y unirse en grandes coaliciones antes del asalto final. O que sectores con profundas diferencias unieran fuerzas en favor de un rival común.

En América Latina, el balotage llegó a finales del siglo XX con el cuento de dar solidez a los presidentes frente a congresos altamente fragmentados. No obstante, la región lo adaptó creando diferentes reglas de juego:

Colombia, junto a naciones como Brasil, Chile, Ecuador y Perú, aplica el Modelo de Mayoría Absoluta. En nuestro país, la Constitución Política de 1991 estipuló en su artículo 190 que el presidente será elegido por la mitad más uno de los votos de los ciudadanos. Si ningún candidato alcanza este umbral en la primera vuelta, se celebrará una nueva votación tres semanas después, restringida únicamente a los dos candidatos que hubiesen obtenido las más altas votaciones.

Otros países como Argentina, Bolivia y Costa Rica tienen otros porcentajes con el fin de ahorrar los costos políticos y económicos de una segunda jornada.

Un problemón con el balotaje está en que cambia radicalmente la psicología del elector y la estrategia de las campañas. Deja de ser una elección basada en propuestas para el beneficio del Estado y de la sociedad y se convierte en una votación guiada por el entusiasmo, el engaño, la mentira, el odio, la chabacanería en las ideas. Es sino echarle una mirada a las redes sociales, donde las bodegas de uno y otro bando lo único que buscan es incendiar el país que, con el puñal entre las manos, el mal y el peligro es de los otros.

Otra debilidad del balotaje a lo latinoamericano es que ni siquiera los electores que votaron por los candidatos que quedaron eliminados en primera vuelta tienden a reagruparse en un proyecto político alterno. El elector se anula. El individuo que razona desaparece. La consigna es votar en contra de.

Aunque la intención del balotaje es concederle al elector el poder de deliberar y decidir en dos tiempos, en la práctica esto no sucede.

Un ejemplo de lo desvirtuado que está el balotaje lo podemos apreciar en Colombia en estas elecciones. Al no existir partidos y movimientos, sino caricaturas de ellos, el elector queda en el aire y a merced de las redes sociales. Esto, por un lado. Pero, por otro lado, el Congreso que se eligió antes, sus elegidos se cruzan de brazos. Pues de antemano saben que ellos, el poder legislativo, son el verdadero poder. Así, de este modo, el ejecutivo, al no tener mayorías, se convierte en muñeco de burlas, obligándose a negociar con el legislativo.

Con el aterrizaje de los populismos de derecha e izquierda y con la ausencia de partidos y movimientos, se ha creado la tormenta perfecta para la corrupción. Y para que el gobernante de turno invoque y haga todo a nombre del pueblo, hasta llegar al delirio de ser él mismo el pueblo. Una posible salida a este desmadre para que el modelo presidencialista no desemboque en una dictadura civil, sería el modelo Parlamentario  que, aunque no es la solución, sí obligaría a que los partidos y movimientos políticos se medio organicen y que, como decía el intelectual y político  conservador colombiano Álvaro Gómez Hurtado, se pongan “de acuerdo en lo fundamental” para gobernar.

Lo otro es que obligaría a los partidos y movimientos representados en el Congreso a organizarse para escoger Primer ministro o Canciller, o como se llame. Así se evitaría que al presidente de turno le asalte la idea de volverse autócrata, tal como lo intentó Álvaro Uribe cambiando el artículo de la Constitución que prohibía la reelección para aspirar a un tercer mandato. 

O lo que han tenido en mente el presidente Gustavo Petro y el candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda, de convocar una constituyente para cambiar la Constitución. Y aquí está el entuerto. 

En Latinoamerica existen dos izquierdas: una moderada que no toca la Constitución y respeta el Estado de Derecho, y otra que quiere quedarse eternamente en el poder, tal como lo hizo Hugo Chávez en Venezuela o Daniel Ortega en Nicaragua.

Lo maluco es que con los populismos la verdadera esencia del balotaje queda eclipsada. El elector, al no entender que lo han puesto a escoger entre la autocracia (que por lo general le estorba la separación de poderes, la empresa privada, la libertad, el individuo) y la democracia liberal con todos sus defectos que representa el Estado de Derecho, termina pegándose un tiro en el pie.

Con un balotaje que lo que queda de el es un burlesco, estas dos miradas (autocracia vs democracia liberal) son las que están en juego este 21 de junio. 

Escoja!  




sábado, marzo 07, 2026

Buffon y Linneo: dos maneras de entender y clasificar la vida

Si alguien preguntara cuál es el libro que está en la frontera de este último cuarto del siglo XXI para entender los sistemas de clasificación natural, sin lugar a dudas es el relato de Jason Roberts: Todos los seres vivos. La gran carrera por entender la vida en la Tierra.

Alguien podría atreverse a decir que el libro no es ciencia dura; cierto es, ya que es un libro más centrado en la historia de las ideas. Es decir, un excelente libro de humanidades sobre la ciencia, pero no un tratado de biología. Difusión científica excelsa, de la que tanto carecen las universidades en los llamados países del Tercer mundo, donde la investigación de frontera es casi nula por la simple y sencilla razón de que no existe tradición científica.

Si quedé atrapado con la lectura a medida que avanzaba, es la manera como Roberts hace la revisión crítica de cómo estos dos colosos crearon dos modos opuestos de entender la naturaleza: Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon y Carl Linneo. 

Aunque la mayor parte del libro, uno lo que intuye es un duelo de titanes entre Buffon y Linneo, el otro tropezón con el que uno se encuentra es el de una investigación documental impecable.

El libro no inventa hechos, como las anécdotas que desentierra. De Linneo cómo a finales de sus días, ya achacoso, enfermo y cansado, saludaba a un supuesto doble sentado al lado del atril donde daría la charla para perplejidad de los asistentes y de Buffon habiendo sido su sepelio con bombos y platillos, como corresponde a todo aquel que haya pertenecido a la nobleza, en este caso a la francesa, pero que, con el triunfo de la Revolución Francesa, sus restos serían desenterrados, desperdigados y votados en una fosa común como cualquier malandrín del bajo mundo.

Otra anécdota. Aunque nunca se conocieron, para la época Buffon era tan influyente que Linneo, herido en su ego, nombró a una planta pequeña, fétida y poco atractiva como Buffonia en su “honor”. Toda una telenovela.

Más allá de su prosa elegante y ágil para que el lector no se aburra, vale traer a colación cómo el ego y la política terminan influyendo cuáles teorías científicas han de prevalecer. Que la ciencia no es una verdad absoluta, sino un relato construido por personas con pasiones y prejuicios unidas a los círculos de poder.

Porque si algo hace magistralmente Roberts es que, en la carrera por crear una taxonomía para clasificar a los seres vivos, no solo en esa aventura estuvieron Buffon y Linneo, sino una pléyade de científicos cuyas taxonomías quedaron en el cajón del olvido. Sino que, por aquellas cosas del poder, solo habrían de prevalecer las de Buffon  y Linneo.

A Linneo nos lo retrata como la figura ordenadora, creador de la nomenclatura binomial que todos conocemos, pero con una visión estática de las especies y con unas ideas que derivarían en una pseudociencia racista.

Y a Buffon nos lo muestra con una visión mucho más orgánica, moderna y un crítico de los prejuicios de la época, y como precursor de las ideas evolutivas que anticiparon a Charles Darwin por un siglo.

Es más, Roberts nos presenta a Buffon, no solo como un naturalista, sino como un visionario que “rozó” la verdad antes de que tuviéramos las herramientas para probarla.

Las tres teorías claves de Buffon que Roberts destaca y que la ciencia moderna reconoce como precursoras de la biología evolutiva están:

La “Degeneración” (El ancestro común). En su enciclopedia Histoire Naturelle, Buffon registró que las especies no eran estáticas. Sugirió que las especies podrían haber “degenerado” (cambiado) a partir de un ancestro común debido al clima o la alimentación.

Aunque usó la palabra “degeneración” (con una connotación negativa), estaba describiendo el concepto de especiación y divergencia genética. Fue el primero en sugerir que la vida tiene un árbol genealógico, no solo una lista de nombres a la manera de Linneo sino un sistema global interconectado.

El concepto de “Moléculas Orgánicas”. Mientras Linneo se enfocaba en la cáscara (la forma externa), Buffon se obsesionó con el interior. Propuso que la vida estaba compuesta por pequeñas “moléculas orgánicas” que se reensamblaban.

Buffon estaba intuyendo la existencia de la biología celular y el ADN. Él creía que había un “molde interno” que guiaba la organización de estas moléculas, lo que hoy llamaríamos código genético.

La escala del tiempo geológico. Mientras la iglesia en el siglo XVIII decía que la Tierra tenía unos 6,000 años, Buffon tras realizar experimentos enfriando esferas de metal, calculó que la Tierra debía tener al menos 75,000 años (y en privado sospechaba que eran millones).

Esta teoría sería clave en el concepto de evolución. Sin un tiempo profundo (millones de años), la evolución es imposible. Buffon “estiró” la historia del mundo, dándole a la vida el tiempo necesario para cambiar y adaptarse, algo que Darwin necesitaría más tarde para su teoría. A diferencia de Darwin, Buffon no entendió el mecanismo de la Selección Natural. Él creía que el entorno “moldeaba” a los animales directamente (una idea más cercana a Lamarck), en lugar de que los más aptos sobrevivieran por azar genético.

Al doblar la última página del libro, la certeza que queda es un relato que arranca desde el siglo XVIII hasta el siglo XXI. La manera magistral como Roberts entrelaza el pasado y el presente. Y que, en su último capítulo, uno termina abriendo los ojos y pensando cómo es que la deuda y el reconocimiento que tiene la ciencia moderna con Buffon empezó a darse por allá en 1959 en el centenario de El origen de las especies, cuando el antropólogo Loren Eisley señaló la deuda que tenía Darwin con Buffon.

Fueron tan revolucionarias las ideas de Buffon que hace más de dos siglos y medio dejó en claro que la vida misma no es tan unilineal como se cree, ya que rompe cualquier frontera, cualquier taxonomía que el ser humano quiera imponerle.

Para entender lo dicho por Buffon está la taxonomía cladística de Julián Huxley, que rastrea la evolución monofilética, es decir, la descendencia de un ancestro común.

Basta con un ejemplo de la taxonomía cladística para entender el párrafo anterior que nos enseña que, si bien el cocodrilo, el caimán y la serpiente tienen un parecido entre sí, pero si se echa la evolución para atrás, el pariente más cercano vivo son las aves, ya que ambas clases surgieron del grupo cladístico Pseudosuchia. O que un caimán comparte más con un pavo real que con un dragón de Komodo. Y que ese dragón de Komodo comparte más con Ud., estimado lector.

Es tan compleja la vida que, como lo señala Roberts, no se puede dar cuenta de forma significativa de toda la vida existente.

Así no sea ciencia dura, como señalé al principio, es una obra relevante para quienes estudian historia de la biología y los sistemas de clasificación natural. También muestra la manera como cada uno, a su manera, estuvo vinculado al colonialismo. Sin olvidar, por supuesto, el legado que dejaron para los debates que hoy en día se hacen sobre biodiversidad, raza y cambio climático.


domingo, febrero 01, 2026

Mentes del siglo XX: Mao

Leer y escribir sobre Mao habiendo terminado el primer cuarto del siglo XXI y cuando las ideologías (los llamados metarrelatos) que guían a las masas en busca del paraíso y la felicidad no deja de ser, para algunos, divertido. Para otros, es un guiño de que la Revolución guiada por las masas obreras y campesinas aun tiene un halo de esperanza para arrebatarle el poder a las oligarquías.

El Mao que recuerdo lo tengo guardado en mi memoria como si fuera ayer. Sucedió comenzando la década de los 80 del siglo XX en un curso de metodología en el programa de antropología en la Universidad Nacional. Si recuerdo a Mao, no es por lo que se enseñó de él. Sino por la manera como un grupo de estudiantes que quizás no eran maoístas y otros que tal vez no comulgaban con la línea de Pekín, increparon al profesor de que fuera serio y que tuviera algo de respeto hacia los estudiantes. El argumento para desterrar a Mao del curso era el de que no tenía nada que aportar a la formación académica, y mucho menos a la investigativa. Ahhhh… tiempos aquellos en que los estudiantes echaban a los profesores de las aulas exigiendo rigurosidad académica en vez de que se enseñara cualquier cosa.

En todo caso, pocos semestres después, un movimiento estudiantil en el departamento de antropología pidiendo profesores idóneos terminó con la expulsión de un grupo de profesores, entre esos el profesor que en la bibliografía de la asignatura quería impartir el pensamiento de Mao.

Pocos años después, aún siendo estudiante, la curiosidad me llevó a leer Las cinco tesis filosóficas de Mao. Terminado de leerlo, sentí vergüenza. El libro en verdad nada tenía que ver con la finalidad del curso y desde ese entonces, hace más o menos unos 43 años, de Mao no volví a saber. Hasta este año 2026, que estando dando vueltas por Internet y sus algoritmos, me tropecé con el Mao Zedong del profesor Jonathan Spence.

El profesor Spence, hasta su muerte, fue el sinólogo más importante que ha dado Occidente. Leer un libro bajo su nombre es un sello de garantía intelectual, lo que me llevó a inferir que el Mao que él retrataría no sería cualquier cosa.

Así que teniéndolo ya en mis manos y sumergiéndome en su lectura, comprobé una vez más que su escritura ostentaba con orgullo aquellos historiadores que la crítica los llamó narrativistas. Leer sus libros es un placer; se leen como tomando un excelente vino. Lo he comprobado con dos de su vasta bibliografía que he leído: La pregunta de Hu o La muerte de la señora Wang.

Este Mao del profesor Spence tiene la cadencia narrativa que caracteriza sus libros. Que evita la sobrecarga de detalles y nombres, ofreciendo una narrativa fluida y comprensible para lectores no especializados. En fin, es un texto lúcidamente escrito, sobrio y robusto, con un estilo elegante y un juicio equilibrado.

Quizás estas cualidades narrativas hacen de esta biografía una buena obra introductoria, ideal para quienes buscan una visión general y bien escrita sobre Mao, pero, eso sí, insuficiente para el investigador académico exhaustivo y exigente.

Pero una cosa es el estilo narrativo para que el lector no termine bostezando y votando el libro al olvido y otra lo que significó Mao para el mundo o para quienes aún siguen soñando con la revolución.

A pesar de que es más una síntesis divulgativa que un análisis profundo, el profesor Spence muestra a Mao como un personaje complejo, cruel, tiránico, romántico y pragmático, sin tener que llegar a conclusiones definitivas sobre sus motivaciones.

Aunque no aborda en detalle Las Cien Flores, El Gran Salto Adelante o La Revolución Cultural, deja entrever cómo un líder que llevó a miles de millones de chinos a la tumba no fue criticado por nadie o por muchos. El culto a la personalidad que se le rindió pudo más que los muertos.

El Gran Salto Adelante pasa en puntillas. El profesor Spence solo se limita a decir que fue un fracaso en cuanto a los planes económicos. Pues con su terquedad de echar para atrás lo que se había propuesto con el modelo económico basado en una economía estatal, millones de chinos morirían.

Si bien El Gran Salto Adelante lo echó atrás tras reconocer a regañadientes que una economía agraria basada en comunas no funcionaba, no tuvo más remedio que devolver de nuevo al modelo de la propiedad privada. Entregó las parcelas a los campesinos y las microempresas y empresas a sus dueños.

Buscando culpables del porqué del fracaso de su modelo económico, pensó que si este no funcionó era porque al interior de las instituciones estaba infectado de esbirros y de pequeños burgueses aliados del imperialismo y del capitalismo. Se le ocurrió que los infiltrados podrían estar en los mismos miembros del Partido Comunista, en los obreros, en los campesinos, en los intelectuales y en la misma sociedad. Fue lo que se conoció con el rimbombante nombre de la Revolución Cultural.

Este período donde Mao desconfiaba casi de todo el mundo, hasta de su propia sombra, menos de las jovencitas que le llevaban para sus placeres sexuales, y que corresponde al ocaso de su vida (ya pasado de los 70 años), es cuando emprende la cacería de brujas. Es la época más oscura del maoísmo Mientras millones de chinos morían de hambre, a los que sobrevivían se les obligaba a vivir según la política del Estado trazada por el politburó del Partido Comunista. Entre los dictámenes más miedosos estaba el de que nadie podía pensar por sí mismo, sino lo que dijera el Partido Comunista. Son los años donde, en aras del igualitarismo, vestían de una misma manera, comían lo mismo (para los chinos, el arroz) y un largo etcétera. Lo más aberrante y cruel de todo fue el de una sociedad que se vigilaba a sí misma: los hijos denunciaban a los padres porque pensaban diferente a la línea del Partido Comunista. Según el profesor Spence, nadie sabe a ciencia cierta cuántos miles de millones de chinos fueron asesinados en la era maoísta de La Revolución Cultural.

Amén de los millones de suicidios.

Como señalé al comienzo, el Mao del profesor Spence es para todo aquel que quiera tener una visión general y rápida de Mao. Ya que deja por fuera algunos temas que uno quisiera conocer, como el origen del poder y la megalomanía; el impacto que tuvo en la sociedad El Gran Salto Adelante y La Revolución Cultural; el enigma sobre la psicología del líder y su relación con la ideología; cómo fueron las estructuras políticas y las redes de poder que sostuvieron a Mao.

Seguramente quien lea el Mao del profesor Spence le surgirán otros temas. E incluso algunos podrán atreverse a decir que es un Mao liviano donde se dejan por fuera las causas y consecuencias de las políticas que provocaron millones de muertes.

Se le podría seguir encontrando “peros”. No obstante, al finalizar el libro sentí cierto miedo de la herencia que dejó el maoismo, como el “lavado de cerebro” y el de sentenciar al otro a muerte por pensar diferente. Esa herencia la sentí más de una vez en carne propia siendo profesor de la Universidad del Tolima. Como el artículo mío publicado en un periódico que casi me lleva al paredón. No se aceptaba que se pensara diferente a lo que pensaban las directivas del sindicato. Actuaban y se orientaban por lo que dijera Pekín.

Pero lo que causa aún más miedo es que, de lo que va del siglo XXI, aún se siga señalando al de la voz decidente. Ya no son los totalitarismos ideológicos de Stalin, Hitler o Mao que alimentan la sospecha, el odio y la muerte, sino los populismos de derecha e izquierda que se campean abiertamente desde la sede de los gobiernos, en los medios de comunicación, en las llamadas redes sociales y en algunos nichos académicos universitarios. Y todo se hace con tal de liquidar la forma menos mala de gobernar: la democracia liberal.

¡Quién lo creyera!


jueves, enero 01, 2026

Ficción en los archivos. El perdón en el siglo XVI

Armando Moreno Sandoval 

Más de treinta años tuvo que espera Fiction in the Archives Pardon Tales and Their Tellers in Sixteenth Century France para que saliera, en la caratula y en español, el nombre Ficción en los archivos de la historiadora norteamericana Natalie Zemon Davis. Como se lee en el prólogo, este libro “cuando salió a la luz en 1987, su título resonaba polémico en medio de las discusiones y los dilemas que recorrían el campo de las humanidades”.

Desafortunadamente este debate en la Universidad Nacional donde cursé mi pregrado en antropología en la década de los 80 del siglo XX no se dio. Siempre me he preguntado por qué. Más bien, en vez de aportes metodológicos y teóricos nuevos, lo que recibí fue una formación académica demasiada acartonada y apegada a los clásicos: Durkheim, Weber, Morgan, Malinowsky y, por supuesto, el infaltable Marx, entre otros. Hasta Mao se coló en la consabida libertad de cátedra.

El debate a que se refiere en el prólogo lo vine a descubrir muchos lustros después de una manera autodidacta. A veces la respuesta que me doy es que en estas tierras donde no se corren las fronteras del conocimiento lo que nos llega, si es que llegan, son coletazos del conocimiento demasiados tardíos.

Es por ello que muchos graduados en humanidades, ciencias humanas o sociales salen con su cartón debajo del brazo sin haber escuchado qué es eso del giro cultural, giro lingüístico, la historia cultural y los estudios culturales, ni hablar del debate que se dio si existían fronteras entre historia y literatura. Ahí caben también los estudios de género que, para algunos, tienen la convicción de que son el último grito de la moda.

A Zemon Davis la descubrí siendo aún estudiante cuando llegó a finales de la década de los 80 del siglo XX a las salas de cine en Bogotá El regreso de Martin Guerre. La película contó con la dirección de Daniel Vigne y la asesoría histórica de Zemon Davis. Su experiencia en el rodaje de la película la llevó a escribir posteriormente el libro para profundizar aspectos históricos que la película no contemplaba. Tanto el estreno de la película como la edición del libro fueron en el idioma francés y en el año de 1982.

Años después recorriendo las librerías de Barcelona (España) mis ojos se toparon con la traducción del libro, publicado por primera vez en español por la editorial J. M. Bosch en 1984. La manera de narrar la historia del Martin Guerre me dejó atrapado y desde ese entonces descubrí que existían otras normas y formas para narrar el pasado.

Como profesor en las pocas asignaturas que tuve la oportunidad de impartir en el programa de Historia de la Universidad del Tolima, siempre motivé a los estudiantes a que pensaran en cómo escribir historias más amenas y menos acartonadas. Que no fuesen rígidas. El reto era escribir para un público más amplio y heterogéneo y no para un grupúsculo de académicos que solo se leen y se elogian entre ellos. En ese intento me considero un fracasado. Los estudiantes tenían temor al cambio. Lo rechazaban sin saber de qué se trataba.

Ahora que gozo del tiempo para escudriñar qué de nuevo hay en la vida académica por fuera de estas tierras, me volvió a pasar lo mismo que con el libro El regreso de Martín Guerre. Sumergiéndome en Internet me tope con Ficción en los archivos. Me dije: carajos que es esto! Mi memoria no recordaba haber leído el título. En efecto, era algo nuevo para mí. No hubo mas remedio que hacerme a el. Y vaya que libro!

Ficción en los archivos analiza las cartas de remisión en la Francia del siglo XVI, documentos donde los acusados solicitaban perdón al Rey. Davis propone que estas cartas no son simples relatos judiciales, sino narrativas moldeadas por estrategias retóricas y elementos “ficcionales”. Por “ficcional” no entiende falsificación, sino el proceso creativo de dar forma a una historia para persuadir, aportar verosimilitud o incluso verdad moral. Este planteamiento desafía la idea de que la ficción es opuesta a la verdad histórica, mostrando cómo la narrativa influye en la construcción de memoria y justicia.

Aunque algunos reseñistas elogian la claridad con que Davis explica que la “ficción” no implica mentira, sino modelado narrativo, otros advierten que esta postura puede generar ambigüedad: ¿hasta qué punto la historiografía puede aceptar elementos ficcionales sin comprometer la objetividad? Enriquecido por el debate el libro se ha convertido en el ambiente académico anglosajon en referencia obligada para reflexionar sobre los límites entre historia y literatura, como también el riesgo de diluir la frontera entre verdad histórica y construcción narrativa.

En todo caso historiadores como Roger Chartier y Carlo Ginzburg han destacado la originalidad del enfoque Ficción en los archivos, ya que combina análisis histórico con teoría literaria. Consideran una aportación clave a la microhistoria y la historia cultural, por su capacidad para recuperar voces marginales y mostrar cómo los individuos negociaban poder y justicia mediante la escritura.

Reseñas en revistas como The American Historical Review y Annales elogian la manera en que Davis conecta historia social, retórica y estudios narrativos, abriendo camino para investigaciones sobre género, justicia y subjetividad en la Europa moderna.

Aunque otras reseñas sugieren que el método podría enriquecerse con análisis comparativos para validar su universalidad. Cierto es que en el mundo académico norteamericano y europeo el libro ya es considerado un clásico en estudios de historia cultural y retórica judicial, influyente en investigaciones sobre justicia, género y narrativas en la Europa moderna.

Como dije al comienzo hubo que esperar más de treinta años para que saliera a la luz en español. Aunque nunca es demasiado tarde para conocer lo nuevo viejo, toca esperar cómo los medios académicos de habla hispana recibe Ficción en los archivos de (Prometeo Editorial: 2024).

Aun sus páginas huelen a tinta fresca!