Armando Moreno Sandoval
Si en algo se ha caracterizado el Norte del Tolima es por la palabra escrita. Pensar que tal o cual municipio es la cuna de la intelectualidad es, sin lugar a dudas, cosa de tontos. Todos los municipios a su manera, y de acuerdo a su tiempo social e histórico, han aportado su grano de arena. Recordar, por ejemplo, al poeta Diego Fallón, oriundo de Falán, es algo que nos llena de orgullo. Los críticos literarios coinciden en señalarlo como uno de los grandes poetas que dado la nación colombiana.
Ni que decir de los escritores, historiadores y poetas que dado el municipio cafetero de El Líbano. El escritor Carlos Orlando Pardo, entre chiste y verdad, decía que el municipio que tenía más escritores por metro cuadro era El Líbano. Para tener una idea de lo que ha dado esa tierra en materia de hombres de letras, basta recordar al intelectual, historiador y escritor Eduardo Santa y darnos así una idea de su grandeza.
No obstante, si nos preguntáramos por el inicio de la literatura tolimense no cabe duda que más de un individuo pensaría que podría estar en el mismo Líbano. Desafortunadamente no es así. El Líbano es un municipio demasiado joven. El Tolima tiene otros centros urbanos cuya ocupación española datan casi desde hace medio milenio de años como son Honda y Mariquita.
Esa temporalidad y ese estatus de pueblos mayores que da el peso del tiempo fue lo que permitió que Honda en el siglo XIX fuese un hervidero de ideas. Sorprende, y duele decirlo, que en el siglo XIX en el puerto de Honda circularan y se publicaran más periódicos que hoy en día. Una mirada desprevenida en la sala Anselmo Pineda de la Biblioteca Nacional nos lleva a corroborar que en Honda en el año de 1857 se imprimía y editaba “El Vapor”; que entre 1878-1879 existía el quincenal “La Voz del Tolima”; en 1879 “El Día” y que en 1899 se leían “El Gualí”, “El Salto” y “La Voz del Pueblo”. Tradición que por supuesto no se perdería con la llegada del siglo XX, pues para ese siglo, a comienzos de el, encontramos “El Motor”, un periódico que tenía la particularidad de difundir las huelgas que se llevaban en el Ferrocarril de La Dorada y en los buques a vapor que surcaban el río Magdalena. Pero, lo que más sorprende es que ese periódico lo hacían circular por todos los rincones del norte del Tolima bien sea a través del ferrocarril o el cable aéreo, o, a lomo de mula para los rincones más apartados.
Esta tradición periodística e intelectual fue lo que permitió que en Honda, por cosas del destino, se diera luz a la primera novela que tenga noticia la narrativa tolimense. El profesor, escritor e intelectual Libardo Vargas —experto en historiografía literaria—señala que no bastó que allí se engendrara la novela sino que fuese también un hondano quien la escribiera. Se trata de José Antonio de Plaza, un personaje que además de haber sido escritor pudo intercalar este oficio con la de historiador y político. Pues, en 1829 ejerciendo el cargo de gobernador de Honda lo encontramos dando la orden para levantar de nuevo el puente sobre el río Gualí que había sido derribado por el terremoto de 1805.
Para honrar su memoria sólo nos queda recordar que su novela “El oídor, romance del siglo XVI”, editada en 1850 y siete años antes de su muerte, es, hasta que no se demuestre lo contrario, la primera novela tolimense. Si bien, lo que hace Antonio de Plaza es recrear un triángulo amoroso entre el marido, la mujer y el enamorado, el merito está en que este escritor había hallado en la novela “El Carnero” de Rodríguez Freyle el filón que le sirvió para sacar el tema de su novela y que muchos años después los escritores colombianos tendrían en cuenta para desarrollar su narrativa. O, para decirlo sin tanto rodeos, que con el hondano José Antonio de Plaza se inicia la moderna narrativa colombiana.
viernes, mayo 16, 2008
Honda, cuna de la literatura tolimense
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Libros
viernes, enero 18, 2008
Reinaldo Aguirre Palomo: el bandido social
Armando Moreno Sandoval
En 1929 la bolsa de New York colapsaba y el mundo durante los próximos 10 años entraría en un desconcierto social y económico: hambre, miseria y desempleo. Sin haber sido comunista —pues para luchar por los necesitados no se requiere serlo como algunos creen— en ese mismo año en el mes de junio, el joven veintiañero mariquiteño Reinaldo Aguirre Palomo, según fuentes judiciales, se encontraría participando en la primera revuelta de corte socialista que presenciaría América Latina como la que aconteció en el municipio cafetero del Líbano, Tolima.
Derrotado el movimiento de “Los Bolcheviques”, como se le llamó al alzamiento popular que tuvo lugar en el Líbano, dirigentes e integrantes se dispersarían a lo largo y ancho del territorio colombiano. El “Palomo” Aguirre, como se le conoció a Reinaldo Aguirre Palomo, se quedaría merodeando los pliegues de la cordillera central entre la estaciones del cable aéreo de Mariquita y San Diego.
Algunos al “Palomo” Aguirre lo acusaban de ser un delincuente común que robaba y asaltaba la caja de los caudales del cable aéreo, y que boleteaba a los ganaderos más prestantes de la región. No obstante, —y en contra de unas pocas voces que se alzan con el cuchillo entre los dientes para denigrarlo— las fuentes judiciales, orales, escritas y la mentalidad popular construyeron una imagen muy diferente a la de sus detractores: la de ser un bandolero bueno.
Si alguien quiere dudar de su carácter social que mejor que los libros y los poemas que le han escrito relatando sus acciones a favor de quienes el “Palomo” Aguirre defendía, protegía y ayudaba como fueron los campesinos, pobres, ciegos y mendigos.
Ese halo que ha envuelto su figura, ese mito que se ha negado a desaparecer, lo encontramos en los versos “Romance de Reynaldo Aguirre Palomo” del poeta y abogado Ernesto Polanco Urueña, descendiente de una de las familias hondanas de la primera mitad del siglo XX.
Si alguien quiere sorprenderse de lo que significó este poema para las generaciones de mediados del siglo XX, solo basta ojear el libro “7 Poemas”. El lector, para su sorpresa, hallará que los versos de este poema singular fueron ambientados por unos de los pinceles más brillantes que haya dado la plástica tolimense: el pintor Jorge Elías Triana.
Pero, no bastó que el pintor Triana le hubiera dedicado parte de su tiempo para el ilustrar el poema sobre el “Palomo” Aguirre sino que, años después, un connotado político como lo fue Alberto Santofimio Botero en una antología poética tolimense lo seleccionara para honrar la memoria del legendario bandolero.
Otra pluma que quiso honrar y homenajear el nombre del “Palomo” Aguirre para la posteridad fue la escritora, intelectual y ex-diplomática Flor Romero de Nohra. Aunque con otros nombres, ella recrearía en su novela “Triquitraques del Trópico”, además de las hazañas y aventuras del “Palomo”, la zaga familiar de los Aguirre: sus progenitores María de la Cruz Palomo y Jacobo Aguirre, al igual que sus hermanos y hermanas: Manuel, Julio, Jacobo, Josefina y Eloisa, como también el de Ricardo Palomo hermano medio por madre.
Otro escritor, José Juan Salgado, editaría en una de las imprentas del desaparecido Armero una crónica novelada titulada “Reinaldo Aguirre, el famoso bandido tolimense”. Crónica que da rienda suelta a un protagonista que se mueve en una serie de aventuras donde algunas veces hace énfasis en la vivacidad y el engaño para burlar las autoridades y, en otras, donde enseña la mano generosa y dadivosa al anciano, al enfermo o al mendigo noctámbulo.
El historiador e intelectual Eduardo Santa quien nació en el Líbano y dice haber conocido al “Palomo” Aguirre a la edad de diez o doce años, evoca a través de su “Crónica de un bandido legendario” la vida de un bandido generoso que hizo justicia por su propia mano. Según él, un hombre que no secuestró, ni cometió crimenes pero que, también, fue temido, admirado y, con el correr de los años, recordado por la sociedad.
Alguien podría preguntarse cómo es que un individuo que había participado en una revuelta popular como la llamada “Revolución de los Bolcheviques” en el Líbano, que escuchó y presenció paros de obreros como los del ferrocarril y la navegación a vapor en Honda y La Dorada terminara convertido en un bandido. La respuesta a este interrogante solo es entendible si aceptamos que fue un bandido que en vez de carecer de ideologías o de haber desconocido las luchas sindicales y sociales —como le sucede a los delincuentes comunes— se nutría de ellas para ejercer su propia justicia social pensando en el necesitado.
Aunque es poco probable que el “Palomo” Aguirre en sus actuaciones se presentara como alguien que había participado en la revuelta del Líbano, lo cierto es que con un prontuario delincuencial de por lo menos 10 años y, sea lo que haya sido, cuatrero, ladrón, asaltador de vagonetas del cable aéreo, o, bandolero como suele llamarlo la tradición oral del norte del Tolima, lo cierto es que el recuerdo que más se impone es el de un individuo que robaba para repartir el botín entre los pobres.
Cierto es que desde la noche del sábado 24 de febrero de 1940, que decidió suicidarse dándose un disparo dentro de la boca en la casa del ganadero Gregorio Fajardo, las versiones sobre su vida, bien sean escritas u orales, no han parado de césar.
Si bien, en este 2017 se cumple 77 años del suicidio, por fortuna, hasta hace unos días, quedaban unos pocos que podían decir “yo lo vi”. Uno de ellos fue Ismael Osorio, quien murió nonagenario. Nació en Falán en 1911, dos años después del “Palomo” Aguirre. Testigo de la aureola que ya tenía, lo saludaba en sus encuentros esporádicos entre Falán y Mariquita.
En la memoria de don Ismael se conservaron varios versos que le compusieron el mismo día del suicidio. Aunque no existe una versión escrita de la época que de fe quién las hizo, su autoría aun genera celos y rivalidades. Un domingo en la tarde, un noviembre del año 2003, don Ismael con su voz desgastada por el tiempo evocó unos versos que eran tarareados y recitados en los tertuliadores y cafetines de la época:
“Reinaldo Aguirre murió
y el mundo está conmovido
a los ricos les volvió
la calma que habían perdido
Este hombre era aventurero
como todos en la vida
y por eso el mundo entero
hoy le da la despedida
Publicado en El Puente, Honda, año 10, No 108, febrero de 2008, p. 7
El hombre que asaltaba la compañía inglesa del cable aéreo cumple 100 años en el 2009 de haber nacido. Investigación reciente basada en fuentes judiciales, orales y escritas da nuevas pistas sobre la figura del bandolero legendario
En 1929 la bolsa de New York colapsaba y el mundo durante los próximos 10 años entraría en un desconcierto social y económico: hambre, miseria y desempleo. Sin haber sido comunista —pues para luchar por los necesitados no se requiere serlo como algunos creen— en ese mismo año en el mes de junio, el joven veintiañero mariquiteño Reinaldo Aguirre Palomo, según fuentes judiciales, se encontraría participando en la primera revuelta de corte socialista que presenciaría América Latina como la que aconteció en el municipio cafetero del Líbano, Tolima.
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| El "Palomo" Aguirre |
Algunos al “Palomo” Aguirre lo acusaban de ser un delincuente común que robaba y asaltaba la caja de los caudales del cable aéreo, y que boleteaba a los ganaderos más prestantes de la región. No obstante, —y en contra de unas pocas voces que se alzan con el cuchillo entre los dientes para denigrarlo— las fuentes judiciales, orales, escritas y la mentalidad popular construyeron una imagen muy diferente a la de sus detractores: la de ser un bandolero bueno.
Si alguien quiere dudar de su carácter social que mejor que los libros y los poemas que le han escrito relatando sus acciones a favor de quienes el “Palomo” Aguirre defendía, protegía y ayudaba como fueron los campesinos, pobres, ciegos y mendigos.
Ese halo que ha envuelto su figura, ese mito que se ha negado a desaparecer, lo encontramos en los versos “Romance de Reynaldo Aguirre Palomo” del poeta y abogado Ernesto Polanco Urueña, descendiente de una de las familias hondanas de la primera mitad del siglo XX.
Si alguien quiere sorprenderse de lo que significó este poema para las generaciones de mediados del siglo XX, solo basta ojear el libro “7 Poemas”. El lector, para su sorpresa, hallará que los versos de este poema singular fueron ambientados por unos de los pinceles más brillantes que haya dado la plástica tolimense: el pintor Jorge Elías Triana.
Pero, no bastó que el pintor Triana le hubiera dedicado parte de su tiempo para el ilustrar el poema sobre el “Palomo” Aguirre sino que, años después, un connotado político como lo fue Alberto Santofimio Botero en una antología poética tolimense lo seleccionara para honrar la memoria del legendario bandolero.
Otra pluma que quiso honrar y homenajear el nombre del “Palomo” Aguirre para la posteridad fue la escritora, intelectual y ex-diplomática Flor Romero de Nohra. Aunque con otros nombres, ella recrearía en su novela “Triquitraques del Trópico”, además de las hazañas y aventuras del “Palomo”, la zaga familiar de los Aguirre: sus progenitores María de la Cruz Palomo y Jacobo Aguirre, al igual que sus hermanos y hermanas: Manuel, Julio, Jacobo, Josefina y Eloisa, como también el de Ricardo Palomo hermano medio por madre.
Otro escritor, José Juan Salgado, editaría en una de las imprentas del desaparecido Armero una crónica novelada titulada “Reinaldo Aguirre, el famoso bandido tolimense”. Crónica que da rienda suelta a un protagonista que se mueve en una serie de aventuras donde algunas veces hace énfasis en la vivacidad y el engaño para burlar las autoridades y, en otras, donde enseña la mano generosa y dadivosa al anciano, al enfermo o al mendigo noctámbulo.
El historiador e intelectual Eduardo Santa quien nació en el Líbano y dice haber conocido al “Palomo” Aguirre a la edad de diez o doce años, evoca a través de su “Crónica de un bandido legendario” la vida de un bandido generoso que hizo justicia por su propia mano. Según él, un hombre que no secuestró, ni cometió crimenes pero que, también, fue temido, admirado y, con el correr de los años, recordado por la sociedad.Alguien podría preguntarse cómo es que un individuo que había participado en una revuelta popular como la llamada “Revolución de los Bolcheviques” en el Líbano, que escuchó y presenció paros de obreros como los del ferrocarril y la navegación a vapor en Honda y La Dorada terminara convertido en un bandido. La respuesta a este interrogante solo es entendible si aceptamos que fue un bandido que en vez de carecer de ideologías o de haber desconocido las luchas sindicales y sociales —como le sucede a los delincuentes comunes— se nutría de ellas para ejercer su propia justicia social pensando en el necesitado.
Aunque es poco probable que el “Palomo” Aguirre en sus actuaciones se presentara como alguien que había participado en la revuelta del Líbano, lo cierto es que con un prontuario delincuencial de por lo menos 10 años y, sea lo que haya sido, cuatrero, ladrón, asaltador de vagonetas del cable aéreo, o, bandolero como suele llamarlo la tradición oral del norte del Tolima, lo cierto es que el recuerdo que más se impone es el de un individuo que robaba para repartir el botín entre los pobres.
Cierto es que desde la noche del sábado 24 de febrero de 1940, que decidió suicidarse dándose un disparo dentro de la boca en la casa del ganadero Gregorio Fajardo, las versiones sobre su vida, bien sean escritas u orales, no han parado de césar.
Si bien, en este 2017 se cumple 77 años del suicidio, por fortuna, hasta hace unos días, quedaban unos pocos que podían decir “yo lo vi”. Uno de ellos fue Ismael Osorio, quien murió nonagenario. Nació en Falán en 1911, dos años después del “Palomo” Aguirre. Testigo de la aureola que ya tenía, lo saludaba en sus encuentros esporádicos entre Falán y Mariquita.
En la memoria de don Ismael se conservaron varios versos que le compusieron el mismo día del suicidio. Aunque no existe una versión escrita de la época que de fe quién las hizo, su autoría aun genera celos y rivalidades. Un domingo en la tarde, un noviembre del año 2003, don Ismael con su voz desgastada por el tiempo evocó unos versos que eran tarareados y recitados en los tertuliadores y cafetines de la época:
“Reinaldo Aguirre murió
y el mundo está conmovido
a los ricos les volvió
la calma que habían perdido
Este hombre era aventurero
como todos en la vida
y por eso el mundo entero
hoy le da la despedida
Dicen que cartas mandaba
a los ricos por dinero
pero el hambre le quitaba
a ciegos y lismoneros
Pues dicen que era caudillo
y que obra sin conciencia
pero la plata al bolsillo
iba por correspondencia”
Si alguien preguntara —así algunos mordiéndose de envidia digan que fue un vulgar ladrón, cuatrero o delincuente— cuál sería el personaje más importante que dio la Mariquita del siglo XX, no cabe duda que fue el “Palomo” Aguirre. A ningún raizal mariquiteño le han dedicado tantos kilómetros de palabras para relatarle sus leyendas y hazañas. Si el sentimiento popular borra de su memoria a quién no quiere recordar —pensemos en los alcaldes y dirigentes políticos que ha tenido Mariquita— es porque poco o nada hicieron por comprender las necesidades del pueblo.
No obstante, quedan unos pocos individuos que en vez de reconocerle su carácter social, prefieren blasfemar en torno al “Palomo” Aguirre. Ahí están sus libros y poemas para que los lean. Este legado
escrito es seguramente el referente más fehaciente de lo que significó este personaje en la memoria de las generaciones coterráneas y contemporáneas a él. Solo le falta una estatua, un parque y una película para honrar su memoria tal como han hecho con otros bandoleros de otras latitudes: Joan Salas alias Serrallonga en la Cataluña del siglo XVII, Juliano en el sur de Italia, Maté Cosido en los años treinta en el Chaco Argentino, Jesse James, Butch Cassidy y Sundance Kid en Estados Unidos, Lampiao en el Brasil y, por supuesto, el tradicional Robin Hood inglés medieval.
Gústenos o no, lo cierto es que la mentalidad popular le ha puesto al “Palomo” Aguirre la aureola de que goza el mito.
El historiador inglés Eric Hobsbawm, el investigador más importante sobre bandidos, considera que este tipo de personajes y de actuaciones encajan en una categoría llamada bandido social. Es decir, que estando por fuera de la ley hace el bien. En todo caso, el “Palomo” Aguirre es un personaje que se pasea todavía por los rincones del Tolima y de Colombia: un mito que se niega a desaparecer de la faz de la tierra.
Si alguien preguntara —así algunos mordiéndose de envidia digan que fue un vulgar ladrón, cuatrero o delincuente— cuál sería el personaje más importante que dio la Mariquita del siglo XX, no cabe duda que fue el “Palomo” Aguirre. A ningún raizal mariquiteño le han dedicado tantos kilómetros de palabras para relatarle sus leyendas y hazañas. Si el sentimiento popular borra de su memoria a quién no quiere recordar —pensemos en los alcaldes y dirigentes políticos que ha tenido Mariquita— es porque poco o nada hicieron por comprender las necesidades del pueblo.
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| La noche del 24 de febrero de 1940 |
escrito es seguramente el referente más fehaciente de lo que significó este personaje en la memoria de las generaciones coterráneas y contemporáneas a él. Solo le falta una estatua, un parque y una película para honrar su memoria tal como han hecho con otros bandoleros de otras latitudes: Joan Salas alias Serrallonga en la Cataluña del siglo XVII, Juliano en el sur de Italia, Maté Cosido en los años treinta en el Chaco Argentino, Jesse James, Butch Cassidy y Sundance Kid en Estados Unidos, Lampiao en el Brasil y, por supuesto, el tradicional Robin Hood inglés medieval.
Gústenos o no, lo cierto es que la mentalidad popular le ha puesto al “Palomo” Aguirre la aureola de que goza el mito.
El historiador inglés Eric Hobsbawm, el investigador más importante sobre bandidos, considera que este tipo de personajes y de actuaciones encajan en una categoría llamada bandido social. Es decir, que estando por fuera de la ley hace el bien. En todo caso, el “Palomo” Aguirre es un personaje que se pasea todavía por los rincones del Tolima y de Colombia: un mito que se niega a desaparecer de la faz de la tierra.
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Biografías
miércoles, diciembre 12, 2007
Mariquita y su Plaza Mayor
Armando Moreno Sandoval
A diferencia de Honda que aun conserva su arquitectura colonial y republicana, en Mariquita solo se conservan unas cuantas casonas coloniales que se pueden contar con los dedos de las manos y sobran.
Esta desidia y desprecio por su legado arquitectónico, no es una invención mía. A muchos mariquiteños de sus propios labios les he escuchado referirse a ese legado arquitectónico con el calificativo de vetustas casas. Si esta ha sido la actitud de algunos habitantes de Mariquita que decir de quienes fueron alcaldes, pues han pasado de agache ante el deterioro del patrimonio arquitectónico.
Si alguien cree que estoy difamando solo tiene que mirar lo que hasta hace unos pocos años fue la casa cural. Hoy la mencionada casa solo ofrece un espectáculo horrendo. Ni que decir de lo que fue la casa de los Jesuitas o el abandono en que se encuentra la llamada casa de los Virreyes o las ruinas de Santa Lucía. No digo más.
Pero si este es el estado en que se encuentra su patrimonio arquitectónico colonial, valga traer a la memoria el espectáculo vulgar y grotesco que, hasta hace unos pocos días, ofrecía la Plaza Mayor de Mariquita. Una plaza que estuvo sometida a los más infames atropellos y que la memoria colectiva de Mariquita recuerda desde hace más de 20 años.

Porque, a decir verdad, el desprecio por no conservar la Plaza Mayor tal como fue diseñada desde la fundación de Mariquita tiene su comienzo con un alcalde llamado Salomón Fonseca. Fue él, y no otro, quien le propinó el primer mazazo abriéndole tremendo boquete a la plaza. Por supuesto que él obedeció. Alguna vez el mismísimo Ramiro Halima me contó que en un periplo por la cuba de Fidel Castro, había copiado el diseño pensando en dejarle un regalo a Mariquita. Pero, tal obra por cosas del destino quedo inconclusa. Le faltó el campesino que ubicado estratégicamente en una de las esquinas en vez de levantar la hoz y el martillo levantaba un machete. La idea que tenía Ramiro Halima era hacerle un homenaje al campesino cañero mariquiteño. No obstante, gracias a esta luminosa idea, con el correr de los años, la plaza se fue convirtiendo en un muladar. Desidia que en más de 20 años ninguna administración municipal quiso remediar, incluyendo la que ya expira este 31 de diciembre.
Si hoy los mariquiteños y quienes la visitan pueden contemplar una plaza desierta se lo debemos a Lázaro Oñate. Él fue quien radicó una demanda en el Tribunal Administrativo pidiendo restituir un espacio público que pertenece no solo a quienes viven en Mariquita, sino a todos los colombianos.
Si alguien quiere tener una idea de lo que representa esta plaza sólo le basta saber que sus dimensiones concuerdan con la Plazas Mayores que existen en Europa y en América Latina. Pero, si alguien aun no está convencido de lo que significa tener una Plaza Mayor, solo le basta saber que alrededor de ella aun se conservan dos de los tres símbolos que albergaban las plazas: la iglesia y el ayuntamiento (alcaldía y cabildo).
El otro símbolo que por el progreso de las ideas ha desaparecido, como fue la picota, es factible que algún día sea revivido para que rindan cuenta aquellos que tanto daño le hicieron a la Plaza Mayor. Ojala que el día de mañana cuando vuelva a ganar la plaza su opulencia, no salga algún “historiador” iluso a colgarle sobrenombres. Llamémosla simplemente Plaza Mayor.
A diferencia de Honda que aun conserva su arquitectura colonial y republicana, en Mariquita solo se conservan unas cuantas casonas coloniales que se pueden contar con los dedos de las manos y sobran.
Esta desidia y desprecio por su legado arquitectónico, no es una invención mía. A muchos mariquiteños de sus propios labios les he escuchado referirse a ese legado arquitectónico con el calificativo de vetustas casas. Si esta ha sido la actitud de algunos habitantes de Mariquita que decir de quienes fueron alcaldes, pues han pasado de agache ante el deterioro del patrimonio arquitectónico.
Si alguien cree que estoy difamando solo tiene que mirar lo que hasta hace unos pocos años fue la casa cural. Hoy la mencionada casa solo ofrece un espectáculo horrendo. Ni que decir de lo que fue la casa de los Jesuitas o el abandono en que se encuentra la llamada casa de los Virreyes o las ruinas de Santa Lucía. No digo más.
Pero si este es el estado en que se encuentra su patrimonio arquitectónico colonial, valga traer a la memoria el espectáculo vulgar y grotesco que, hasta hace unos pocos días, ofrecía la Plaza Mayor de Mariquita. Una plaza que estuvo sometida a los más infames atropellos y que la memoria colectiva de Mariquita recuerda desde hace más de 20 años.

Porque, a decir verdad, el desprecio por no conservar la Plaza Mayor tal como fue diseñada desde la fundación de Mariquita tiene su comienzo con un alcalde llamado Salomón Fonseca. Fue él, y no otro, quien le propinó el primer mazazo abriéndole tremendo boquete a la plaza. Por supuesto que él obedeció. Alguna vez el mismísimo Ramiro Halima me contó que en un periplo por la cuba de Fidel Castro, había copiado el diseño pensando en dejarle un regalo a Mariquita. Pero, tal obra por cosas del destino quedo inconclusa. Le faltó el campesino que ubicado estratégicamente en una de las esquinas en vez de levantar la hoz y el martillo levantaba un machete. La idea que tenía Ramiro Halima era hacerle un homenaje al campesino cañero mariquiteño. No obstante, gracias a esta luminosa idea, con el correr de los años, la plaza se fue convirtiendo en un muladar. Desidia que en más de 20 años ninguna administración municipal quiso remediar, incluyendo la que ya expira este 31 de diciembre.
Si hoy los mariquiteños y quienes la visitan pueden contemplar una plaza desierta se lo debemos a Lázaro Oñate. Él fue quien radicó una demanda en el Tribunal Administrativo pidiendo restituir un espacio público que pertenece no solo a quienes viven en Mariquita, sino a todos los colombianos.
Si alguien quiere tener una idea de lo que representa esta plaza sólo le basta saber que sus dimensiones concuerdan con la Plazas Mayores que existen en Europa y en América Latina. Pero, si alguien aun no está convencido de lo que significa tener una Plaza Mayor, solo le basta saber que alrededor de ella aun se conservan dos de los tres símbolos que albergaban las plazas: la iglesia y el ayuntamiento (alcaldía y cabildo).
El otro símbolo que por el progreso de las ideas ha desaparecido, como fue la picota, es factible que algún día sea revivido para que rindan cuenta aquellos que tanto daño le hicieron a la Plaza Mayor. Ojala que el día de mañana cuando vuelva a ganar la plaza su opulencia, no salga algún “historiador” iluso a colgarle sobrenombres. Llamémosla simplemente Plaza Mayor.
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Opinión
martes, noviembre 13, 2007
Escaramuzas post-electorales
Armando Moreno Sandoval
Lo que aconteció durante los cinco días siguientes a las elecciones del 28 de octubre en Mariquita contra el candidato Juan Carlos Acero, y que el conteo de los votos daba como el seguro ganador, deja un sabor agridulce que sería bueno valorar.
Hay quienes que manipulando la estadística argumentan que el alcalde electo Juan Carlos Acero carece de representatividad por haber sacado el 24.65 % de la votación total. No obstante, a este juego estadístico es necesario señalar que en unas elecciones como las que se celebraron, la norma dice que para ganar solo basta la mayoría simple. Así de sencillo.
Otro de los argumentos en contra tiene que ver con la imagen que de él tienen, o han construido, quienes no votaron por él. Otra equivocación mayúscula puesto que la democracia no se basa en gustos personales, sino en plataformas ideológicas y programáticas.
Si estos fueron los dos comentarios que con más fuerzas se escucharon decir, lo que se deduce es que quienes perdieron pretenden desconocer la derrota no en las debilidades y errores de los candidatos perdedores, sino recurriendo a señalamientos personales que en nada tiene que ver con el juego democrático.
Feo que estos comentarios en contra del alcalde electo Juan Carlos Acero se den. Demuestra, por un lado, que quienes participan en política son malos perdedores y, por otra parte, que el esquema gobierno-oposición que tanto se ha venido reclamando aun está biche.
En una democracia madura —si es que las hay— lo ideal sería que quienes sean vencidos conformen una oposición encaminada a vigilar al gobierno de turno con el sano propósito de que en el futuro se vuelva opción de gobierno.
Una de las razones del triunfo de Juan Carlos Acero radica en la persistencia que tuvo durante los cuatro años anteriores en haber hecho una oposición sana encaminada a ser alternativa de poder. Y lo logró no sobre la base de la crítica mordaz que aun caracteriza a algunos políticos tradicionales y que están en uso de buen retiro, sino con el trabajo silencioso en las comunidades.
Ojala que lo que hizo Juan Carlos Acero durante estos cuatro años con las comunidades lo siga haciendo durante los próximos años como alcalde de Mariquita.
Valga recordarles no solo a Juan Carlos Acero, sino a los alcaldes del norte del Tolima que salieron electos, que la región hoy día carece de líderes regionales. Que la democracia les ha dado su cuarto de hora y que deben de aprovecharla trabajando en bien de la comunidad que es el progreso de la región. Pero, sobre todo, eligiendo gabinetes más que de bolsillo que conozcan las problemáticas de sus municipios y de la región.
Por último, valga recordarles a los alcaldes electos que el norte del Tolima debe convertirse en un polo de desarrollo fuerte. No olvidar que nuestra región es estratégica en el desarrollo del país. Que en vez de tratar de resolver problemas aisladamente o de tratar de conseguir recursos cada uno por su lado, constituyan un bloque para exigirle al gobierno central y departamental los recursos necesarios para salir del abandono en que ha caído el norte del Tolima por la falta de fuerza y de liderazgo de sus gentes y de quienes lo representan.
Lo que aconteció durante los cinco días siguientes a las elecciones del 28 de octubre en Mariquita contra el candidato Juan Carlos Acero, y que el conteo de los votos daba como el seguro ganador, deja un sabor agridulce que sería bueno valorar.
Hay quienes que manipulando la estadística argumentan que el alcalde electo Juan Carlos Acero carece de representatividad por haber sacado el 24.65 % de la votación total. No obstante, a este juego estadístico es necesario señalar que en unas elecciones como las que se celebraron, la norma dice que para ganar solo basta la mayoría simple. Así de sencillo.
Otro de los argumentos en contra tiene que ver con la imagen que de él tienen, o han construido, quienes no votaron por él. Otra equivocación mayúscula puesto que la democracia no se basa en gustos personales, sino en plataformas ideológicas y programáticas.
Si estos fueron los dos comentarios que con más fuerzas se escucharon decir, lo que se deduce es que quienes perdieron pretenden desconocer la derrota no en las debilidades y errores de los candidatos perdedores, sino recurriendo a señalamientos personales que en nada tiene que ver con el juego democrático.
Feo que estos comentarios en contra del alcalde electo Juan Carlos Acero se den. Demuestra, por un lado, que quienes participan en política son malos perdedores y, por otra parte, que el esquema gobierno-oposición que tanto se ha venido reclamando aun está biche.
En una democracia madura —si es que las hay— lo ideal sería que quienes sean vencidos conformen una oposición encaminada a vigilar al gobierno de turno con el sano propósito de que en el futuro se vuelva opción de gobierno.
Una de las razones del triunfo de Juan Carlos Acero radica en la persistencia que tuvo durante los cuatro años anteriores en haber hecho una oposición sana encaminada a ser alternativa de poder. Y lo logró no sobre la base de la crítica mordaz que aun caracteriza a algunos políticos tradicionales y que están en uso de buen retiro, sino con el trabajo silencioso en las comunidades.
Ojala que lo que hizo Juan Carlos Acero durante estos cuatro años con las comunidades lo siga haciendo durante los próximos años como alcalde de Mariquita.
Valga recordarles no solo a Juan Carlos Acero, sino a los alcaldes del norte del Tolima que salieron electos, que la región hoy día carece de líderes regionales. Que la democracia les ha dado su cuarto de hora y que deben de aprovecharla trabajando en bien de la comunidad que es el progreso de la región. Pero, sobre todo, eligiendo gabinetes más que de bolsillo que conozcan las problemáticas de sus municipios y de la región.
Por último, valga recordarles a los alcaldes electos que el norte del Tolima debe convertirse en un polo de desarrollo fuerte. No olvidar que nuestra región es estratégica en el desarrollo del país. Que en vez de tratar de resolver problemas aisladamente o de tratar de conseguir recursos cada uno por su lado, constituyan un bloque para exigirle al gobierno central y departamental los recursos necesarios para salir del abandono en que ha caído el norte del Tolima por la falta de fuerza y de liderazgo de sus gentes y de quienes lo representan.
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jueves, diciembre 14, 2006
Los desafios del Polo Democrático

Palabras del poeta William Ospina al Congreso de Unidad.
Lunes 4 de diciembre de 2006
Dicen que nuestro padre Bolívar, que tenía derecho a criticarnos, dijo alguna vez que cada colombiano era un país enemigo. La verdad es que Colombia fue por mucho tiempo, a pesar de la abnegación y la generosidad de innumerables luchadores populares, y como consecuencia de una política estudiada y exitosa de las élites, un país fragmentado e insolidario. Y en el orden social la insolidaridad es el peor enemigo. La dirigencia que maneja al país desde la aurora de la república supo siempre que su éxito dependería de mantener a un pueblo tan diverso por su composición y por sus costumbres, dividido para siempre. Dividido, escindido, estratificado. Aquí en nada ponen más cuidado que en enseñarnos a todos a saber a qué estrato pertenecemos. Incluso la educación, que se nos predica como la solución a todos los problemas, es ante todo una escuela de estratificación. Hasta en una concentración del Polo Democrático vi un día algo que me desanimó. Había una sección llamada VIP, sigla nefasta que significa "very important people", gente muy importante. Y me dije con cierto sabor de frustración que si Polo permitía que se abrieran camino esos melindres clasistas, no saldríamos nunca de la Colombia del Jockey Club. Eso lo digo como una amistosa observación.
Yo creo que a ningún pueblo se le han predicado tantas diferencias. El hecho de que Colombia sea un país de extraordinaria diversidad ha favorecido esas divisiones intencionadas que nos inmovilizan y nos dejan inermes en manos de la barbarie, y los partidos políticos tradicionales fueron por mucho tiempo cátedras de odio entre los colombianos. Por eso entiendo la frecuencia con que se oye en este Congreso la consigna de Unidad, repetida muchas veces. Todos sabemos que el secreto del triunfo de un proyecto generoso y democrático en Colombia está en la conquista de la unidad. Pero ¿cuál es el secreto de una verdadera unidad? La mera voluntad no basta, se requiere un método. Esa unidad anhelada exige sinceridad y franqueza, porque no se hace unión callando lo que pensamos sino expresándolo con confianza y con lealtad. Afirmarnos en nuestras convicciones y nuestros principios sin que eso se interprete como hostilidad, sin tener que fingir que hay que estar de acuerdo en todo para poder cumplir juntos algunas tareas indispensables.
Para tener de verdad confianza en los otros se requiere conocimiento, pensamiento, y ante todo confianza en sí mismo. Estoy seguro de que aquí se está encontrando, casi por primera vez, una Colombia que no se conocía. Una Colombia invisibilizada, acallada y excluida. Es una extraordinaria oportunidad de conocer a Colombia asistir a este Congreso, y sería una lástima que no la aprovecháramos. Nada como ese diálogo, como ese intercambio de memorias y sueños, nos permitirá avanzar en la formulación de un proyecto de país que no sólo sea posible sino acertado. Para confiar en nosotros mismos necesitamos conocer lo que nos rodea: necesitamos una mezcla profunda de memoria y orgullo, sólo eso nos puede ayudar a estar seguros de lo que somos y de lo que merecemos. Cierta vez le oí decir a Santiago García: "Los países del Occidente como la India y la China, y los países del Oriente como España y Francia". Me pareció que había un error y le dije: "Querrás decir los países orientales como la China y la India y los occidentales como España y Francia. Entonces muy amablemente me contestó: "Es que confundimos la cultura con la geografía. Como uno está mentalmente en Europa piensa que la China y la India están en el Oriente, pero para nosotros están al Occidente. Y basta mirar el mapa para ver que España y Francia están al Oriente de Colombia". Ese pequeño ejemplo bastó para demostrarme que vivimos en un mundo de convenciones.
Muy a menudo, sin darnos cuenta miramos con los ojos de las metrópolis que nos conquistaron, y en la lucha por conquistar ese orgullo y esa seguridad mental sin los cuales no somos buenos interlocutores de nadie, hace falta arraigar en nuestro mundo, conocerlo en detalle y apropiarnos de su memoria. Muchos colombianos todavía tenemos que dejar de vivir en ese país que, como una anómala figura de la geometría, tuvo siempre el centro afuera: en la corona española, en el vaticano, en la revolución francesa, en el mercantilismo inglés, en los centros comerciales de Miami. Dejar de percibir el mundo desde la óptica de las culturas dominantes. Hace treinta años los analistas de la realidad colombiana, ávidos por hacer coincidir nuestra historia con los esquemas de Hegel, buscaban en ella la secuencia invariable del esclavismo, el feudalismo y el capitalismo. Ni se les ocurría que nuestra realidad no cabe en los esquemas de Hegel. Que aquí llegó hace cinco siglos la sociedad mercantil, el capitalismo incipiente, inaugurado por la edad de los descubrimientos; que la conquista de América propició lo que llamaba Marx la acumulación originaria del Capital, y que después de llegado el capitalismo llegó, asombrosamente, el esclavismo. Que aquí llegó primero, en los galeones de los españoles, la Contrarreforma, y sólo ahora está llegando la Reforma. Interpretar nuestra realidad exige mirarla con ojos nuevos; exige ser, a la hora del análisis, tan originales como ella.
La noticia, asombrosa para algunos, de que esto no es Europa, es fundamental para que podamos dialogar con el mundo desde nuestra realidad. La China sabe que no es Europa, los árabes saben que no son Europa, los hindúes saben que son otra cosa. Pero yo he oído importantes intelectuales que niegan que los indígenas y los descendientes de África jueguen un papel importante en nuestra cultura, gentes que creen todavía que somos españoles, que aquí no hay mestizaje. Y eso no lo decían solamente Silvio Villegas y los señores de la vieja Academia de Historia, sino gente joven e hoy. Aquí se abrió camino la ilusión de que éramos europeos, acaso por ser, como decía Rubén Darío, la América, "que aún reza a Jesucristo y aún habla en español". Se abrió camino esa tradición de negar nuestro pasado y nuestro presente indígena, nuestro mundo afroamericano, las selvas, los ríos de barro, los caimanes, los jaguares, las dantas, los chigüiros, la mayor variedad de aves del mundo, la mayor variedad imaginable de climas. Nos dedicamos a cantarle a los ruiseñores, los únicos pájaros que no existen en esta geografía, y a decirles a las amadas en las canciones "que esperen las flores de nuestro amor en primavera, que en el verano nuestra pasión será cada vez más ardiente, que en el otoño nuestras ilusiones caerán como las hojas, que nuestro corazón será una brasa bajo las nieves del invierno". Pero nos tocó inventar la nieve navideña con bolitas de icopor porque el mundo en que creemos vivir se parece muy poco al mundo en que vivimos.
Los europeos en cambio se abstienen rotundamente de decorar sus avenidas
con carros tirados por jaguares, no hacen carnavales del hombre caimán, y
para sus diseños prefieren inspirarse en las plantas de Europa. Viven donde viven. Esa mala costumbre nuestra de creer que nacimos en el lado oscuro del jardín y que por eso tenemos que fingir ser de otra parte, puede simbolizarse en la figura casi caricatural de Miguel Antonio Caro, que sólo hablaba en latín bajo los alcaparros del altiplano, que jamás salió de la Sabana de Bogotá, que gobernaba a Colombia como si fuera la Roma de Propercio o de Cicerón, y que nos dejó durante cien años de soledad una Constitución para la que no había ni indios ni negros ni selvas ni tierra caliente ni lluvias del Chocó ni malocas amazónicas ni el bastón susurrante del chamán ni el arrastrar de cadenas invisibles de la cumbia ni la frenética electricidad de los danzantes del mapalé. Yo escribí una vez sobre la necesidad de encontrar esa franja amarilla de la sociedad, en la metáfora de la franja de la bandera nacional que puede representar a las mayorías excluidas y postergadas por nuestra historia. Pero pienso también en otro sentido de esa franja amarilla: es nuestra presencia en la región equinoccial de América, en la franja solar donde se produce la mayor diversidad de la vegetación y de la fauna, en el paralelo cuatro que
produce buena parte del oxígeno planetario, la franja del oro sagrado de los pueblos precolombinos, la tierra de los hombres del maíz, la tierra fecunda de todos los mestizajes, la franja con mayor actividad eléctrica del planeta, con la regeneradora capacidad de producir ozono que tiene nuestra atmósfera.
Mencionaba ayer Antonio Navarro a los grandes pioneros de este despertar ciudadano. Sí. Tenemos que ser dignos de la sangre de Gaitán y de Pardo Leal, de Bernardo Jaramillo y de Carlos Pizarro, y de tanta sangre inocente que impregna este suelo. Y también tenemos que ser dignos del ideario de Bolívar, de la sabiduría de Humboldt, del pensamiento de Caldas, de las hazañas científicas y estéticas de la Expedición Botánica, del legado de esa otra aventura inconclusa de reconocimiento del territorio, la Comisión Corográfica.
Ya que la dirigencia colombiana ha traicionado buena parte de sus propias conquistas civilizadas, tenemos que asumir nosotros el ideario de la civilización. Hacer nuestros los grandes tesoros de la lengua, enriquecidos por el diálogo con muchas otras lenguas nuestras, indígenas, africanas, gitanas. El tesoro de nuestras artes. Ese patrimonio riquísimo que un día no sólo tendremos que administrar sino en ocasiones por primera vez descifrar, revelar y compartir con el mundo. Hubo en nuestro país proyectos que presentían lo que podía llegar a ser Colombia: pienso en las Láminas de la Expedición Botánica y en el refinamiento del tesoro Quimbaya, bienes fundamentales de nuestra cultura injustamente retenidos por el gobierno español, pienso en los tesoros no divulgados de nuestra gran literatura, pienso en la saga de los ferrocarriles, en la saga de la navegación por el Magdalena. Hubo una época en que hasta los hoteles se hacían pensando de verdad en el país que tenemos. Hubo y hay una arquitectura digna de nuestra tierra. Los ingleses que vinieron a buscar oro, a construir ferrocarriles, a construir el cable aéreo más largo del mundo, inspiraron a partir de su experiencia en el Caribe y en Indochina la arquitectura en madera de las fincas de la zona cafetera que es una de las cosas más bellas y originales de nuestra tierra.
Yo creo que un movimiento popular y moderno como el Polo tiene que convertirse en el orgulloso defensor de los esfuerzos creadores realizados por millones de colombianos a lo largo del tiempo, en diálogo de talentos con el mundo. Yo creo en la necesidad de un retorno a los campos, que no será posible sin la paz. No podremos devolvernos hacia una improbable arcadia indígena: pero creo profundamente en un diálogo respetuoso con los saberes de las comunidades indígenas, en un esfuerzo consciente y continuado por conservar el legado de sus lenguas, por descifrar el tesoro de sus mitos, creo en la necesidad de un respeto profundo por su conocimiento de mundo natural. Yo sé que la farmacia del futuro para todo el planeta está en nuestras selvas. Sin darle la espalda al gran saber científico de la modernidad, hay que enriquecerlo y contrastarlo con el conocimiento de muchas culturas nativas, con el saber de nuestra propia tradición. Este tiene que ser también el partido de la maloca universal, de la piel constelada de la gran Anaconda, de la escritura del Dios en la piel del jaguar.
Cuando uno vuela sobre ciertas regiones de Colombia, ante todo sobre las orillas de las ciudades uno siente el asombro de ver dos realidades opuestas: "Cuanta tierra sin gente aquí, cuánta gente sin tierra allí". Es indudable que los colombianos debemos tomar posesión de Colombia en términos físicos, que una reforma agraria sensata, productiva, histórica, es necesaria; que la redistribución del ingreso es necesaria; pero también hay que tomar posesión espiritual e intelectual de Colombia, conocer su geología y su topografía, su geografía y su biología, reformar la educación con audacia y con originalidad, decirle adiós a ese mundo de imposturas académicas que no valora los conocimientos reales y originales sino la sujeción a unos esquemas y la eterna subordinación a unos modelos.
Aquí tenemos el desafío del rigor y también el desafío de la originalidad. Tenemos que hacernos dignos de lo mejor de la obra de nuestros grandes pensadores independientes. Todo lector sensato encontrará en las obras de Fernando González, de Estanislao Zuleta, de tantos otros, no sólo mucho material polémico, sino el pensamiento más rebelde y más original que pueda pensarse. Hay que hacerse dignos del pensamiento rico, amplio, lleno de fecundas aproximaciones entre disciplinas y de ricas síntesis, de muchos de nuestros pensadores.
Colombia tiene grandes tareas culturales que cumplir para conquistar su cohesión como nación. No digo yo su identidad, porque sin duda no somos idénticos unos a otros, pero sí esa memoria que nos devuelva la concienciade ser hijos de una misma historia, ese conocimiento de nuestro mundo que nos permita hablar con propiedad sabiendo desde dónde hablamos y quiénes somos, y ese orgullo de unos saberes y unos lenguajes originales que nos darán un rostro y una voz precisa en el diálogo planetario. Y nada es tan ilustrativo como el modo en que nuestro mestizaje en el arte y en la música ha sabido recibir y fusionar el legado de las grandes tradiciones americana, africana y europea. Alguien dijo que un colombiano es alguien que piensa como europeo, siente como indio y baila como africano. También de la música se puede aprender a hacer política. Concertar y armonizar instrumentos distintos, voces diferentes, ritmos y melodías diversos. Y nuestra música sí que es una síntesis prodigiosa de todos esos componentes.
El horror de la tradición política colombiana consiste en que los políticos y los gobernantes de los partidos tradicionales nunca entendieron el papel de la cultura en la vida de los pueblos. En eso sí no aprendieron jamás de España, ni de Francia, ni de Italia, ni de México. Confundían la cultura con lo ornamental, con lo bonito, con lo decorativo, con lo innecesario. También a esa ignorancia y a esa frivolidad le debemos el escenario de pasiones primarias, la violencia, la falta de debate, la falta de sutileza de nuestra vida pública. La gran cultura colombiana siempre ha sido popular y siempre ha sido menospreciada por las élites, y el Polo Democrático tiene que saber hacer de nuestra riqueza cultural su manera y su discurso. Carlos Gaviria lo sabe por fortuna más que nadie. Quiero decir que para que el Polo pueda cumplir sus altas tareas políticas, debe ser también, y sobre todo, un movimiento cultural, debe recoger la creatividad extraordinaria de este pueblo, cuya verdadera exclusión no consiste tanto en que no se le haya dado todo lo que merece, sino en que no se ha sabido recibir de él todo lo que tiene para dar y para enseñar. Es sobre todo la exclusión, por razones clasistas y racistas, de una gran riqueza cultural.
Y el Polo debe asumir la certeza de que la política del futuro tendrá sobre todo una expresión cultural, que las banderas del futuro son el amarillo del sol y el verde de la selva, que son blancas de oxígeno y azules de agua. Porque la gran epopeya del futuro inmediato es salvar a este planeta de las maquinaciones de la codicia, de las depredaciones del gran capital, de las pestes de la guerra, de las contaminaciones de la industria, del hastío de la sociedad de consumo, y del desprecio por lo humano de un mundo sórdido y violento.
Colombia está en la primera fila de esas tareas, es una de las trincheras de la biodiversidad, de la defensa del agua y del oxígeno, de la defensa de la diversidad humana y cultural. Nosotros estamos cerca de los manantiales.
Aquí está el porvenir.
William Ospina
Lunes 4 de diciembre de 2006
Dicen que nuestro padre Bolívar, que tenía derecho a criticarnos, dijo alguna vez que cada colombiano era un país enemigo. La verdad es que Colombia fue por mucho tiempo, a pesar de la abnegación y la generosidad de innumerables luchadores populares, y como consecuencia de una política estudiada y exitosa de las élites, un país fragmentado e insolidario. Y en el orden social la insolidaridad es el peor enemigo. La dirigencia que maneja al país desde la aurora de la república supo siempre que su éxito dependería de mantener a un pueblo tan diverso por su composición y por sus costumbres, dividido para siempre. Dividido, escindido, estratificado. Aquí en nada ponen más cuidado que en enseñarnos a todos a saber a qué estrato pertenecemos. Incluso la educación, que se nos predica como la solución a todos los problemas, es ante todo una escuela de estratificación. Hasta en una concentración del Polo Democrático vi un día algo que me desanimó. Había una sección llamada VIP, sigla nefasta que significa "very important people", gente muy importante. Y me dije con cierto sabor de frustración que si Polo permitía que se abrieran camino esos melindres clasistas, no saldríamos nunca de la Colombia del Jockey Club. Eso lo digo como una amistosa observación.
Yo creo que a ningún pueblo se le han predicado tantas diferencias. El hecho de que Colombia sea un país de extraordinaria diversidad ha favorecido esas divisiones intencionadas que nos inmovilizan y nos dejan inermes en manos de la barbarie, y los partidos políticos tradicionales fueron por mucho tiempo cátedras de odio entre los colombianos. Por eso entiendo la frecuencia con que se oye en este Congreso la consigna de Unidad, repetida muchas veces. Todos sabemos que el secreto del triunfo de un proyecto generoso y democrático en Colombia está en la conquista de la unidad. Pero ¿cuál es el secreto de una verdadera unidad? La mera voluntad no basta, se requiere un método. Esa unidad anhelada exige sinceridad y franqueza, porque no se hace unión callando lo que pensamos sino expresándolo con confianza y con lealtad. Afirmarnos en nuestras convicciones y nuestros principios sin que eso se interprete como hostilidad, sin tener que fingir que hay que estar de acuerdo en todo para poder cumplir juntos algunas tareas indispensables.
Para tener de verdad confianza en los otros se requiere conocimiento, pensamiento, y ante todo confianza en sí mismo. Estoy seguro de que aquí se está encontrando, casi por primera vez, una Colombia que no se conocía. Una Colombia invisibilizada, acallada y excluida. Es una extraordinaria oportunidad de conocer a Colombia asistir a este Congreso, y sería una lástima que no la aprovecháramos. Nada como ese diálogo, como ese intercambio de memorias y sueños, nos permitirá avanzar en la formulación de un proyecto de país que no sólo sea posible sino acertado. Para confiar en nosotros mismos necesitamos conocer lo que nos rodea: necesitamos una mezcla profunda de memoria y orgullo, sólo eso nos puede ayudar a estar seguros de lo que somos y de lo que merecemos. Cierta vez le oí decir a Santiago García: "Los países del Occidente como la India y la China, y los países del Oriente como España y Francia". Me pareció que había un error y le dije: "Querrás decir los países orientales como la China y la India y los occidentales como España y Francia. Entonces muy amablemente me contestó: "Es que confundimos la cultura con la geografía. Como uno está mentalmente en Europa piensa que la China y la India están en el Oriente, pero para nosotros están al Occidente. Y basta mirar el mapa para ver que España y Francia están al Oriente de Colombia". Ese pequeño ejemplo bastó para demostrarme que vivimos en un mundo de convenciones.
Muy a menudo, sin darnos cuenta miramos con los ojos de las metrópolis que nos conquistaron, y en la lucha por conquistar ese orgullo y esa seguridad mental sin los cuales no somos buenos interlocutores de nadie, hace falta arraigar en nuestro mundo, conocerlo en detalle y apropiarnos de su memoria. Muchos colombianos todavía tenemos que dejar de vivir en ese país que, como una anómala figura de la geometría, tuvo siempre el centro afuera: en la corona española, en el vaticano, en la revolución francesa, en el mercantilismo inglés, en los centros comerciales de Miami. Dejar de percibir el mundo desde la óptica de las culturas dominantes. Hace treinta años los analistas de la realidad colombiana, ávidos por hacer coincidir nuestra historia con los esquemas de Hegel, buscaban en ella la secuencia invariable del esclavismo, el feudalismo y el capitalismo. Ni se les ocurría que nuestra realidad no cabe en los esquemas de Hegel. Que aquí llegó hace cinco siglos la sociedad mercantil, el capitalismo incipiente, inaugurado por la edad de los descubrimientos; que la conquista de América propició lo que llamaba Marx la acumulación originaria del Capital, y que después de llegado el capitalismo llegó, asombrosamente, el esclavismo. Que aquí llegó primero, en los galeones de los españoles, la Contrarreforma, y sólo ahora está llegando la Reforma. Interpretar nuestra realidad exige mirarla con ojos nuevos; exige ser, a la hora del análisis, tan originales como ella.
La noticia, asombrosa para algunos, de que esto no es Europa, es fundamental para que podamos dialogar con el mundo desde nuestra realidad. La China sabe que no es Europa, los árabes saben que no son Europa, los hindúes saben que son otra cosa. Pero yo he oído importantes intelectuales que niegan que los indígenas y los descendientes de África jueguen un papel importante en nuestra cultura, gentes que creen todavía que somos españoles, que aquí no hay mestizaje. Y eso no lo decían solamente Silvio Villegas y los señores de la vieja Academia de Historia, sino gente joven e hoy. Aquí se abrió camino la ilusión de que éramos europeos, acaso por ser, como decía Rubén Darío, la América, "que aún reza a Jesucristo y aún habla en español". Se abrió camino esa tradición de negar nuestro pasado y nuestro presente indígena, nuestro mundo afroamericano, las selvas, los ríos de barro, los caimanes, los jaguares, las dantas, los chigüiros, la mayor variedad de aves del mundo, la mayor variedad imaginable de climas. Nos dedicamos a cantarle a los ruiseñores, los únicos pájaros que no existen en esta geografía, y a decirles a las amadas en las canciones "que esperen las flores de nuestro amor en primavera, que en el verano nuestra pasión será cada vez más ardiente, que en el otoño nuestras ilusiones caerán como las hojas, que nuestro corazón será una brasa bajo las nieves del invierno". Pero nos tocó inventar la nieve navideña con bolitas de icopor porque el mundo en que creemos vivir se parece muy poco al mundo en que vivimos.
Los europeos en cambio se abstienen rotundamente de decorar sus avenidas
con carros tirados por jaguares, no hacen carnavales del hombre caimán, y
para sus diseños prefieren inspirarse en las plantas de Europa. Viven donde viven. Esa mala costumbre nuestra de creer que nacimos en el lado oscuro del jardín y que por eso tenemos que fingir ser de otra parte, puede simbolizarse en la figura casi caricatural de Miguel Antonio Caro, que sólo hablaba en latín bajo los alcaparros del altiplano, que jamás salió de la Sabana de Bogotá, que gobernaba a Colombia como si fuera la Roma de Propercio o de Cicerón, y que nos dejó durante cien años de soledad una Constitución para la que no había ni indios ni negros ni selvas ni tierra caliente ni lluvias del Chocó ni malocas amazónicas ni el bastón susurrante del chamán ni el arrastrar de cadenas invisibles de la cumbia ni la frenética electricidad de los danzantes del mapalé. Yo escribí una vez sobre la necesidad de encontrar esa franja amarilla de la sociedad, en la metáfora de la franja de la bandera nacional que puede representar a las mayorías excluidas y postergadas por nuestra historia. Pero pienso también en otro sentido de esa franja amarilla: es nuestra presencia en la región equinoccial de América, en la franja solar donde se produce la mayor diversidad de la vegetación y de la fauna, en el paralelo cuatro que
produce buena parte del oxígeno planetario, la franja del oro sagrado de los pueblos precolombinos, la tierra de los hombres del maíz, la tierra fecunda de todos los mestizajes, la franja con mayor actividad eléctrica del planeta, con la regeneradora capacidad de producir ozono que tiene nuestra atmósfera.
Mencionaba ayer Antonio Navarro a los grandes pioneros de este despertar ciudadano. Sí. Tenemos que ser dignos de la sangre de Gaitán y de Pardo Leal, de Bernardo Jaramillo y de Carlos Pizarro, y de tanta sangre inocente que impregna este suelo. Y también tenemos que ser dignos del ideario de Bolívar, de la sabiduría de Humboldt, del pensamiento de Caldas, de las hazañas científicas y estéticas de la Expedición Botánica, del legado de esa otra aventura inconclusa de reconocimiento del territorio, la Comisión Corográfica.
Ya que la dirigencia colombiana ha traicionado buena parte de sus propias conquistas civilizadas, tenemos que asumir nosotros el ideario de la civilización. Hacer nuestros los grandes tesoros de la lengua, enriquecidos por el diálogo con muchas otras lenguas nuestras, indígenas, africanas, gitanas. El tesoro de nuestras artes. Ese patrimonio riquísimo que un día no sólo tendremos que administrar sino en ocasiones por primera vez descifrar, revelar y compartir con el mundo. Hubo en nuestro país proyectos que presentían lo que podía llegar a ser Colombia: pienso en las Láminas de la Expedición Botánica y en el refinamiento del tesoro Quimbaya, bienes fundamentales de nuestra cultura injustamente retenidos por el gobierno español, pienso en los tesoros no divulgados de nuestra gran literatura, pienso en la saga de los ferrocarriles, en la saga de la navegación por el Magdalena. Hubo una época en que hasta los hoteles se hacían pensando de verdad en el país que tenemos. Hubo y hay una arquitectura digna de nuestra tierra. Los ingleses que vinieron a buscar oro, a construir ferrocarriles, a construir el cable aéreo más largo del mundo, inspiraron a partir de su experiencia en el Caribe y en Indochina la arquitectura en madera de las fincas de la zona cafetera que es una de las cosas más bellas y originales de nuestra tierra.
Yo creo que un movimiento popular y moderno como el Polo tiene que convertirse en el orgulloso defensor de los esfuerzos creadores realizados por millones de colombianos a lo largo del tiempo, en diálogo de talentos con el mundo. Yo creo en la necesidad de un retorno a los campos, que no será posible sin la paz. No podremos devolvernos hacia una improbable arcadia indígena: pero creo profundamente en un diálogo respetuoso con los saberes de las comunidades indígenas, en un esfuerzo consciente y continuado por conservar el legado de sus lenguas, por descifrar el tesoro de sus mitos, creo en la necesidad de un respeto profundo por su conocimiento de mundo natural. Yo sé que la farmacia del futuro para todo el planeta está en nuestras selvas. Sin darle la espalda al gran saber científico de la modernidad, hay que enriquecerlo y contrastarlo con el conocimiento de muchas culturas nativas, con el saber de nuestra propia tradición. Este tiene que ser también el partido de la maloca universal, de la piel constelada de la gran Anaconda, de la escritura del Dios en la piel del jaguar.
Cuando uno vuela sobre ciertas regiones de Colombia, ante todo sobre las orillas de las ciudades uno siente el asombro de ver dos realidades opuestas: "Cuanta tierra sin gente aquí, cuánta gente sin tierra allí". Es indudable que los colombianos debemos tomar posesión de Colombia en términos físicos, que una reforma agraria sensata, productiva, histórica, es necesaria; que la redistribución del ingreso es necesaria; pero también hay que tomar posesión espiritual e intelectual de Colombia, conocer su geología y su topografía, su geografía y su biología, reformar la educación con audacia y con originalidad, decirle adiós a ese mundo de imposturas académicas que no valora los conocimientos reales y originales sino la sujeción a unos esquemas y la eterna subordinación a unos modelos.
Aquí tenemos el desafío del rigor y también el desafío de la originalidad. Tenemos que hacernos dignos de lo mejor de la obra de nuestros grandes pensadores independientes. Todo lector sensato encontrará en las obras de Fernando González, de Estanislao Zuleta, de tantos otros, no sólo mucho material polémico, sino el pensamiento más rebelde y más original que pueda pensarse. Hay que hacerse dignos del pensamiento rico, amplio, lleno de fecundas aproximaciones entre disciplinas y de ricas síntesis, de muchos de nuestros pensadores.
Colombia tiene grandes tareas culturales que cumplir para conquistar su cohesión como nación. No digo yo su identidad, porque sin duda no somos idénticos unos a otros, pero sí esa memoria que nos devuelva la concienciade ser hijos de una misma historia, ese conocimiento de nuestro mundo que nos permita hablar con propiedad sabiendo desde dónde hablamos y quiénes somos, y ese orgullo de unos saberes y unos lenguajes originales que nos darán un rostro y una voz precisa en el diálogo planetario. Y nada es tan ilustrativo como el modo en que nuestro mestizaje en el arte y en la música ha sabido recibir y fusionar el legado de las grandes tradiciones americana, africana y europea. Alguien dijo que un colombiano es alguien que piensa como europeo, siente como indio y baila como africano. También de la música se puede aprender a hacer política. Concertar y armonizar instrumentos distintos, voces diferentes, ritmos y melodías diversos. Y nuestra música sí que es una síntesis prodigiosa de todos esos componentes.
El horror de la tradición política colombiana consiste en que los políticos y los gobernantes de los partidos tradicionales nunca entendieron el papel de la cultura en la vida de los pueblos. En eso sí no aprendieron jamás de España, ni de Francia, ni de Italia, ni de México. Confundían la cultura con lo ornamental, con lo bonito, con lo decorativo, con lo innecesario. También a esa ignorancia y a esa frivolidad le debemos el escenario de pasiones primarias, la violencia, la falta de debate, la falta de sutileza de nuestra vida pública. La gran cultura colombiana siempre ha sido popular y siempre ha sido menospreciada por las élites, y el Polo Democrático tiene que saber hacer de nuestra riqueza cultural su manera y su discurso. Carlos Gaviria lo sabe por fortuna más que nadie. Quiero decir que para que el Polo pueda cumplir sus altas tareas políticas, debe ser también, y sobre todo, un movimiento cultural, debe recoger la creatividad extraordinaria de este pueblo, cuya verdadera exclusión no consiste tanto en que no se le haya dado todo lo que merece, sino en que no se ha sabido recibir de él todo lo que tiene para dar y para enseñar. Es sobre todo la exclusión, por razones clasistas y racistas, de una gran riqueza cultural.
Y el Polo debe asumir la certeza de que la política del futuro tendrá sobre todo una expresión cultural, que las banderas del futuro son el amarillo del sol y el verde de la selva, que son blancas de oxígeno y azules de agua. Porque la gran epopeya del futuro inmediato es salvar a este planeta de las maquinaciones de la codicia, de las depredaciones del gran capital, de las pestes de la guerra, de las contaminaciones de la industria, del hastío de la sociedad de consumo, y del desprecio por lo humano de un mundo sórdido y violento.
Colombia está en la primera fila de esas tareas, es una de las trincheras de la biodiversidad, de la defensa del agua y del oxígeno, de la defensa de la diversidad humana y cultural. Nosotros estamos cerca de los manantiales.
Aquí está el porvenir.
William Ospina
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miércoles, septiembre 20, 2006
Minería y sociedad en Mariquita

INTRODUCCIÓN
Armando Moreno Sandoval
Universidad del Tolima
Debo señalar que mi libro Minería y sociedad en la jurisdicción de Mariquita: reales de minas de Las Lajas y Santa Ana, y que presento a la comunidad en general, se hizo prácticamente a partir de las fuentes documentales del Archivo General de la Nación. La razón esta en que la mayoría de los trabajos sobre minería tratan sobre la explotación aurífera y, muy poco, de la minería argentífera.
En cuanto a la minería de la antigua jurisdicción de Mariquita, valga recordar que además del ya conocido trabajo clásico del historiador español Julián Ruiz Rivera, La plata de Mariquita en el siglo XVII: mita y producción, en los últimos años ha habido un interés en la minería de los reales de Santa Ana y Las Lajas, en particular los trabajos del historiador Heraclio Bonilla y de la historiadora Mónica Contreras .
Debo señalar que este trabajo de investigación toca aspectos que ayudan a entender cómo fue la actividad minera, tales como los aspectos sociales y administrativos de los reales, el uso de las tecnologías, el debate en torno al poblamiento de las minas, los métodos de beneficiar el metal, la crisis demográfica aborigen; como también, en las diferentes opiniones que tenían los funcionarios sobre la suerte de los mitayos y del futuro mismo de la explotación minera.
Considero que este trabajo es un complemento al de Julián Ruiz Rivera. Si Ruiz Rivera tomó para su interpretación datos procedentes de fuentes fiscales para reconstruir el monto de maravedíes y así determinar el monto de marcos de plata producido y señalar de este modo los altibajos de la producción de plata, o de tomar visitas para hacer recuentos demográficos y llegar a la conclusión que la producción de plata dependía de la cantidad de mano de obra mitaya, en mi caso, he preferido un material que el profesor Juan Friede había llamado documentos menores, es decir, aquellos que hacen alusión a los pleitos por posesión entre dueños de minas, pleitos por sucesiones, inventarios de minas e ingenios, probanzas, pleitos entre funcionarios, o los informes sobre dueños de minas, mineros, funcionarios o mitayos. Son fuentes que no ofrecen datos cuantificables pero que, a mi entender, ofrece otros datos confiables ya que el ejercicio de interpretar depende enteramente de las múltiples lecturas que se le hace al documento.
El trabajo esta dividido en seis capítulos. El primero hace alusión al escenario donde se desarrollo la explotación. También trata sobre las vías de comunicación. Hace énfasis especial en la construcción del camino de Santa fe a Mariquita, que se inicia a mediados de la segunda mitad del siglo XVI, y su posterior continuidad; como también el papel que desempeñaron los mercaderes, pues, ayuda a entender la dinámica que tuvieron los reales frente al comercio.
El segundo y el tercero tratan aspectos que tienen que ver con los conflictos que se suscitaron con la posesión, registro y explotación de las minas, y que de algún modo influyó en la explotación minera. También hace alusión a los informes que presentaban los funcionarios, los dueños de minas, pero en especial lo que aconteció en las alcaldías mayores de Alonso de Orozco y Andrés Pérez de Pisa, y en particular éste último, ya que su gestión como se podrá apreciar fue cuestionada por funcionarios, dueños de minas y por la corona misma.
En los capítulos cuartos, quinto y sexto contempla aspectos como el de las técnicas, los métodos y la producción. Debo señalar que estos capítulos se soportan en buena parte en la obra de Bakawell sobre Zacatecas. Si retomo a este autor obedece a que los datos que hacen referencias a las técnicas y métodos en las fuentes documentales tienen una gran coincidencia con las empleadas en Zacatecas en Méjico.
También trato aspectos que tienen que ver con el desarrollo de la tecnología en el siglo XVI, de cómo los mineros asimilaban los cambios tecnológicos, o si ellos estaban al tanto de los adelantos tecnológicos de la época, lo cual sirvió para explicarnos que los volúmenes de extracción, como el rendimiento que daba la plata en bruto estaban asociadas también a los adelantos tecnológicos de la época.
Desafortunadamente los registros por real no se encuentran, como tampoco se encuentra cuál fue el método que más se impuso. Este problema no se pudo aclarar, pero, lo que sí está claro es que los dos métodos, el de función y amalgamación, además de que fueron tema de discusión entre los funcionarios y mineros de la época, se empleaban indistintamente.
En cuanto a la aplicación de las técnicas y métodos, la lectura de las fuentes indican que los mineros y beneficiadores estaban un poco atrasados respecto de los avances científico-técnicos de la época. Infortunadamente el Nuevo Reino de Granada no gozó de hombres de ciencia que dieran cuenta de cómo mejorar la producción minera como sí aconteció en otras latitudes. Por ejemplo, la historia de la ciencia ha señalado como inventor del “beneficio por patio” a Bartolomé Medina, quien vivió en la Nueva España. Su método lo probó en Zacatecas. Igual aconteció en el Perú con Alonso Barba quien en 1637 escribió una obra monumental para la historia de la minería titulada El arte de los metales.
A cambio de hombres que estuvieran al tanto de los conocimientos científicos y tecnológicos de la época, lo que sí se dio, como lo señalo en el capitulo IV, fueron funcionarios que pensaban en cómo reglamentar el funcionamiento de las minas. Es posible intuir en algunos funcionarios una actitud reglamentarista, en el sentido de querer establecerle leyes a cualquier problema. Tan así es que cada funcionario que visitaba los reales terminaba por pregonar sus propias ordenanzas. Esto puede tener varias explicaciones: una, que la situación social y económica de las minas era muy cambiante, obligando a los visitadores a repensar en las ordenanzas anteriores. Lo que conllevaría, según lo señalado, a deducir que efectivamente las ordenanzas eran un reflejo de lo que estaba aconteciendo en el medio. La otra posibilidad es considerar que el funcionario en un afán por justificar la visita, o porque no el de hacer valer su autoridad, le daba por reglamentar nuevas ordenanzas. Sean cuales fueren las pretensiones, antes de que se erigieran los reales de Santa Ana y Las Lajas, al trabajo en las minas se le aplicaron las ordenanzas de 1570, que tuvieron un carácter general para todo el Nuevo Reino de Granada. Luego vendrían las de Antonio González en 1593, la de Enríquez en 1609, las de Juan de Borja en 1612 y las de Gabriel de Carvajal en 1627, todas ellas tuvieron una aplicación particular.
Es necesario señalar que en 1719, definitivamente, se produce la suspensión de la mita y sólo hasta finales de la década de los 80’s, con José Celestino Mutis y Juan José D´Elhúyar se activan de nuevo las minas. Con las guerras de Independencia su explotación de nuevo caería en el abandono. Sólo hasta la segunda mitad del siglo XIX, con ingleses y alemanes, las minas volverían a ser reactivadas laboralmente, investigaciones que están a la espera de realizarse.
Finalmente, debo agradecer al departamento de Ciencias Sociales de la Universidad del Tolima el tiempo necesario para realizar la investigación.
Sería insensato de mi parte desconocer la colaboración de los funcionarios del Archivo General de la Nación en Bogotá, con ellos tengo una deuda de gratitud.
Universidad del Tolima, septiembre del 2006
Armando Moreno Sandoval
Universidad del Tolima
Debo señalar que mi libro Minería y sociedad en la jurisdicción de Mariquita: reales de minas de Las Lajas y Santa Ana, y que presento a la comunidad en general, se hizo prácticamente a partir de las fuentes documentales del Archivo General de la Nación. La razón esta en que la mayoría de los trabajos sobre minería tratan sobre la explotación aurífera y, muy poco, de la minería argentífera.
En cuanto a la minería de la antigua jurisdicción de Mariquita, valga recordar que además del ya conocido trabajo clásico del historiador español Julián Ruiz Rivera, La plata de Mariquita en el siglo XVII: mita y producción, en los últimos años ha habido un interés en la minería de los reales de Santa Ana y Las Lajas, en particular los trabajos del historiador Heraclio Bonilla y de la historiadora Mónica Contreras .
Debo señalar que este trabajo de investigación toca aspectos que ayudan a entender cómo fue la actividad minera, tales como los aspectos sociales y administrativos de los reales, el uso de las tecnologías, el debate en torno al poblamiento de las minas, los métodos de beneficiar el metal, la crisis demográfica aborigen; como también, en las diferentes opiniones que tenían los funcionarios sobre la suerte de los mitayos y del futuro mismo de la explotación minera.
Considero que este trabajo es un complemento al de Julián Ruiz Rivera. Si Ruiz Rivera tomó para su interpretación datos procedentes de fuentes fiscales para reconstruir el monto de maravedíes y así determinar el monto de marcos de plata producido y señalar de este modo los altibajos de la producción de plata, o de tomar visitas para hacer recuentos demográficos y llegar a la conclusión que la producción de plata dependía de la cantidad de mano de obra mitaya, en mi caso, he preferido un material que el profesor Juan Friede había llamado documentos menores, es decir, aquellos que hacen alusión a los pleitos por posesión entre dueños de minas, pleitos por sucesiones, inventarios de minas e ingenios, probanzas, pleitos entre funcionarios, o los informes sobre dueños de minas, mineros, funcionarios o mitayos. Son fuentes que no ofrecen datos cuantificables pero que, a mi entender, ofrece otros datos confiables ya que el ejercicio de interpretar depende enteramente de las múltiples lecturas que se le hace al documento.
El trabajo esta dividido en seis capítulos. El primero hace alusión al escenario donde se desarrollo la explotación. También trata sobre las vías de comunicación. Hace énfasis especial en la construcción del camino de Santa fe a Mariquita, que se inicia a mediados de la segunda mitad del siglo XVI, y su posterior continuidad; como también el papel que desempeñaron los mercaderes, pues, ayuda a entender la dinámica que tuvieron los reales frente al comercio.
El segundo y el tercero tratan aspectos que tienen que ver con los conflictos que se suscitaron con la posesión, registro y explotación de las minas, y que de algún modo influyó en la explotación minera. También hace alusión a los informes que presentaban los funcionarios, los dueños de minas, pero en especial lo que aconteció en las alcaldías mayores de Alonso de Orozco y Andrés Pérez de Pisa, y en particular éste último, ya que su gestión como se podrá apreciar fue cuestionada por funcionarios, dueños de minas y por la corona misma.
En los capítulos cuartos, quinto y sexto contempla aspectos como el de las técnicas, los métodos y la producción. Debo señalar que estos capítulos se soportan en buena parte en la obra de Bakawell sobre Zacatecas. Si retomo a este autor obedece a que los datos que hacen referencias a las técnicas y métodos en las fuentes documentales tienen una gran coincidencia con las empleadas en Zacatecas en Méjico.
También trato aspectos que tienen que ver con el desarrollo de la tecnología en el siglo XVI, de cómo los mineros asimilaban los cambios tecnológicos, o si ellos estaban al tanto de los adelantos tecnológicos de la época, lo cual sirvió para explicarnos que los volúmenes de extracción, como el rendimiento que daba la plata en bruto estaban asociadas también a los adelantos tecnológicos de la época.
Desafortunadamente los registros por real no se encuentran, como tampoco se encuentra cuál fue el método que más se impuso. Este problema no se pudo aclarar, pero, lo que sí está claro es que los dos métodos, el de función y amalgamación, además de que fueron tema de discusión entre los funcionarios y mineros de la época, se empleaban indistintamente.
En cuanto a la aplicación de las técnicas y métodos, la lectura de las fuentes indican que los mineros y beneficiadores estaban un poco atrasados respecto de los avances científico-técnicos de la época. Infortunadamente el Nuevo Reino de Granada no gozó de hombres de ciencia que dieran cuenta de cómo mejorar la producción minera como sí aconteció en otras latitudes. Por ejemplo, la historia de la ciencia ha señalado como inventor del “beneficio por patio” a Bartolomé Medina, quien vivió en la Nueva España. Su método lo probó en Zacatecas. Igual aconteció en el Perú con Alonso Barba quien en 1637 escribió una obra monumental para la historia de la minería titulada El arte de los metales.
A cambio de hombres que estuvieran al tanto de los conocimientos científicos y tecnológicos de la época, lo que sí se dio, como lo señalo en el capitulo IV, fueron funcionarios que pensaban en cómo reglamentar el funcionamiento de las minas. Es posible intuir en algunos funcionarios una actitud reglamentarista, en el sentido de querer establecerle leyes a cualquier problema. Tan así es que cada funcionario que visitaba los reales terminaba por pregonar sus propias ordenanzas. Esto puede tener varias explicaciones: una, que la situación social y económica de las minas era muy cambiante, obligando a los visitadores a repensar en las ordenanzas anteriores. Lo que conllevaría, según lo señalado, a deducir que efectivamente las ordenanzas eran un reflejo de lo que estaba aconteciendo en el medio. La otra posibilidad es considerar que el funcionario en un afán por justificar la visita, o porque no el de hacer valer su autoridad, le daba por reglamentar nuevas ordenanzas. Sean cuales fueren las pretensiones, antes de que se erigieran los reales de Santa Ana y Las Lajas, al trabajo en las minas se le aplicaron las ordenanzas de 1570, que tuvieron un carácter general para todo el Nuevo Reino de Granada. Luego vendrían las de Antonio González en 1593, la de Enríquez en 1609, las de Juan de Borja en 1612 y las de Gabriel de Carvajal en 1627, todas ellas tuvieron una aplicación particular.
Es necesario señalar que en 1719, definitivamente, se produce la suspensión de la mita y sólo hasta finales de la década de los 80’s, con José Celestino Mutis y Juan José D´Elhúyar se activan de nuevo las minas. Con las guerras de Independencia su explotación de nuevo caería en el abandono. Sólo hasta la segunda mitad del siglo XIX, con ingleses y alemanes, las minas volverían a ser reactivadas laboralmente, investigaciones que están a la espera de realizarse.
Finalmente, debo agradecer al departamento de Ciencias Sociales de la Universidad del Tolima el tiempo necesario para realizar la investigación.
Sería insensato de mi parte desconocer la colaboración de los funcionarios del Archivo General de la Nación en Bogotá, con ellos tengo una deuda de gratitud.
Universidad del Tolima, septiembre del 2006
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miércoles, julio 05, 2006
Luis Arturo Castaño Ocampo: hacedor de palabras
Armando Moreno Sandoval
Hace un buen rato que Arturo Castaño, me abrió las puertas de su corazón. Alrededor de no sé cuántas largas charlas mañaneras y matinales, bebiendo café, fui descubriendo ese espíritu humano que hoy en día muchos han dejado de cultivar. No obstante, este espíritu humano tiene su explicación:
Varias veces me han preguntado: ¿cómo es la manera de pensar del médico Castaño?, respondo: tiene un pensamiento moderno.
Y si esta noche, me hiciera la misma pregunta no dudaría en dar la misma respuesta: es un hombre moderno.
La pregunta no la respondo por capricho. Frank Safford el historiador norteamericano en su libro El Ideal de lo Práctico. El desafío de formar una élite técnica y empresarial en Colombia, describe en ese libro el arquetipo del hombre moderno.
En el libro citado se describe cómo en una sociedad predominantemente premoderna y preindustrial, como lo fue la sociedad colombiana durante el siglo XIX y parte del siglo XX (aunque algunos sectores lo siguen siendo), hubo una élite económica, social y política que abogó por los cambios sociales y económicos. Esto es, una élite que abrió escuelas, modernizó la infraestructura del Estado, difundió los cambios y que orientó la educación hacia áreas técnicas y prácticas con el fin de abrirle espacio al desarrollo económico y estimular de este modo un espíritu empresarial. El fin era que la élite social y económica abandonara formas sociales hidalgas heredadas de la época colonial española. En sí lo que se perseguía era formar hacia el futuro una clase empresarial y dirigente digna de ser moderna tanto social como ideológicamente.
Si hay alguien en Mariquita que encarna ese arquetipo de hombre moderno que nos habla Frank Safford es el médico Arturo Castaño. Les explicaré por qué:
Sé de antemano que algunos presentes mejor que yo, saben y conocen, su vocación social y humana. De las largas charlas que he tenido con el médico Castaño, y como antropólogo que soy, de él puedo decir que encarna, como dije, una visión modernizadora de la vida social y económica.
Combinando su profesión de médico con el de activista social al frente del movimiento caficultor que cuestionaba al Comité de Cafeteros del Norte del Tolima, indujo a llevar a cabo muchas tareas que hoy día están presentes y que aún siguen vigentes. Solo citaré dos: la primera, el de haber sido a finales de la década del 70 siglo XX el gestor e impulsor de las vías de comunicación en las veredas de los municipios cafeteros del norte del Tolima y, segunda, el de haber impulsado los programas de planificación familiar y que hoy en día casi el mundo entero tienen a Colombia como modelo.
Existe un consenso que sin éstas dos estrategias, Colombia, pese a la Violencia que la agobia desde finales de la década de los 40 del siglo XX hasta nuestros días, difícilmente podría haber alcanzado –con todos los problemas que existen hoy día- los niveles de desarrollo que hoy tenemos. Estrategias que han sido y siguen siendo claves para el desarrollo económico y social: vías de comunicación y control de natalidad.
Si el norte del Tolima, y en particular los mariquiteños, nos podemos jactar, para usar un verbo un poco vanidoso, de éste hombre que tanto aporte le ha hecho, y le sigue haciendo a su tierra, hay en él una faceta que recrea ese espíritu social y humano: la del hacedor de poemas y testimonios.
Si como dije antes, como médico y como gestor social, su mirada ha sido modernizadora, su poesía y sus testimonios que he leído tampoco han escapado a las tendencias actuales que reclama la escritura. Todos ustedes saben que el mundo que empezó a pensarse a finales de las dos últimas décadas del siglo XX y que se está construyendo en este siglo XXI, así ustedes no lo perciban, es un mundo alejado de teorías ideologizantes y totalizadoras.
Ese mundo a que estoy aludiendo está siendo expresando de múltiples formas: lo vemos en el arte (con las instalaciones, el performance); lo vemos en la moda con las tendencias que reclaman expresiones locales, bien sea en el vestir, en el hablar, en el peinado; en la religión y sus múltiples iglesias desafiando cualquier patrón de autoridad pero reconociendo a su Dios; lo vemos en la literatura con la poesía que se inicia con Pablo Neruda que al romper con las cadenas de la métrica dejan un verso suelto, libre de cualquier atadura.
Sí el llamado de los filósofos postmodernos es el de construir un mundo más tolerante y abierto a las diferentes formas de pensar, este llamado, sin lugar a dudas, donde mejor se expresa es en la literatura.
Esta mirada es la que uno encuentra en la obra poética y en la escritura testimonial de Arturo Castaño.
La manera como recrea arquetipos universales a partir de vivencias personales es lo que hace que su literatura esté inscrita en los tiempos actuales. Quien lea el relato testimonial El Alcalde o El Puente puede apreciar en ellos un arquetipo que, si bien está presente en todas las culturas, en nuestra sociedad colombiana ha sido endémica: me refiero a la Violencia.
En el relato El Alcalde lo que está allí expresado es el poder de Dios a través del sacerdote y el poder del Estado a través del alcalde para negar justicia. En el relato El Puente lo que se perciben son metáforas que entremezclándose a la manera de un collage emite múltiple voces clamando justicia.
Lo que hace interesante la literatura de Arturo Castaño es precisamente ese universalismo de lo local a través de un arquetipo. En los dos ejemplos anteriores, en El Alcalde y en El Puente, como lo dije, el arquetipo es la Violencia.
Ni que decir del relato La Barbera.
En mi vida de asiduo lector de literatura colombiana solo he leído dos escritos que tienen como personaje central la navaja de afeitar, conocida como la barbera. Uno es el cuento de Edgar Téllez titulado Solo Espuma, donde el escenario es una barbería en la época de la violencia donde el barbero por diferencias políticas, afeitando a su contrincante político, tiene la oportunidad de saldar cuentas degollándolo. En el relato de La Barbera no es la mano ajena quien quita la vida, sino es el hombre dueño de su propio destino que, con su propia mano, decide quitarse la vida degollándose.
Aunque en ambos escritos el protagonista es la barbera, lo que importa en el escrito de Castaño es el arquetipo del suicidio, presente también en todas las culturas.
Pero si alguien quiere alejarse de los arquetipos basta con leer El Puma o Ensillemos. En El Puma a manera de un fresco onírico trastoca la realidad para hacérnosla metafóricamente creíble al introducir el brazo por la boca del puma para cogerlo por la cola; y en Ensillemos a la manera de los mejores relatos costumbristas que escribió José Manuel Marroquín, recrea y describe con el sustantivo y el adjetivo preciso ese mundo barroco que encierra el arriero con la bestia.
Sin lugar a dudas es la fuerza, la precisión del adjetivo, del verbo, del sustantivo, y la manera como moldea la escritura lo que hace que la literatura de Arturo Castaño tenga un sello personal.
Para corroborar lo dicho basta con leer Tormentas. Aunque aquí en este poema el arquetipo es la muerte, así la vida sea una metáfora es un llamado a vivirla.
Veamos:
Tormentas
No se puede arrancar a la muerte
ni siquiera una mueca de esperanza?
O pasarle a la vida sórdida
una cuenta de desilusión?
Somos pues tan vanos
que no resiste un desamor el corazón?
navegamos insomnes sin abrigo
sin brújulas, sin rumbos,
Sin horizontes fijos somos barco que se hunde
a pesar del timonel
forjado al unísono en la esperanza del ayer.
Ha sido acaso la marea tan bravía
que hasta el azar nos ha negado
el derecho a guiar la barcarola nuestra
así sea hasta el fondo del desconocido mar?
Pero no: somos brisa, viento y mar
timonel herido, barcarola hundida
azar maldito donde todo se nos puede arrebatar
menos la ilusión de ser
y el propósito de amar.
Finalmente, lo que hace que alguien sea reconocido como escritor, o poeta, no es la vocación sino la practica del oficio. Una afirmación de su oficio son los 771 poemas que actualmente ha escrito. Estaremos a la espera, ojalá más temprano que tarde, de que salgan a luz pública para que sean leídos por las generaciones presentes y venideras.
Muchas gracias,
Mariquita, domingo, 2 de julio de 2006.
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