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martes, enero 30, 2024

El tema era la paz.

Armando Moreno Sandoval


El viernes en la tarde, a escasos dos días para elegir presidente viajé a Mariquita, el pueblo donde nací. Mi papá, Pioquinto Moreno, que en ese entonces ya había cumplido 94 años, con una salud que desde comienzos del año había empezado a deteriorarse, le llegué de sorpresa cuando los últimos rayos del sol se negaban a desaparecer. Por motivos de salud mi papá no había votado en la primera vuelta presidencial. Ese domingo, 25 de mayo de 2014, me había sugerido que lo llevara a votar: su tema era la paz. A
l verlo que tenia una voz queda y con un andar donde el tranco de sus piernas no daba, opte por decirle que lo mejor era esperar la segunda vuelta.

Mientras mi papá rememoraba en voz baja la masacre perpetuada por las Farc-EP a su familia un cuarto de siglo atrás, por los debates y los comentarios que a diario se llevaban en la tele, en las universidades, en los cafés, en las plazas de mercado, las voces coincidían que por los acontecimientos que estaban acaeciendo, 1989 terminaría como el año más violento hasta la fecha. Y no era para más. Todo mundo andaba con los pelos de punta, como dice el dicho cuando una sociedad está atemorizada. El 18 de agosto las balas habían ahogado las palabras de un candidato a la presidencia. Soacha, un municipio adyacente a Bogotá, en plena campaña electoral habían asesinado a tiros el candidato Luis Carlos Galán. La tele difundió la noticia y el mundo fue testigo de un Estado arrodillado por las mafias del narcotráfico y de la política.

En ese entonces, como hoy día, los asesinatos y las masacres eran de nunca acabar. Los medios escritos y hablados no daban tregua narrando los hechos. Pero la desgracia tocó las puertas de la casa de mi papá. A través de la radio, a eso del medio día, mientras almorzaba, los platos de la sopa y del seco volaron por los aires. Mi papá quedó estupefacto: en la vereda El Recreo, municipio de La Palma (Cundinamarca), algunos miembros de la familia, la noche anterior, los habían acribillados a balazos.

Por esos años las regiones cambiaban de bando como cambiar de ropa. Dependiendo de las circunstancias, unas veces estaban bajo el poder de las armas del narcotráfico conocidas como paramilitares, otras veces bajo el poder de la guerrilla y otras veces bajo el control de los fusiles del Estado. Quienes vivieron bajo la amenaza de los cañones de los fusiles testimonian que ese mes de septiembre la región estaba en manos de la guerrilla: el XXII frente de las Farc-EP.

La noche del 9 de septiembre de 1989 el ladrido de los perros despertó a la familia. Desde el interior de la casa se dieron por enterados que uno de los perros había sido acallado para siempre. Hombres y mujeres uniformados de color oliva con sus armas incursionaron a la casa. Con las culatas de los fusiles fueron empujados hasta la enramada que cubría el trapiche. Las niñas a medio despertar con sus manitas asidas a los pliegues de la pijama de la mamá no paraban de llorar.

Una mujer con voz de mando ordenó: “mujeres adentro…!”. Apretujados en la cama, temblando ante el infortunio de la noche, escucharon la detonación seca de varios disparos. El silencio absoluto se tomó el interior de la casa por varios minutos. De nuevo la voz de mando de la mujer: “mujeres afuera…!”

Los cuerpos convertidos en cadáveres de José Antonio Moreno de 40 años y de sus hijos Fidel de 17 y José Hugo Moreno Palacios de 25 años yacían tronchados, desgonzados. Los gritos de dolor de los sobrevivientes toco las puertas del vecindario. Nadie acudió. El miedo se había apoderado de la noche. Observaron los cuerpos apilados y manchas de sangre esparcidas por doquier. La pared como paredón había sido testigo del fusilamiento y de los gritos convertidos en una sola voz clamando: “no nos maten!”. ¡El lamento y el grito de dolor fueron más fuertes que el cállese! La voz de mando de la mujer dirigiéndose a la madre de sus hijos gritó: “váyanse y no vuelvan! Si regresan los mato!”.

Ciento dieciséis días después, el apego a la tierra pudo más que la advertencia de amigos y familiares del peligro que corrían. Regresaron. El 3 de enero de 1990 en horas de la mañana salieron del municipio de Pacho hacia La Palma. En un bus que llaman de escaleras viajaban la viuda Roseida Palacios Ocaña junto a sus hijas Rebeca y Sandra Carolina Moreno Palacios. Quienes viajaban colgados como racimos de plátanos en la parte trasera del bus vieron que al descender la mamá y sus dos hijas sus pertenencias no eran mayor cosa. Los alijos eran llevados bajo el brazo.

Tomaron el callejón que atravesaba varias de las fincas de la vereda. Pasaron por el cementerio que albergaba las tumbas de los antepasados familiares para luego tomar de nuevo un camino enrastrojado que los llevaría a la casa. Los cafetales y el platanal enmontados. No había rastros ni de gallinas, perros, caballos, burros y vacas. Era el medio día y el sol resplandeciente lo hacía caluroso.

Mientras le indagaban al pasado por sus pertenencias que habían dejado escucharon un tropel en medio del cafetal enmontado. No habían pasado 15 minutos. “Eran muchos hombres”, recordaría Sandra Carolina.

“Se lo advertimos…!”, dijo la voz de mando a manera de retaliación. Era la mismísima mujer que había incursionado en las altas horas de la noche pocos días atrás.

Sandra Carolina la menor yacía boca abajo en la explanada de la enramada. Encubría la cara con sus manitas. Dejando una rendija entre sus dedos, observaba y sentía cómo el ruido de las botas envolvía su cuerpo. Manoteándole a la cara de su madre, observó cuando la mujer con voz de mando la arrastró a la pared que hacia las veces de paredón. Alcanzó a oír de nuevo la advertencia. Contuvo el llanto al ver que uno de los hombres desenfundaba un arma que llevaba al cinto. Los gritos de su hermana y de su madre clamando que no las mataran fueron en vano. Un sollozo tenue se le escapó al ver que el hombre con el arma desenfundada levantaba la mano a la altura de la cabeza de su madre. Un disparo a quemarropa la estremeció, milésimas de segundos después vio el cuerpo de su mamá caer desmadejado. De nada valieron los gritos de su hermana en medio de las lágrimas pidiendo clemencia. Otro disparo a quemarropa ahogaba para siempre el clamor.

Cuando quiso correr hacia los cuerpos yermos de su madre y hermana, una mano de mujer la detuvo. Llevándose el dedo índice a la boca le dio a entender que guardara silencio. Tomándola de la manita la llevo hasta el borde de un cañaduzal.

“Corra y no mire atrás”, fueron sus únicas palabras.

Al terminar de rememorar las masacres de su hermano, su cuñada, sus sobrinos y de su sobrina guardó silencio por unos instantes.  Con los ojos lelos miró alrededor. Al levantarse trastrabillo, sus piernas le flaqueaban.

El domingo de las elecciones el ambiente estaba caldeado. Quienes estaban a favor de la reelección de Juan Manuel Santos argumentaban el regreso de Álvaro Uribe a la presidencia a través Óscar Iván Zuluaga. Su triunfo supondría que el proceso de paz quedaría hecho trizas. Quienes estaban en contra del proceso de paz, uno de los argumentos era el de que el gobierno estaba entregando el país a las Farc-EP. El eslogan para ganar votos a favor del candidato de Álvaro Uribe era simple, engañoso y contundente: con la paz sí, ¡pero con el candidato de la reelección… no!

Mientras Colombia estaba dividida, la salud de mi papá se caía a pedazos. La promesa de llevarlo a las urnas para que depositara su voto se me había convertido en un cargo de conciencia. Al promediar la mañana toqué las puertas de su médico amigo. Conocedor de la salud de mi papá le comenté el deseo que tenía de cumplirle con el voto. Antes del mediodía estaba ya auscultándolo con su estetoscopio. El paso de los años no tiene vuelta atrás. Tomándome del brazo me susurro al oído: “no está saturando”. Recomendó llevarlo con precaución y que estuviese al tanto de cualquier percance. “Respirar aire fresco le hace bien”.

Supuse que al mediodía sería la hora indicada para llevarlo a votar, ya que la gente almuerza y hace la siesta. Solicité un servicio de taxi. La sorpresa fue de incredulidad. Los electores estaban ejerciendo el derecho a decidir por la paz. Largas filas. Mientras la gente esperaba pacientemente el tarjetón, me dirigí directamente a la mesa de votación donde tenía inscrita su cédula. Con el tarjetón en mi mano, tomándolo del brazo lo llevé con su caminar lento hasta el cubículo. Como pudo tomó el lapicero entre sus dedos para luego con su mirada perdida decirme que le era difícil marcar el candidato de la reelección.  Comprendí que sus dedos habían perdido sus fuerzas. Al ver su impotencia tomé el lapicero. Mientras marcaba por él el candidato de su preferencia, sentí nostalgia. La hora de partir de este mundo se estaba acercando. Lágrimas rodaron por mis mejillas.

Al empezar la noche del 15 de junio los medios de comunicación informaban del triunfo del candidato de la reelección y de la paz.

El 29 de septiembre de 2014 mi papá moriría convencido de que la paz había llegado por fin. 

Ahora, en este 2024, diez años después, la paz es solo un discurso que está en el papel y en los labios de quienes viven a costillas de ella. La violencia en todas sus formas e ideologías se ha recrudecido, da miedo que la sociedad mire hacia los lados. Las ideologias totalitarias y fanáticas, sean del lado de la derecha o de la izquierda, están imponiéndose donde están acallando la voz del otro.  La resignificación de los hechos según mi parecer, la cultura de la cancelación y la corrección política es la nueva narrativa de la derecha y de la izquierda. Lo miedoso es que la gente, hasta los más ilustrados, aplauden. Les parece normal que haga parte de su diario vivir. Solo le creen al mesías. La razón y el consenso a través de la diferencia ha muerto.

La masacre de la familia de Don Pioquinto Moreno ha quedado impune. Conservo el archivo que da testimonio de esa masacre y de cómo un Estado kafkiano con su burocracia inútil fue incapaz de dar con los perpetradores del crimen a sabiendas de quiénes eran. Hace poco consulté el informe de la Comisión de Paz. No encontré rastros de las masacres de la vereda El Recreo, municipio de La Palma. Para esa burocracia esas masacres no existieron.

Siempre me he preguntado cuál es el gusto que siente la gente por la violencia. Los siquiatras dicen que la colombiana es una sociedad mentalmente enferma. Y razón deben tener si se lee al historiador cultural estadounidense David J. Skal, quien se dedicó toda su vida a entender el terror y el miedo a través del cine. En su libro “Screams of reason: Mad Sciencie and Modern Culture” (1988) este historiador plantea que una sociedad muestra sus entrañas por lo que le teme.

Y a qué le teme, preguntaría cualquier lector despistado. La respuesta es simple: ¡a vivir en paz!

 

 

 

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