TRANSLATE

martes, octubre 29, 2019

La bagatela de la democracia en Colombia

Armando Moreno Sandoval
@amoreno_s

La democracia es un péndulo. El triunfo es engañoso y más en un país como Colombia que la tradición de adorar caudillos y jefes es de siglos. Amamos y odiamos. Es lo que explica por qué se sigue adorando a Simón Bolívar, a Francisco de Paula Santander, Jorge Eliecer Gaitán, Laureano Gómez o a Álvaro Uribe, sin conocer la procedencia de sus ideas.

Algunos están convencidos de que con la derrota del Centro Democrático que representa la extrema derecha, o, la de Colombia Humana que representa la extrema izquierda, la sociedad cambió. ¡Falso!

Una lectura a las elecciones del 27 de octubre, así se hayan dado palos electorales como los ganadores de las alcaldías de Medellín y Cartagena, lo cierto es que algunas castas caudillescas volvieron. Un ejemplo es el departamento del Valle o el mismísimo departamento del Atlántico.

No obstante, hay que hacer una advertencia. En Colombia pese a que se sigue imponiendo las maquinarias, a veces también se vota por caras ajenas a todo proyecto político o ideológico. Con la desideologización de la sociedad a veces poco importa las ideas, sino el deseo de votar por alguien porque me cae bien, o, en el peor de los casos porque me cae mal.

La gente a pesar del desencanto de la democracia aún guarda la esperanza de que el elegido trabaje para resolver los problemas de la gente. Otros hartos de que la democracia es una bagatela optan por el voto en blanco, algunos devuelven el tarjetón tal como se lo entregaron y otros a rabiar estropean el tarjetón con madrazos y tachones. Pero hay otros más radicales, quienes piensan que la democracia es una burla prefieren ver pasar el día de las elecciones frente a un televisor o comentando los chismes del día.

Así la gente celebre el triunfo o la derrota, el verdadero ganador es la rabia, es el desencanto, es la frustración, es el pesimismo. La gente cree que quien triunfó nunca, poco o nada se va a preocupar por los problemas de la gente. La gente del común ya sea en Chile, Estados Unidos, España, Hong Kong, Ecuador, Alemania, Francia o cualquier otro país, está pidiendo a gritos que la Democracia y el llamado Estado de Derecho ya no es representativo de los ciudadanos. Toca inventar algo nuevo.

Todo este desmadre se refleja de algún modo a nivel local. En Mariquita, un pueblo en el centro de Colombia es un buen ejemplo. En las elecciones del 27 de octubre de 2019 la votación fue exigua. Solo participó el 58.24% de un censo de 29.172 votantes. Tan así que el alcalde triunfador solo lo hizo con tan solo 4.696 votos, o sea el 28.82%.

Lo mismo puede decirse de la elección del concejo, que en Colombia es un órgano coadministrador. Solo participó el 58.25% de un censo de 29.172 votantes y el partido más votado solo obtuvo 2.423 votos, equivalente al 15.90% del censo electoral. Pero si se contrasta estas cifras con el voto en blanco, no marcado y nulo la sorpresa es que este elector rebelde fue el verdadero ganador, pues fueron 2.361 electores, equivalente al 17.57% del censo electoral, que no se inclinó por ninguno aspirante.  

La conclusión a que se llega es que quienes administrarán los dineros de los contribuyentes deben pensar en cómo resolver los problemas de la gente. ¡Lo demás es un pajazo mental!

martes, junio 11, 2019

La vez que el biólogo evolucionista Edward O. Wilson visitó a Mariquita (Tolima)

Armando Moreno Sandoval
Edward Wilson
Una correspondencia de José Celestino Mutis dando cuenta de una hormiga legionaria entusiasmó al biólogo y profesor emérito de la Universidad de Harvard, Edward O. Wilson,  a escribir sobre Mutis. Ese dato seguramente lo llevó a pensar en viajar a Colombia, pero sobre todo a Mariquita, el sitio donde había vivido y trabajado José Celestino Mutis a finales del siglo XVIII.
Años después, cuando algunas entidades colombianas optaron por crear la catedra medioambiental, y al escoger el científico que daría  la primera cátedra, el consenso sobre el nombre fue unánime: esa persona sería el estadounidense Edward O. Wilson, el biólogo evolucionista más importante que ha dado la humanidad después de Charles Darwin.
El profesor Wilson el inventor de la palabra biodiversidad, y que gracias a él luchamos por salvar el planeta tierra,  en su último libro La conquista social de la tierra (2012: Debate) nos da a conocer la palabra eusocial para explicarnos a través de ella que la organización social y la división del trabajo, que creíamos era del Homo sapiens, ya otros seres vivos habían evolucionado hacia la eusocialidad. Entre esos seres vivos eusociales están las abejas, las avispas, pero sobre todo, las hormigas que viven en la tierra desde hace 160 millones de años.
El profesor Wilson tiene en su haber  27 doctorados Honoris Causa, 90 premios internacionales por sus contribuciones a la ciencia y a la humanidad, junto a Bert Hölldobler obtuvo dos premios Pulitzer por sus ensayos sobre la naturaleza humana y sobre las hormigas, la Medalla Nacional de Ciencia de Estados Unidos y el premio Crafoord, equivalente a un Nobel de Biología. Al preguntársele que pedía para venir a Colombia la única condición que puso  era que lo llevaran a conocer a Mariquita.
El lunes 27 de agosto de 2007, además de la cátedra medioambiental que dio, se le vio en la Universidad Nacional visitando el Instituto de Ciencias Naturales. Pero el 28 de agosto cogería, con sus acompañantes, camino a Mariquita.
En esta casa se dibujaban las plantas que traía Mutis
El paso del profesor Wilson por Colombia, lo mismo que el viaje  a Mariquita, tuvo poco despliegue en los medios escritos y hablados. Y quienes dieron cuenta del viaje no fue mucho lo que informaron.
Alejandro Gaviria quien viajó con el profesor Wilson a Mariquita  relató que “a la altura de Sasaima, la caravana de peregrinos se encontró con un trancón kilométrico. Inexplicablemente la policía de carreteras había detenido el tráfico en ambos sentidos para facilitar la demarcación de la vía. Wilson salió del vehículo para estirar sus piernas. Y después de caminar 50 metros, encontró un hormiguero al borde de la carretera. Inmediatamente se arrodilló con devoción religiosa. Y permaneció así por unos minutos, como si estuviera rezando, con los ojos a pocos centímetros de la superficie y la lupa en su mano como si fuera un ícono sagrado. La sinceridad de su credo (de la defensa de la biodiversidad sustentada en la pasión por la ciencia) no dejaba dudas.

La imagen de Edward O. Wilson arrodillado en una carretera colombiana resume, en mi opinión, la importancia de su visita a Colombia. Wilson nos permitió, así fuese por unos días, mirar a nuestro país a través de sus ojos. Y apreciar, entonces, nuestro pasado, la valiosa (y olvidada) obra de Mutis. Y nuestro futuro, la preciosa (y amenazada) biodiversidad”.
Casa donde vivió Mutis
Por los registros de prensa presumo que llegó, seguramente poco  antes del mediodía. Quienes lo acompañaban no sabían que por esos días Mariquita celebra, cada 28 de agosto, las efemérides de su fundación. Como ha sucedido siempre, si la fecha cae entre semana, el bullicio y la algarabía de tragos, rumbas y gritos lo aplazan para los fines de semana. Esta es la explicación del por qué el profesor Wilson encontró un pueblo vivible, apacible y amable.
Si para quienes nacimos y nos criamos en Mariquita, el viaje entre Bogotá  y Mariquita, es feo y aburrido; mirar el valle del Magdalena a la altura del Alto de la Mona tampoco lo hace placentero. Seguramente para el profesor Wilson ese mundo nuevo que se estrellaba ante sus ojos le hizo olvidar el sopor que genera el calor y el cansancio del viaje.
La alegría de estar en Mariquita lo llevó a decir: “Venir acá y ver donde él vivió le da vida a lo que estoy escribiendo sobre José Celestino Mutis”. Y agregó que además de haber sido un personaje en la historia de la ciencia lo admiraba por haber sido el primero en haber estudiado las hormigas.
En el restaurante, antes del almuerzo, pidió un trozo de panela y se la puso de carnada a las hormigas. Mientras comía un pernil de pollo con ensalada y papas chorreadas, veía cómo las hormigas llegaban. No  llegó la legionaria que había descrito Mutis.
Quienes estaban con él vieron como de su chaleco sacó unas pinzas, atrapó una y la metió en un frasquito con alcohol de los que siempre lleva consigo para guardar  sus muestras.
Tras el almuerzo, y con los bolsillos llenos de insectos, hizo un periplo urbano por los protositios que la tradición oral considera que vivió y trabajó Mutis. Tras ver la casa esquinera con techo de paja que desde niño en la escuela nos enseñaban que ahí en ese sitio había vivido José Celestino y el inmueble colonial ubicado dentro del perímetro del Colegio Francisco Núñez Pedroso, y que escuchábamos decir, que ahí en esa casona dibujaban las plantas, salió el profesor Wilson con sus acompañantes hacia el bosque municipal.
Gabriel Romero Campos nos cuenta que “en medio de sus preguntas fue sorprendido por el sabor de la papaya, los patacones y la arepa de huevo. Y en cuestión de horas, los pedía en su escaso español, y en inglés rogaba “No me digan doctor, no me digan Don. Don suena como a mafioso”. Y finalmente pedía que no le dijeran Edward, sino Eduardo.
Quienes estuvieron con él dan cuenta que camino al bosque municipal se vio rodeado de chiquillos que sin decirle doctor, al enterasen que buscaba hormigas, recibió de ellos tal cantidad que en un dos por tres no le quedaba libre un frasco más.
Lo que los mariquiteños y la comunidad académica no sabe, y sin tanta alharaca cuando un académico de pacotilla de alguna universidad pública o privada  halla una especie sin clasificar, en medio de los improvisados recolectores de hormigas y quienes estaban con él, dijo: “He visto dos mil tipos de hormigas y hoy recogí tres tipos diferentes”. El profesor Wilson en un ratico había dado cuenta de nuevas especies de hormigas.
En el bosque de Mariquita recogiendo hormigas
Su única noche de campo  en Colombia la pasó en Mariquita. A la mañana siguiente, agosto 29 de 2007, el segundo lugar visitado fue un bosque cercano a la finca Jabirú. Acompañado por su séquito observa y nombra algunas de las hormigas. Una vez más emprende la búsqueda de la hormiga registrada por Mutis que  no pudo encontrar: “De haberla hallado, hubiera cumplido completamente mi misión de venir a Colombia, pero estoy feliz. A pesar de que estuve aquí menos de 24 horas, es un lugar que nunca se me va a olvidar”.
Fernando Fernández, el profesor de la Universidad Nacional, cuenta que el profesor Wilson explora el suelo, las ramas, los troncos caídos. Surgen nombres científicos. Una Pheidole por aquí, una Pachycondyla por allá. En algunas ramas unas Camponotus; en otras merodean las agresivas Aztecas. En el suelo las "autopistas" de las cortadoras de hojas, Atta, hormigas que sin duda observó Mutis.
El buen ojo del profesor Wilson capta una rama con nódulos de una planta, la varasanta (o palosanto). Alguien  baja la rama y el nódulo arroja otras hormigas, las Pseudomyrmex de dolorosa picada
El regresó a Bogotá le trae otras sorpresas al profesor Wilson. Entre Honda y el Alto de la Mona el profesor observa a su derecha la cordillera central, el valle del río Magdalena y los parches de bosques. Una vez más queda maravillado.
Con la nostalgia que genera la partida el profesor Wilson hace la promesa de volver a Colombia, y por supuesto a Mariquita, para el bicentenario de la muerte de José Celestino Mutis. Seguramente sus compromisos le impidieron venir, o, a lo mejor no lo invitaron. Así como no invitaron a José Orlando Velásquez, biólogo y botánico autodidacta, y que hoy por hoy, es de los pocos que mejor conocen el bosque.
Al otro día de su partida, Juan Lozano, el entonces ministro de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial, firma la Declaración Cuenta Atrás 2010, que compromete a Colombia a incrementar sus esfuerzos para proteger la biodiversidad, especialmente en el piedemonte amazónico, los páramos del nororiente, el Eje Cafetero, el Macizo Colombiano, el Pacífico y el Valle del Cauca. Como le dijeron en Mariquita: Ojalá vuelva.
La Declaración es un saludo a la bandera. El bosque municipal donde trabajó Mutis por varios años, y que 200 años después visitó el profesor Edward O. Wilson está muriendo ante la desidia de las autoridades municipales, departamentales y del Estado colombiano.
La visita del profesor Edward O. Wilson a Mariquita bien podía haberse llamado parodiando el título de una columna que hace años escribí: Viaje al moribundo bosque del sabio José Celestino  Mutis


jueves, noviembre 15, 2018

Colombia, las ilusiones, los sueños y la culebra que se traga así misma

Armando Moreno Sandoval
Virginia Wolf la escritora inglesa, dijo: “Cada uno tenía su pasado encerrado dentro de sí mismo, como las hojas de un libro aprendido por ellos de memoria; y sus amigos podían sólo leer el título”, fueron las frases que me saltaron a la mente al terminar de leer el libro del hondano Jaime Cedano Roldan: Paz en Colombia. Crónicas de ilusiones, desencantos y viceversas.
A medida que fui pasando las yemas de los dedos por la pantalla de mi tablet me fui construyendo una versión de un pasado muy parecido al de los individuos en estado de coma. Eran filminas que mi cerebro fue desempolvando, pues a medida que avanzaba en zigzag, era la misma historia pero narrada a través de otra voz.
En efecto comprendí que el pasado es poliédrico  y que los hechos como tales están amarrados a las interpretaciones; y que dar cuenta del pasado desde el presente nos puede llevar por otros caminos así se haya vivido, sentido y conocido los hechos de ese pasado. Fue exactamente lo que aprendí al leer los textos de Cedano.
Lo que quiero afirmar es que los hechos están en el recuerdo, la memoria, la imagen, el texto. Lo que se discute es su interpretación que, en últimas están mediados por la ideología, los sentimientos y por qué no esa mirada que se hace desde el presente. Porque si ello no es así, entonces qué sentido tendría escribir sobre el pasado, pues lo estaríamos pensando como un axioma ya que las preguntas sobre ese pasado sobrarían.
Pienso que la generación que nació a mediados del siglo XX fue una generación atrapada por los fanatismos de los metarrelatos de la primera mitad del siglo XX (fascismo, nazismo, falangismo, estalinismo, maoísmo, sovietismo). Metarrelatos que luego hicieron tránsito a la segunda mitad del siglo XX para asaltar las mentes de una generación que más que brindarle rebeldías oníricas, les ofreció fueron pócimas de odio y muerte.
La generación que creció en la segunda mitad del siglo XX, y que empezó a envejecer con el siglo XXI, además de ser la del estado de sitio, es la misma que escuchó hablar de los cortes “franelas” de  liberales y conservadores en la años de la violencia bipartidista, la que luego años más tarde cabalgaría junto al humo de los cañones de los comunistas, paracos, narcos y ohhhhhh que vergüenza la misma de  la de los corruptos. Es la generación que solo vivió el amor en los versos de los poemas, pero que si hizo mucho para odiar. Es la generación que niega al otro, porque ese otro solo es posible si piensa y es igual a mí.
Si la generación que nació a mediados del siglo XX le hubiese hecho el quite a los metarrelatos del fanatismo ideológico (llámese nazismo, fascismo o comunismo en todas sus vertientes) quizás hubiésemos construido otros caminos con menos cruces, con menos filos de machetes, con menos casquillos regados por doquier, con menos fosas, con menos muecas, con menos gritos de dolor al enfrentar las diversas máscaras que tiene la muerte.
Pero no. Esos otros caminos fueron imposibles. En los metarrelatos —esas grandes construcciones teóricas que le trazaron y aún le trazan el camino a la humanidad (desde el cristianismo hasta el marxismo, pasando por los grandes sistemas filosóficos herméticos y cerrados) — no hay espacio para los débiles. Solo así podemos entender los horrores de Auschwitz o los Gulag de las estepas rusas.
El filósofo de la ciencia, Karl Popper, en su libro La sociedad abierta y sus enemigos, publicada en 1945 poco después de culminada la Segunda Guerra Mundial, escribió, que era ignominioso que ideología alguna a nombre de ella justificara la muerte. Sin embargo, no se entiende cómo una buena proporción de intelectuales, académicos, escritores y poetas condenaran las atrocidades ignominiosas de los totalitarismos de derecha e hicieran caso omiso de las atrocidades de los totalitarismos del “socialismo real”. Hechos indefendibles que solo ahora aún siguen siendo alimentadas desde la izquierda o de la derecha desde las posturas de la post verdad.
La obra de Popper, ninguneada tanto por la derecha como por la izquierda, pasó desapercibida. Aunque solo es leída en seminarios universitarios especializados, el legado de este filósofo para reinventar la democracia liberal ha sido arrojado al cuarto de San Alejo. Es una obra inconmensurable para comprender la democracia liberal. Solo los demócratas se atreven a leerla y a consultarla. No es sino recordar la respuesta a aquella entrevista cuando le preguntaron al viejo Popper qué era la democracia. Como todo un sabio respondió. La democracia no tiene definición, pues ella en sí misma es una construcción permanente. Será la misma sociedad quien la proteja cuando lleguen los totalitarismos de cualquier cuño ideológico  a torcerle el cuello para ponerla a su servicio bien sea por la vía de las leyes o de los cañones.
Ahhhh…! que frases tan sabias y qué desgracia la de Latinoamérica cuando las ideologías que venden ilusiones y sueños amañados llegan para perpetuarse en el poder. Esa es la desgracia de Latinoamérica desde la frontera de Méjico con Estados Unidos hasta la frontera de la Patagonia con la Antártida.
Ayer fueron las dictaduras militares de derecha, ahora en este siglo XXI son las dictaduras constitucionales de izquierda. En esta borrachera de ideas que solo saben hacerle loa a los cadáveres, está Colombia. Pero quien lo creyera! Aún hay generaciones, algunas jóvenes otras ya muriéndose, que todavía creen que la democracia hay que construirla a la manera de los versos del poeta Vladimir Maiakovski: “¡Enderecen la marcha! Para palabrerías no hay sitio. ¡Silencio, oradores! Es suya la palabra, camarada máuser. Basta de vivir con leyes dadas por Adán y Eva”.
La tragedia de Latinoamérica no es la metáfora del coronel Aureliano Buendía de García Márquez. Ni tampoco es el lloriqueo que retrata Eduardo Galeano en su obra Las venas abiertas de América Latina, ni tampoco es el volar del cóndor en los labios de la canta autora Mercedes Sosa. Es más simple: es una culebra que permanentemente se traga así misma por la cola. La culebra son esas ideologías tanáticas y fanáticas que deciden por otros en medio de la indiferencia, es la culebra que hace oídos sordos a los llantos de los niños y de las niñas huérfanos de padre y madre.
Los símiles para describir a Colombia son variadísimos, podría uno pensar que nuestro país es un palimpsesto de odio y muerte que repite el mismo guion con diferentes actores dependiendo la época que les tocó vivir. Así ha sido desde Bolívar y Santander. Y este siglo XXI cuando creíamos que las ideologías de la muerte habían dado paso al respeto por la diferencia nos vemos de nuevo atrapados por el odio que emana de las fauces de los señores de la muerte.
De lo que tal vez no nos podemos quejar es que Colombia es una construcción hecha con metáforas, ya sea  por aquellos que dicen pensar el país —al estilo de William Ospina con su Franja Amarilla—, o por quienes tomándose el ultimo cuncho de la cerveza en una cantina de mala muerte, al ver flotar cadáveres río abajo se jactan y alardean —como cualesquier político— de tener la fórmula de salvación de este país.
En este siglo XXI cuando se pensaba que la democracia liberal y sus diversas formas de gobierno estaban libres de los fanatismos ideológicos, es cuando menos lo está. El surgimiento de los nacionalismos y los populismos tanto de derecha como de izquierda están lanzando dardos envenenados contra la democracia liberal y el legado heredado a partir de la Ilustración. Pues mientras la culebra de los fanatismos ideológicos se siga engullendo así misma, la democracia liberal correrá el peligro de estar herida de muerte.
Mientras estaba finiquitando el libro de Jaime Cedano llegó a mi mente los recuerdos de mis viejos amigos, quienes convencidos por una causa no pudieron terminar el ciclo de sus vidas como corresponde: morir de viejos. Pienso en Honorio Moreno y en mi viejo amigo de pupitre y de colegio Fabio Pescador. El recuerdo de ellos volvieron a vivir en mí.
A Honorio Moreno, sindicalista y militante del Partido Comunista, el Estatuto de Seguridad le arrebató de la manera más vil su vida. Torturado hasta decir no más! fue hallado a la vera del camino entre Mariquita y el río Guarinó. En Mariquita un barrio lleva su nombre en memoria del aguerrido luchador sindicalista. En vano he buscado su tumba, nadie da razón de él.
Fabio Pescador después de estar preso varios años en la base de Palanqueros en Puerto Salgar terminó orate y deambulando por las calles de Mariquita. Como si su hogar fuera uno de los círculos del infierno de la Divina Comedia de Dante, solía hablar y comentar los encuentros en el purgatorio con sus viejos camaradas de lucha. En medio de sus delirios solía relatar que con el camarada Honorio Moreno hablaban mucho de esto y de aquello, y que a la tertulia llegaban esos otros que también había sido desaparecidos. Poco hablaban de la revolución, hablaban de lo bonito que era la vida. Y así murió.
Hoy están en el olvido.
Me alegro sí por el viejo Cedano que en entre sevillanas y los olés siga sonriéndole a la vida por muchos años más.


lunes, agosto 06, 2018

Mariquita: las mismas viejas nuevas noticias


Armando Moreno Sandoval
Aunque la doble moral hace chirriar los dientes de quienes así mismo se hacen llamar “gente de bien”, valga preguntarnos qué pasa cuando una sociedad hace de los niños/as, de la mujer, del sexo y del prójimo un objeto de uso y abuso.
Que Colombia está mal es decir cualesquier babosada para salir del paso. Pero lo que sí se puede afirmar es que no todos los municipios de Colombia, son como Mariquita.
A comienzos del año 2009 una noticia le dio la vuelta al mundo. Arcedio Alvarez Quintero, y que los medios lo apodaron con el alias del “Monstruo de Mariquita”, era denunciado por una de sus dos nietas-hijas que había tenido con Alba Nidia, su propia hija. Lo que causó conmoción era que también abusaba sexualmente de sus dos nietas-hijas.
La aberrante situación salió a la luz pública cuando Alba Nidia advirtió que ninguno de sus hijos estaba registrado ni bautizado y acudió a un comisario de familia, por cuyo conducto fue que trascendió el caso, sino el caso, seguramente hubiese pasado desapercibido.
Hay quienes compararon el caso de Alba Nidia con el de Josef Fritzl, el llamado ‘Monstruo de Austria’, condenado a cadena perpetua porque secuestró a su hija Elisabeth durante 24 años desde 1984, y tuvo con ella 7 hijos. En este caso no hubo secuestro, y como lo dijo la misma hija-esposa, desde los 12 años que su padre-esposo la convirtió como esposa, todo fue visto por el vecindario como un matrimonio común y corriente.
Lo chocante, propio de sociedades mojigatas y camanduleras fue la actitud de un pastor evangélico que conociendo la situación incestuosa a que había sometido Arcedio Álvarez a su hija Alba Nidia, calló como todo un hipócrita .
Ahora, ya no hay un monstruo, sino dos, dicen los medios.
Los últimos  tres días de julio y los tres primeros de agosto de este 2018, cuando todavía los cañones de las pistolas seguían echando humo, al mejor estilo de las balaceras que propinaba Al Capone, o los matones del viejo oeste americano,  Mariquita, de nuevo, era sacudida por las mismas viejas nuevas noticias. 
Walter Matiz Ramírez  un energúmeno que se pavoneaba por las calles de Mariquita con camuflado, además gritón y petulante al mejor estilo de "Ud no sabe quién soy yo", era arrestado el 1 de agosto de 2018 por el CTI colombiano. Entre los diversos cargos que le imputó la fiscal, aunque todos son aberrantes, está el de haber traído desde Santander con engaños a venezolanos y haberlos puesto a trabajar como esclavos en la finca “El Guayabo”, vereda Pueblo Nuevo; como también el de haber retenido a una mujer en una habitación de un hotel, haberla violado y haber hecho con ella, desnuda, sesiones de fotografía, pero, sobre todo, el de haber abusado y violado niñas.
La iglesia católica tampoco escapa a los abusos. El cura Luis Enrique Duque  que había estado de párroco en la iglesia El Carmen en Mariquita, y que luego sería trasladado al Líbano, en un fallo histórico en agosto de 2011 el Tribunal Superior de Ibagué condenaba a la Diócesis Líbano-Honda a pagar 430 millones a dos menores de una familia de desplazados por la violencia, los menores habían sido víctimas de abusos sexuales del cura.
Algo está pasando con los habitantes de un pueblo donde las iglesias, están proliferando por doquier. Pero el afán por salvar el alma ante Dios contrasta con el bajo mundo que todos ven y callan.
Mientras los mayores están rezando y pecando, los/as niños/as y su juventud está sin porvenir y al garete. Todos hacen mutis.


viernes, julio 27, 2018

Henry Patiño Pulido: fundador y militante del Movimiento Revolucionario Liberal en el Tolima. ideas y sueños tropicales.

Armando Moreno Sandoval
De Henry Patiño Púlido no puede decirse cualquier cosa. Patiño estuvo al frente del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) dominando con sus ideas el escenario político del Tolima hasta que apareció Alberto Santofimio Botero. Su rebeldía política fue heredada seguramente de su abuelo, aquel viejo radical liberal de la Guerra de los Mil Días, muerto por un pelotón de fusilamiento en la plaza principal de Mariquita.
Es a Mariquita, el pueblo de sus ancestros, por el año de 1946, que su padre llega huyendo de la violencia de Pensilvania para salvar la vida de su familia y la suya. Fue una huida a lomo de burro. El reloj marcaba las tres de una madrugada fría y lluviosa. Una huida para nunca más volver.
Hugo Viana, amigo y compañero de muchas batallas y luchas ideológicas, lo recuerda como modesto, pobre y autodidacta. Con los Hermanos Cristianos de Pensilvania aprendió a garabatear las primeras letras, de los ingleses el manejo de la pipa, la picadura, los buenos modales y consejos pero que nunca puso en práctica.
Ingrato sería pensar que solo fueron los Hermanos Cristianos y los ingleses quienes influirán en su formación. En el colegio que había fundado en Mariquita un expárroco de la iglesia católica, Isaías Díaz Quevedo, aprendió la contabilidad que le valió para hacer parte del cuerpo administrativo de los talleres del ferrocarril que regentaban los ingleses.
De su padre, carpintero de profesión y por añadidura borracho consuetudinario, heredó el gusto por fumar pipa y el apetito voraz de la lectura. Esta herencia le permitió en su juventud beber en las fuentes del liberalismo radical. Tan así que como un gesto de lealtad a sus ideas liberales, no tuvo ningún empacho en marchar a la fría Bogotá para asistir al sepelio del más grande estadista que dio el siglo XX: el hondano Alfonso López Pumarejo.
Mariquita a mediados del siglo XX
El refugio en las ideas liberales que había buscado su padre daría sus frutos en Henry Patiño, pocos años después de haberse establecido en su nueva morada. Era la Mariquita de la primera mitad del siglo XX, de calles destapadas, inmensos potreros y exuberantes rastrojos; de frondosos mangos, palmas, aguacates, mameyes y almendros por doquier. Era la Mariquita de los apellidos Treffy, Hotter, Díaz, Andrade, Galvis, de la Roche. Época aquella en que un cable unía a Mariquita con Manizales y, para mejor señas, el pueblo de un hombre que las generaciones posteriores lo recordarían como el “Robín Hood” mariquiteño: Reinaldo Aguirre Palomo. Era un ambiente de ideas prácticas y sueños tropicales.
Su inicio en la política no fue fugaz: 25 años, más o menos, fue el tiempo que duró en ella, coinciden sus amigos. Todo comenzó con la lealtad que le confieren los viejos a los jóvenes cuando se trata de que le sigan las huellas. De la mano de Cristóbal de la Roche y Ricardo Galvis, liberales de traca mandaca, lo hacen nombrar secretario del concejo municipal. Corría el año de 1957. Entre 1958 y 1959, en un congreso de Juventudes Liberales del Tolima, lo eligen directivo. Lo que nunca imaginaron los patriarcas del liberalismo es que el mozalbete, luego de un fugaz paso como directivo de las juventudes, terminaría liderando la disidencia liberal del Frente Nacional. Era el inicio de una meteórica carrera política que lo llevó a permanecer por diez años en la Asamblea Departamental del Tolima y dos periodos consecutivos  a la Cámara como representante del Movimiento Revolucionario Liberal de Alfonso López Michelsen.
Su coqueteo con las ideas liberales revolucionarias viene desde cuando López Michelsen, en su exilio en México, dirigía y editada Postdata a la Alternancia. Una crítica mordaz al endoso de la presidencia entre liberales y conservadores y que se conocería como el Frente Nacional. Significaba que cada  cuatro años se turnaban los partidos tradicionales para gobernar, haciendo de las elecciones una pantomima para justificar la democracia. Las ideas rebeldes de López Michelsen lo llevaron a ser admirador de su movimiento  Renovación Liberal que fundara este en 1958.
Henry Patiño (de bigote ralo) al lado de Fidel Castro
El triunfo de la revolución cubana dirigida por Camilo Cienfuegos, El “Ché” Guevara y Fidel Castro, y aprovechando la oleada de entusiasmo desatada en el mundo y que se desataría como un volcán en erupción por toda América Latina, le dan a López Michelsen el ánimo e impulso necesario para fundar el histórico —MRL—: Movimiento Revolucionario Liberal. Era el inicio por parte de Patiño de su militancia en el movimiento.
Coincidiendo en las ideas, Hugo Viana, Henry Patiño, Hernando Yepez Santos, Artemio Cabiedez —líder de los zapateros—, Germán Gutiérrez Arroyo, todos ellos pertenecientes a las juventudes liberales y entusiasmados por las ideas de López Michelsen, fundan y difunden la plataforma ideológica del Movimiento Revolucionario Liberal en el norte del Tolima. Viana y Patiño plasmarían sus ideas fundado y dirigiendo el periodico Revolución, editado, impreso y distribuido desde el norte del Tolima (Honda, Armero).
Era el primer año de la revolución cubana, el MRL también estaba en auge. A mediados de 1960, un homenaje y apoyo a la revolución cubana los entusiastas Patiño, Viana y Gutiérrez Arroyo en representación de las juventudes liberales estarían junto a los invitados Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Villar Borda, Luis Viera y Alfonso López Michel en la Plaza de Bolívar. La fuerza de la oratoria de Viana y Patiño entusiasmaría al representante de Cuba, al señor Clergé. En medio de abrazos y apretones de manos en las escalinatas del Capitolio Nacional, y como un gesto de admiración al comandante Fidel, le enviaban de regalo las ediciones del periódico Revolución. Henry Patiño, de su mano y pluma, le enviaba una dedicatoria al comandante en jefe y a la revolución. Meses después, merodeando en la plaza principal de Mariquita, por los lados del obelisco construido con las ruinas de la casa donde vivió Gonzalo Jiménez de Quesada, un marconi les llegaba a las manos de Viana y Patiño. El comandante Fidel invitaba al cuerpo directivo del periódico Revolución a la isla donde había triunfado la revolución: Cuba.
Después de una semana de contacto con la revolución, deleitándose con un buen habano, suspirando de amor con los boleros de Benny More, catando el sabrosongo coctel daiquirí, el encanto de sus playas y del mar, regresan al norte del Tolima. Hugo Viana, quien no había podido viajar a La Habana, el día que llegaban Patiño y Gutiérrez preparaba en Honda un nuevo número del periódico Revolución. Patiño y Gutiérrez traían en las maletas la Primera Declaración de La Habana, algo así como un manifiesto comunista para América Latina, el sumo ideológico que luego daría origen a todos los movimientos revolucionarios armados del Tercer Mundo. En un cerrar y abrir de ojos ordenan parar las máquinas, recomponen de nuevo la edición y el periódico Revolución se constituye en el primer medio escrito en América Latina en haber impreso la  Primera Declaración de la Habana.

Mientras tanto, en Mariquita, el MRL no triunfaría en unas elecciones al concejo. El Partido Liberal llevaba a cabo los principios que promulgaban el MRL y la revolución cubana. En plena violencia, cuando los liberales huían de la carnicería  propiciada por los conservadores, el directorio Liberal, protegía, albergaba y daba de comer a sus copartidarios.
—Doy una arroba de arroz de  mi molino para los copartidarios— así hablaba Cristóbal de la Roche dirigiéndose a los demás miembros del Directorio Liberal.
—Doy una res semanal— respondió el ganadero más acaudalado de Mariquita. Y así sucesivamente todos los miembros se comprometían aportar a la causa.
—Esta y no otra, la razón principal del por qué nunca el MRL ganó las elecciones en Mariquita— palabras exactas de Patiño en una tarde Sampedrina en el café Florida del año 2003.

El periplo que tuvo por la cámara comenzaría a tener fin en el año de la unión entre el MRL y el oficialismo Liberal. Saúl Pineda, jefe del MRL en el Tolima, logra meter a Patiño a la Cámara de Representantes y Rafael Caicedo Espinosa a Alberto Santofimio Botero. Con esta unión, rememoró con nostalgia Hugo Viana, el oficialismo liberal trituraría la disidencia en cabeza del MRL y los militantes que por convicción habían estado años en el MRL no volverían a tener chance en la política.
Corría el año de 1974, la ANAPO queriéndose reivindicar del fraude de las elecciones presidenciales frente al conservador Misael Pastrana Borrero, se lanza con algunos viejos militantes del MRL a la búsqueda de escaños. La falta de olfato político con la ANAPO llevaría a Patiño a cavar su propia tumba política. En una reunión para escoger candidatos al Congreso de la República, desdeñando el primer renglón para el senado, opta por ser suplente del primer renglón para cámara que encabezaría el lenguisuelto de Arturo Villegas. En su lugar el renglón al senado lo tomaría el hondano “Paco” Castro. Villegas no dejaría ir Patiño a la cámara poniéndole de este modo un adiós a la vida política.
—Todo fue una mala táctica política— comentaría Hugo Viana. Cuando López fue presidente, Patiño era simplemente  un recuerdo de un viejo amigo.
Lo que no estuvo de estatura, lo tuvo en su oratoria. Quienes lo conocieron y lo siguieron por sus ideas, lo recuerdan como una de las voces que se hizo sentir en el congreso por un lapso de casi un cuarto de siglo.
Abatido por la política, y con un guille barre que casi le pone punto final a su vida, su amigo López Michelsen no lo olvidaría. De gira el entonces presidente López por el Tolima, no tuvo reparo en visitar a su viejo amigo en la alcaldía de Ambalema. Fue un encuentro de viejos amigos que alguna vez profesaron las mismas ideas.

Una tarde ibaguereña, de aquellas que oscurecen al compás de las brisas que bajan por el cañón del río Combeima, en la esquina del Banco de la República, recordaba, como diciéndole al paso del tiempo cómo es la vida, lo desentendido que había sido con aquel consejo sabio  y práctico, y para más señas inglés, que de lo que se ganaba era necesario guardar algo para la vejez y los tiempos difíciles. Era, nada más ni nada menos, que el sentido del ahorro.
Hoy todo es recuerdo. La gente lo ve y pasa desapercibida. Es otra generación. Solo lo acompaña su bastón, la pipa y el aroma de la picadura Captain Black.


viernes, enero 26, 2018

La batalla de la "rusia"

Nota aclaratoria: 

Este relato histórico escrito en 1935 por el maestro Alberto Castilla trata de la gesta heroica de la Columna Ibagué comandada por el general Tulio Varón durante la guerra de los Mil Días en el Departamento del Tolima.

La batalla que da cuenta Alberto Castilla fue en los llanos de Doima en los alrededores del actual municipio de Piedras (Tolima).

Texto ha sido tomado de la revista El Bodegón, edición N° 247, serie Conciencia Nacional, diciembre 12 de 1935, pág: 51. La edición fue dedicada al departamento del Tolima.

Alberto Castilla fue el fundador y director del Conservatorio de Música del Tolima. Nació el 9 de abril de 1878 y murió en Ibagué, el 10 de junio de 1937.


Alberto Castilla Buenaventura

Cuando en 1899 se desató la guerra en Santander, el Tolima se puso en pie, buscó a sus jefes y entró en la lucha, lleno de coraje y bravura.

Son incontables los sufrimientos que soportó el soldado tolimense en los tres años de fatigas y batallas y no hubo lugar en el país a donde no concurriera en busca de la gloria o de la muerte.

Resultado de imagen para La batalla de la rusia Alberto Castilla
Llanos de Doima, monumento a Tulio Varón
El país conoce las hazañas guerreras del Tolima, cuyo relato produce escalofrió unas veces y otras indignación. El heroísmo, la audacia, la abnegación, la hidalguía, la crueldad, todos los atributos de la guerra alcanzaron en el Tolima su expresión más alta.

Una mañana de junio de 1901 hallábase Tulio Varón acampado cerca de Piedras, cuando fue impuesto de que las fuerzas del gobierno habían establecido, en su busca, un cerco de hierro, alrededor de Doima, su campo estratégico, distante cinco leguas de allí, y que los jefes habían anunciado la inmediata captura del famoso guerrero ibaguereño, porque lo tenían cogido en su red de fuego.

Al punto concibió Tulio la más audaz de sus empresas militares. Pasó revista a sus tropas harapientas, contó por todo doscientos ochenta hombres, y al cacer la tarde se pasó en marcha hacia Doima.

El cerco establecido sobre este reducto revolucionario, lo formaban seis mil hombres comandos por los generales Toribio Rivera, Pompilio Gutiérrez y Aguilar. Rivera ocupaba “La Vega de los padres” y cubría todas las veredas que conducen a Doima; Gutiérrez era dueño de la llanura en una extensión de dos leguas; las tropas de Ibagué circundaban el paraje de Doima y sus contornos, y Aguilar, listo para la gran batalla, hallábase en el centro de aquella corraleja, en el campo de “La Rusia”, dividido su ejército en cuatro acuartelamiento, distantes entre sí doscientos y trescientos metros.      

El plan de Tulio consistía en meterse sigilosamente dentro de la terrible corraleja y asaltar la división de Aguilar que dormía tranquila, como que estaba rodeada por un ejército amigo de cuatro mil hombres.

Muy cerca del sitio por donde debía atravesar a furto las líneas enemigas, dispuso Tulio que sus soldados se quitaran la camisa para que la desnudes sirviera de signo de reconocimiento en la oscuridad de la noche. El que hiciera luz o produjera el menor ruido seria decapitado en el acto.

Ya dentro de campamento enemigo, dividió Tulio sus doscientos ochenta hombres en cuatro grupos, y a cada uno le señaló el lugar del asalto, reservándose el más lejano para el grupo que personalmente capitaneaba. No se haría sino un disparo de fusil, que lo haría el general en persona, como señal de ataque. El asalto seria con arma blanca.

Resultado de imagen para La batalla de la rusia Alberto Castilla
Monumento a Tulio Varón.
Carrera 5 con calle 15
Ibagué (Tolima)
Una hora más tarde, las cuatro de la madrugada, habían llegado los diferentes grupos a su sitio de ataque. En ese momento se oyó el disparo hecho por el general Varón, y estalló la más espantosa tragedia de que haya recuerdo entre nosotros. Todo ser humano que por desgracia llevaba camisa sobre el cuerpo, era partido en dos de un solo tajo por los machetes de los asaltantes.

En aquel campo no se oía sino el chasquido de las armas cortantes y los gritos momentáneos y pavorosos de las víctimas.

La escena duró apenas media hora. A las cinco de la mañana se pobló de luz la llanura con la llegada del día y el sol iluminaba mil doscientos cadáveres sobre el campo de “La Rusia”, entre los cuales se encontraba el del general en jefe (Aguilar).

Tulio había recogido su botín de armas y municiones y se preparó para romper el cerco que lo circundaba, escogiendo el sector cubierto por el batallón “Briceño”, el más numeroso y aguerrido del ejército enemigo.

La acometida fue terrible: aquello fue un huracán que pasa sin que haya poder humano que pueda contenerlo. Una hora después los asaltantes estaban fuera de todo riesgo y peligro.

A dos leguas de “la Rusia” paró el general Varón y ordenó a sus soldados que acampasen con absoluta tranquilidad y como uno de sus oficiales observase que estaban muy cerca del enemigo, que de seguro los perseguía con furia, Tulio le dijo poniéndole la mano en el hombro: “no tengas cuidado; esos no vienen hasta aquí porque los muertos de “La Rusia” los atajan” y así sucedió; las fuerzas del gobierno, diez veces superiores a las de Tulio, abandonaron el campo, después de darle sepultura al cadáver del general Aguilar.



sábado, octubre 21, 2017

Gaseosas Glacial. Semblanza de uno de los socios y fundadores

Joaquín Arturo Paz MacCausland. Centenario de su nacimiento
Inteligente y autodidacta

Armando Moreno Sandoval

Arturo Paz Cuenca, luego de instalar molinos industriales a lo largo del río Mississippi en Estados Unidos,  regresa a Barranquilla, Colombia, con su señora esposa a bordo de un buque a vapor. Al tocar tierra, la esposa siente los dolores del parto y el pataleo de su futuro hijo en las entrañas de su vientre. Sin pensarlo dos veces a volandas llegan al hospital más próximo. Las enfermeras corren y los médicos se preparan para el parto de la futura madre. Horas más tarde nacería  un niño quien recibió el nombre de Joaquín. Era el 1 de diciembre de 1917. De chiripas no nació en altamar.

Su infancia y adolescencia transcurriría entre Sogamoso,  Duitama y las botellas de la fábrica de gaseosas de su abuelo paterno. La comodidad de un abuelo empresario y de un papá ingeniero empírico, y por demás socio del Molino Santa Clara, con toda seguridad le permitió a la familia Paz MacCausland llevar una vida hogareña, holgada y cómoda.    No obstante, con la muerte del padre el joven Joaquín entendió que el futuro tendría que reinventarse.

Joaquín Paz recibiendo el titulo de Bachiller
Tras la muerte del padre, el joven Joaquín asumiría el deber de llevar el pan a la mesa de la familia. Para llevar el pan se le ve por ese entonces trabajando como fogonero del Ferrocarril de Occidente.

Entretanto, atraídos seguramente por el ferrocarril y el cable aéreo que regentaban los ingleses, el linaje materno de los MacCausland ha echado raíces en Mariquita.

Una tarde obscura de esas que siempre suelen darse en la sabana de Bogotá como si fuera a llover, madre y abuela intuyen que el joven Joaquín lleva una vida desdichada y sin futuro. En busca de un nuevo futuro, le dice en el inglés de sus ancestros: “Let´s go to Mariquita”. Es hora de marchar a Mariquita.

Lo que nunca pensó el joven Joaquín era que algún día, por cosas del destino, seguiría los pasos de su abuelo y no de su padre, quien como ingeniero empírico, poco le importó el mundo de las gaseosas. Tan así que cuando murió el abuelo, seguramente que con el visto bueno de la familia, su padre, optó por desarmar la fábrica y llevarla a lomo de mula a Mariquita.

Ya instalados en Mariquita el  fruto que seguramente esperaba recoger la familia del joven Joaquín sería en vano. A Joaquín se le ve trabajando, tal vez en 1939 o 1940,  en la empresa de ferrocarriles Doradafer. Aunque el sueldo como trabajador del ferrocarril no tuvo que haber sido sustancioso, para mejorar la mesa de la familia se le ve alternando el trabajo en el ferrocarril con la enseñanza del inglés entre Honda y Mariquita.

El esfuerzo de viajar entre Honda y Mariquita  traería su recompensa: terminaría enamorado de Elisa Valencia Pardo,  una de sus alumnas. Con el paso de los días la haría su esposa. Mientras las vagonetas del cable aéreo seguían surcando las estribaciones de la cordillera central y los vagones del ferrocarril traían las gaseosas que se tomaban los habitantes del norte del Tolima, la fábrica de gaseosas del abuelo seguía intacta y arrumada pero no abandonada.

La vorágine de la vida por la que estaba pasando el ya adulto Joaquín y con la fábrica del abuelo que solo le traía recuerdos de su niñez, el día menos pensado le alumbró la idea del por qué no echarla a andar.

De nada servía tener un proyecto de empresa si el dinero en el bolsillo escaseaba. De tanto insistir el adulto Joaquín por aquí y por allá, llegó el día que algunos de quienes lo escuchaban lo acompañarían a hacer realidad sus sueños. La incertidumbre dio paso al optimismo.

Lucas Bernal, benefactor financiero de Glacial
Jaime Bernal, aseguró en vida que su padre Lucas Bernal fue el directo benefactor financiero de la empresa en ciernes.

Quienes dan cuenta de la vida cotidiana del ayer, afirman, que, sin los amores del auditor general del ferrocarril Lucas Bernal con Empera Rubio de Duque, seguramente, el apellido Duque nunca podría haber entrado en los anales de la historia de la futura empresa. La condición de Lucas como hombre separado había ayudado para que doña  Empera, en su papel de amante, hubiese amasado  una aceptable  fortuna; pues gracias a ese romance y alentado por su madre Empera  es que el ya crecido Humberto Duque Rubio, su  hijo,  aparece como el socio con pesos  para ayudar a echar andar la empresa.

Entre los  ires y venires para formalizar la empresa por fin llegaría el día del lanzamiento. Mientras en Bogotá el ministro de obras deliraba con construir un ferrocarril a lo largo del río Magdalena, en Mariquita, un municipio al norte del departamento del Tolima, un 17 de julio de 1947, se inauguraba una empresa de gaseosas que, con el pasar del tiempo, los colombianos y tolimenses conocerían como Glacial.

Don Francisco “Pacho” Gutiérrez, con sus 87 años, es uno de los pocos que pueden decir en Mariquita “yo fui testigo”. Recuerda él que a una cuadra de la llamada Plaza Armero, en la carrera 8 entre calles 9 y 10, una fábrica de pedal de fabricación alemana empezaría a botar a la calle las primeras gaseosas. Un carromato jalonado por un caballo llamado “Palomo” y operado por Francisco Flórez Gómez “Pachito” haría las primeras correrías por el caserío de Mariquita.

Una época de infernal lluvias le daría un golpe bajo a las ventas callejeras. El pesimismo de que los
Antigua instalaciones de Glacial
pesos invertidos podrían esfumarse de la noche a la mañana sacaría corriendo a Elio Rubio, otro de los socios. Un señor apodado “Perruncho” y de nombre Enrique Ávila compraría las acciones del pesimista Rubio, convirtiéndose en nuevo socio y superando así el primer tropiezo de decepción y desconfianza.

Mientras liberales y conservadores seguían matándose por un trapo de color azul o rojo, la empresa de gaseosas seguía avante. El consumo y aceptación del producto les permitió pensar en una nueva sede para la fábrica. Entre 1958 y 1960 la empresa hace su traslado a las afueras de Mariquita a un lado del tendido del ferrocarril y de la carretera que va hacia Honda. En mayo de 1964 llega Coca-Cola y consigo la época de esplendor y felicidad de la empresa.

Entre tanto el visionario Joaquín veía como el recuerdo de su niñez echaba raíces cada día más y más.

Los tropiezos que había tenido que enfrentar y superar de joven con la muerte de su padre serían cosa del pasado. Con la empresa dando frutos por doquier, le permitió en sus ratos libres alternar la escritura de la poesía con la política. Como militante del Partido Liberal se le ve, en 1957, haciendo campaña por el plebiscito para ponerle punto final al reguero de muertos que había dejado la violencia liberal conservadora tras la muerte del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán en 1948.

Como si sus ocupaciones como empresario no le bastaran, en un gesto altruista para con el pueblo que lo había acogido, se le ve también como concejal y personero. No contento con los compromisos que tenía pensó de un momento a otro en hacerse bachiller. Sus aulas no fueron de ladrillo, tablero y tiza. Ya adulto, cruzando ya los cincuenta años de edad, se le ve recibiendo el grado de bachiller que le otorgaría Radio Sutatenza de las manos del entonces presidente Misael Pastrana Borrero y de su ministro de educación Luis Carlos Sarmiento Ángulo.

Un acto que seguramente le llenó de orgullo fue el que se llevó a cabo el 16 de diciembre de 1975. La calle, los bares, la plaza, los parques y los prostíbulos dejarían de ser los receptores y difusores de las noticias locales y nacionales. La modernidad entra a los hogares: se inaugura Radio Lumbí. De nuevo uno de sus gestores es el adulto Joaquín.

Joaquín Paz inaugurando Radio Lumbí
Con el paso del tiempo aprendió que con su autodidactismo e inteligencia sus sueños podrían hacerse realidad. Viendo que con el paso del tiempo las líneas de sabores de bebidas iban en aumento y cómo de las gaseosas uva y manzana iniciales se pasaba a la naranja, a la lima-limón, al tamarindo, a la limonada, a la soda y al caramelo, pensó que con su universo de soñador podría crear su propio sabor. Aprendiendo los vericuetos de los sabores de la mano del químico empírico Saturnino Rubio se aventuró a crear uno de los sabores insignes que haría distintiva a gaseosas Glacial: la conocidísima y rica cremasoda Glacial. Nunca pensó en patentarla.

Aunque hay quienes creen que los títulos académicos colgados de las paredes de las oficinas o de los consultorios no hacen el oficio, el adulto Joaquín atribulado porque la ciencia había desahuciado a su hija de caminar emprendería él mismo en su soledad el estudio de la química del cerebro. Aunque no dejó apuntes qué fue lo que investigó lo cierto fue que, gracias al conocimiento que había construido, logró lo que los médicos no pudieron: desarrolla un tratamiento para que su hija recupere el caminar. La dicha de ver su hija caminando duraría poco. Una meningitis la postraría por el resto de sus días. Moriría a los 24 años.

Las décadas de los años ochenta y noventa del siglo XX, son décadas de sangre, narcotráfico, violencia, bombas, guerrillas y paramilitares. La ética y la moral de los individuos que se dicen llamarse a sí mismos dizque, “gente de bien”, se postran ante el dinero fácil. Colombia, dicen los entendidos, es un Estado fallido. Pareciera que la empresa fuera inmune a la zozobra y al estercolero en que se encontraba el país. Pero el día menos pensado la empresa fue tocada por una sombra maligna que empezaría a empujarla poco a poco hacia un abismo sin fondo.

Como si la maldición hubiera llegado tocando las puertas de la empresa, esta aparece en 1984 cargando a las espaldas a un sujeto apodado “El Cenizo”. Llega como hijo y de la mano de uno de los socios. En 1991 algunos socios sucumben al poder del dinero vendiendo sus acciones. En 1993 la empresa está bajo el manto de un solo dueño. “El Cenizo es “amo” y “señor”.  Los años de gloria, de reconocimientos y de éxitos empezarían a ser cosa del pasado. La empresa se convierte en una caricatura irreconocible.

El golpe que deja grogui a la empresa lo da Coca-Cola en 1996. A Glacial le quitan la potestad de seguir embotellando la “Chispa de la Vida”. Durante los años siguientes un pleito entre el único socio apodado “El Cenizo”, Coca-Cola y los trabajadores terminaría a favor de Coca-Cola y los trabajadores. Al no obligar a Coca-Cola a reconocer el pasivo pensional y con una empresa ilíquida y en quiebra, y sin cómo responderles a los trabajadores estos terminarían como sus únicos dueños.

La profecía del comunismo, de que los medios de producción (léase empresas, tierras, etc.) son de quienes se emplean por un salario se haría realidad. Cierto es, que en Mariquita, ese experimento sería un desastre de proporciones diluvianas. La empresa en vez de salir adelante de las manos de los obreros terminó moribunda, en cuidados intensivos. Por muchos años la empresa Glacial estuvo agonizando. Así como el ave fénix que renace de las cenizas, otros dueños   la echaron a volar que, como paloma mensajera, llevaba la noticia de que una nueva empresa había nacido.

Don Joaquín no alcanzó a ver la caída en picada de Glacial. Pero sí estando ya setentón el destino le había dicho que no tenía por qué ser testigo de la catástrofe de la empresa. Sin embargo, sí alcanzó a intuir lo que se avecinaba. Cuatro años después de haber hecho aparición  “El Cenizo”, es decir, en 1988, una Junta de socios reunida en la ciudad de Pasto (Nariño)  para dar cuenta de los malos manejos que se estaban presentando en la sucursal de Glacial en esa ciudad le generó preocupación y disgusto. Seguramente lo que estaba aconteciendo iba en contra de su ética y de su moral.

Atrapado por la preocupación de lo que estaba pasando allá en Pasto llegó a Bogotá el viernes 21 de agosto en las horas de la noche. El aíre que arrojaba las hélices del avión hacía la noche más fría.  A su morada en Fusagasugá llegó atribulado. A la madrugada del sábado 22 de agosto de 1987 un infarto fulminante le segó la vida.

Juancho Halima, compadre de Joaquín, uno de sus hijos, y quien conoció en su juventud a Joaquín Arturo Paz MacCausland, dijo de él: “hombre inteligente y autodidacta por excelencia. Por eso hizo lo que hizo”.