Alguien podría atreverse a decir que el libro no es ciencia dura; cierto es, ya que es un libro más centrado en la historia de las ideas. Es decir, un excelente libro de humanidades sobre la ciencia, pero no un tratado de biología. Difusión científica excelsa, de la que tanto carecen las universidades en los llamados países del Tercer mundo, donde la investigación de frontera es casi nula por la simple y sencilla razón de que no existe tradición científica.
Si quedé atrapado con la lectura a medida que avanzaba, es la manera como Roberts hace la revisión crítica de cómo estos dos colosos crearon dos modos opuestos de entender la naturaleza: Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon y Carl Linneo.
Aunque la mayor parte del libro, uno lo que intuye es un duelo de titanes entre Buffon y Linneo, el otro tropezón con el que uno se encuentra es el de una investigación documental impecable.
El libro no inventa hechos, como las anécdotas que desentierra. De Linneo cómo a finales de sus días, ya achacoso, enfermo y cansado, saludaba a un supuesto doble sentado al lado del atril donde daría la charla para perplejidad de los asistentes y de Buffon habiendo sido su sepelio con bombos y platillos, como corresponde a todo aquel que haya pertenecido a la nobleza, en este caso a la francesa, pero que, con el triunfo de la Revolución Francesa, sus restos serían desenterrados, desperdigados y votados en una fosa común como cualquier malandrín del bajo mundo.
Otra anécdota. Aunque nunca se conocieron, para la época Buffon era tan influyente que Linneo, herido en su ego, nombró a una planta pequeña, fétida y poco atractiva como Buffonia en su “honor”. Toda una telenovela.
Más allá de su prosa elegante y ágil para que el lector no se aburra, vale traer a colación cómo el ego y la política terminan influyendo cuáles teorías científicas han de prevalecer. Que la ciencia no es una verdad absoluta, sino un relato construido por personas con pasiones y prejuicios unidas a los círculos de poder.
Porque si algo hace magistralmente Roberts es que, en la carrera por crear una taxonomía para clasificar a los seres vivos, no solo en esa aventura estuvieron Buffon y Linneo, sino una pléyade de científicos cuyas taxonomías quedaron en el cajón del olvido. Sino que, por aquellas cosas del poder, solo habrían de prevalecer las de Buffon y Linneo.
A Linneo nos lo retrata como la figura ordenadora, creador de la nomenclatura binomial que todos conocemos, pero con una visión estática de las especies y con unas ideas que derivarían en una pseudociencia racista.Y a Buffon nos lo muestra con una visión mucho más orgánica, moderna y un crítico de los prejuicios de la época, y como precursor de las ideas evolutivas que anticiparon a Charles Darwin por un siglo.
Es más, Roberts nos presenta a Buffon, no solo como un naturalista, sino como un visionario que “rozó” la verdad antes de que tuviéramos las herramientas para probarla.
Las tres teorías claves de Buffon que Roberts destaca y que la ciencia moderna reconoce como precursoras de la biología evolutiva están:
La “Degeneración” (El ancestro común). En su enciclopedia Histoire Naturelle, Buffon registró que las especies no eran estáticas. Sugirió que las especies podrían haber “degenerado” (cambiado) a partir de un ancestro común debido al clima o la alimentación.
Aunque usó la palabra “degeneración” (con una connotación negativa), estaba describiendo el concepto de especiación y divergencia genética. Fue el primero en sugerir que la vida tiene un árbol genealógico, no solo una lista de nombres a la manera de Linneo sino un sistema global interconectado.
El concepto de “Moléculas Orgánicas”. Mientras Linneo se enfocaba en la cáscara (la forma externa), Buffon se obsesionó con el interior. Propuso que la vida estaba compuesta por pequeñas “moléculas orgánicas” que se reensamblaban.
Buffon estaba intuyendo la existencia de la biología celular y el ADN. Él creía que había un “molde interno” que guiaba la organización de estas moléculas, lo que hoy llamaríamos código genético.
La escala del tiempo geológico. Mientras la iglesia en el siglo XVIII decía que la Tierra tenía unos 6,000 años, Buffon tras realizar experimentos enfriando esferas de metal, calculó que la Tierra debía tener al menos 75,000 años (y en privado sospechaba que eran millones).
Esta teoría sería clave en el concepto de evolución. Sin un tiempo profundo (millones de años), la evolución es imposible. Buffon “estiró” la historia del mundo, dándole a la vida el tiempo necesario para cambiar y adaptarse, algo que Darwin necesitaría más tarde para su teoría. A diferencia de Darwin, Buffon no entendió el mecanismo de la Selección Natural. Él creía que el entorno “moldeaba” a los animales directamente (una idea más cercana a Lamarck), en lugar de que los más aptos sobrevivieran por azar genético.
Al doblar la última página del libro, la certeza que queda es un relato que arranca desde el siglo XVIII hasta el siglo XXI. La manera magistral como Roberts entrelaza el pasado y el presente. Y que, en su último capítulo, uno termina abriendo los ojos y pensando cómo es que la deuda y el reconocimiento que tiene la ciencia moderna con Buffon empezó a darse por allá en 1959 en el centenario de El origen de las especies, cuando el antropólogo Loren Eisley señaló la deuda que tenía Darwin con Buffon.
Fueron tan revolucionarias las ideas de Buffon que hace más de dos siglos y medio dejó en claro que la vida misma no es tan unilineal como se cree, ya que rompe cualquier frontera, cualquier taxonomía que el ser humano quiera imponerle.
Para entender lo dicho por Buffon está la taxonomía cladística de Julián Huxley, que rastrea la evolución monofilética, es decir, la descendencia de un ancestro común.
Basta con un ejemplo de la taxonomía cladística para entender el párrafo anterior que nos enseña que, si bien el cocodrilo, el caimán y la serpiente tienen un parecido entre sí, pero si se echa la evolución para atrás, el pariente más cercano vivo son las aves, ya que ambas clases surgieron del grupo cladístico Pseudosuchia. O que un caimán comparte más con un pavo real que con un dragón de Komodo. Y que ese dragón de Komodo comparte más con Ud., estimado lector.
Es tan compleja la vida que, como lo señala Roberts, no se puede dar cuenta de forma significativa de toda la vida existente.
Así no sea ciencia dura, como señalé al principio, es una obra relevante para quienes estudian historia de la biología y los sistemas de clasificación natural. También muestra la manera como cada uno, a su manera, estuvo vinculado al colonialismo. Sin olvidar, por supuesto, el legado que dejaron para los debates que hoy en día se hacen sobre biodiversidad, raza y cambio climático.
