El Mao que recuerdo lo tengo guardado en mi memoria como si fuera ayer. Sucedió comenzando la década de los 80 del siglo XX en un curso de metodología en el programa de antropología en la Universidad Nacional. Si recuerdo a Mao, no es por lo que se enseñó de él. Sino por la manera como un grupo de estudiantes que quizás no eran maoístas y otros que tal vez no comulgaban con la línea de Pekín, increparon al profesor de que fuera serio y que tuviera algo de respeto hacia los estudiantes. El argumento para desterrar a Mao del curso era el de que no tenía nada que aportar a la formación académica, y mucho menos a la investigativa. Ahhhh… tiempos aquellos en que los estudiantes echaban a los profesores de las aulas exigiendo rigurosidad académica en vez de que se enseñara cualquier cosa.
En todo caso, pocos semestres después, un movimiento estudiantil en el departamento de antropología pidiendo profesores idóneos terminó con la expulsión de un grupo de profesores, entre esos el profesor que en la bibliografía de la asignatura quería impartir el pensamiento de Mao.
Pocos años después, aún siendo estudiante, la curiosidad me llevó a leer Las cinco tesis filosóficas de Mao. Terminado de leerlo, sentí vergüenza. El libro en verdad nada tenía que ver con la finalidad del curso y desde ese entonces, hace más o menos unos 43 años, de Mao no volví a saber. Hasta este año 2026, que estando dando vueltas por Internet y sus algoritmos, me tropecé con el Mao Zedong del profesor Jonathan Spence.
El profesor Spence, hasta su muerte, fue el sinólogo más importante que ha dado Occidente. Leer un libro bajo su nombre es un sello de garantía intelectual, lo que me llevó a inferir que el Mao que él retrataría no sería cualquier cosa.
Así que teniéndolo ya en mis manos y sumergiéndome en su lectura, comprobé una vez más que su escritura ostentaba con orgullo aquellos historiadores que la crítica los llamó narrativistas. Leer sus libros es un placer; se leen como tomando un excelente vino. Lo he comprobado con dos de su vasta bibliografía que he leído: La pregunta de Hu o La muerte de la señora Wang.
Este Mao del profesor Spence tiene la cadencia narrativa que caracteriza sus libros. Que evita la sobrecarga de detalles y nombres, ofreciendo una narrativa fluida y comprensible para lectores no especializados. En fin, es un texto lúcidamente escrito, sobrio y robusto, con un estilo elegante y un juicio equilibrado.
Quizás estas cualidades narrativas hacen de esta biografía una buena obra introductoria, ideal para quienes buscan una visión general y bien escrita sobre Mao, pero, eso sí, insuficiente para el investigador académico exhaustivo y exigente.
Pero una cosa es el estilo narrativo para que el lector no termine bostezando y votando el libro al olvido y otra lo que significó Mao para el mundo o para quienes aún siguen soñando con la revolución.
A pesar de que es más una síntesis divulgativa que un análisis profundo, el profesor Spence muestra a Mao como un personaje complejo, cruel, tiránico, romántico y pragmático, sin tener que llegar a conclusiones definitivas sobre sus motivaciones.
Aunque no aborda en detalle Las Cien Flores, El Gran Salto Adelante o La Revolución Cultural, deja entrever cómo un líder que llevó a miles de millones de chinos a la tumba no fue criticado por nadie o por muchos. El culto a la personalidad que se le rindió pudo más que los muertos.
El Gran Salto Adelante pasa en puntillas. El profesor Spence solo se limita a decir que fue un fracaso en cuanto a los planes económicos. Pues con su terquedad de echar para atrás lo que se había propuesto con el modelo económico basado en una economía estatal, millones de chinos morirían.
Si bien El Gran Salto Adelante lo echó atrás tras reconocer a regañadientes que una economía agraria basada en comunas no funcionaba, no tuvo más remedio que devolver de nuevo al modelo de la propiedad privada. Entregó las parcelas a los campesinos y las microempresas y empresas a sus dueños.
Buscando culpables del porqué del fracaso de su modelo económico, pensó que si este no funcionó era porque al interior de las instituciones estaba infectado de esbirros y de pequeños burgueses aliados del imperialismo y del capitalismo. Se le ocurrió que los infiltrados podrían estar en los mismos miembros del Partido Comunista, en los obreros, en los campesinos, en los intelectuales y en la misma sociedad. Fue lo que se conoció con el rimbombante nombre de la Revolución Cultural.
Este período donde Mao desconfiaba casi de todo el mundo, hasta de su propia sombra, menos de las jovencitas que le llevaban para sus placeres sexuales, y que corresponde al ocaso de su vida (ya pasado de los 70 años), es cuando emprende la cacería de brujas. Es la época más oscura del maoísmo Mientras millones de chinos morían de hambre, a los que sobrevivían se les obligaba a vivir según la política del Estado trazada por el politburó del Partido Comunista. Entre los dictámenes más miedosos estaba el de que nadie podía pensar por sí mismo, sino lo que dijera el Partido Comunista. Son los años donde, en aras del igualitarismo, vestían de una misma manera, comían lo mismo (para los chinos, el arroz) y un largo etcétera. Lo más aberrante y cruel de todo fue el de una sociedad que se vigilaba a sí misma: los hijos denunciaban a los padres porque pensaban diferente a la línea del Partido Comunista. Según el profesor Spence, nadie sabe a ciencia cierta cuántos miles de millones de chinos fueron asesinados en la era maoísta de La Revolución Cultural.
Amén de los millones de suicidios.
Como señalé al comienzo, el Mao del profesor Spence es para todo aquel que quiera tener una visión general y rápida de Mao. Ya que deja por fuera algunos temas que uno quisiera conocer, como el origen del poder y la megalomanía; el impacto que tuvo en la sociedad El Gran Salto Adelante y La Revolución Cultural; el enigma sobre la psicología del líder y su relación con la ideología; cómo fueron las estructuras políticas y las redes de poder que sostuvieron a Mao.
Seguramente quien lea el Mao del profesor Spence le surgirán otros temas. E incluso algunos podrán atreverse a decir que es un Mao liviano donde se dejan por fuera las causas y consecuencias de las políticas que provocaron millones de muertes.
Se le podría seguir encontrando “peros”. No obstante, al finalizar el libro sentí cierto miedo de la herencia que dejó el maoismo, como el “lavado de cerebro” y el de sentenciar al otro a muerte por pensar diferente. Esa herencia la sentí más de una vez en carne propia siendo profesor de la Universidad del Tolima. Como el artículo mío publicado en un periódico que casi me lleva al paredón. No se aceptaba que se pensara diferente a lo que pensaban las directivas del sindicato. Actuaban y se orientaban por lo que dijera Pekín.
Pero lo que causa aún más miedo es que, de lo que va del siglo XXI, aún se siga señalando al de la voz decidente. Ya no son los totalitarismos ideológicos de Stalin, Hitler o Mao que alimentan la sospecha, el odio y la muerte, sino los populismos de derecha e izquierda que se campean abiertamente desde la sede de los gobiernos, en los medios de comunicación, en las llamadas redes sociales y en algunos nichos académicos universitarios. Y todo se hace con tal de liquidar la forma menos mala de gobernar: la democracia liberal.
¡Quién lo creyera!