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domingo, febrero 01, 2026

Mentes del siglo XX: Mao

Leer y escribir sobre Mao habiendo terminado el primer cuarto del siglo XXI y cuando las ideologías (los llamados metarrelatos) que guían a las masas en busca del paraíso y la felicidad no deja de ser, para algunos, divertido. Para otros, es un guiño de que la Revolución guiada por las masas obreras y campesinas aun tiene un halo de esperanza para arrebatarle el poder a las oligarquías.

El Mao que recuerdo lo tengo guardado en mi memoria como si fuera ayer. Sucedió comenzando la década de los 80 del siglo XX en un curso de metodología en el programa de antropología en la Universidad Nacional. Si recuerdo a Mao, no es por lo que se enseñó de él. Sino por la manera como un grupo de estudiantes que quizás no eran maoístas y otros que tal vez no comulgaban con la línea de Pekín, increparon al profesor de que fuera serio y que tuviera algo de respeto hacia los estudiantes. El argumento para desterrar a Mao del curso era el de que no tenía nada que aportar a la formación académica, y mucho menos a la investigativa. Ahhhh… tiempos aquellos en que los estudiantes echaban a los profesores de las aulas exigiendo rigurosidad académica en vez de que se enseñara cualquier cosa.

En todo caso, pocos semestres después, un movimiento estudiantil en el departamento de antropología pidiendo profesores idóneos terminó con la expulsión de un grupo de profesores, entre esos el profesor que en la bibliografía de la asignatura quería impartir el pensamiento de Mao.

Pocos años después, aún siendo estudiante, la curiosidad me llevó a leer Las cinco tesis filosóficas de Mao. Terminado de leerlo, sentí vergüenza. El libro en verdad nada tenía que ver con la finalidad del curso y desde ese entonces, hace más o menos unos 43 años, de Mao no volví a saber. Hasta este año 2026, que estando dando vueltas por Internet y sus algoritmos, me tropecé con el Mao Zedong del profesor Jonathan Spence.

El profesor Spence, hasta su muerte, fue el sinólogo más importante que ha dado Occidente. Leer un libro bajo su nombre es un sello de garantía intelectual, lo que me llevó a inferir que el Mao que él retrataría no sería cualquier cosa.

Así que teniéndolo ya en mis manos y sumergiéndome en su lectura, comprobé una vez más que su escritura ostentaba con orgullo aquellos historiadores que la crítica los llamó narrativistas. Leer sus libros es un placer; se leen como tomando un excelente vino. Lo he comprobado con dos de su vasta bibliografía que he leído: La pregunta de Hu o La muerte de la señora Wang.

Este Mao del profesor Spence tiene la cadencia narrativa que caracteriza sus libros. Que evita la sobrecarga de detalles y nombres, ofreciendo una narrativa fluida y comprensible para lectores no especializados. En fin, es un texto lúcidamente escrito, sobrio y robusto, con un estilo elegante y un juicio equilibrado.

Quizás estas cualidades narrativas hacen de esta biografía una buena obra introductoria, ideal para quienes buscan una visión general y bien escrita sobre Mao, pero, eso sí, insuficiente para el investigador académico exhaustivo y exigente.

Pero una cosa es el estilo narrativo para que el lector no termine bostezando y votando el libro al olvido y otra lo que significó Mao para el mundo o para quienes aún siguen soñando con la revolución.

A pesar de que es más una síntesis divulgativa que un análisis profundo, el profesor Spence muestra a Mao como un personaje complejo, cruel, tiránico, romántico y pragmático, sin tener que llegar a conclusiones definitivas sobre sus motivaciones.

Aunque no aborda en detalle Las Cien Flores, El Gran Salto Adelante o La Revolución Cultural, deja entrever cómo un líder que llevó a miles de millones de chinos a la tumba no fue criticado por nadie o por muchos. El culto a la personalidad que se le rindió pudo más que los muertos.

El Gran Salto Adelante pasa en puntillas. El profesor Spence solo se limita a decir que fue un fracaso en cuanto a los planes económicos. Pues con su terquedad de echar para atrás lo que se había propuesto con el modelo económico basado en una economía estatal, millones de chinos morirían.

Si bien El Gran Salto Adelante lo echó atrás tras reconocer a regañadientes que una economía agraria basada en comunas no funcionaba, no tuvo más remedio que devolver de nuevo al modelo de la propiedad privada. Entregó las parcelas a los campesinos y las microempresas y empresas a sus dueños.

Buscando culpables del porqué del fracaso de su modelo económico, pensó que si este no funcionó era porque al interior de las instituciones estaba infectado de esbirros y de pequeños burgueses aliados del imperialismo y del capitalismo. Se le ocurrió que los infiltrados podrían estar en los mismos miembros del Partido Comunista, en los obreros, en los campesinos, en los intelectuales y en la misma sociedad. Fue lo que se conoció con el rimbombante nombre de la Revolución Cultural.

Este período donde Mao desconfiaba casi de todo el mundo, hasta de su propia sombra, menos de las jovencitas que le llevaban para sus placeres sexuales, y que corresponde al ocaso de su vida (ya pasado de los 70 años), es cuando emprende la cacería de brujas. Es la época más oscura del maoísmo Mientras millones de chinos morían de hambre, a los que sobrevivían se les obligaba a vivir según la política del Estado trazada por el politburó del Partido Comunista. Entre los dictámenes más miedosos estaba el de que nadie podía pensar por sí mismo, sino lo que dijera el Partido Comunista. Son los años donde, en aras del igualitarismo, vestían de una misma manera, comían lo mismo (para los chinos, el arroz) y un largo etcétera. Lo más aberrante y cruel de todo fue el de una sociedad que se vigilaba a sí misma: los hijos denunciaban a los padres porque pensaban diferente a la línea del Partido Comunista. Según el profesor Spence, nadie sabe a ciencia cierta cuántos miles de millones de chinos fueron asesinados en la era maoísta de La Revolución Cultural.

Amén de los millones de suicidios.

Como señalé al comienzo, el Mao del profesor Spence es para todo aquel que quiera tener una visión general y rápida de Mao. Ya que deja por fuera algunos temas que uno quisiera conocer, como el origen del poder y la megalomanía; el impacto que tuvo en la sociedad El Gran Salto Adelante y La Revolución Cultural; el enigma sobre la psicología del líder y su relación con la ideología; cómo fueron las estructuras políticas y las redes de poder que sostuvieron a Mao.

Seguramente quien lea el Mao del profesor Spence le surgirán otros temas. E incluso algunos podrán atreverse a decir que es un Mao liviano donde se dejan por fuera las causas y consecuencias de las políticas que provocaron millones de muertes.

Se le podría seguir encontrando “peros”. No obstante, al finalizar el libro sentí cierto miedo de la herencia que dejó el maoismo, como el “lavado de cerebro” y el de sentenciar al otro a muerte por pensar diferente. Esa herencia la sentí más de una vez en carne propia siendo profesor de la Universidad del Tolima. Como el artículo mío publicado en un periódico que casi me lleva al paredón. No se aceptaba que se pensara diferente a lo que pensaban las directivas del sindicato. Actuaban y se orientaban por lo que dijera Pekín.

Pero lo que causa aún más miedo es que, de lo que va del siglo XXI, aún se siga señalando al de la voz decidente. Ya no son los totalitarismos ideológicos de Stalin, Hitler o Mao que alimentan la sospecha, el odio y la muerte, sino los populismos de derecha e izquierda que se campean abiertamente desde la sede de los gobiernos, en los medios de comunicación, en las llamadas redes sociales y en algunos nichos académicos universitarios. Y todo se hace con tal de liquidar la forma menos mala de gobernar: la democracia liberal.

¡Quién lo creyera!


jueves, enero 01, 2026

Ficción en los archivos. El perdón en el siglo XVI

Armando Moreno Sandoval 

Más de treinta años tuvo que espera Fiction in the Archives Pardon Tales and Their Tellers in Sixteenth Century France para que saliera, en la caratula y en español, el nombre Ficción en los archivos de la historiadora norteamericana Natalie Zemon Davis. Como se lee en el prólogo, este libro “cuando salió a la luz en 1987, su título resonaba polémico en medio de las discusiones y los dilemas que recorrían el campo de las humanidades”.

Desafortunadamente este debate en la Universidad Nacional donde cursé mi pregrado en antropología en la década de los 80 del siglo XX no se dio. Siempre me he preguntado por qué. Más bien, en vez de aportes metodológicos y teóricos nuevos, lo que recibí fue una formación académica demasiada acartonada y apegada a los clásicos: Durkheim, Weber, Morgan, Malinowsky y, por supuesto, el infaltable Marx, entre otros. Hasta Mao se coló en la consabida libertad de cátedra.

El debate a que se refiere en el prólogo lo vine a descubrir muchos lustros después de una manera autodidacta. A veces la respuesta que me doy es que en estas tierras donde no se corren las fronteras del conocimiento lo que nos llega, si es que llegan, son coletazos del conocimiento demasiados tardíos.

Es por ello que muchos graduados en humanidades, ciencias humanas o sociales salen con su cartón debajo del brazo sin haber escuchado qué es eso del giro cultural, giro lingüístico, la historia cultural y los estudios culturales, ni hablar del debate que se dio si existían fronteras entre historia y literatura. Ahí caben también los estudios de género que, para algunos, tienen la convicción de que son el último grito de la moda.

A Zemon Davis la descubrí siendo aún estudiante cuando llegó a finales de la década de los 80 del siglo XX a las salas de cine en Bogotá El regreso de Martin Guerre. La película contó con la dirección de Daniel Vigne y la asesoría histórica de Zemon Davis. Su experiencia en el rodaje de la película la llevó a escribir posteriormente el libro para profundizar aspectos históricos que la película no contemplaba. Tanto el estreno de la película como la edición del libro fueron en el idioma francés y en el año de 1982.

Años después recorriendo las librerías de Barcelona (España) mis ojos se toparon con la traducción del libro, publicado por primera vez en español por la editorial J. M. Bosch en 1984. La manera de narrar la historia del Martin Guerre me dejó atrapado y desde ese entonces descubrí que existían otras normas y formas para narrar el pasado.

Como profesor en las pocas asignaturas que tuve la oportunidad de impartir en el programa de Historia de la Universidad del Tolima, siempre motivé a los estudiantes a que pensaran en cómo escribir historias más amenas y menos acartonadas. Que no fuesen rígidas. El reto era escribir para un público más amplio y heterogéneo y no para un grupúsculo de académicos que solo se leen y se elogian entre ellos. En ese intento me considero un fracasado. Los estudiantes tenían temor al cambio. Lo rechazaban sin saber de qué se trataba.

Ahora que gozo del tiempo para escudriñar qué de nuevo hay en la vida académica por fuera de estas tierras, me volvió a pasar lo mismo que con el libro El regreso de Martín Guerre. Sumergiéndome en Internet me tope con Ficción en los archivos. Me dije: carajos que es esto! Mi memoria no recordaba haber leído el título. En efecto, era algo nuevo para mí. No hubo mas remedio que hacerme a el. Y vaya que libro!

Ficción en los archivos analiza las cartas de remisión en la Francia del siglo XVI, documentos donde los acusados solicitaban perdón al Rey. Davis propone que estas cartas no son simples relatos judiciales, sino narrativas moldeadas por estrategias retóricas y elementos “ficcionales”. Por “ficcional” no entiende falsificación, sino el proceso creativo de dar forma a una historia para persuadir, aportar verosimilitud o incluso verdad moral. Este planteamiento desafía la idea de que la ficción es opuesta a la verdad histórica, mostrando cómo la narrativa influye en la construcción de memoria y justicia.

Aunque algunos reseñistas elogian la claridad con que Davis explica que la “ficción” no implica mentira, sino modelado narrativo, otros advierten que esta postura puede generar ambigüedad: ¿hasta qué punto la historiografía puede aceptar elementos ficcionales sin comprometer la objetividad? Enriquecido por el debate el libro se ha convertido en el ambiente académico anglosajon en referencia obligada para reflexionar sobre los límites entre historia y literatura, como también el riesgo de diluir la frontera entre verdad histórica y construcción narrativa.

En todo caso historiadores como Roger Chartier y Carlo Ginzburg han destacado la originalidad del enfoque Ficción en los archivos, ya que combina análisis histórico con teoría literaria. Consideran una aportación clave a la microhistoria y la historia cultural, por su capacidad para recuperar voces marginales y mostrar cómo los individuos negociaban poder y justicia mediante la escritura.

Reseñas en revistas como The American Historical Review y Annales elogian la manera en que Davis conecta historia social, retórica y estudios narrativos, abriendo camino para investigaciones sobre género, justicia y subjetividad en la Europa moderna.

Aunque otras reseñas sugieren que el método podría enriquecerse con análisis comparativos para validar su universalidad. Cierto es que en el mundo académico norteamericano y europeo el libro ya es considerado un clásico en estudios de historia cultural y retórica judicial, influyente en investigaciones sobre justicia, género y narrativas en la Europa moderna.

Como dije al comienzo hubo que esperar más de treinta años para que saliera a la luz en español. Aunque nunca es demasiado tarde para conocer lo nuevo viejo, toca esperar cómo los medios académicos de habla hispana recibe Ficción en los archivos de (Prometeo Editorial: 2024).

Aun sus páginas huelen a tinta fresca!