domingo, julio 12, 2009

Dagoberto Ospitia, in memóriam

Por: Armando Moreno

Elegirme como la única voz que puede dar cuenta de lo que significó Dagoberto Ospitia en el entorno del norte del Tolima es irrespetuoso y banal. Al fin y al cabo cada ser humano en el devenir de su vida deja una estela de recuerdos que cada quien a su amaño interpreta, algunas veces atada a la realidad pero en otras alejada de lo que fue la persona en vida.

Quienes cultivamos su amistad, sabemos, que el “Viejo Dago” —como lo llamábamos sus más íntimos— tuvo diversas facetas en su vida. Como cincuentón que era su gozo mayor fue haber disfrutado la rumba con el jala jala de Richi Ray, las cornetas de la Sonora Matancera, el mambo de Pérez Prado y los boleros de Beny More. Basta recordar las noches de farra de fines de semana en la desaparecida piscina El Virrey o en la Discoteca Chicalá. Despreocupado hasta decir no más, su existencia fue como él mismo la llegó a definir más de una vez: una rumba. Este don lo llevo a que fuera querido por quienes lo conocieron.

Aunque no muy convencido de que había que agitar las masas, comenzado la década de los años ochenta del siglo XX en los pasillos del Departamento de Antropología de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional repartía un pasquín de su propia autoría llamado La Mosca. Pocos años después comprendí que ese estilo por difundir su inconformismo no era más que un homenaje clandestino a La Mala Hora de Gabriel García Márquez. Era tal su admiración por esa obra literaria que llegó a pensar que con esa novela se había hecho justicia al memorable pasquín, a la chapola.

Decir que la tradición que tiene Mariquita por el pasquín se deba a Dago es pensar en un exabrupto. Lo que sí es cierto fue que contribuyó a que se consolidara. Hace pocos años, un viejo amigo me decía que había dos pueblos en el Tolima que se caracterizaban por no dejar títere sin cabeza, esos pueblos eran Mariquita y Melgar. El amigo me hablaba entre asombro y admiración cómo Mariquita podía ser la capital mundial del pasquín. Hoy el pasquín o la chapola, como la llaman algunos, hacen parte de nuestra cotidianidad. ¿Quién los escribe? Poco importa. Lo cierto es que Mariquita es único en este género. Solo nos falta que en alguna esquina del pueblo se levante la estatua en honor a Pasquino para que se cuelguen allí los libelos o escritos satíricos.

Dago, además de rumbero, tenía una cualidad única cual era la de cultivar el humor a través de la sátira. A través de sus comentarios ácidos podía uno gozarse el mundo. Además del tiempo para la rumba, el goce y el humor, sí en algo recuerda el norte del Tolima fueron los encuentros culturales que él como integrante ayudó a consolidar. Hoy esos encuentros culturales ya casi están en el olvido, pero fue una experiencia singular donde confluyeron las alcaldías, las iglesias, los gesteros culturales y los amigos del arte y la cultura.

Su amor por la tierra del norte del Tolima —la tierra de Los Panches como él la llamaba— fue tal que a Dago se le puede considerar como un exiliado dentro de su propio país. Mientras algunos marchan al exterior con el dejo de que “aquí no se puede”, este hombre de cabello lacio, de dientes de castor, de piel mestiza,o, el último “panche” —como el mismo se autodefinió— encontró en estas tierras el refugio que otros desechan. Encontró en estas tierras lo que muchos no quieren ver, quizás por esa vanidad empalagosa y hueca que tienen algunos colombianos de pensar que este país lo único que se merece es el desprecio. Pero que no hacen ni aquí, ni allá.

Tenía una forma de actuar que muchos no comprendían, tan así que algunos en una apreciación equivocada lo veían como un ser humano que cayéndosele el mundo no se inmutaba. Pues bien, el Dago que nos dejó fue un hombre comprometido con Colombia. Creía firmemente en el y la muestra fue su compromiso con las diferentes actividades y quehaceres que llevó a cabo en su corta existencia. Tenía un pensamiento telúrico que en vez de generar acción, generaba ideas. Eso fue Dago, un hombre de ideas.

Dago no fue el antropólogo clásico que se conoce en las Departamentos de Antropología de las Universidades. No se casó con los escritos de los teóricos de la antropología como Claude Levi-Strauss, Malinoswki, Radcliffe-Browm. Su teórico de cabecera fue el político, pensador y teórico de la cultura popular el italiano Antonio Gramsci. A Dago solo se le podía entender a través de Gramsci. Dago era gramsciano. De ahí su interés por la cultura popular, por la cultura de masas, por las clases desposeídas, por los poderes hegemónicos, por la culturas dominadas por el poder. En fin, Dago sin haber sido izquierdista, ni comunista, estaba con el desposeído, con el subyugado.

Su bagaje intelectual nutrido por el pensamiento gramsciano le permitió hacer del norte del Tolima un laboratorio para sopesar sus ideas. Tan así que cuando muchos aun no entendían lo que había significado para el norte del Tolima el legado de José Celestino Mutis y la Expedición Botánica, Dago lo hacia a través de una monografía de grado hoy inédita pero que reposa para su consulta en los anaqueles de la biblioteca de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional.

Con el correr de los tiempos la amistad que había cultivado con sus amigos de aula en la carrera de antropología se fue desgranando poco a poco. Mientras tanto, Dago sin ser mariquiteño de nacimiento se refugiaba cada vez más en el pueblo que lo adoptaba como suyo. Y este refugio en el pueblo de los mariquiteños Francisco Antonio Moreno y Escandón, de José León Armero o de Gaspar de Figueroa hace que Mariquita por obligación se convierta en el centro de encuentro con sus viejas amistades de Universidad.

Un paseo al cerro de Santa Catalina, un peregrinaje entre Fresno y Mariquita en nombre del Señor de la Ermita, un recorrido por la Honda colonial, una visita a los socavones de plata de Falán, una noche de camping en la Laguna del Silencio, un aniversario más de la fundación de Mariquita, era el mejor detalle que Dago le ofrecía a sus amistades. Y fue así que Dago, poco a poco, le fue ofreciendo la idea al mundo de que el sitio ideal para encontrar la paz y la calma era la tierra que lo había adoptado. «Mariquita tierra de paz y de remanso» como él la llamaba.

No obstante, a pesar de que su Mariquita era tierra de paz y de remanso, su vida también fue una montaña rusa. Como ser humano tuvo sus contradicciones, sus desencantos y engaños. La peor pesadilla de su vida —que ni siquiera fue la política—fue haber pertenecido a la Academia de Historia de Mariquita. Con su espíritu gramsciano, no hallaba lugar allí. Su comprensión e inclinación por la cultura popular, lo llevó no tanto a odiarla pero sí a menospreciarla, pues, la veía como ente frío, sin ideas y acartonada que solo tenía interés en fechas y en personajes. O como él mismo me lo decía: «un ente ocupado en baboserías de poca monta».

No existe cultura en el mundo que no dé cuenta de la memoria de los muertos. Si señalo estas intimidades es porque tengo la obligación moral de dar cuenta de su memoria. El haber pertenecido a un ente en contra de su voluntad, de pertenecer a algo que no quería, el de haber carecido de fuerza para decir ¡basta!, muestra en si la faceta más humana de Dago: el de haber tenido contradicciones.

Después de la muerte de su primera esposa se resignó a vivir solo. No obstante, no le faltaron sus amores casuales y veloces como lo vientos del mar que añoraba con nostalgia.

«Dago gozó la vida y fue feliz a su manera», así me lo describió compungida y solloza Marglori, una de sus tantos amores que tuvo en vida. Aunque puede ser una de las tantas interpretaciones, que mejor que la voz de ella para describirlo.

El 1 de julio de 2009, pocos minutos después de fallecido, algunos de sus amigos más cercanos quisimos hacerle un homenaje a su memoria. No fue posible. Queríamos respetarle su memoria recordándolo tal como él fue y como él mismo me dijo una noche, de la tantas que tuvimos cuando hablábamos del significado de la muerte: una muerte libre de todo hastío. Hubiese querido que lo recordaran tal como él había sido: descomplicado, chévere, sonriendo, burlándose de la cotidianidad y de la existencia misma. Estaba convencido que su muerte debía ser una tertulia, un festín, un goce. No el retrato falso y maquillado en que suelen caer las voces muecas, frías y acartonadas de quienes hacen de un cadáver un trofeo.

viernes, marzo 27, 2009

Lideres de pacotilla

Armando Moreno Sandoval

El gobierno colombiano para dar luces de que la cosa pública está funcionando bien se inventó que las instituciones debían entregar informes de gestión. Esto con el fin de que quienes pagan impuestos sepan en qué se ha invertido el dinero. En el Norte del Tolima los alcaldes de Mariquita y Honda lo hicieron. No sé qué pasaría en los otros municipios.

Lo maluco de estos informes es que solo se remiten a cifras con demasiados ceros a la derecha. Cifras escandalosas que suman miles y miles de millones de pesos. Los alcaldes con estas cifras tan abultadas quieren dar la sensación de que están trabajando mucho. Pero si esos informes se piensan con cabeza fría la conclusión sería otra. La gente puede creer que el dinero de sus impuestos se está derrochando, ya que podría preguntar: ¿Y dónde están las obras? El problema es que la gente ya no quiere más palabrería, ni retórica. Pues la gente piensa y comenta si lo que está escrito en el papel es cierto o mentira.

Esta reflexión que hace la gente del común es lo que se conoce como la crítica. Y a decir verdad a las administraciones de turno poco le gusta que el ciudadano que paga impuestos opine sobre la gestión del alcalde y sus funcionarios.

Por desgracia la ausencia de crítica es uno de los males que aqueja a las sociedades subdesarrolladas. Y cuando se crítica no hay funcionario, o el que se está amamantando con contratos del erario público, que no salga a defender al alcalde de turno. Algunos se vuelven odiosos y energúmenos, y, otros, a decir boberías como esta: “no ha habido un alcalde como este”. No obstante, entre los áulicos existe una especie de defensor de oficio que para contrarrestar las críticas salen con la muletilla consabida: “y usted qué ha hecho”.

Hay que recordarles a los alcaldes y a quienes son empleados públicos que cuando se tiene un empleo que es pagado con los impuestos de los ciudadanos se debe ser transparente en su gestión. Es decir, que la sociedad se dé cuenta qué es lo que hace el funcionario; sí cumple con sus deberes y si el manejo de los dineros lo hace con pulcritud y alejado de toda sospecha.

Esta tarea de fiscalización de la cosa pública les choca a quienes dicen ser políticos. Causa curiosidad que quienes ejercen la política, lo que más les fastidia es que se les vigile y se les critique. A veces dan la sensación que, como en la época de los piratas, quisieran tener patente de corso para hacer y deshacer con la administración pública.

Si Colombia está entre los países más corruptos del mundo, la culpa de este descrédito es de quienes han ejercido o ejercen la política y los medios de comunicación.
En cuanto a los partidos políticos da tristeza ver que solo resucitan en épocas de elecciones. Líderes de pacotilla que solo aprovechan las circunstancias que brinda la democracia para aspirar a un cargo de representación. Lo triste es que si salen elegidos terminan pelechando del cargo sin ningún pudor y vergüenza. Rara vez se les ve trabajando por la comunidad y cuando lo hacen están pensando en cómo cobrar el favor.

Da grima de ciertos medios de comunicación que en vez de ser independientes con la información pareciera que el oficio se le debiera al alcalde de turno. Periodistas que en vez de ser la voz crítica, prefieren callar que denunciar los atropellos y las injusticias que se comenten contra el común de la gente. O en el peor de los casos terminan abrazados al alcalde de turno importándoles un bledo de lo que pasa alrededor.

Si queremos que Colombia algún día tenga funcionarios idóneos y capaces en la administración pública —es decir, de todo aquel que recibe dinero de los contribuyentes— no cabe duda que la sociedad debe aprender a ser exigente con quienes nos representa. Pues al fin al cabo están manejando un dinero que no ha sido trabajado por ellos, ni es de ellos. Están equivocados si creen que el único deber de la sociedad es elegirlos el día de las elecciones.

El alcalde, Espumas y el referéndum

Armando Moreno

El alboroto causado en días pasados por la visita de la Viceministra de Aguas es un buen gol del alcalde Juan Carlos Acero, así sus críticos y la oposición no lo quieran entender. Todo comenzó en Chaparral en un consejo comunitario con el presidente Uribe.

El problema con la empresa que administra el suministro de agua a los mariquiteños es que cada vez que hay elecciones, no hay candidato alguno, que jure y recontrajure que si gana las elecciones Espumas se tiene que largar. Lo han prometido todos desde que Espumas tiene existencia, pero la gran tristeza es que cuando son elegidos terminan poniéndole conejo a los mariquiteños.

No obstante, el alcalde Acero olfateando su baja popularidad tomó el toro por los cuernos. Lo que no habían podido hacer sus antecesores lo hizo él. Comprometió a la Viceministra de Aguas para que tomara en sus propias manos el asunto de Espumas. Tan así que muchos mariquiteños que han comenzado a mirarlo de reojo porque no ha hecho absolutamente nada, han dicho que si él saca a Espumas tocará que encaramarlo en un pedestal. Un antiacerista a morir parodiando la letra de un bolero dijo: “¡si echa a Espumas me mato por él!”.

Si las cosas están tomando este rumbo la pregunta que tendrán que hacer sus críticos es qué hacer con el alcalde Acero en las próximas elecciones. Pues el proyecto de reelección de alcaldes y gobernadores ya fue radicado en el Congreso y, por las opiniones que se escuchan al interior de las bancadas, incluyendo el Partido Liberal, esta vez el proyecto va a pasar sin ningún tropiezo.
Si digo críticos es porque lastimosamente los partidos políticos en los municipios no existen. Se les ven cada vez que hay elecciones. Ni hablar de organización y sede. Solo basta recorrer el norte del Tolima para darnos cuenta de su precariedad, ausencia y desorganización.

En Mariquita solo el Partido de la U tiene existencia. Su candidato en las pasadas elecciones, y que perdió con el alcalde Acero por un pelo, ha organizado una sede y desde allí no ha dejado morir el movimiento. Mientras los otros candidatos bajaron la guardia y se fueron a dormir su derrota, su líder Álvaro Bohórquez siguió en la lucha.

No obstante, Álvaro y su equipo no han entendido que el gesto que ha tenido el presidente Uribe para con Mariquita, de haberse apersonado de la problemática de Espumas, se debe a los miles de votos que le ha dado Mariquita cada vez que se ha lanzado a la presidencia. Estadísticamente si se compara con cualquier municipio del Tolima, incluyendo Ibagué, Mariquita le ha sido generosa en votos. Y estos votos en vez de usufructuarlos la U de Mariquita, los está aprovechando muy hábilmente el alcalde Acero.

El equipo que conforma la U de Mariquita va tener que cambiar de estrategia. De seguir con la cabeza dentro de la tierra lo más seguro es que en las próximas elecciones van a recibir una garrotera electoral. Los líderes de la U de Mariquita deben entender que el Partido de la U como tal desaparecerá. Pues los escuderos del presidente Uribe, convencidos de que el referéndum lo van a ganar, ya están preparando un nuevo partido donde tendrán cabida todo aquel que quiera hacer parte del nuevo proyecto político.

El equipo de la U de Mariquita, al igual de quienes se han dedicado a criticar al alcalde Acero, debe entender que si el presidente Uribe gana el referendo este debe entenderse como un plebiscito; y que ya no habrá candidato que le pueda arrebatar su tercer mandato. Para ese entonces todos querrán treparse al carro de la victoria. En este orden de ideas el que mejor estaría posesionado hacia las próximas elecciones sería, sin lugar a dudas, el alcalde Acero.

Si los críticos del alcalde Acero quieren ser oposición, y tener algún chance para arrebatarle el poder, van a tener que seguir el ejemplo de los integrantes de la U de Mariquita. Tener sede, organizarse y actuar políticamente. Pues lo más seguro es que aprobada la reelección de alcaldes y echada Espumas, y como dice el adagio popular, sacado el ojo no hay Santa Lucía que valga. El éxito de la echada de Espumas será del alcalde y no de sus críticos, ni de la oposición que hasta ahora han sido comodines. Tendremos Acero por mucho rato.

lunes, febrero 02, 2009

Mis respetos por el pan

Armando Moreno Sandoval

Publicado en El Puente, año 10, No 117, diciembre 28 de 2008

Al empezar el último cuarto del siglo XX, casi toda una generación que había nacido o que llegaron a vivir a Mariquita creció y envejeció con la idea de que el pueblo era la capital frutera de Colombia. Pero terminando el siglo XX y comenzando el XXI tal idea comenzó a desvanecerse. El aguacate pescuezudo, la manga mariquiteña, el anón, el zapote caucacano como los cocos parecen ya cosa del pasado. Sin embargo, la nostalgia aun se niega a desaparecer; pues algunos aún cultivan la idea de que Mariquita es la tierra de las frutas.

La gente no entendió que en sus solares espaciosos podían cultivar las diversas frutas que podían servirle para el sustento del mañana. Si el referente de Mariquita ya no son las frutas, ¿qué es lo que hoy identifica a Mariquita? Es posible que algunos piensen que mejor sería el cerro de Santa Catalina o la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada, pero, la verdad, es que no existe pueblo o rincón en Colombia que no se hable del pan de Mariquita.

Solo basta recorrer algún barrio escondido de Bogotá o caminar por alguna calle fangosa y llena de huecos de Ibagué, o cualquier otro sitio de este desparpajado país, para que el gancho del negocio no sea otro que el pan de Mariquita. Lo insólito de todo es que hace poco un amigo que vive en un sitio perdido del Magreb —la costa norte de África— me comentaba por email que pensando en hacerle competencia al pan árabe había soñado en el pan Mariquita. Locuras, pensé yo. Días después, el email ya no vendría del Magreb sino de la mismísima capital del mundo, New York; pues otro amigo pensaba también aventurarse en pleno Manhattan con el pan de Mariquita.

Mariquita es tierra de panaderías y panaderos, y a ellos me les quito el sombrero. Es más, exporta panaderos por doquier. Su mano de obra se ha vuelto sello de garantía, tan así que no existe panadería en Colombia sin que haya pasado por sus hornos panadero mariquiteño. Para valorar su trabajo y sentir el aroma que da la harina horneada hay que recorrer las calles en cicla o a pie y tener la paciencia que a cualquier hora de la mañana, de la tarde o de la noche hay una bandeja con pan caliente esperando un paladar.

Si alguien tiene duda de que el pan sea tan antiguo y universal como la misma humanidad basta echarle una ojeada a la Biblia. Está la escena en pleno desierto árabe donde el Diablo tienta a Jesús haciéndole una propuesta indecente: “Si eres el hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. Y Jesús le respondió: “Está escrito: no solo de pan vive el hombre” (Mateo, 4: 3-4). Y Jesús estaba en lo cierto. La diversidad de sabores, de tamaños y de textura de la cultura gastronómica del pan es tan desproporcionada que solo basta acercarnos a las vitrinas de las panaderías para estrellar los ojos con las cucas, las tostadas, las mantecadas, los brazos de reinas, los roscones, los calaos, las lenguas, las cañas, los biscochos, las galletas, las tortas y el ponqué; amén del postre de leche asada, el masato, la avena, las caspiroleta, el ponche, el kumis, la oblea y la hamburguesa. Sin olvidar, ni más faltaba, las mujerazas que con sus minis tongoneándose hacen del “pan aliñado mariquiteño”, en todos sus tamaños y esplendor, el encanto del paladar.

Otro pasaje de la Biblia relata que cuando Moisés sacó al pueblo de Israel de Egipto para llevarlos a la tierra prometida, en la travesía que tuvieron que hacer por el desierto y con la hambruna que llevaban, Dios no tuvo más remedio que hacer llover pan del cielo. Incrédulos los israelitas que con lo que caía del cielo les podía quitar el hambre, y al oírlos que se decían unos a otros “¿Qué es esto?”, Moisés les dijo: “Este es el pan que Dios les da por alimento” (Éxodo, 16: 13-15).

Si estos pasajes bíblicos no convencen de las bondades del pan, no olvidar que la tradición cristiana cuenta que horas antes de morir Jesús crucificado el alimento en la última cena fue el pan.

Pero si alguien cree que este tiempo bíblico es muy corto para convencernos de lo milenario que es el pan, las investigaciones arqueológicas han demostrado que veinte siglos antes de Jesús los egipcios ya fabricaban pan. Quienes le siguen el rastro al pan, han señalado que de Egipto pasó a Grecia, de Grecia a Roma, y de Roma al resto del mundo. Si hoy en día los alemanes son los campeones en comer pan, Mariquita pareciera que fuera la capital mundial del pan.

No satisfacer el gusto por una avena, un brazo de reina o una mantecada en “El Néctar”; o hacerse el que no quiere cuando las ganas por dentro dicen, llévenme a las “Delicias del Norte” a saborear un postre de leche asada con un kumis casero; o dejar para más tarde la ida a la “Panadería Donald” para saborear un ponche con una tajada de ponqué de las tres leches sería un pecado tan grande que ni Dios perdonaría. Amén, eso sí, de que después de chuparse los dedos corra el riesgo de volver a repetir.

Si es como lo cuenta el profeta Moisés que del cielo cayó pan, solo queda pendiente que los mariquiteños vayan pensando en hacerle un homenaje a Honorato de Amiens, el santo de los panaderos; y que mejor que un “Festival del Pan”.

El paseillo de los alcaldes

Armando Moreno Sandoval

Publicado en El Puente, Año 10, No 116, diciembre de 2008

El Año de Mutis comienza a deshojarse y Mariquita que con tanto ahínco algunos mariquiteños la señalan como la sede del Bicentenario, hasta ahora, ha pasado desapercibida. Los bombos y los platillos del pasado 11 de septiembre ya parece un evento lejano y olvidadizo.

Mientras en diferentes ciudades de Colombia se están llevando eventos alusivos al Bicentenario de Mutis como ciclos de conferencias, exposiciones, encuentros gastronómicos mutisianos, exposiciones bibliográficas, la Mariquita de la actual administración parece indiferente a algo que por derecho debería estar al frente.

Este desdén por el Bicentenario de Mutis que hasta ahora han demostrado los alcaldes de Mariquita y Honda contrasta con el ánimo viajero que los llevó a visitar a Cádiz, la ciudad natal de José Celestino Mutis. No nos oponemos al viaje. Lo que molesta es por qué tiene que ser siempre el alcalde que abusando de su envestidura se autoelige, excluyendo a otros ciudadanos que teniendo más meritos podían haber representado mejor a sus pueblos. Lastimoso también que este viaje que corre por cuenta del Año Mutís sea para éllos que, hasta ahora, no han mostrado el menor interés por hacer algo.

Alexis Tocqueville, quien vivió en el siglo XIX y hoy por hoy es considerado el arquitecto de las democracias en occidente, señalaba que la democracia tenía un riesgo y era el de que los pueblos tenían que elegir el gobierno que se merecen. Aun es muy prematuro decir que esta vez de nuevo los hondanos y los mariquiteños se equivocaron y que tienen los alcaldes que se merecen porque no supieron elegir. Ojala esté equivocado.

Pero volviendo al Año Mutis, pienso que las personas más indicadas —y que con decoro hubiesen representado a Mariquita en Cádiz— debían haber sido Esther Julia Cárdenas y Orlando Velásquez. La razón es muy sencilla, ellos han defendido a ultranza el legado de Mutis. A Esther Julia porque ha sido una ecologista a morir, y eso en una sociedad que está presa del consumo y de la contaminación ambiental hay que abonárselo. A Orlando porque es a él a quien recurren los botánicos, zoólogos, ambientalistas o ecologistas que pasan por Mariquita. Aceptemos que el alcalde no haya pensando en ellos, la pregunta es por qué no pensó en los vigías que está formando el Ministerio de Cultura para la Ruta Mutis. ¿Acaso no eran también los más indicados?

Si en Mariquita lo del viaje fue como dice el Chapulín Colorado, “no contaban con mi astucia”, en Honda no deja de ser rocambolesco. Si en Mariquita nadie sabe cuál fue la razón por el cual el alcalde teniendo derecho a dos cupos desperdicia uno y opta por viajar solo; en Honda, en cambio, el alcalde no tuvo empacho en marcharse dejando a quienes lo eligieron al garete y con el agua del río Magdalena al cuello. Es más se marchó con la personera, quien por ser la representante del ministerio público debería estar en primera línea atendiendo y dando soluciones a los innumerables problemas que por estos días tiene la ciudadanía de Honda.

La pregunta vuelve y juega: ¿qué tenían que hacer el alcalde y la personera en un periplo que podía haber sido aprovechado por gestores culturales y empresarios de la industria turística? ¿Acaso es que en Honda no hay líderes en esos sectores que bien podrían haber representado a los hondanos con mayor propiedad?

En todo caso, el viaje en ellos tiene más de paseo que de gestión. Ojala traigan algo, aunque sea el ticket de la aerolínea que los llevo y los trajo.

Es grotesco que quienes han sido elegidos para que conduzcan con tino los destinos de un municipio, terminen amparándose del poder que genera la envestidura para beneficiarse en nombre propio.

Hay que recordarles a los alcaldes de Mariquita y Honda que están terminando el primer año de su gobierno sin ton ni son. O como dice la sabiduría popular, lo que más han hecho es cobrar el sueldo pero de gestión poco que ver.

jueves, diciembre 11, 2008

Armero, 23 años después

Armando Moreno Sandoval

Publicado en El Puente, año 10, No 115, noviembre-diciembre de 2008

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se convertiría en la primera potencia del mundo. En 1949, Harry Truman, en aquel entonces presidente de los Estados Unidos, en una conferencia en las Naciones Unidades invitaba al mundo a seguir la senda del desarrollo y el progreso.

Un año después a Colombia llegaría el profesor norteamericano Lauchin Currie. Traía consigo la idea de que el país debía industrializarse. Para ese entonces, el profesor Currie había pensado que para no despoblar totalmente el campo era necesario crear enclaves agroindustriales encaminados a generar un equilibrio entre los polos industriales y las pequeñas regiones. En el Tolima sólo Espinal y Armero fueron las llamadas a cumplir dicha labor.

Aunque Armero desde comienzos del siglo XX había tenido un desarrollo agroindustrial incipiente, es a partir de la segunda mitad del siglo XX que se convierte en la fuerza centrífuga que jalonaría la región del norte del Tolima. Tan así que el mismísimo James Carter, expresidente de Estados Unidos, en un periplo por las tierras de Armero le vaticinaba un futuro agroindustrial sin precedentes. Y no se equivocó.

La importancia de Armero es tal que, al igual que la Inglaterra del siglo XIX, logró crear clases sociales bien diferenciadas. Así como había clase obrera también desarrolló una elite económica y política que enfilaba todos los esfuerzos para que la región fuera cada día más próspera.

Con la tragedia del 13 de noviembre de 1985 y al desaparecer Armero, la fuerza centrífuga desaparecería sumiendo la región en el caos. Hoy 23 años después el norte del Tolima no encuentra la brújula. La razón consiste en que la elite social y económica que tenían los ideales del progreso y el cambio ha desaparecido. Si la región no ha podido forjar una nueva elite económica y social es porque quienes están llamados a trazar las directrices del cambio y del progreso —como es la clase política— han sido inferiores a los retos de la región.

Es por ello que casi un cuarto de siglo después, lo que se ha acentuado en la región es una dirigencia política con vocación al subdesarrollo, a la miseria y al atraso. Si no es así cómo explicar que las exenciones tributarias y arancelarias que había dispuesto el Estado para reactivar económicamente la zona afectada por la erupción del volcán del Ruiz no hayan sido aprovechadas. Una dirigencia política que fue incapaz de aprovechar el paternalismo del Estado para sacar adelante la región.

Triste señalar que de esa dirigencia política que tuvo Armero, la que existe hoy en día en el norte del Tolima es una fría caricatura carente de ideas y de propuestas. El ex político Ramiro Halima Peña, quien por más de treinta y cinco años le sirvió a la región y a su gente, argumentaba que más que ser concejal, alcalde, diputado o senador se necesitaba el don de la vocación.

No obstante, existe cierta unanimidad en señalar que de todos los municipios que conforman el norte del Tolima, Mariquita es el que ha tenido mayores cambios sociales y económicos. Quien mejor sintetiza este cambio es un amigo mío culto y adinerado que llegó a Mariquita hace más de cincuenta años. Decía él que si Mariquita ha visto prosperar a su gente económicamente la misma suerte no la ha tenido como municipio. Pues los negocios prósperos, los y las amantes, las casas lujosas, los buenos carros, el buen whisky y el derroche de dinero por doquier contrastan con los cinturones de miseria, la falta de un buen acueducto y alcantarillado, la ausencia de campos deportivos, de parques recreativos y, ante todo, la falta de una política agenciada desde la alcaldía para generar más empleo y desarrollo.

Este contraste entre una administración adormilada y un sector privado que avanza a zancadas, explica que lo que se está necesitando es una dirigencia política que esté a la altura de lo que es Mariquita hoy en día. Si en el norte del Tolima hay un municipio que en el futuro quiera convertirse en la fuerza centrifuga de lo que fue Armero hace 23 años, la gente debe pensar en relevar a quienes han hecho uso de los dineros públicos en los últimos quince años.

El bicentenario de Mutis y la industria cultural

Armando Moreno Sandoval

Publicado en El Puente, año 10, No 114, octubre de 2008.

En 1983, hace veinticinco años, con ocasión del lanzamiento de la Segunda Expedición Botánica se dio un evento muy parecido a lo que aconteció el pasado 11 de septiembre con el bicentenario de la muerte de Mutis. ¿Qué quedó de ese acontecimiento ya bastante lejano y que la memoria de los habitantes del norte del Tolima empieza a olvidar? ¿Se benefició en algo el norte del Tolima? Creo que la respuesta es unánime: nada.

A excepción de Honda, los demás municipios del norte del Tolima poca idea tienen de lo que significa un legado histórico. En Falán han sido incapaces de explotar el legado de la minería de la plata; Ambalema ya nadie recuerda el legado tabacalero que la hizo famosa en Inglaterra y Alemania; Mariquita ni se diga, no saben qué tienen; esta es la explicación del por qué en la efemérides de Mutis la administración municipal fue una convidada de piedra.

En el diario de Mutís, y lo que se ha dicho sobre Mutis que es mucho, se puede deducir que las actividades botánicas no sólo fueron en los alrededores de Mariquita, sino en una comarca bastante extensa que iba hasta San Luis. El caserío de Mariquita solo era el centro de operaciones. Y es explicable que ello fuera así. Para finales del siglo XVIII, Honda era un centro comercial de primer orden igual que Mompox y Cartagena, y lo que buscó el botánico fue un
sitio estratégico y equidistante para emprender sus caminatas científicas.

Valga recordar que en Mariquita, pensando en el bicentenario, algunos propusieron crear un comité para hacer un evento a la altura de la efemérides. Quien más impulsó esa idea fue Hernando López, golpeó las puertas de las diversas administraciones sin ser escuchado. La idea de López era sencilla pero eficaz: desarrollar un proyecto científico, académico y de industria cultural.

Años más recientes con Hernán Cuartas en la alcaldía, aprovechando una reunión de burócratas que llegaron a Mariquita para hablar de Mutis, Armando Salcedo le entregó a él y al presidente de la Fundación Mariano Ospina Pérez unos lineamientos generales de lo que se podía hacer y mostrar con ocasión del bicentenario de Mutis. Se recibió respuesta de Mariano Ospina Hernández presidente de la Fundación acogiendo las ideas, pero del señor Cuartas solo fue el silencio y la displicencia.

Esta es la explicación del por qué con ocasión de la efemérides, la actual administración no le pudo mostrar a quienes vinieron un Mutis mariquiteño. Ese Mutis hay que hacerlo. Y no existe por la sencilla de razón de que esta alcaldía, y las anteriores, fueron incapaces de estructurar un equipo de académicos e investigadores para que dieran cuenta del legado histórico de Mutis.
Aún hay tiempo para que Mariquita le muestre al ciudadano común y corriente que la visita un Mutis mariquiteño. Lo mismo deberá hacer Honda, Ambalema y Falán, y todos aquellos sitios donde estuvo Mutis.

No sé qué pensarán los alcaldes del norte del Tolima. ¿Será que se van a contentar solamente con el evento mediático del pasado 11 de septiembre? Bien que el presidente Uribe haya ofrecido dinero para reubicar a los habitantes del bosque. Ese es un problema social que toca darle solución, pero ese no es el legado de Mutis.

El presidente Uribe pensando en la Ruta Mutis, en su discurso dio a entender que el norte del Tolima poseía un legado histórico que estaba siendo desaprovechado. Era menester que los alcaldes fueran pensando en cómo desarrollar la industrial cultural. ¿Qué tanto saben los alcaldes y los concejales de la industria cultural? Quizás un ejemplo, los ponga a tono. Todos saben que Simón Bolívar meses antes de morir estuvo en Honda en una de sus casonas coloniales y lo que hace la industria cultural es cómo convertir ese hecho histórico en una industria que genere empleo, desarrollo y progreso. Así de fácil.

Ojalá no volvamos a repetir la historia de hace veinticinco años.

Mariquita, en las garras de la oclocracia

Armando Moreno Sandoval

Publicado en El Puente, año 10, No 113, agosto-septiembre de 2008

Es posible que algunos actores de la política no tengan idea de lo que significó para el desarrollo de la democracia el filósofo italiano Norberto Bobbio. Esta anotación valga señalarla porque un estudio reciente que indagaba cómo era la formación intelectual de los políticos concluía que algunos no sabían para qué habían sido elegidos. Este vacío intelectual de quienes ejercen la política ha llevado en los últimos años a las instituciones del Estado a estar en manos de los menos idóneos. Esta situación ocurre porque los ciudadanos tampoco entienden para qué sirve la democracia, situación ésta que permite elegir al que más prebendas y demagogia ofrece.
Lastimosamente donde más se observa esta situación es en los municipios donde la abstención es visible. A pesar de que la mayoría no participa electoralmente, esta misma ciudadanía está cansada que los encargados de manejar los dineros de los contribuyentes (léase alcaldes, concejales y funcionarios) no sean los más indicados y sean individuos que llegan a los puestos a pelechar del erario público y no a servirle a la comunidad.
En sociedades donde la democracia ha alcanzado una mayoría de edad, como en Europa o en Estados Unidos, existe un empleado que es visto con malos ojos y ese es el funcionario público. La bronca tiene una explicación: pues los ciudadanos consideran que es un “vago” que vive a la expensa del trabajo de los otros, es decir, del dinero de quienes pagan impuestos.
Esta bronca que aun no ha llegado a estas sociedades que llaman subdesarrolladas o del Tercer Mundo tiene una explicación: los ciudadanos creen que los funcionarios se ganan el sueldo con los dineros que les gira el Estado. Lo que no saben los ciudadanos es que los sueldos y los viáticos que se ganan los funcionarios es el resultado de los diversos impuestos que se deben pagar con el sudor del trabajo.
Esta ineficiencia de algunos funcionarios públicos es la responsable que un alcalde con buenas intenciones de servirle a la comunidad termine gastando su popularidad en menos de que cante un gallo. Tan así que a unos cuantos meses del ejercicio del poder la popularidad que tuvieron para ganarse la alcaldía comienza a quedar en entredicho.
Si hay un funcionario en el norte del Tolima que sus amiguetes le están desgastando su popularidad, sin lugar a dudas, es al alcalde Juan Carlos Acero del municipio de Mariquita. Sintomático que no sean sus detractores políticos quienes lo estén desgastando, sino quienes estuvieron en la misma tolda de campaña.
Aunque no tengo pena en confesarlo, vote por Juan Carlos Acero y aun no estoy arrepentido. Vote por él porque me pareció interesante la visión que tenía sobre la administración pública: cual era de hacerla eficiente, desburocratizada y ajena de todo clientelismo. Entre las críticas que le hacen a la administración es la excesiva burocracia, amén de un equipo de trabajo que según los entendidos está dando mucho de que hablar por ser bastante nulo en el manejo de lo público.
El oráculo de la democracia como lo fue Norberto Bobbio, concebía la política como una ola. Señalaba Bobbio que el deber de un líder era permanecer en lo posible en la cresta de la ola y que cuando iba en picada lo mejor era cambiar de colaboradores para enfrentar nuevos retos.
Cuando le preguntaron al matemático inglés Isaac Newton cómo había concebido la ley de la gravedad, solo atinó a sugerir con humildad que se había parado sobre los hombros de los hombres de mentes más gigantes que la de él. Este consejo de Newton deberían de seguirlo los alcaldes. En vez de rodearse de individuos carentes de ideas, deberían de rodarse de individuos con mentes más gigantes que la de ellos mismos. No obstante, el miedo de un alcalde o de un político de enfrentarse a sus colaboradores cuando su propia popularidad va en picada es la razón por la cual termina, para desgracia de los pueblos, entregando la administración pública a las garras de la oclocracia.